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Datos principales


Desarrollo


CAPITULO ULTIMO En que se recopilan las virtudes que singularmente resplandecieron en el Siervo de Dios Fr. Junípero. Si con atenta reflexión se lee la Historia que antecede de la Vida y Apostólicas tareas del V. P. Fr. Junípero, se hallará que su laboriosa y ejemplar vida no es otra cosa que un vistoso y hermoso campo matizado de todo género de flores de excelentes virtudes. Para conclusión de la Historia intento en este último Capítulo (que dividiré en párrafos) recopilar las principales que se observaron, y que no pudo ocultar su humildad; y que para cumplir con la doctrina del Divino Maestro debía hacerlas en público, para que viéndolas los nuevos Cristianos, que con su predicación convirtió y agregó al gremio de la Santa Iglesia, las practicasen y alabasen a Dios. Pero las demás que no conducían al dicho fin, procuraba con mayor cuidado ocultarlas aun de los más estimados Compañeros, de los más confidentes e inmediatos, observando a la letra el precepto que nos intima Jesucristo por San Mateo (Cap. 6. V. 3.) Nesciat sinistra tua, quid faciat dextera tua: por cuyo motivo, no puedo dar razón de sus virtudes interiores. Porque no obstante la estrechez y amor que desde el año 39 le debí, y que desde el año 49 se confesó conmigo mientras que vivíamos, y si había algunas temporadas de separación por la obediencia, o cumplimiento del Apostólico ministerio, procuraba cuando nos volvíamos a juntar, hacer confesión general de aquel tiempo, renovando las que en el intermedio había hecho; no obstante este santo ejercicio de treinta y cuatro años, nada puedo decir de su vida interior, sí solamente podré referir de lo exterior, que no pudo ocultar, su profunda humildad, en cumplimiento del encargo que hace Jesucristo: Luceat lux vestra, &c.

que según San Gregorio, es lo mismo que tener en las manos lámparas encendidas, para que viendo los actos de las virtudes exteriores, se muevan a alabar a Dios como Autor de ellas: Lucernas quippe ardentes in manibus tenemus, cum per bona opera proximis nostris lucis exempla monstramus. Pero aún de esto no hay lugar para decirlo todo, y me contentaré con referir sólo algunos actos de las virtudes que tienen visos de heroicas: para lo cual noto con los Auditores de la Sagrada Rota en la Causa de San Pedro Regalado, que de dos modos puede uno tener las virtudes en grado heroico: el uno en cuanto el hombre anhela a este modo como divino, que se llaman virtudes purgativas; el otro en cuanto tiene ya el hombre conseguido el fin de estos anhelos en cuanto es posible en esta vida mortal, y éstas se llaman virtudes de ánimo purificado, cuales fueron las de la Virgen Ntrâ. Señora, y de algunos esclarecidos Santos. No hablo de éstas, pues como dicen los mismos Auditores, se hallan en muy pocos Santos; sólo hablaré de las primeras de las que hablando el Cardenal Aguirre (Trad. de virtutibus &,vitiis dist. 12. q. 3. sec. 5, núm. 49) después de haber dicho que no se pueden conocer por sí mismas, sino solamente por los efectos, obras o acciones externas y palabras, según aquello de Cristo: Ex fructibus eorum &c. dice: Quisquis non praecepta solum, sed concilia Evangelica semper, & toto animi conatu deprebenditur observasse usque ad ultimum vitae momentum, neque unquam declinasse ab ea difficili & angusta via, verbo facto, aut omissione, idque judicio communi hominum tantam vitae perfectionem admirantium in mortali homine, his sane probabiliter creditur fuisse praeditus virtutibus per se inditis in gradu heroico; immo etiam virentibus acquisitis in eodem gradu.

Cuyos efectos declara el Sr. Benedicto XIV (en el cap. 22 del lib. 3 de Serv. Dei. Beatif.) por estas palabras: Ut sit heroica efficere debet, ut eam habens operetur expedite, prompte, & delectabiliter supra communem modum ex fine supernaturali, cum abnegatione operantis, & affectuum subjectione. Esto, es para que una virtud sea heroica, ha de hacer que el que la tiene obre con expedición, prontitud y delectación sobre el modo común de los hombres, y esto por fin sobrenatural, con abnegación suya, y sujeción de todos sus afectos y deseos: cuyas autoridades de varones tan doctos del citado Cardenal de Aguirre, y del SSmô. Padre el Sr. Benedicto XIV me servirán de piedra toque, para conocer los quilates de las virtudes de N. V. Padre: y dando principio a ellas comenzaré por la Humildad, a la que llama San Agustín cimiento de la fábrica que edificó el V. P. Junípero con el ejercicio de las virtudes, valiéndome de lo que Fortunato Scaccho citado del SSmô. Padre el Sr. Benedicto XIV (lib. 3 de Canoniz, SS. cap. 24, núm. 48) dice: "Esta virtud de la humildad es tan necesaria y esencial en los imitadores de Cristo, que según los dogmas enseñados por Jesucristo, creemos ser el fundamento para la formación de todo el edificio espiritual, según la norma del Santo Evangelio. Y siendo necesarios muchos actos de virtud en grado heroico en cualquier Fiel y Católico, para la perfecta santidad: por esto cuando se buscan razones para probar la santidad de algún Siervo de Dios lo que primero se busca es su humildad.

" I Profunda Humildad Es la Humildad en sentir de San Bernardo citado por Santo Tomás de Villanueva (Conc. I de San Martino) una virtud por la cual el hombre con el verdadero conocimiento de sí mismo se tiene por despreciable, conociéndose miserable y contentible, por el profundo y claro conocimiento de sí mismo. Esta nobilísima virtud enseñó el divino Maestro a sus Apóstoles y Discípulos, así de palabra como por ejemplo: Discite a me quia mitis sum & humilis corde. Esta divina doctrina de tal manera imprimió en su corazón su humilde Siervo Fr. Junípero, que en cuanto lo llamó el Señor por medio de su divina gracia para el Apostólico instituto que desde luego propuso en su corazón imitarlo, siguiendo su doctrina en cuanto le fuera posible, poniéndola en práctica, empezando su oficio de la predicación, descalzándose a imitación de Jesucristo de las sandalias, como nos dice la V. Madre Sor María de Jesús de Agreda en su Mística Ciudad (part. 2, lib. 4, cap. 28, núm. 685) contentándose con el humilde uso de las alpargatas, de que usó hasta la llegada al Colegio, que para seguir, o imitar a los del Colegio volvió a usar de sandalias, hasta que saliendo a las Misiones de la Sierra Gorda, volvió a descalzarse de las sandalias, y prosiguió con las alpargatas hasta que se consumieron. Hablando el Sr. Benedicto XIV de los actos de la virtud de la humildad cuenta entre ellos la sincera abnegación de sí mismo, por la que en sus obras buenas se reputa uno siervo inútil, según lo de San Lucas (17 V.

10.) Cum feceritis omnia quae praecepta sunt &c. De tal manera se reputaba por inútil entre los demás Misioneros el P. Junípero, que cuando se regresaba a su Misión, concluida la visita de las demás prorrumpía con estas humildes y fervorosas palabras: "edificado vengo del fervoroso celo de todos los PP. Compañeros, de lo muy adelantadas que tienen sus Misiones en lo temporal y espiritual; y ciertamente es esta Misión la más atrasada" como queda dicho en el cap. 49 y no sólo en el. ejercicio de la Misión entre infieles, sino también entre Fieles, se reputaba por el más inútil, edificándose cuando sabía el fruto que sacaban los otros Misioneros. Y siendo mucho mayor el que S. R. sacaba, y mayores las conversiones que de sus fervorosos sermones se seguían, lo reputaba por mucho menos que el de los demás, dando a entender ser siervo inútil y sin habilidad, sintiendo esta falta, que impedía, a su parecer, la mayor gloria de Dios y servicio del Colegio, y puntual cumplimiento de la obediencia. Después de haber empleado su espíritu y fervor en las conversiones de la Sierra Gorda, lo ocupó la Obediencia en el de Vicario de Coro, en lo que se ofrece cantar: cuyo cargo admitió con toda humildad y sumisión, quejándose de sí mismo como inútil, por ignorar la solfa, como queda dicho. En otra temporada que lo tuvo empleado la obediencia en Maestro de Novicios, se consideró inútil para ello, y por obediente lo admitió con la mira de ejercitarse, no como Maestro, sino como Novicio, practicando lo mismo que aprendió en el Noviciado recién llegado al Colegio, como queda insinuado; añadiendo lo que su fervoroso espíritu le dictaba, sin ser molesto a sus Novicios, de los que viven todavía algunos en el Colegio, los que se tienen por felices y dichosos, de haber sido hijos de tan ejemplar Maestro.

