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Las infraestructuras de transportes y comunicaciones experimentaron considerables mejoras a finales del siglo XIX, que redundaron en favor de una mayor integración del territorio nacional. En 1876 se elaboró un plan que dividía la red viaria en carreteras del Estado (de tres órdenes), provinciales y caminos vecinales. El mayor impulso en la construcción de carreteras del Estado se dio en las de tercer orden, o carreteras de enlace entre las vías principales, que triplicaron su extensión. En cuanto al ferrocarril, de los 5.840 kilómetros de vía normal construidos en 1875, se pasó a 11.040 en 1900. En esta última fecha, la red estaba prácticamente concluida; en los treinta años siguientes no se construyeron más de 1.000 kilómetros. Las principales innovaciones fueron la conexión de Galicia y Asturias con la red nacional, y la construcción de las líneas Bilbao-San Sebastián, Madrid-Cáceres-Portugal, y Sevilla-Huelva. Existían numerosas compañías, pero tres de ellas, de capital mayoritariamente francés, la Madrid-Zaragoza-Alicante, la Compañía del Norte -ambas habían sobrevivido a la crisis de la década anterior- y los Ferrocarriles Andaluces, fundada en 1877, suponían cerca del 90 por 100 del total del capital ferroviario español. Al mismo tiempo, la red de vía estrecha aumentó de 254 a 2.166 km. La construcción tanto de carreteras como de ferrocarriles estuvo estrechamente vinculada con la política. Las carreteras eran votadas en el Parlamento y su promoción se convirtió en una de las principales actividades de los diputados que, por este procedimiento, trataron de proporcionar a sus distritos un importante beneficio indivisible (como ha llamado Joaquín Romero Maura a los favores públicos que afectaban a toda una comunidad y no sólo a algunos de sus individuos). Por otra parte, en los consejos de administración de las Compañías de ferrocarriles se sentaron indistintamente los más destacados políticos de todos los partidos, desde Serrano, Sagasta, Montero Ríos y Romanones en el campo liberal, hasta Cánovas y Silvela en el conservador, según Diego Mateo del Peral. Los políticos recibieron importantes sueldos y, lo que era más importante, influencia y puestos de trabajo con que alimentar a sus clientelas. Las Compañías, que se beneficiaban de la protección pública del Estado, consiguieron sin duda de esta forma también una protección particular. Por lo que respecta al transporte marítimo, éste se hallaba fuertemente concentrado en siete puertos: Barcelona, Bilbao, Santander, Sevilla, Valencia, Cádiz y Málaga. Entre las grandes obras llevadas a cabo durante el período destacan las de ampliación del puerto de Bilbao y la construcción del puerto de la Luz, en Gran Canaria, que iniciaría entonces su despegue. La navegación a vela fue lentamente sustituida por la navegación a vapor, lo que marcó el declive de la marina mercante catalana y el auge de la vasca. A la Compañía Trasatlántica, del marqués de Comillas, con sede en Barcelona, que con ayuda del Estado mantenía una línea de vapores con Latinoamérica, vinieron a sumarse otras nuevas compañías vascas -las de Ybarra, Sota y Aznar-, cuyo capital procedía en gran parte de la explotación minera en Vizcaya y Cantabria. Los entonces tradicionales medios de comunicación -el correo y el telégrafo- estaban en manos del Estado y experimentaron una importante extensión territorial y mejora del servicio. La gran novedad en esta materia fue la invención del teléfono por Graham Bell, en 1876. Al año siguiente ya se realizaron pruebas telefónicas en España. La explotación del medio fue privada, por concesión del Estado. En 1900 funcionaban en España 15.000 teléfonos. El sector de las telecomunicaciones fue uno de los primeros en abrirse al trabajo femenino y a través de él se inició la incorporación de la mujer a la Administración pública.
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El momento de mayor fortuna romana para los discípulos de Annibale Carracci corresponde al pontificado del boloñés Gregorio XV Ludovisi (1621-23), que convocó a Giovan Francesco Barbieri, llamado il Guercino (Cento, 1591-Bolonia, 1666). De una generación posterior a la de sus compañeros que ya trabajaban en Roma, este emiliano había disfrutado de una formación más heterodoxa y extraña a la Academia boloñesa, conducida en plan autodidacta sobre las pinturas de Ludovico Carracci y sobre los pintores ferrareses, Dosso sobre todo. Decisivos fueron su viaje a Venecia (1616) y su estancia en Mantua, donde llegó a conocer a Rubens. A su llegada a Roma, ya había dado pruebas de gran capacidad como colorista, de originalidad para abordar las relaciones figura-espacio y de gran dinamismo compositivo. Prueba de la riqueza de medios formales, plenamente barrocos, que poseía es la monumental pintura de altar con La toma de hábito de San Guillermo de Aquitania (1620), de empaste muy denso y amplia mancha, de robusto claroscuro y vibrantes efectos lumínicos, de una composición dinámica y fogosa. De los principios boloñeses podría decirse que sólo permanece el tono afectuoso a lo Ludovico (grupo superior), y quizá también el sentido para calibrar la complejidad estructural de una obra de tanto empeño.No extraña, pues, el debut de Guercino en Roma con una obra tan excepcional y original como La Aurora, pintada en la bóveda del casino Ludovisi, con las alegorías del Día y de la Noche en las lunetas de los lados (1621). Atrás quedan la solución combinatoria, tensa, entre "quadraturismo prospettico y quadro riportato" de Annibale en el palacio Farnese y la más pura del "quadro riportato sin quadratura" de Reni en el casino Rospigliosi, anunciando sin ambages las sugestiones del ilusionismo aéreo plenamente barroco. Con todo, el ambiente romano, intimidado por la normativa impuesta por Agucchi y Domenichino, acogió este fulgurante inicio barroco de Guercino muy negativamente. En su intento de adecuación al clima de rigor que parecía haberse apoderado de Roma, al poco tiempo (1622-23) pinta El entierro de Santa Petronila (Roma, Pin. Capitolina), donde coagula su cualidad de colorista y controla la complejidad compositiva de la vastísima pintura, así como su impulso expresivo. De vuelta a Cento y a Bolonia (1623), fue replegándose poco