Otro acto de humildad cuenta en los Siervos de Dios el Sr. Benedicto XIV y es sentir y huir las honras y aplausos que se le tributan, y no recibir las dignidades sino forzados de la obediencia, o de la autoridad de los Superiores. Queda ya dicho como renunció los aplausos que tenía en su Patria y amada Provincia, y no se contentó con sólo esto, sino que lo mismo fue poner los pies en el Barco, que decirme, ya se acabó todo respeto y mayoría entre los dos, se acabó ya la Maestría y Reverencia: somos ya en todo y por todo iguales; y con las obras en cuanto se ofrecía, siempre se reputaba por el menor entre los dos, con harto rubor mío y admiración de todos los que lo veían; de modo, que lo mismo era poner los ojos en él, así Seculares como Eclesiásticos, aun de los de más alta Dignidad, y Regulares, que formar un gran concepto de él, de humilde, docto y santo. En este concepto lo tuvieron todos los Religiosos del Convento de Málaga, que fue el primero que pisamos cuando salimos de Mallorca, y el que más percibió su humildad y literatura fue el R. P. Guardián, Lector jubilado de aquella Provincia de Granada, queriendo probar el concepto que de dicho P. Junípero tenía hecho, y en breve conoció no haber sido falido el concepto que a primera vista había hecho del dicho Padre. Pero conociendo el humilde Padre el demasiado cariño que experimentaba de aquel Prelado, luego determinó apartarse y que nos fuésemos al Barco, como se ejecutó. En este mismo concepto lo tuvo el R.

P. Comisario de la Misión en cuanto llegamos al Hospicio de Cádiz, y lo mismo juzgaron los Padres de la Misión de nuestro Colegio, y los de la Misión del Colegio de Querétaro, que estaban en otro Hospicio con su Comisario, que lo era de todas las Misiones y Colegios. En este mismo concepto lo tuvieron así el Capitán y Oficiales del Navío en cuanto lo vieron subir a él, y lo mismo juzgaron la gente de la tripulación desde el primero hasta el último, y todos los PP. de la Misión de los RR. PP. Dominicos con su Presidente, que había sido Lector en Salamanca, quien luego trabó amistad con el V. Padre, de quien hizo mayor concepto que todos los demás. En el mismo concepto lo tuvieron los Seculares en cuantos caminos anduvo, y en cuantos Pueblos y Haciendas paró, no sólo en tiempo de misionar, sino aun yendo de paso, dejando en todas partes gran fama de humilde y santo, no olvidándolo aun después de muchos años de visto, quedándoles impresa su fisonomía; si no es que digamos, que estas sus virtudes las tenía impresas en su humilde aspecto. Así parece que las leyeron en cuanto lo vieron los Illmôs. Señores Obispos de la Puebla de los Ángeles, y de Oaxaca o Antequera, cuando fue a predicar Misión en dicha Ciudad con otros cinco Misioneros de nuestro Colegio. Pasando por la Ciudad de Puebla, fueron los seis a tomar la bendición al Illmô. Prelado, y a pedirle las licencias de confesar en los Pueblos de su Obispado que habían de cruzar hasta llegar al de Oaxaca.

En cuanto los vio el Illmô. Prelado, les concedió a todos las licencias que le pedían, y poniendo la vista en el V. P. Junípero, que no había hecho la propuesta, por no ir de Presidente, sino otro más antiguo, le preguntó cómo se llamaba. Y diciéndole que Fr. Junípero, dijo S. Illma. a su Secretario: pues a este Padre se le dan generales las licencias y perpetuas, para hombres, mujeres y Monjas, hasta las Recoletas, v a los demás para hombres y mujeres solamente. El Illmô. de Oaxaca, en cuanto lo vio, le concedió lo mismo, y le encomendó que había de hacer Misión a toda la Clerecía a puerta cerrada, como lo practicó con edificación de todos, con mucho fruto, y con universal concepto de muy docto e igualmente fervoroso y prudente, como queda insinuado en el cap. 10 fol. 45 y por poco todo que lo tratasen, formaban de él grande concepto de su literatura y mucha profundidad. En el mismo concepto lo tuvieron los Religiosos del Colegio desde el primer día que en él puso los pies, teniéndolo por muy virtuoso; y lo que más alababan y alabaron de él fue su humildad profundísima, viéndole hecho un Novicio Corista, leyendo en la mesa con más gusto, que si leyese en la Cátedra de la Universidad, y sirviendo en ella (como ya queda dicho) como si fuera el menor del Colegio. Recién llegado a él, viéndolo tan humilde, silencioso y recogido, quisieron probar su literatura, para cuyo fin le encomendó el Prelado el Sermón de San Fernando Patrón del Colegio, en el que expositó el Salmo 44.

Eructavit cor meum verbum bonum: dico ego opera mea Regi, refiriendo toda la vida y virtudes del Santo, dejando no sólo a todo el Auditorio, sino a toda la Comunidad admirada de tan peregrinas noticias y tan bien tejidas con los versos del Salmo, sintiendo todos que un hombre tan docto y ejemplar se fuese a arrinconar entre los Infieles, para cuyas Misiones lo tenía ya nombrado la Obediencia. Y para que no se fuese fueron muchos de los PP. viejos y Discretos a pedir al R. P. Guardián, para que no saliese del Colegio. Pero conociendo el Prelado el fervoroso celo del dicho P. Junípero, no quiso privarle de empleo que tanto anhelaba, de la conversión de los Gentiles. Y no solo no condescendió a que se quedase en el Colegio, sino que lo eligió de Presidente de las Santas Misiones, como queda dicho. Pero viendo el Título y Patente de Presidente, luego fue el humilde Padre al Prelado a renunciarla, tornando por motivo la falta de práctica por tan novísimo en este ejercicio. Y fueron tan eficaces sus súplicas, que hubo el R. P. Guardián de admitirle la renuncia, con lo que quedó contentísimo el humilde Padre. Pero al año y medio que se celebró en dicho Colegio el Capítulo, en el que fue electo de Guardián el que fue su Maestro de Novicios y gran Maestro de la Mística, el V. P. Fr. Bernardo Pumeda, le remitió éste nueva Patente de Presidente de las Misiones, mandándole por Santa Obediencia la admitiese. Así lo practicó, y en cuanto cumplió los tres años, no obstante que el oficio de Presidente no tiene tiempo señalado, renunció con otro Guardián, diciéndole, que si era oficio honroso, participasen todos; y si gravoso, también.

Con lo que se la admitió, quedando el humilde Padre contentísimo sin tal carga por entonces, y más despejado para ejercitarse en la humildad, como lo practicó, no contentándose con instruir a aquellos Neófitos, y en los demás ejercicios espirituales, como queda dicho en el Cap. 7, sino también se ejercitó en el ejercicio temporal hasta no desdeñarse de practicar los oficios más bajos y más humildes, como de peón de Albañil, y de acarrear piedra para la fábrica de la Iglesia, hacer mezcla con los muchachos como si fuese uno de ellos, y con los grandes acarrear maderas para la dicha fábrica, metiéndose también entre los Albañiles a llenar los huecos entre las piedras con ripios para macizar las paredes, con un traje humildísimo, con el hábito hecho pedazos, envuelto en un pedazo de manto viejo, siendo así que es una tierra muy caliente, y por sandalias traía un pedazo de cuero crudo, que es el calzado de aquellos Indios, que en su lengua llaman apats nipís, que es lo mismo que guaracha, o abarca; de modo que al verlo edificaba a todos, como edificó al que fue su Maestro en la Mística recién llegado al Colegio el citado Padre Pumeda, que viéndolo un día metido entre una grande viga, ayudando él a llevarla, y que por más chico que ellos no alcanzaba, metió el pedazo de manto. Edificado de lo que veía, me llamó a toda prisa para que yo lo viera, juzgando me vendría de nuevo, me dijo: mire su Lector como anda el Vía Crucis, y con qué traje.

A lo que le respondí: eso es de todos los días. Otros casos particulares podía referir en prueba de su humildad, lo que omito por no ser molesto. Y si por humilde logró en la Sierra Gorda el sacudirse de la Prelacía, no así en la California, que se vio precisado a cargarla diez y siete años hasta su muerte. Cuando mayor era la honra que le seguía, tanto mayor era la repugnancia que a ella tenía, poniendo todos los medios que le dictaba su humildad y prudencia, para evitar toda ocasión. En todos los Capítulos salía electo en Guardián; y en uno de ellos que le aseguraban saldría confirmado, hizo cuantas diligencias pudo para no hallarse en el Colegio al tiempo del Capítulo, que fue en ocasión de estar en México haciendo las diligencias en conseguir providencias para estas Conquistas. Y siendo así que todavía faltaban muchos meses para el tiempo de la salida del Barco de San Blas, hizo fuga a la honra que le querían dar para el Puerto de San Blas, con lo que evitó la ocasión de ponerse en peligro de haber de admitir la Guardianía. Quedan ya insinuadas las diligencias que practicó para huir de las mayores honras que le vaticinaban, como también consta de su Apostólico celo en aumento de estos nuevos Establecimientos. Vióse dos años antes de morir apurado por lo mucho que se atrasaba esta Conquista, y que los que debían dar todo calor y fomento practicaban lo contrario, atrasando y destruyendo las Misiones, así en lo espiritual como temporal.

Y manifestándome el dolor que le causaba en su corazón le dije: "Mi P. Lector, no sería malo, sino muy conveniente, que V. R. escribiese al Exmô. Señor Gálvez que actualmente se halla de Ministro, y puede tanto con el Rey, que haciéndole presente el estado en que nos hallamos, y que supuesto que S. Excâ. fue el primer móvil de esta Conquista, intervenga con S. M. para su conservación y aumento." A lo que me respondió con un tierno suspiro: "Si este Señor no pudiese tanto como puede, le escribiera; pero como puede tanto, no quisiera supiese que todavía vivo; encomendémoslo a Dios, que todo lo puede." Cuya expresión toda se dirigía, a lo que años antes decían se le esperaba una grande honra, y por huir de lo que podía suceder, quería reputarse como ya difunto. II Virtudes Cardinales Formado el cimiento del espiritual edificio, que es la virtud de la Humildad, se sigue levantar robustas columnas, que puedan sostener la suntuosa fábrica de la perfección cristiana. En sentir de San Bernardo, son estas columnas las cuatro principales virtudes Cardinales, llamadas así porque son como los quicios de la perfección. La primera de estas virtudes es la PRUDENCIA Que es la que regula todas las demás virtudes, y por esto si en las otras se experimenta heroicidad, se hace preciso que ella lo sea. Es esta la sal que todo lo sazona, y para sazonarlo todo, de modo que se proporcione a diversos paladares, se ve cuan heroica deba ser la virtud de la Prudencia.

Hablando de ella San Antonio Abad en una espiritual conferencia con sus hijos, después de oír sus pareceres, dio el suyo el Santo diciendo: que la Prudencia era entre todas las virtudes la más necesaria, porque ésta enseña a elegir el medio entre los extremos, que casi siempre son viciosos. Esta nobilísima virtud respladeció en gran manera en el siervo de Dios Fr. Junípero. Así lo manifestó el acertado régimen de sus acciones propias, y la dirección de las ajenas, con que gobernó su espíritu, unido siempre al sumo Bien, desviándose de los precipicios, para no tropezar en los riesgos: y alumbró con discreción a los próximos que lo consultaban en sus dudas, así en el Confesonario, como fuera de él; quedando todos muy consolados con sus doctos y prudentes pareceres, dirigidos siempre al bien espiritual de sus almas. Fue su modestia singular, sin afectación su humildad, sin asañería, sin altivez, sin hipocresía su devoción, y su religiosa llaneza sin resabio alguno de relajación: fue siempre docilísimo y desconfiado de sí mismo para el acierto de sus dictámenes, por cuyo motivo consultaba siempre con sus compañeros, aunque fuesen los menos antiguos, más nuevos en el ejercicio, valiéndose del pretexto del común adagio, que mas ven cuatro ojos que dos, principalmente en los asuntos gravísimos, que fueron muchos los que se le ofrecieron, así en las Conquistas de la Sierra Gorda, como mucho más en las Californias, y en las Conquistas de Monterrey, procurando consultar mientras había lugar a los Prelados del Colegio, y al V.

Discretorio de él, remitiéndoles copia de las Cartas que recibía de los Exmôs. Señores Virreyes, Comandantes Generales, y Gobernadores de las Provincias, remitiendo al mismo tiempo sus respuestas, para que antes de entregarse a dichos Señores, se leyesen por el Prelado y Padres Discretos, conformándose con sus prudentes pareceres, desconfiando de sí mismo, suplicándoles que antes borrasen lo que les pareciera conveniente, nivelando hasta lo más mínimo por el dictamen ajeno, para distinguir más seguramente lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, y lo provechoso de lo nocivo, sujetándose al dictamen ajeno. No obstante de haberlo adornado Dios de cuantas partes componen a esta prenda de la naturaleza, de inteligencia, circunspección, cautela, experiencia y agudeza, como por su humildad profundísima no conocía en sí tales prendas, recurría al dictamen ajeno, principalmente al del Prelado. Consiguió con éste y su industria, continuos aciertos en cuantos negocios gravísimos se le ofrecieron en las Conquistas, dejándolas en tal estado, que dejan admirados a cuantos han visto y leído el feliz progreso de ellas en tan breve tiempo de fundadas. No es menor prueba de su heroica Prudencia el haberse mantenido tantos años de Presidente Superior de una Comunidad tan repartida, en el tramo de más de doscientas leguas, tan apartados unos de otros, y de la vista de su Prelado, que podían entibiarse; pero era tal la Prudencia del fervoroso Prelado, que tuvo siempre a sus Súbditos muy contentos y conformes a sus disposiciones, de modo, que no hubo la menor queja contra dicho venerado Prelado.

Mantuvo siempre a todos sus Súbditos muy contentos en la Misión a que los destinaba, a quienes solía visitar una vez al año, mientras que le fue posible, con cuya visita quedaban todos consolados, alegres y fervorosos en el Apostólico ministerio, descansando bajo de su frondosa sombra, de modo, que podíamos decir lo que de Elías dice el sagrado texto, (cap. 16, lib. 3, Reg. V. 5) que dormíamos y descansábamos en todo bajo la sombra del Junípero: Projecitque se & obdormivit in umbra juniperi: que aunque árbol de estatura pequeña, y todos nosotros extendidos en el tramo de más de doscientas leguas, no obstante que por corresponder chica sombra proporcionada al árbol nos cubría a todos con sus continuos y eficaces consejos, que con su bien cortada pluma incesantemente nos daba; cuyos consejos, no sólo nos dirigía, sino también que a todos con ellos nos dejaba consolados y animados para la conversión de los Gentiles, y para los adelantamientos espirituales y temporales de la Misión. Este especialísimo don de Consejo, efecto de la Prudencia, no sólo lo experimentamos en este Siervo de Dios nosotros sus Súbditos, sino cuantos lo consultaban, quedando todos edificados y convencidos de la evidencia con que les hacía ver la razón, para salir de sus dudas. JUSTICIA La segunda de las virtudes Cardinales es la justicia, segunda columna de la fábrica del edificio espiritual: de la que hablando San Anselmo (in lib. Cut Deus homo) dice que es una libertad del ánimo varonil, que da a cada uno su propia dignidad: al mayor da reverencia: al igual paz y concordia, al menor doctrina y consejo, obediencia a Dios, santificación a sí mismo, al enemigo paciencia, y al necesitado laboriosa misericordia: Justitia est animi libertas, tribuens unicuique suam propriam dignitatem: majori reverentiam, pari concordiam, minori disciplinam, Deo obedientiam, sibi sanctimoniam, inimico patientiam, egeno operosam misericordiam.