a poco a posiciones más academicistas, presididas por un lirismo de dulces modulaciones bajo la influencia de Reni.Pero la novedad aportada por Guercino no fue estéril. Indicativa de la complejidad de los desarrollos del clasicismo romano-boloñés a lo largo de la década de 1620, la segunda andanada de vistosa desviación que salió desde las filas de la ortodoxia clasicista de la mano de un amigo y colaborador de Annibale, Giovanni Lanfranco (Terenzo, Parma, 1582-Roma, 1647). Educado con Agostino en los frescos del Palazzo del Giardino, de Parma; ayudante de Annibale en la Galería Farnesio, cuya potencialidad anticlásica llevará hasta sus extremos; solitario decorador del Camerino degli Eremiti en el palacio Farnese (hacia 1604), Lanfranco regresó a Parma (1609-11), donde reflexionó ante la cúpula del Duomo pintada por Correggio, encontrando indicaciones para refrescar su inicial clasicismo. Ella constituyó el modelo ideal en el que se inspiró para extender la ruptura del equilibrio y la armonía en su obra maestra de ilusionismo espacial en relación a la figura, la cúpula de Sant'Andrea della Valle con la Asunción de la Virgen (1625-27), anteojo óptico que parece desfondar el tubo que lo contiene y lanzarse en una loca salida hacia el cielo.Oponiéndose a la regla clásica, concibió una estructura dinámica de la que deriva una potencialidad circular. Con su "inmenso, luminoso esplendor" (Giovan B. Passeri, Vite... (hacia 1673, 1772), la cúpula provocó estupor en el ambiente artístico romano, encauzándolo hacia una nueva etapa de la pintura de decoración de cúpulas y bóvedas. Durante su larga estancia en Nápoles (1633/34-46) trabajó como fresquista en el Gesú Nuovo (1635-37), en la cartuja de San Martino (1637-38), en los Santi Apostoli (1638-46) y, en fin, acabando la decoración iniciada por Domenichino, la Gloria de los Bienaventurados en la cúpula de la capilla de San Gennaro en el Duomo (1641-43).
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Las insistentes demandas Aprovechó Bernal la estancia en México del licenciado Marcos de Aguilar que, por breve tiempo, se halló al frente del gobierno de la Nueva España tras la súbita muerte de Luis Ponce de León, que había llegado para proceder al juicio de residencia de Cortés. Propósito de Bernal y de otros era obtener del dicho Aguilar se les otorgaran mas indios en encomienda. El anciano licenciado y provisional gobernador era individuo pintoresco. Bernal refiere que teniendo en sí la gobernación Marcos de Aguilar, como tengo dicho, estaba muy hético tísico y doliente y malo de bubas; los médicos le mandaron que mamase a una mujer de Castilla, y con leche de cabras se sostuvo cerca de ocho meses... (CXCIV). Ante dicho caballero se presentaron Bernal y otros conquistadores, llevando como intercesores a los capitanes Andrés de Tapia y Gonzalo de Sandoval. Estos hicieron relación de los servicios y otros merecimientos de sus protegidos y le pidieron se les concedieran indios en encomienda cerca de la ciudad de México porque los de Guazacualco no eran de provecho. Como con gracia lo asienta Bernal, después de muchas palabras y ofertas que sobre ello nos dio el Marcos de Aguilar, con pro metimientos, dijo que no tenía poder para dar ni quitar indios... (CXCIII). Mejor suerte tuvo luego en sus gestiones ante el antiguo tesorero real Alonso de Estrada, convertido en gobernador de la Nueva España, tras la pronta muerte de Aguilar. Estrada le otorgó --sin que ello satisficiera a Bernal-- los pueblos de Gualpitan y Micapa (en Cimatlán) y Popopoloatan (en Cintla), hacia el rumbo de Coatzacoalcos, ya en Tabasco. Al menos obtuvo también entonces el cargo de visitador y luego el de procurador síndico en la villa del Espíritu Santo, en donde a la postre fue también regidor. Del tiempo que allí pasó, jactóse Bernal en uno de los últimos capítulos que añadió a su Historia y se incluye sólo en el manuscrito que quedó en Guatemala. Refiere allí que, siendo regidor en dicha villa, quebró el hierro con que se marcaba a los indios que quedaban convertidos en esclavos. Asegura él que quiso terminar con injusticias y de ello dio parte al nuevo presidente de la Segunda Audiencia de México, el humanista y virtuoso varón don Sebastián Ramírez de Fuenleal, a quien además se atrevió a dar consejo: Le suplicamos, por vía de buen consejo que luego expresamente mandase que no se herrasen más esclavos en toda la Nueva España. Y vistas nuestras cartas, nos escribió que lo habíamos hecho como muy buenos servidores de su majestad, agradeciéndolo mucho, con ofertas de que nos ayudaría... (man. Guatemala, cap. CCXIII). Bernal, que se pinta aquí convertido en una especie de laico fray Bartolomé de las Casas --a quien más tarde conoció y del que solicitó favores y expresó también algunas duras críticas-- añade con esa vanidad tan divertida que el historiador Robertson (en el siglo XVIII) le reconoció: ... y luego mandó el oidor Ramírez de Fuenleal... que no herrasen más indios en toda la Nueva España, ni en Jalisco... ni Tabasco, ni Yucatán, ni en Guatemala (man. Guatemala, cap. CCXIII). Premio a sus consejos, otorgado por el propio presidente de la Audiencia --con quien dice Bernal que solía platicar en México-- fue que se le nombrara visitador general para evitar se herrasen indios. Además --seguramente importunado un poco por las peticiones de Bernal-- dijo Ramírez de Fuenleal que haría sabedor de ello a su majestad para que nos hiciere mercedes (man. Guatemala, cap. CCXIII). En tanto que Bernal continuaba de encomendero y con sus cargos en Coatzacoalcos, reiteraba sus demandas pretendiendo ser recompensado según creía merecerlo. En extremo injusto le parecía, a él y a otros antiguos conquistadores, percatarse que mucho mayores beneficios y prebendas se otorgaban a otros recién venidos de España, funcionarios reales o simplemente emparentados con figuras prominentes de la administración real. Como lo veremos al tratar de la estructura y contenido de su Historia, en lo tocante ya al largo período posterior a la conquista, sobre el cual escribió asimismo con insistencia alude a sus demandas y otras gestiones, siempre para obtener mercedes. Menos abundantes fueron, en cambio, las noticias que recogió allí del lapso que abarca desde el primer viaje de Cortés a España (1528-1529) su retorno y nuevas empresas, hasta su salida definitiva de México en 1540. Dejando para nuestro análisis del contenido de la Historia los juicios que expresa Bernal sobre lo que en ese lapso realizó Cortés, volvemos ahora la atención a lo que hizo el futuro cronista para salir mejor librado en sus pretensiones. Por vez primera se propuso --no ya sólo aludir a sus hechos personales como conquistador-- sino exhibirlos adecuadamente por escrito. Concibió entonces la idea --como lo harían otros muchos antiguos conquistadores-- de disponer de una probanza de méritos y servicios. De algún modo puede decirse que tal primera recordación puntual de lo que eran sus proezas fue un germen de lo que más tarde acometería en extenso. Con ello no quiero excluir ya desde este momento que no pudieran haber contado otros motivos en su ulterior propósito de escribir su Historia verdadera. Bien merecería --en un estudio más amplio acerca de Bernal-- ocuparse, punto por punto, de su probanza de méritos y servicios, promovida en la ciudad de México, el 7 de septiembre de 1539. Aquí sólo comentaré que en ella adujo como testigos a cinco personas, amigos o conocidos suyos, entre ellos al capitán Luis Marín, con quien había servido en Chiapas. Como alcalde ordinario de la ciudad presidió los interrogatorios don Juan Jaramillo, que estaba casado ya nada menos que con la célebre Malinche. Era él antiguo conquistador, del cual Bernal escribiría más tarde en su Historia que actuó como capitán que fue de un bergantín cuando estábamos sobre México; fue persona prominente... (CCV). El mismo Bernal había preparado el interrogatorio, según en general lo hacían quienes promovían este género de probanzas. Las preguntas que incluyó eran veintiuna. La primera y la última eran de rigor sobre si los testigos conocen y cuándo a Bernal, y si saben que lo ocurrido es pública voz y fama. Dos más se refieren a la primera expedición con Hernández de Córdoba (nada sobre la de Grijalva); cuatro a lo realizado con Cortés hasta la muerte de Cuauhtémoc en el viaje a las Hibueras; dos a los trabajos que llevó a cabo en la pacificación y poblamiento de Coatzacoalcos, Tabasco y Chiapas; cinco a las encomiendas que ha recibido y cómo se ha visto disminuido al privársele de una parte de ellas sin ser recompensado debidamente; dos más tocantes a Bernal si es persona honrada y de muy buena fama... Por demás está añadir que las respuestas de los testigos fueron en extremo favorables a quien promovía la probanza. Tenía Bernal la intención de viajar a España a luchar por los que consideraba sus derechos, armado precisamente con su probanza y con otros importantes documentos. Eran estos dos cartas, una del virrey Mendoza, suscrita el 28 de febrero de 1539, y otra de Hernán Cortés, de igual fecha. En ambas se expresa que ha servido en la conquista (con más detalles lo hace Cortés) y se señala no ha sido bien recompensado por lo que, de modo genérico, se piden mercedes en su favor. Veamos ahora si aprovecharon o no al interesado tales cartas y probanza en las gestiones que con ellas llevó a cabo en España.
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La mayoría de estas instituciones fue fundada durante el siglo XVII. La Académie d'architecture funcionaba desde 1671 aunque todavía a principios del siglo XVIII no contaba con un estatuto legal. Puesta bajo la protección real, el primer arquitecto del Rey era al mismo tiempo su director. Además de estudiar cuestiones puramente teóricas, debía examinar y resolver las memorias, modelos y dificultades que se le presentaran. Aunque bastante clásicos en sus aspectos teóricos, durante la época más fulgurante de la ornamentación rococó fueron en general muy liberales con lo que ellos llamaban licencias.La enseñanza que se impartía en la Academia quedó regulada en 1717 y consistía en clases desde noviembre hasta septiembre en las que se enseñaba geometría y las reglas prácticas de arquitectura. Hasta 1742, en que Jacques François Blondel decidió abrir una escuela privada, los cursos de la Academia eran los únicos que se impartían. En 1720 comenzaron a organizarse concursos anuales por la Academia. Los temas que se proponen en un principio para presentarse al gran premio son bastante sencillos (planta de una iglesia, un arco de triunfo, altar de una catedral) pero a partir de 1738 la complicación fue en aumento, así por ejemplo, en 1739 consistió en unas caballerizas con cuadras, residencias para el caballerizo mayor y sus ayudantes, pajes, capilla y talleres. El estudio detallado de los temas propuestos descubre las diferentes tendencias por las que se encaminaban los académicos y permite comprender la evolución de la arquitectura hacia las nuevas concepciones neoclásicas.La Académie royale de peinture et de sculpture, fundada en 1648, era también como la de Arquitectura un centro cultural por sus sesiones, sus conferencias y su Salón, del que luego hablaremos, y un lugar de enseñanza por sus cursos y talleres.Para ser nombrado académico, cuyo número no estaba limitado, presentaba el solicitante una o varias de sus obras más significativas; a la vista de ellas votaban los académicos su admisión y en el caso de que saliera afirmativa se le pedía la ejecución de una obra, determinándole el tema, que servía para su posterior recepción. La mayor parte de estas obras conservadas en la Academia pasó tras la Revolución al Louvre, constituyendo una preciosa fuente para estudiar la escultura y pintura francesas. Una vez admitido en la Academia, cuya sede estaba en el Louvre, asistía a las sesiones, tenía derecho a voto y podía exponer en el Salón.La enseñanza organizada por esta institución correspondía a un cuerpo de profesores y adjuntos, artistas prestigiosos cuyos nombres se conocen; sin embargo, se ignora el contenido real de sus enseñanzas. Cada tres meses los alumnos concurrían a pequeños premios y anualmente se celebraban los concursos de los grandes premios. Para éstos se decidía un tema común para pintores y escultores que en principio, en el mes de abril, hacían un boceto; los académicos elegían los mejores y sus autores debían entonces hacer la obra definitiva en el aislamiento de las loges (celdas). En la semana de la festividad de San Luis, fiesta de la Academia, a finales del mes de