Esta virtud con todos sus actos que refiere San Anselmo, la tuvo y practicó el V. Fr. Junípero, atendiendo a todos según la dignidad de cada uno, dando al mayor toda reverencia, a los iguales paz y concordia, a los menores doctrina y enseñanza, a Dios la debida obediencia, a sí mismo rectitud en sus obras, al contrario que le impedía los fervorosos deseos, paciencia, y al pobre y necesitado laboriosa misericordia. En toda su vida procuró toda la reverencia debida desde niño a sus Padres, en la Religión a todos sus Superiores, venerándolos con la mayor sumisión, obedeciendo a cuanto se le insinuaba o mandaba, siendo en este punto bastantemente mirado, por no faltar en lo más mínimo a la voluntad del Prelado. Bastante prueba es la Carta que me escribió desde el Pueblo de Tepic, que queda copiada en el Cap. 33, fol. 149. Prueba también lo que practicó con un gran Bienhechor así del Colegio como de las nuevas Conquistas, que estando en la actual fundación de la Misión de N. P. San Francisco, le pidió le enviase un informe individual de cuanto había en aquel Puerto, y de lo que pasase en la fundación de las dos Misiones, y del Fuerte o Presidio, suplicándole fuese con bastante extensión. Al mismo tiempo recibió Carta del Prelado, en que le mandaba no se informase a los Seculares; y así lo cumplió, enviando la misma Carta del dicho Bienhechor al Prelado, diciéndole: "que había recibido sus órdenes, que ni aun contestaba al Bienhechor de haber recibido su Carta; pero me alegraría mucho, que supuesto tiene S.

R. informe de todo, el que satisfaga al Bienhechor, y le de alguna excusa por no haberle yo escrito por muy ocupado, como en la verdad lo estoy." No obstante que del contenido de dicha Carta podía entender el P. Presidente que no le comprendía a él, sino a los particulares, no quiso interpretar el contexto de ella, sino entenderla a la letra, como si solo a él se le escribiese; pero en breve conoció podía haberse engañado, pues vio la respuesta del Prelado que no hablaba con tanto aprieto, sino que él podía informar privadamente con toda verdad a los sujetos que juzgase conveniente como Prelado, para el bien de la Conquista; pero no los particulares, que podían informar lo que ignoran, y sólo dicen lo que oyen a los Soldados, que nada entienden con formalidad. En otra ocasión recibió Carta también del Prelado, en que disponía se suspendiesen las Misiones de la Canal, por los motivos que le expresaba, en ocasión que ya estaba la una de las tres fundada. Y como era tan nimio en no faltar en lo más mínimo a la voluntad del Prelado, empezó a recelar si sería faltar a ella si se proseguía la Misión, o si debía mandar suspenderla; y no se aquietó hasta que tuvo el parecer de los Misioneros más inmediatos, que le respondieron, que no se comprendía la Misión fundada antes de recibir el orden, sí sólo a las dos que todavía no se había dado mano a ellas, como más largamente queda dicho en el Cap. 55, fol. 258 y 259. Con todos procuró siempre tener grande paz y concordia, tratando no sólo a los iguales, sino aun a los más mínimos con mucha afabilidad y amor paternal, dando a todos doctrina y enseñanza, dirigiéndolos para el Cielo con sus saludables consejos y clara doctrina, como queda largamente expresado en su Vida.

En todo y por todo procuró siempre tener a la vista la ley Santa de Dios, sus Divinos preceptos, los de la Santa Iglesia, y de nuestra Seráfica y Apostólica Regla, observando todos los dichos preceptos, para no faltar a la obediencia de Dios, y conservar para sí la justicia, santificación o santimonia; sibi sanctimoniam. Y de tal manera procuraba esta virtud en todas las acciones y obras, y al parecer pensamientos, que todo lo que en él se veía, oía y experimentaba, todo era dirigido a Dios, y al bien del prójimo. Siempre sus conversaciones y pláticas eran edificantes; y si se hablaba de ausentes, que podría entibiar la caridad del prójimo, procuraba desviar la conversación, o decir claramente: no hablemos de esto, que me causa pena: de modo, que podríamos decir de él, lo que de la sombra del árbol de su nombre dijo Plinio, citado de Nicolás de Lyra (Lib. 3, Reg. Cap. 19, V. 5) que ahuyentaba las serpientes y todo animal ponzoñoso: Juníperus arbor est crescens ira desertis, cuius umbram serpentes fugiunt, & ideo ira umbra ejus homines secure dormiunt. Esto mismo experimentábamos en la presencia de nuestro Junípero, pues en su presencia ni se oía ni se podía hablar palabra que no fuese edificante. Y si alguno se desmandaba, en el semblante manifestaba luego la repugnancia de tal conversación, que servía de corrección, y se mudaba luego la plática, pasándola a tratar de lo que siempre tenía en su corazón y en la mente, que era el aumento de la conversión de los Gentiles.

Otro acto de la virtud de la justicia cuenta San Anselmo, que es tener paciencia con el enemigo: inimico patientiam. No tuvo este Siervo de Dios más enemigo, que el que conocía, o le constaba ser enemigo de Dios, o que veía que impedía con sus hechos la propagación de la Fe y conversión del Gentilismo. Portábase con los primeros con amorosas amonestaciones, con pláticas y sermones para hacerlos amigos de Dios; y con los segundos, nunca daba a entender estuviese sentido de ellos, que procuraba poco a poco Hacerlos agentes y coadjutores de santa obra, con cuya paciencia solía en muchos conseguir el efecto deseado, y con los otros que no coadjuvaban, no manifestaba el sentimiento, sino que desahogaba su pena con decir: no será la voluntad de Dios todavía, no estará de sazón la mies, Dios dispondrá lo que fuere de su agrado, procurando por su parte hacer a los tales cuantos bienes podía. Bien lo experimentó el Oficial que le ocasionó el trabajo de ida y vuelta a México en solicitud de providencias favorables para la propagación de la Fe, y conservación de los nuevos Establecimientos, de quien determinó la Real Junta se retirase del mandato. Y estando para salir de Monterrey, llegado el Nuevo Comandante, temeroso no ser mal recibido de S. Excâ. valiéndose de uno de los Misioneros muy estimado del V. P. Presidente, le pidió una Carta de recomendación para el Señor Virrey. Y respondiendo que con mucho gusto lo haría, lo practicó con tanta caridad y con tal sigilo, que no quiso que el recomendado supiese el contenido, pues la envió cerrada y por otro conducto; y en cuanto llegó a México vio el efecto de la Carta, pues le entregó S.

Excâ. una Compañía con el Bastón de Capitán de ella, quedando S. Excâ. muy edificado de la caridad del V. P. Junípero, viendo que olvidando que le había hecho padecer en ida y vuelta de México tantos trabajos, le correspondía cediendo para sus ascensos así el mérito de dichos trabajos, como todos los demás que había padecido, y méritos que S. R. había contraido en estas Conquistas. Así lo leyó en la Carta respuesta de S. Excâ. que tengo a la vista, y dice así: "En Carta de 19 de junio último expuso V. R. la pena que le daba ver despojado del mando de esos Establecimientos al Oficial que antes estaba mandando, y a estímulos de su fervorosa piedad recomienda su mérito, aplicándole los servicios que por sí propio ha contraido, para dar más valor a los suyos. Este Oficial llegó aquí enfermo; y siempre que haya arbitrio conocerá en mi atención la que me ha merecido una acción tan pía, honesta y religiosa como la que V. R. me manifiesta, deseoso de contribuir a las satisfacciones de este interesado. =Dios guarde a V. R. muchos años. México 2 de Enero de 1775. =E1 Baylio Frey D. Antonio Bucareli y Ursua =R. P. Fr. Junípero Serra". Otros varios casos podría referir, que omito para dar lugar a lo que falta de las demás virtudes. Y pasando al último acto que refiere de la Justicia San Anselmo: egeno operosam misericordiam: en ambas Conquistas en que tan gloriosamente trabajó este infatigable Operario, así en la Sierra Gorda de la nación Pame, como en la antigua y nueva California, tuvo un campo muy abierto para ejercitarse en este acto de virtud de la justicia: egeno operosam misericordiam, pues los habitantes de ambas Conquistas eran todos unos pobres miserables y necesitados de un todo, así para mantenerse, como para cubrir su desnudez, con quienes tuvo bastante que ejercitar las obras de misericordia, así espirituales, como corporales; pues no sólo empleó todo su talento para su reducción, instrucción y demás ministerios espirituales, sino que también todo su conato era en solicitarles para comer y que vestir, gastando todo el Sínodo que da S.