agosto, se exponían públicamente. Luego, en voto secreto, los académicos decidían los premios que consistían en una medalla de oro, gran premio que en general abría las puertas de la Academia de Francia en Roma y unas medallas de plata.En el año 1749 la dirección de los Edificios Reales creó la Ecole royale des Elèves proteges, con la pretensión de formar mejor a los artistas que iban a ser destinados a trabajar para el Rey. Primero pasaban por la escuela de la Academia real de pintura y escultura, luego, aquellos que habían sido laureados en el concurso anual se les nombraba pensionados del Rey de esta Escuela de alumnos protegidos. Así, seis artistas se perfeccionaban en su arte antes de ir a la Academia de Roma. Pero la Real Academia de pintura y escultura, celosa de sus derechos que monopolizaban la enseñanza del arte, conseguirá la supresión de esta Escuela el año 1775. Al año siguiente se suprimió también a instancias de aquélla la Académie de Saint-Luc, institución impregnada de un fuerte espíritu gremial.Como ya he indicado antes los merecedores del Gran Premio de la Academia de pintura y escultura recibían su diploma de pensionados de la Academia de Francia en Roma. Los alumnos de arquitectura en un principio eran designados directamente por el director, pero poco a poco se fue imponiendo la costumbre de enviar también a los primeros premios. Hasta 1725 su sede fue en el palacio Capranica, luego durante todo el siglo XVIII se instaló en el palacio Mancini, en el Corso. El director, que era un pintor, debía intentar que fuera un centro de formación artística, pero también foco de irradiación francés en el ámbito romano. Era misión suya cuidar de que los pensionados estudiaran las obras clásicas y a los grandes artistas romanos. Vigilaba sus trabajos y enviaba informes a París para dar a conocer sus progresos. Pero los varios años de estancia les permitían también tomar el pulso a la ciudad y participar activamente en su vida integrándose en su ambiente, sin desdeñar su asistencia a los carnavales y otras fiestas. Muchos pensionados en lugar de preocuparse por su perfeccionamiento se dedicaban a la búsqueda de clientela y en algunos casos también participaron en los concursos de la Academia romana de San Lucas.La manifestación artística más importante del París del siglo XVIII fue el Salón, en donde se exponían obras de los miembros de la Academia. Durante el siglo XVIII hubo algunos salones sin periodicidad y ya en el siglo siguiente se celebró uno en 1704 y otro en 1725. A partir de 1737 se hicieron periódicos, primero anuales y desde 1748 cada dos años. Se abría, salvo excepciones, el día de San Luis, 25 de agosto, fiesta de la Academia y el lugar, el Salón carré del viejo Louvre, de donde le viene su nombre. Aparte de la significación que suponía exponer, aunque por poco tiempo, la obra al público, tenía también una gran trascendencia por la literatura que suscita. Por un lado en el programa oficial se recogía la lista de obras, acompañada a veces de unos sencillos datos explicando las intenciones del artista. Más importantes eran, sin embargo, las críticas de los salonnier, verdaderos libelos que caían sin piedad sobre los artistas, pero que nos permiten conocer los derroteros por los que se encaminaba la crítica contemporánea. Indudablemente la más célebre fue la ejercida, hay que reconocer que de una manera un tanto parcial, por Diderot de 1759 a 1781.Aparte de esta exposición oficial se celebraba también en París cada año, al aire libre, en la plaza Dauphine, una exposición conocida como Exposición de la juventud, en la que participó Chardin en los inicios de su carrera.
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Al margen del aspecto eclesiástico, la administración colonial se ejercía en cuatro esferas: gubernativa, judicial, financiera y militar, cada una de las cuales generó su propia burocracia independiente, aunque no siempre bien diferenciadas. La diversidad de jerarquías ocasionó frecuentes y serios conflictos de competencia, agravados por el retraso en la resolución cuando ésta dependía de la metrópoli. Sin embargo, más frecuente y típica de la administración colonial fue la tendencia a acumular diversos tipos de funciones en un único cargo. La unidad administrativa y política más importante en América fue el virreinato, aunque en los primeros años los esfuerzos de la Corona se centraron precisamente en anular una institución vinculada, según las capitulaciones de Santa Fe, a Cristóbal Colón, que fue el primer virrey de las Indias (1493-1500); en 1509 se reconoce ese título a su hijo Diego, que en calidad de tal gobierna en Santo Domingo hasta 1524, cuando se le ordena regresar a España finalizando así la era de Colón en América. El título hereditario de virrey se convirtió en algo meramente honorífico y en 1536 el nieto del descubridor, Luis Colón, renuncia definitivamente a ese título a cambio de ciertas compensaciones económicas. Casi al mismo tiempo, en 1535, la Corona resucita esa institución de un modo efectivo al nombrar a Antonio de Mendoza virrey de Nueva España. Las Leyes Nuevas consagraron el sistema y crean también el virreinato del Perú, cuyo primer titular fue Blasco Núñez Vela, nombrado en 1543. La jurisdicción del virreinato de Nueva España, con capital en México, incluía todos los territorios al norte de Panamá, incluidas las islas caribeñas y Venezuela, mientras el virreinato del Perú regía, desde Lima, todas las demás posesiones españolas en Suramérica. En el siglo XVIII se crearán dos nuevos virreinatos segregados del peruano: el de Nueva Granada, establecido en 1717 y definitivamente en 1739, con capital en Santa Fe de Bogotá y jurisdicción sobre los territorios que hoy forman Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador, y el del Río de la Plata, creado en 1776 con sede en Buenos Aires, que comprendía los actuales Bolivia, Paraguay, Argentina, Uruguay y la provincia Cuyo (Chile). Sin embargo, en muchos casos la jurisdicción virreinal era más teórica que real, y algunas circunscripciones gozaron de gran autonomía. Como representantes directos del rey en Indias, los virreyes ocupaban siempre la presidencia de las distintas burocracias en sus territorios: gobernadores, capitanes generales, jueces supremos honorarios. Gozaron de gran prestigio e influencia, y se rodearon de cortes con todo el boato y ceremonial al uso, con un palacio y guardia militar. Casi todos fueron peninsulares y miembros de la nobleza castellana, aunque en el siglo XVIII abundarán los militares y hasta eclesiásticos (que normalmente ocupaban el cargo de forma interina, pero a veces también en propiedad). Al principio se les nombró por tiempo indefinido pero una vez consolidado el sistema se limitó su período de gobierno a seis años, que podía ser prorrogado. La siguiente circunscripción desde el punto de vista administrativo fue la gobernación, equivalente a una provincia. Normalmente subordinadas al virrey, algunas gobernaciones fueron autónomas en la práctica por tener contacto directo con España más fácilmente que con la capital virreinal (los especialistas del derecho indiano proponen denominarlas como provincias mayores o presidencias-gobernaciones, siendo el resto provincias menores). En total hubo hasta 34 gobernaciones, que fueron surgiendo a medida que avanzaba la conquista, convirtiéndose los conquistadores en los primeros gobernadores (al principio con título de adelantados, de reminiscencias medievales). Sus funciones eran administrativas, judiciales y militares. Las gobernaciones más importantes fueron consideradas capitanías generales, con poderes militares autónomos; fue el caso de Santo Domingo, Guatemala, Panamá, Chile, y Venezuela, así como Santa Fe de Bogotá y Buenos Aires antes de erigirse en sedes virreinales. Los corregimientos, que en Nueva España también se llamaban alcaldías mayores, fueron divisiones administrativas menores, muy similares en función y características a las gobernaciones pero en distritos más pequeños, que muchas veces se reducían a una ciudad y su hinterland. Las zonas rurales con población indígena eran gobernadas por los corregidores de indios, que a las atribuciones políticas y judiciales sumaban las fiscales, al controlar la recaudación de tributos indígenas. Los corregidores solían presidir los cabildos o ayuntamientos, que fueron la organización política de las ciudades y, como tales, constituyeron la unidad administrativa inferior o básica de todo el sistema, dada la importancia de las ciudades como lugar de residencia de la población blanca. Al igual que en España, los cabildos indianos estaban integrados por dos alcaldes ordinarios (que eran jueces de primera instancia y presidían el cabildo en ausencia del corregidor) y varios regidores (generalmente seis, pero en las ciudades importantes podían ser más), así como cierto número de otros funcionarios como alguacil mayor y alcalde de hermandad (jefes de policía urbana y rural, respectivamente), escribano (secretario), alférez real, etc. Teóricamente los cargos eran electos y anuales, debiendo efectuarse el 1 de enero de cada año, pero muy pronto tanto las elecciones como los propios cargos fueron monopolizados por las oligarquías locales, proceso que se afianzó por la venta de oficios generalizada desde fines del siglo XVI. Los cabildos indianos fueron corporaciones cerradas, representativas sólo de los intereses de la elite. La estructura de gobierno se entrelazaba con la de justicia, en aplicación del principio vigente en la España de la época de que gobernar es imponer la justicia, de ahí que todos los funcionarios mencionados (virreyes, gobernadores, corregidores, alcaldes) tuvieran atribuciones judiciales. Del mismo modo las audiencias, a las que específicamente correspondía la administración de justicia al más alto nivel, en calidad de tribunales de apelación en sus distritos, tuvieron también funciones gubernativas, ya sea de asesoramiento o de gobierno, faceta que constituye su principal diferencia con respecto a las metropolitanas. En ocasiones la Corona encomendaba específicamente el gobierno a las Audiencias (por ejemplo, la de Santo Domingo en 1524, la de Mexico en 1528), que además solían asumir esa función en casos de vacante, mientras llegaba el nuevo virrey o gobernador. Existieron tres tipos de audiencias que diferían entre sí en importancia: virreinales (presididas por un virrey), pretoriales (cuyo presidente era un gobernador y capitán general, y gozaban de amplia autonomía) y subordinadas (cuyo presidente era un letrado, y dependían administrativamente del virrey). En total llegaron a crearse 13 audiencias en la América española (más una en Filipinas), cuyos límites jurisdiccionales marcaron en buena medida los de los diferentes países tras la independencia. Según su clase, fueron éstas: - Audiencias virreinales: México, 1527; Lima, 1543; Santa Fe, 1739; Buenos Aires, 1776. - Audiencias pretoriales: Santo Domingo, 1511; Panamá, 1538, suprimida; restablecida en 1564; Guatemala, 1543; Santa Fe de Bogotá, 1548 (pasa a virreinal en 1776). - Audiencias subordinadas: Guadalajara, 1548; La Plata de los Charcas, 1559; Quito, 1563; Caracas, 1786; Cuzco, 1787. Organizadas como cuerpos colegiados, se componían de presidente, oidores (juristas profesionales, cuyo número varió entre 4 y 8), fiscal, alcaldes del crimen (para la justicia penal). En total, unos cien cargos en el conjunto de las audiencias americanas. Dado que no existía un límite fijado para su permanencia en el cargo y que en general todos ellos solían permanecer durante más tiempo que los virreyes, los miembros de las audiencias representaron la continuidad administrativa y judicial; así como la más genuina elite burocrática indiana. En cuanto a la administración fiscal, se organizó con una burocracia específica, que fue además la primera en aparecer en las Indias, pues en cada expedición descubridora y conquistadora participaba algún representante de la Corona (oficiales de entrada) para proteger sus intereses y, en especial, vigilar la correcta asignación del quinto real. Después, en cada capital de virreinato y de provincia se establecieron sendas oficinas de Hacienda, denominadas Cajas Reales, con tres funcionarios principales (contador, tesorero y factor) conocidos con el nombre genérico de oficiales reales. Por último, la burocracia militar fue muy reducida, al margen de los títulos y atribuciones militares unidos a los cargos de gobierno, que además con frecuencia eran ocupados por militares profesionales, sobre todo en las zonas estratégicas (por