M. a los Misioneros; y no siendo suficiente, solicitaba limosnas de Bienhechores, y aplicaba las misas para dicho fin. Y a fin de que los convertidos lograsen este subsidio con más abundancia y con subsistencia, les instruyó en las siembras, para lograr cosechas de las principales semillas para mantenerse, y de fabricar alguna ropa para vestirse, como queda dicho. La mayor pena que daba al compasivo corazón de este Siervo de Dios, era el no tener que dar a los pobres Indios tan necesitados, procurando consolarlos con amorosas palabras, repartiéndoles por su propia mano la comida, aun aquella que para sí necesitaba, y lo mismo hacía de la poca ropa, por sus propias manos cortaba camisas y enaguas, como también cotones y calzones para los muchachos, y por sus propias manos se amañaba a coser para instruir a los Neófitos, como que en breve aprendieron. Este ejercicio le duró todo el tiempo que permaneció en el ministerio, hasta tres días antes de morir, en mi presencia estuvo en esta faena, de cortar y repartir ropa. Y cuatro días antes de su muerte, estando juntos, entró una India vieja de más de ochenta años. Neófita, que en cuanto nos saludó, se levantó el V. Padre, y metiéndose en el cuartito donde dormía, sacó una fresada camera, y la regaló a la Vieja. Sonriéndome yo, le dije: ¿qué le va a pagar las Gallinas? me acompañó en la risa diciéndome que sí. El motivo de la risa de ambos era, que dicha India siendo todavía Gentil, recién fundada la Misión de San Carlos, no teniendo la Misión más que una Gallina con sus pollos para procrear, instruyó a un nietecito suyo a que matase los pollos con su arquito, como lo hacía, y entre ambos se los comían, y hallada en el hurto, le pusieron por distintivo la vieja de las Gallinas, y esto le motivó a reir; pero él cumplió con el acto y obra de misericordia ya dicho, cuya acción tan caritativa, dio motivo a que en su muerte no se le hallase en la cama sobre las desnudas tablas más que media fresada, como queda dicho arriba.

FORTALEZA Hablando de esta Heroica virtud San Ambrosio citado de mi Seráfico Dr. San Buenaventura, (Lib. 2, phca. cap. 31) dice fuerte es aquel que se consuela padeciendo algún dolor: est fortis qui se in dolore aliquo consolatur. Grandes fueron y continuos los dolores que padeció el Siervo de Dios Fr. Junípero por la llaga del pie e hinchazón de la pierna, que padeció desde el año 49, hasta la muerte, como queda arriba dicho; pero nunca se quejó, y sólo lo manifestaba cuando le impedía sus correrías apostólicas, o cuando le impedía el poder celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, como se vio a la salida de la antigua California, subiendo con la Expedición para la Nueva y Septentrional, que fue la única vez que solicitó algún medicamento para lograr el deseado fin de ver fijada la Santa Cruz en el primer Puerto de San Diego, y fue el bestial medicamento que ya queda dicho Cap. 15, fol. 73. En las demás ocasiones, no obstante de ser grandes los dolores, parece que en ellos tenía su consuelo, olvidando el solicitar medicamentos. Y las veces que se proporcionaba ocasión de facultativos y medicamentos, como fue a la ida de México, y cuando venían los Barcos a aquellos nuevos Establecimientos, trayendo sus Cirujanos Reales, que le ofrecían gustosos el sanarlo, les respondía: dejémoslo, que ya es llaga vieja, y necesita de cura larga; y apurándolo uno de sus amados Compañeros en una de estas ocasiones, les respondió: medicinam carnalem nunquam exhibui corpori meo.

Lo mismo practicaba en los graves dolores de pecho que padecía, sin duda ocasionados de los golpes de piedra que se daba en los actos de contrición con que finalizaba los Sermones, como también de apagar en su pecho desnudo la hacha encendida, a imitación de San Juan Capistrano, que apagándosela solía arrancar un pedazo de cuero; de lo que varias veces le resultó quedar mal herido: y ninguno de estos dolores le hacía abrir la boca para la menor queja, ni para solicitar medicamento, pues parecía tenía en estos dolores todo su consuelo, efecto de su fortaleza: Est fortis, qui se in dolore aliquo consolatur. Y prosiguiendo el citado San Ambrosio dice de esta virtud: ciertamente con razón se llama fortaleza la de aquel, que se vence a sí mismo, y reprime la ira: & revera jure ea fortitudo vocatur qua unusquisque seipsum vincit iram continet. Vencióse el V. Padre a sí mismo, reprimiendo todo movimiento de ira, de modo que parecía nada lo inmutaba, sino el ver ofendido a Dios por los pecadores, y cuando reparaba se impedía la propagación de la Fe. Aun esto que lo inmutaba, reprimía con fervorosos actos de resignación a la voluntad de Dios, cuya conformidad solía expresar con algún suspiro con estas palabras: Dejémoslo todo a Diosa hágase en todo su santísima voluntad; y estos actos tan heroicos parece que contenían todo lo irascible, quedando pacífico e inmutable como si tal cosa hubiese sucedido; y en breve veía el efecto de esta resignación, ya por la reducción de los pecadores, amonestados del Siervo de Dios, que se le rendían a sus pies pidiendo confesión, como de los Gentiles que movidos de lo alto, le pedían el Santo Bautismo.

Prosigue el mismo San Ambrosio hablado del Varón fuerte, o adornado de la virtud de la fortaleza, y dice, que con halagos ningunos se ablanda o desvía de lo empezado: Nullis illecebris emollitur, atque inflectitur. Así lo dio a entender desde la vocación con que lo movió Dios a venir a emplear su vida en la conversión de los Gentiles, que en cuanto supieron los RR. PP. que entonces gobernaban esa Santa Provincia su vocación, y vieron tenía ya la Patente, le ofrecieron no saliese de la Provincia, que ésta en el inmediato Capítulo lo haría Custodio, no obstante de hallarse joven y ocupado con la Cátedra, que nada de esto se oponía ni era incompatible; pero ni estos halagos, ni otros mayores empleos que se le podían poner a la vista, ni la mucha estimación así dentro como fuera de la Provincia, fueron bastantes para ablandarlo ni hacerlo retroceder de la vocación, ni menos el considerar la pena grande que causaría su salida a sus ancianos Padres; sino que revestido su corazón de la fortaleza, lo dejó todo para emplearse en la conversión de las almas: por lo que podemos decir de este Siervo de Dios lo de San Ambrosio, que nullis illecebris emollitur, atque inflectitur. Concluye San Ambrosio lo heroico de esta virtud diciendo, que el Varón fuerte ni se conturba con lo adverso, ni con lo favorable se ensalza: non adversis perturbatur, non extollitur secundis. Era tal su fortaleza, que en cuantos casos sucedían, ya favorables, ya adversos a la Conquista, siempre se manifestó como inmoble, siempre de un mismo ánimo, y puesto su corazón y confianza en el Señor, quien de ordinario lo consolaba, cumpliéndole después de haber probado su fortaleza, sus fervorosos deseos.

Así se ve en lo que queda referido al principio de esta Conquista en su primera Misión de San Diego Cap. 20, fol. 95, que aunque el Comandante con todo el cuerpo de la Expedición tenía determinado el desamparar el primer puesto del Puerto de San Diego, y hacer la retirada para la antigua California por la falta de víveres, señalando día para ello, si no llegaba el Barco para el día del Señor San José, resolvió el Siervo de Dios no dejar el puesto, aunque todos se retirasen, causándole grandísima pena y dolor la determinación de la Expedición; pero siempre confiando en Dios que no se efectuaría la retirada como de facto, así sucedió, pues el mismo día del Smô. Patriarca se divisó el Barco, con lo que se resolvió lo contrario, y siguió felizmente la Conquista, debiéndose a su magnanimidad y fortaleza. Con esta misma virtud consiguió la reedificación de la dicha Misión de San Diego, después de incendiada por los bárbaros Gentiles que quitaron la vida tan inhumanamente a uno de los dos Misioneros llamado Fray Luis Jayme, como queda dicho con bastante extensión en el Cap. 40, fol. 176, que hallando en el Comandante una total repugnancia para la reedificación, negando aún la Escolta de los Soldados de la Misión, no desmayó el fervoroso Padre, sino que clamando a Dios para el efecto, lo consoló el Señor el día del Príncipe San Miguel. Otros varios casos podría referir, que omito, y creo bastará el decir, que nunca retrocedió de aquel fervoroso celo de la propagación de la Fe, atropellando cualquiera dificultad que le pusiesen delante, facilitándoselo todo el santo fin a que se dirigía; que aunque para muchos parecía indiscreto celo, pero el efecto tan favorable que se seguía de la propagación de la Fe sin la menor desgracia, hacía ver no ser indiscreto su celo, sino muy agradable al Señor, que conoce los interiores de cada uno.