ejemplo, la gobernación de Cuba). Pero hasta finales del siglo XVIII las únicas tropas regulares existentes en las Indias eran las guardias de los virreyes y las guarniciones de soldados establecidas en puertos y lugares estratégicos para defender las fortificaciones construidas en ellos, especialmente en el Caribe (La Habana, Santiago de Cuba, San Juan de Puerto Rico, Cartagena de Indias y otros sitios). Además existieron los llamados presidios, puestos militares con pequeños destacamentos que protegían las zonas de frontera de posibles ataques de indios no sometidos: en Chile, frente a los araucanos, en el Río de la Plata frente a los indios de la Pampa, y en el norte de Nueva España frente a los "indios bravos" (apaches, comanches y otros pueblos). En estas regiones la defensa se completaba con tropas organizadas y dirigidas por los hacendados locales. La organización administrativa se completaba con un sistema de control de los funcionarios a través de los juicios de residencia y las visitas. Al término de su mandato todos los funcionarios eran sometidos a juicio, en el que cualquier persona tenía derecho a declarar, verificándose luego las acusaciones. Aunque el sistema generó sus propias corrupciones (mediante acuerdos entre el residenciador y el residenciado), en no pocas ocasiones supuso severos castigos para funcionarios venales. En cuanto a la visita, era un procedimiento extraordinario consistente en la inspección de un distrito, institución o autoridad, por parte de un enviado especial de la Corona. Motivada frecuentemente por alguna denuncia, el visitador suspendía temporalmente al funcionario, que según resultara la investigación podía ser repuesto en el cargo o destituido definitivamente y, en su caso, multado o castigado. Otras veces las visitas pretendían recoger información como paso previo a alguna medida proyectada.
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La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) es la primera organización que unió, con carácter internacional, a una buena parte de los trabajadores. Hasta 1871, la AIT celebró con regularidad congresos que lograron atraerse, además de los sindicatos ingleses, a obreros franceses, belgas, suizos, españoles, italianos, holandeses y contó con el apoyo del Partido Social Demócrata alemán, desde su fundación en 1869. El estallido de la Comuna de París en 1871, supuso un duro golpe para la AIT, aunque ésta apenas participó en su organización. El Gobierno francés y otros europeos, utilizaron la Comuna como pretexto para perseguir a los miembros de la AIT, lo que impidió que el Congreso anual se reuniese hasta finales de 1872. En el Congreso de La Haya de 1872, el enfrentamiento entre marxistas y anarquistas -ya agudizado desde 1868- hizo imposible el funcionamiento normal de la AIT. El anarquismo era dirigido en ese momento por el ruso Bakunin, influido por Proudhon, pero más radical. Marx consideraba que antes de llegar al comunismo había que pasar por una etapa intermedia de Socialismo de Estado y la revolución debería ser obra de una minoría disciplinada. Bakunin pretendía llegar a una desaparición inmediata del Estado y una revolución masiva y espontánea. El acuerdo fue imposible y, desde entonces, puede considerarse que la I Internacional no existe. Para evitar este problema, Marx lleva la central de la AIT a EE.UU. En el Congreso de Filadelfia (1876) se decreta la suspensión de la I Internacional, que así desaparecerá jurídicamente aunque, de hecho, dejó de ser operativa en 1872. Dentro del periodo de la I Internacional hay que situar, en 1871, "La Comuna de París". La influencia de la Comuna en la I Internacional fue negativa, pues el terror provocará la represión del obrerismo, tanto en Francia como en otros países, aunque no debe olvidarse que la AIT se disuelve, en última instancia, por los enfrentamientos internos. El hecho de que la AIT dejase de tener operatividad, y aun desapareciera desde 1876, no significa que el movimiento obrero no existiese entre 1872 y 1889; por el contrario, en diversos países aparecieron partidos socialistas (los dominantes serán el francés, inglés y alemán), cuyas formas de lucha se parecían en los diversos países de Europa, especialmente por el uso de la huelga. Los dirigentes de esos partidos deseaban unirse en una organización que reflejara el sentir de los diversos partidos (en camino inverso que la I Internacional, puesto que las secciones recogían el sentir del Consejo General). Por otra parte, en el mundo occidental, especialmente en los países industrializados, se va a dar un fuerte desarrollo del capitalismo que, lejos de debilitarse, se hará más fuerte y producirá una mayor riqueza general, lo que, como ya hemos visto, redundará en una mejora sensible de las condiciones de vida de gran parte de la clase obrera. Este período dará lugar a la intensificación de la lucha obrera, pero también al revisionismo de las doctrinas de Marx. La II Internacional nace en 1889 como deseo de unir a los distintos partidos en una organización que orientase las actividades a escala internacional. Su base fue desde el principio marxista y los anarquistas quedaron prácticamente excluidos. La sede se instaló en Bruselas y estaba compuesta por los partidos socialistas ya existentes. El hecho de que existiera una organización central no significa centralismo; por el contrario, esta Internacional se caracteriza por la autonomía de los grupos nacionales; la finalidad de este organismo era asegurar que las distintas federaciones se relacionasen entre sí, a través de Congresos periódicos que daban una serie de orientaciones indicativas no vinculantes. En el primer Congreso se decidió instaurar el 1 de Mayo como fiesta anual del trabajo, así como reivindicar la jornada laboral de ocho horas y suprimir el horario nocturno. Los anarquistas asistieron -sin ser invitados- a las salas donde se celebraba el Congreso, de las que se les expulsó violentamente (pocos años después, en el Congreso de 1906, fueron condenados por su antiparlamentarismo y por la utilización del terrorismo). Una vez superado el problema anarquista, el enfrentamiento se produjo fundamentalmente entre marxistas ortodoxos y revisionistas. La postura revisionista fue ganando terreno dentro de la II Internacional.