Nunca el miedo de perder la vida en manos de los Bárbaros le hizo volver atrás: sólo lo contenía tal cual vez la consideración de los malos efectos que podían resultar de perder la vida en manos de aquellos a que había venido a darles la vida espiritual: y solía muchas veces decir, que de quitar la vida a los Padres, aunque quedaría regada la tierra; pero la Tropa Militar querría vengar la muerte, de lo que resultaría la perdición de muchos infelices Indios, y la apostasía de los demás, dejando la Misión despoblada, como se vio en la de San Diego. Esta mira parece que le movió en la Misión de la Sierra Gorda, el huir de este peligro. Fue el caso, que estando una noche con su Compañero, que entonces lo era el que actualmente es Obispo de Méricla de Maracaibo el Illmô. Señor D. Fr. Juan Ramos de Lora, sentados ambos en las gradas de la Cruz del Cementerio de su Misión, Santiago de Xalpan, como a las ocho de la noche, tomando el fresco, de repente dijo al dicho Padre su Compañero: quitémonos de aquí, vamos a dentro que no estamos seguros. Así lo practicaron; y el siguiente día supieron por cierto, le iban a quitar la vida, de modo, que si no se quitan, ambos allí habrían muerto. En otras muchas ocasiones atropelló con todos peligros, como se vio al tránsito de la Misión de San Gabriel al sitio de San Juan Capistrano que pasaba a su fundación, que como queda dicho Cap. 43, fol. 198, se vio en evidente peligro de la muerte, por haberse arriesgado a cruzar el tramo todo poblado de Bárbaros con un solo Soldado.

Lo mismo practicó innumerables veces en tantos viajes como anduvo, de manera, que podríamos decir de él, lo que del Varón fuerte dice San Agustín, que ni temerariamente acomete, ni sin refleja terne: Qui vera virtute fortis est, nec temere audet nec inconsulte timet. (Aug. Epist. 29 ad Hieroni, ante med. tom. 2.) TEMPLANZA La última de las cuatro columnas del espiritual edificio es la cuarta de las virtudes cardinales llamada Templanza, que en sentir de San Agustín (lib. 1, de Lib. arb. Cap. 13, Col. 580) es un afecto que pone modo y freno a todas las pasiones desordenadas: Temperantia est affectio coercens, & cohibens appetitum ab iis rebus quae turpiter appetuntur. Y hablando San Próspero de los efectos que causa esta noble virtud en el alma adornada de ella, dice (lib. 3 de Vit. contemp. Cap. 19, pág. 92) que hace templado templando los afectos del que la posee: Temperatia temperantem facit, affectus temperat. Todo el afecto de este Siervo de Dios al parecer se dirigía a la propagación de la Fe y aumento de Misiones, para lo que ponía todos los medios posibles, ya con exhortaciones de palabra, ya con cartas edificantes, solicitando medios y auxilios para tan santo fin, y con tanta eficacia y repetición de súplicas, que a los menos afectos parecía importuno; pero sufría con mucha paciencia dicha nota, con tal que lograse el fin de aumentar dichas Misiones, saliendo de su boca muy de ordinario: gracias a Dios que hasta ahora no hay, Misión alguna que no tenga hijos al Cielo.

Viendo en el P. Junípero tanta eficacia en pretender nuevas fundaciones, no faltaron sujetos de categoría y carácter que dijeron de él: Es el Padre Junípero un Varón Santo; pero en el asunto de pedir fundaciones de Misiones es Santo pesado; pero en este afecto tan extraordinario se templaba atemperándose a los medios y fuerzas que se le proporcionaban, conformándose en todo a la voluntad Divina y de los Prelados. Así se vio en la pretensión de la fundación de las tres Misiones de la Canal de Santa Bárbara, que enviando el Exmô. Señor D. Frey Antonio María Bucareli suficiente Tropa para ella y lo demás necesario, y Carta al Señor Gobernador de aquellos Establecimientos, de que se pusiese en acuerdo con el R. P. Junípero para las fundaciones, recibió al mismo tiempo dicho V. Padre Carta del Prelado del Colegio, que le decía tuviese presente la inopia de Misioneros en que se hallaba el Colegio a causa de no haber llegado la Misión de España. Esta leve insinuación fue bastante para templar su afecto a dichas fundaciones, pues ya no trató de tal asunto, esperando siempre el socorro de Misioneros con la llegada de la misión de España. Pero viendo que el año de 83 no había noticia de tal Misión, y lo mismo el siguiente de 84, lo mismo fue llegar los Barcos, y con la noticia de no venir Padres, ni haber llegado la Misión, parece que le llegó el aviso de su cercana muerte, como queda dicho, Cap. 57, fol. 269. Continuando el citado San Próspero los efectos de dicha virtud, dice, que hace abstinente, parco, sobrio y moderado: abstinentem, parcum, sobrium, moderatum.

Tan abstinente era este Siervo de Dios, tan parco, tan sobrio y moderado en la comida y bebida, que con poco, o casi nada se contentaba, como lo dio a entender en la Carta que me escribió, y queda copiada en la Vida Cap. 19, fol. 92, que para ponderar no padecer necesidad, me decía, que teniendo una totillita (que no pasaba de dos onzas si es que llegara) y hierbas silvestres del campo, ¿quién más nos queremos? Carne pocas veces la probaba, contentándose con las hierbas que acompañaban la ración, y con fruta siempre que la había, que entonces esto era solo la comida. Y diciéndole yo, cómo no comía; me respondía: ¿pues y qué es lo que hago? Ésta y el pescado es la comida que tomaba la Virgen Santísima. Parece que esa consideración le causaba una extraordinaria afición a la fruta y pescado, de modo, que mientras había pescado comía como los demás; pero la carne siempre la miraba con mucha repugnancia, y solía dar por excusa a los que advertían que no la comía, el que no podía mascarla. Jamás se quejó de la comida; nunca dijo si estaba salada, o dulce, buena o mala, que parecía a todos carecía de gusto. Era parco en la comida: estando en el Colegio, muchos días a la mitad de la comida se Levantaba del asiento y subía al púlpito a leer en la mesa. Y estando en las Misiones guardaba la misma moderación en la comida, sin comer jamás a deshora, sino en las señaladas, de modo que se le conocía estaba adornado de la virtud de la Templanza por los efectos que de esta virtud se le veían practicar, que en sentir de San Pedro Celestino (Opúsc.

I, part. 5, Cap. 4) son otras tantas virtudes. De tal manera, que en todas sus acciones exteriores dio pruebas muy eficaces de ser un Varón adornado de la honestidad y modestia, de sobriedad y abstinencia, de pureza y castidad, recato y pudicicia. Así lo manifestó en la mortificación de sus sentidos y potencias, en la pobreza y desnudez de hábito, en la suavidad de sus palabras tan medidas, en sus pasos graves sin afectación, y en sus ayunos cuasi continuos y rigurosos: efectos todo de la Templanza, según San Próspero, sino es que digamos con el citado San Pedro Celestino y el Angélico Doctor Santo Tomás (2. 2. q. 141, art. 1) que son otras tantas virtudes, piedras preciosas de que se compone la cerca del espiritual edificio. No le faltaron a este Siervo de Dios los demás efectos de la virtud de la Templanza que enumera San Próspero, ni las otras partes ya integrales, ya potenciales y subjetivas, que refiere Santo Tomás en el citado lugar. Fue serio desde niño, cuya seriedad conservó toda su vida, de tal modo, que a la vista parecía de un genio adusto y casi intratable; pero lo mismo era comunicarlo y tratarlo, que mudar de concepto, teniéndolo ya por suave, dulce y atractivo, llevándose los corazones de todos para el afecto. Era asimismo muy vergonzoso, principalmente con todos los que no había tratado; pero habiendo mujeres en su presencia, siempre continuaba la seriedad y modestia, así en la vista, como en el habla, procurando introducir la conversación mística y ejemplar, refiriendo algunos pasos de las vicias y hechos de ellos, con el fin sin duda de introducir en sus corazones la devoción e imitación de los Santos, pues éstos eran sus fervorosos deseos, efecto de la Templanza: desideria sancta multiplicat, que dice San Próspero.