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A comienzos del siglo IV, un debilitado Imperio romano comienza a sufrir las primeras invasiones del exterior, proceso que se prolongará durante la centuria siguiente. Procedentes del interior de Asia, los hunos de Atila emprenden una larga marcha de conquista que finalizará en el año 451, cuando son derrotados por las legiones romanas en los Campos Cataláunicos. La travesía de los alanos no será menor, llegando hasta el mismo corazón de Hispania. Mientras los vándalos silingos atacan la Península Itálica desde el norte, los asdingos llegan al corazón de la Península Ibérica, recorren el norte de Africa y atacan por el sur Italia y Grecia, asentándose en el territorio de la antigua Cartago Los suevos, procedentes del norte de Europa, llegan a atravesar la Galia y recorrer el occidente de Hispania, estableciéndose en una amplia franja del occidente peninsular. Por su parte, los godos cruzan el este de Europa y caen sobre Grecia y el Mediterráneo oriental desde el norte. De estos, un grupo, los visigodos, recorren toda la costa mediterránea y, tras avanzar por Hispania de sur a norte, se asientan en el occidente de Francia. Otro grupo de godos, los ostrogodos, saldrá de Asia para asentarse en una amplia región del este europeo. Los burgundios también cruzarán las fronteras del Imperio, para establecerse en pleno centro de Europa, mientras que los francos serán ya un pueblo federado hacia el 450. Menor recorrido tienen las invasiones de otros pueblos, como los alamanes, o las invasiones de jutos, anglos o sajones, quienes pasarán a las islas británicas.
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En la década de 1880 las inversiones directas provenientes de empresas británicas, pero también de compañías francesas, alemanas y norteamericanas, alcanzaron un nivel comparable al endeudamiento negociado en los mercados financieros. Como bien señala Marichal, ya no se trataba de consolidar posiciones sólo en la banca o en el comercio internacional, sino que también se invertía en transportes y producción, especialmente en actividades vinculadas a ferrocarriles, tranvías, minas, ingenios azucareros, molinos harineros y compañías de gas, electricidad o teléfonos. En esa década, el 80 por ciento de las inversiones directas británicas en América Latina se concentró en cinco países: Argentina (37 por ciento), México (17 por ciento), Brasil (14 por ciento), Chile (7 por ciento) y Uruguay (5 por ciento), que no casualmente eran los que tenían una mayor producción. En ellos, también, la construcción de ferrocarriles y el desarrollo urbano avanzaba más rápidamente. En los años posteriores al fin de la Primera Guerra Mundial (1918-1920), asistimos a un importante incremento de las inversiones directas norteamericanas en varios países del continente, especialmente en Cuba, México y Chile, aunque no se produjeron préstamos a largo plazo para los gobiernos latinoamericanos. Algunas firmas, predecesoras de las actuales transnacionales, se instalaron en esta época en América Latina.
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Los dominios franceses en el Caribe comprendían Saint-Domingue o la parte occidental de la isla dominicana y numerosas islas antillanas, como Guadalupe, Martinica, San Martín, San Bartolomé, Dominica, Santa Lucía, San Vicente y Granada, en las cuales se había logrado desarrollar una buena economía azucarera, capaz de competir ventajosamente con la de Brasil y las otras colonias inglesas en el mercado europeo, que entonces consumía doscientas mil toneladas de azúcar. La importación masiva de esclavos, la construcción de trapiches y de fábricas azucareras cambiaron su fisonomía y las convirtieron en verdaderos emporios de riqueza, lo que despertó la ambición de los ingleses. Empezó entonces un incesante trajín de ocupación, devolución, conquista y reconquista de tales islas que duró hasta las primeras décadas del siglo XIX. Durante la guerra de los Siete Años, los ingleses conquistaron todas las islas francesas menos Saint- Domingue: en 1759 Guadalupe, en 1761 Dominica, en 1762 Martinica, Santa Lucía, San Vicente y Granada. Devueltas luego, en 1763, gozaron de un trato privilegiado por parte de París, que las autorizó a comerciar directamente con la metrópoli instalando tres gobernadores en las más importantes de ellas: Saint-Domingue, Martinica y Guadalupe. A partir de entonces, Francia vio ocupadas y recobradas sus islas en casi todos los conflictos surgidos con Inglaterra. Saint-Domingue tuvo su gran despegue poblacional y económico a lo largo del siglo. Su población creció de unos 83.000 habitantes en 1730 a 520.000 en 1789. De este total 452.000 eran esclavos, 40.000 blancos (su número disminuyó a 30.000 a fines de siglo) y 28.000 libertos. Entre 1750 y 1789, entró en ella más de un millón de africanos, repitiéndose aquí el fenómeno observado en Brasil de un escaso crecimiento vegetativo, que obligaba a mantener una enorme inmigración para sostener casi constante el número de esclavos. La separación entre blancos (7,6% de la población) y negros era absoluta y la sociedad era totalmente rural, emergiendo los poblados de las plantaciones. Los grandes propietarios vivían en París y administraban sus plantaciones mediante mayordomos. Mantenían también en la isla algunas viviendas ostentosas a las que iban esporádicamente para supervisar sus intereses. Durante el último cuarto del siglo XVIII, los blancos empezaron a preocuparse por el aumento de los negros libres. Se dieron entonces algunas medidas severas contra los esclavos huidos y discriminatorias para la población de color, impidiéndoles portar armas, casarse con blancas, etc. Desde 1771 se prohibió a los negros acceder a determinadas profesiones, usar algunas ropas y sentarse en lugares relevantes durante los actos públicos. La economía azucarera creció vertiginosamente, aprovechando el soporte dominicano español, que suministraba carne, alimentos y animales de tiro, comúnmente llegados de contrabando. Saint-Domingue extendió luego su radio de acción a la costa venezolana, Puerto Rico y otras colonias españolas, además de las norteamericanas, importando mulas, carne salada, cueros, trigo, etc. a cambio de azúcar morena (demandada en las colonias españolas) o blanca. El régimen de plantación devoraba todas las tierras existentes y los esclavos seguían fluyendo a miles. Parecía que el sistema no tocaría nunca techo. En 1789, la colonia exportó 54.644.010 libras de azúcar blanca, 107.609.296 libras de azúcar morena, 25.749 barriles de melaza y 598 barriles de ron. Otros cultivos apreciables fueron el café, el algodón y el índigo, de los que se exportaron 88.360.502, 8.405.128 y 901.958 libras respectivamente. Su enorme tráfico comercial hizo que la isla se convirtiera incluso en reexportadora de productos de otras colonias españolas o inglesas. Saint-Domingue exportaba, así, 600.000 libras de cacao, 29.606 cueros al pelo, 80.000 libras de cañafístula, 5.000 libras de conchas de carey, etc. La isla se administraba por un Gobernador, auxiliado de un Consejo en el que tenían participación algunos plantadores, y por un Intendente. Ante las tensiones existentes con la vecina Santo Domingo, se realizó un acuerdo de límites en 1776. La Revolución Francesa conmocionó a negros y plantadores y preparó el camino de la emancipación. En 1795, Saint-Domingue se anexionó el Santo Domingo español en virtud del Tratado de Basilea. No tardaría mucho en surgir la guerra de razas que arruinaría la mayor sacarocracia existente en el mundo a fines del siglo XVIII. Guadalupe comenzó el siglo con el despertar de su economía azucarera gracias a la importación de esclavos, a la creación de ingenios y a la construcción de fábricas para la elaboración de azúcar. Su gobernador Jean Baptiste Labat fue el gran impulsor de la misma. La isla fue conquistada por los ingleses en 1759, pero esto no motivó ninguna recesión. Antes al contrario, los ingleses introdujeron treinta mil esclavos en cuatro años y abrieron a los guadalupanos sus mercados. En 1761, había 318 ingenios en sus zonas oriental y occidental: dos años después se construyeron cien nuevas refinerías de azúcar. Por entonces, Guadalupe exportaba 24.400 toneladas de dicho producto. El auge guadalupano despertó los recelos de los cañicultores ingleses, que presionaron para que se devolviese a Francia la isla en la Paz de París (1763). Tampoco decayó su economía por ello, ya que Francia había reducido su potencial colonial y necesitaba importar grandes cantidades de azúcar y melazas. En 1767 Guadalupe exportaba 77.000 toneladas de azúcar. La Revolución Francesa trajo posteriormente el enfrentamiento de monárquicos y republicanos. La metrópoli convirtió la colonia en base de su guerra marítima en el Caribe y fue conquistada por los ingleses en 1810. Martinica fue una especie de capital de las pequeñas antillas francesas. Todas las flotas con destino a las Islas del Viento debían recalar a la ida o a la vuelta en su capital, Saint-Pierre. Asimismo, debían ir a ella los navíos negreros que pretendían negociar en las mismas, lo que le permitió gozar del privilegio de escoger los mejores esclavos. Martinica desarrolló una excelente economía azucarera compaginada con la cafetera, cultivo que se introdujo en 1723. La isla fue igualmente ocupada por los ingleses en 1762, que introdujeron en ella un régimen comercial privilegiado, semejante al de Guadalupe. Su prosperidad no despertó, en cambio, los recelos en los cañicultores ingleses y Londres pretendió retener la isla al sobrevenir la Paz de París, pero Francia la reclamó con insistencia y hubo que reintegrársela. Martinica fue puerto libre a partir de entonces, lo que le permitió beneficiarse del comercio con las colonias norteamericanas. En 1767 exportó 13.700 toneladas de azúcar. La Revolución Francesa amenazó gravemente la estabilidad de la isla dado el gran número de esclavos y libertos que había en ella. Los propietarios blancos agradecieron la ocupación inglesa, en 1794, que les permitió mantener su dominio y explotación. La isla fue devuelta a Francia por la Paz de Amiens y retornó a ser inglesa en 1809.
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Resulta ya casi tópico resaltar, por contraste, frente al proceso de unificación y centralización que se estaba dando en las principales Monarquías occidentales, la ausencia de un movimiento de tales características en la península italiana, por tanto, la no creación de un único Estado absolutista que aglutinara los distintos poderes fragmentados, y opuestos entre sí, que venían definiendo lo que se ha dado en llamar el mosaico italiano, formado por múltiples organizaciones políticas cuyos regímenes tenían variadas formas y se basaban en constituciones bien diferenciadas. No obstante, una vez concluidas las guerras de Italia en la primera mitad del siglo XVI, el mapa político italiano se simplificó mucho, tanto por la existencia desde entonces de cinco o seis núcleos políticos importantes (Nápoles, el Estado pontificio, Toscana, Saboya, Venecia, Milán...), como por el dominio ejercido por la Monarquía hispana sobre la mayor parte del territorio peninsular e insular italiano, sin olvidar que el triunfo contrarreformista dotó a Italia de una cierta unificación religiosa que alcanzó a expulsar los fantasmas de la división confesional que tantos conflictos estaba causando en muchos otros ámbitos. La Italia del Quinientos presenta un notable contraste entre sus dos mitades cronológicas. Durante la primera mitad de la centuria se sucedieron los enfrentamientos bélicos, mezclándose las luchas entre los Estados italianos con las que provocó allí la rivalidad hispano-gala, generándose así un largo período de inestabilidad política, de caídas continuas de gobernantes, de cambios constitucionales y de alteraciones territoriales. Por contra, la segunda mitad del siglo destaca por la ausencia de guerras, por la gran tranquilidad que se extendió por la península, por la permanencia e incluso fortalecimiento de los principales poderes estatales, en suma, por una sobresaliente estabilidad política y por un orden interno muy alejado de las perturbaciones y tensiones armadas que se daban fuera de sus límites fronterizos.