Y no se contentaba el Siervo de Dios de multiplicarlos en sí, sino también en los próximos que a él se le arrimaban. Cuenta el citado San Próspero entre los efectos de la Templanza la penitencia: vitiosa castigat; y de tal manera ejercitaba Fr. Junípero esta virtud, que para mortificar su cuerpo, no se contentaba con los ordinarios ejercicios del Colegio de disciplinas, vigilias y ayunos, sino que a solas maceraba su carne con ásperos cilicios, ya de cerdas, ya de tejidos de puntas de alambre con que cubría su cuerpo, como con disciplinas de sangre, a lo más silencioso de la noche, retirándose en una de las tribunas del Coro. Pero aunque lugar tan secreto, y en hora tan silenciosa, no faltaban Religiosos que oyesen los crueles golpes, ni menos faltó curioso que deseando saber quién era, perdió el tiempo para salir de la dificultad, quedando edificado. No se contentaba en castigar su cuerpo por las imperfecciones y pecados propios, sino también por los ajenos, como lo hacía con invectivas que usaba para mover al auditorio a dolor y a penitencia de sus pecados, ya de la piedra con que se golpeaba el pecho a imitación de San Jerónimo; ya a imitación de su devoto San Francisco Solano de la cadena con que se azotaba; ya de la hacha encendida que apagaba con su desnudo pecho, quemando sus carnes a imitación de San Juan Capistrano y otros varios, todo con el fin no sólo de castigarse a sí mismo, sino para mover a los de su auditorio a penitencia de sus propios pecados.

No fue menor su mortificación en la privación del sueño por sus continuas y largas vigilias. Su descanso solía de ordinario reducirse, mientras estuvo en el Colegio, hasta las doce que iba a Maitines, y alas doce y media, que es cuando se concluye la oración, proseguía haciendo sus ejercicios, variando todas las noches: una noche los de la muerte, otra los de la Cruz, otra la Vía dolorosa, otra el Aposentillo, y otros varios, que solía de ordinario concluir a las cuatro de la mañana, y después se recogía, no para dormir, sino continuando en oración hasta la hora de Prima, o de decir Misa, la que siendo Maestro de Novicios, los días que no eran de Comunión decía antes de Prima, y en el otro tiempo después de concluida ésta. Cuando estuvo en las Misiones no eran más cortas las vigilias, como que tenía a su arbitrio toda la noche y según decían los Soldados de la Escolta, casi toda la noche la pasaba en vigilia y oración, pues todas las Centinelas que se remudaban siempre lo estaban oyendo, y solían decir: no sabemos cuando duerme el Padre Junípero, pues sólo en las siestas solía tomar descanso, atendiendo a que su Compañero, o Compañeros estaban velando y celando. Aun los ratos que descansaba y dormía, parece que velaba su corazón alabando a Dios y orando, pues no pocas veces durmiendo juntos, o ya en tienda de campaña, o bajo de enramada, solía prorrumpir con estas dulces palabras: Gloria Patri, & Filio, & Spiritui Sancto: y dispertándome con tales palabras le preguntaba: Padre, ¿tiene alguna novedad? y como nada me respondía, conocía claramente que estaba durmiendo, o enajenado, o que era efecto del continuo rezo mental y vocal.

III Virtudes Teologales Habiendo visto la profundidad del cimiento del espiritual edificio, que intentó fabricar el Siervo de Dios Fr. Junípero, y las fuertes columnas que levantó de las cuatro Virtudes Cardinales, y la unión entre éstas por otras particulares virtudes y obras de misericordia, que como preciosísimas piedras forman como cerca hermosa y muy vistosa; nos queda que ver lo más principal del Templo que es como tabernáculo para el Sancta Sanctorum, el que forman las virtudes principales, las Teologales, que inmediatamente miran a Dios, y la Religión, que mira al Divino culto, las que practicó y tuvo este Siervo de Dios en grado heroico según la doctrina de las dos doctísimas plumas, el Carcenal Aguirre, y el Señor Benedicto XIV ya citados. Veamos la primera que es la virtud DE LA FE Esta nobilísima virtud, según San Pablo (ad Haeb. 11. V. I) es un solidísimo fundamento de lo que se espera, y una eficaz y cierta persuasión de las cosas invisibles: Sperandarum substantia rerum argumentum non apparentium. A esta definición del Apóstol se reducen todas las demás que de ella dan los Santos Padres que tratan de esta virtud, según dice el Señor Benedicto XIV (lib. 3 de Serv. Dei beatif. Cap. 23 S. 1) fundado en la doctrina de Santo Tomás. Sobre cuya definición nota el Insigne Misionero Apostólico de Italia nuestro San Bernardino de Sena (Op. tom. I, Serm. 2 de Dom. Quinq. in princ. pág. mihi 10, col. 1) que la llama el Apóstol Sustancia, como un pedestal sobre el que se sustenta lo principal del edificio espiritual.

Estuvo este Siervo de Dios muy adornado de esta solidísima virtud desde que el Señor se la infundió en el Bautismo, y empezó a lucir en él desde que le entró el uso de razón, ejercitándose desde entonces en actos heroicos de esta virtud. Fuerónsele aumentando desde Novicio en los estudios: concluidos estos, ocupado en ambas Cátedras, en la Teología instruyendo a sus discípulos en los Misterios más inefables, arduos e imperscrutables (así los llama el Apóstol Rom. 11 V. 33, según lee San Juan Capistrano Hom. 4 in Gen.) con toda la claridad que permite el entendimiento humano para la explicación e inteligencia de ellos, como también en la del Espíritu Santo, explicando en los puntos de doctrina estos soberanos misterios de la Fe a los más rudos e ignorantes, con tanta claridad y expresión, que casi podíamos decir con San Gregorio, que su explicación era conocida de los ignorantes sin ser molesta a los sabios. En su laboriosa vida fue de día en día añadiendo quilates a esta noble virtud, los que se ven patentes por las señales que se expresan en su vida, que si se refleja sobre sus tareas apostólicas, veremos con toda claridad que su Fe fue grande, pues hallaremos las señales que refiere San Antonino de Florencia que demuestran una Fe grande: fides alicujus magna ostendi potest; primo si alta de Deo sentit (in Sum. part. 4, tit. 8, cap. 3, S. 7.) Tan altamente sentía de Dios y de sus Divinos atributos cuan alto era su discurso rara memoria, de tal manera, que al oirlo hablar de la Sagrada Escritura parecía que la sabía de memoria, y para explicar los puntos más recónditos y los Misterios más inescrutables parece tenía especial don de Dios, valiéndose de ejemplos, símbolos y comparaciones acomodadas para los más rústicos y de menos alcance; en cuyas explicaciones manifestaba a todos lo que altamente sentía de Dios, y lo manifestaba no sólo por la alta doctrina que enseñaba, sino más principalmente por el extraordinario gozo y afecto que de ella expresaba, de modo que en estas santas conversaciones y pláticas parecía se enajenaba, de lo que resultaba ser más largo de lo ordinario, que a muchos, principalmente a los pocos devotos de la Divina palabra, parecía molesto, y que no faltaba quien dijese no se conformaba con la doctrina de N.

S. P. San Francisco. Pero como este celosísimo Misionero era tan docto y leído, tendría muy presente la exposición del Seráfico Doctor San Buenaventura sobre el Cap. 9 de nuestra Seráfica Regla: In brevitate sermonis. "Haec brevitas excludit verborum ambages & sententias involutas, verba etiam ardua super capacitatem audientium. Ista enim abreviatio non excludit cum expedit, sermonis prolixitatem, quia Dominus ipse aliquando prolixe praedicavit, sicut patet in Joanne (12) & Mattheo (15)". Del alto conocimiento que tenía de Dios le vino el desprecio que hacía de las cosas caducas y temporales para conseguir el premio eterno en el Cielo, que es la segunda señal que pone San Antonino para conocer la grandeza de la Fe de algún Siervo de Dios: Secundo si caduca pro praemio aeterno contemnit. Bastante queda dicho del desprecio que hizo de todas las cosas caducas de este mundo de honras, dignidades y empleos, como también el continuo desprecio que hizo aun de aquellas cosas muy precisas para su uso, como libros, ropa, etc., de modo que cuando murió no se halló en tanto libro que llenaba el estante ni uno siquiera que, dijese fuese de su propio uso, sino que en todos ellos se halló de letra de este Siervo de Dios: pertenece a la Misión de San Carlos de Monterrey. Lo mismo digo de la ropa de su propio uso, que poco antes de morir la mandó lavar, y apartó, quedándose sólo con el solo hábito, capilla, cordón y unos solos paños menores, que es lo que le sirvió de mortaja para enterrarlo, manifestando lo amante que era de la santa pobreza, y el desprecio que hacía de las cosas caducas.

La tercera señal que propone el citado San Antonino para conocer la grandeza de la Fe, es la confianza en Dios en todas sus adversidades: Tertio si in adversis in Deo confidit. Ya queda dicho arriba que el V. P. Junípero no miraba a cosa alguna por adversa, sino aquello que se oponía a la propagación de la Fe, conversión de Gentiles, y reducción de ellos. En los mayores apuros en que se vio fue el ver que toda la Expedición quería volver las espaldas del Puerto de San Diego para la retirada a la Antigua California, no dando más tiempo para esperar sino hasta el día de Señor San José, como queda largamente dicho en la Vida, y en este mayor conflicto puso toda su confianza en Dios, quien lo consoló, como queda arriba insinuado. Casi en igual conflicto se halló en la misma Misión de San Diego, cuanto a la reedificación y fundación de San Capistrano, y en otros muchos casos que podría referir en prueba de la confianza grande que tenía siempre en Dios. Y esta gran confianza en Dios le hizo no volver la espalda atrás, sino seguir siempre en la conversión de los Bárbaros, cuarta señal que da el citado San Antonino de la Fortaleza de la Fe: quarto si a bono opere non desistit. Viose claro esta gran Fortaleza, con que se resolvió con todo gusto y voluntad el pasar a la conversión de los Indios Apaches del Río de San Sabá; pues no obstante que veía que los tres Padres que fueron para dicha Conquista, a los dos quitaron alevosamente aquellos Bárbaros la vida, y que al tercero hirieron gravemente, librándose sólo de milagro, y que podía recelar le sucediese lo mismo, no desistió, sino que poniendo toda su confianza en Dios, gustosamente admitió la propuesta del Prelado, y resolvió ponerse en camino para dicha Conquista.

Otras señales pone el Señor Bened. XIV (lib. 3 de Servo. Dei Beat. & Can. Cap. 23, núm. 4) para conocer la heroicidad de la Fe, y son, primeramente, la externa confesión de lo que interiormente se cree. Esta señal se vio clara y casi continua en la Vida del Siervo de Dios Fr. Junípero por el ejercicio de los actos exteriores que practicaba sobre todos los Misterios que con viva Fe creía en su interior; y si en sentir de Santo Tomás (2. 2dae. q. 124, art. 5) cualquiera acto de virtud es una solemne protestación de la Fe: omnium virtutum opera secundum quod referuntur in Deum sunt quaedam protestationes fidei, habiendo sido, según se ve en la Vida, casi una continua protestación de la Fe de este fervoroso Siervo de Dios. Secundariamente dice, que se conoce por la observancia de los preceptos, de lo que queda bastante dicho de que no se vio acción alguna que no fuese muy edificante y ejemplar. No contentándose con sólo esto, sino que celaba el que todos los que estaban a su cargo y novísimos en la Fe, guardasen puntualmente los Divinos preceptos, corrigiendo y castigando, si necesario era, cualquier desmán que en ellos viese; y lo mismo en los preceptos de la Santa Iglesia, quedando en todos ellos tan instruidos, que pasaban ya a escrupulosos, no admitiendo dispensa, si necesario era, ni queriendo valerse de los privilegios concedidos por la Iglesia a los Neófitos, soliendo responder que eran Cristianos como los Españoles; y asistían a la Misa, no sólo los días festivos para todos, sino también aquellos que no obligan a los Neófitos, no obstante que estaban bien instruidos, que no les obliga a ellos la Iglesia.

Si ponemos la vista en la tercera señal que pone el Señor Benedicto XIV que es la oración a Dios, queda bastantemente expresado, y se verá comprobado con lo que queda que decir en la virtud de la Religión, que era casi continua la oración de este Siervo de Dios, por lo que se ve la heroicidad de su Fe. Y no es menor prueba la otra señal que pone el citado Pontífice: Ex fidei dilatatione, aut saltem ejus desiderio. Tan temprano le empezaron los deseos de la propagación de la Fe, que como queda dicho, desde Novicio era este su particular anhelo y el derramar su sangre, si necesario fuera, para aumentar los hijos a la Santa Iglesia, rebozándosele el gozo de su corazón en la leyenda de los Santos Mártires que habían muerto en defensa de la Fe, y en la propagación de ella. Estos mismos deseos tenía y tuvo toda la vida, y éstos le hacían atropellar con cuantos peligros se vio, y al parecer le quedaba el sentimiento de no lograr lo que tanto deseaba. Así me lo dio a entender, cuando me refirió lo que le había sucedido cuando iba a la fundación de San Juan Capistrano, que queda dicho en el Cap. 43, fol. 198, que me dijo: "ciertamente que creí, había llegado la hora de conseguir lo que tanto deseaba." La misma expresión hizo cuando lo iba a matar el Hereje Inglés, Capitán del Paquebot que nos llevó desde Mallorca a Málaga, que queda dicho Cap. 2, fol. 12. Y siempre que se veía en alguna de estas ocasiones y peligros de derramar la sangre en manos de Infieles, parece que se llenaba su corazón de alegría, como se vio pocos días después de lo acaecido en la Misión de San Diego; que se divulgó entre toda la gente de aquellos Establecimientos la noticia, y entramos todos en recelo, no sucediese lo mismo en alguna de las demás Misiones; y en la de San Carlos en la que actualmente me hallaba disponiéndome para ir a fundar la de N.

P. y la de Santa Clara, con otros tres Compañeros, se levantó entre los Indios Neófitos, de que la Bárbara Nación llamada de los Zanjones, distante como seis leguas de la Misión de San Carlos, intentaban hacer con dicha Misión, lo que habían hecho los Gentiles de San Diego. No obstante que a estas voces no se les daba total crédito, no dejaba de poner en cuidado la Tropa, así a la de la Escolta de la Misión, como a la del Presidio de San Carlos. A los pocos días vino una India Neófita, toda asustada y llena de miedo con grande llanto diciendo al Cabo, que ya venían los Zanjones por la cañada, ponderando que eran muchísimos y armados, que sin duda venían a pelear. En cuanto el Cabo oyó la noticia, sin hacer examen de ello dio aviso al Comandante del Presidio, quien luego subió a caballo con una Patrulla de Soldados, para ir a auxiliar a la Misión. Al mismo tiempo el V. P. Junípero nos comunicó así a su Compañero, como a nosotros cuatro que estábamos para salir para las dos Fundaciones dicha noticia; pero tan lleno de regocijo, que al parecer daba por cierto que aquella noche le habían de quitar la vida, por las expresiones con que nos avisó diciéndonos: "Ea Padres Compañeros, ya llegó la hora, ya están ahí los Zanjones según dicen, y así no hay más que animarse y disponerse para lo que Dios fuere servido." Así lo hicieron algunos que recibieron el aviso en la Iglesia, reconciliándose unos a otros. Al salir de ella, hallarlos ya al Comandante con los Soldados del Presidio, que se estaban disponiendo para la defensa de la Misión, siendo ya entrada la noche, y habiendo reconocido el peligro que amenazaba por estar los seis Religiosos que estábamos allí en distintas casitas de palos o madera, techadas algunas de tule, que brevemente arde como si fuese yesca, propuso al R.

P. Presidente que convenía que durmiésemos todos juntos, para podernos defender en un solo cuartito que allí había de adobes con azotea, que servía de fragua para el Herrero; y con esto quedábamos bien resguardados de las flechas y lumbre, y que con un Soldado estábamos bien escoltados, y que con los demás repartidos, se podría resguardar la Misión. Convino en ello, y nos metimos todos en dicho cuartito, y en toda la noche nonos dejó dormir, que la abundancia del gozo no le dejaba cerrar la boca, refiriéndonos muchos casos para animarnos, y por la mañana no se halló Indio alguno de los Zanjones, de que inferimos, o que la mucha agua que llovió aquella noche los hizo no llegar, o que fue aprehensión de la India, por el mucho miedo que tienen a aquella belicosa Nación; pero el susto y temor fue bastante para todos, menos para el Siervo de Dios que no cabía de alegría. Si reflejarnos en este caso, en otros que quedan dichos, y otros muchísimos que podría referir, y cotejamos con el sentir del piadoso autor de las Antigüedades, citado de Nuestro Cronista González (6 part. en la Vida de S. Diego Cap. 7) que dice: "El que una vez consagró la resolución de su ánimo, para tolerar para gloria de Dios todas las injurias y crueldades de los Tiranos, este ya parece Mártir; porque si la suerte no le concede que logre la efectiva pasión de tormentos, no puede quitarle que haya padecido en el alma, cuantos géneros de muertes trazadas a ideas de la imaginación había ya abrazado la voluntad": podremos piadosamente creer que si no fue Mártir a violencias del cuchillo; su pronta y resuelta voluntad lo consiguió, según la doctrina del célebre Antoine (de Actib.

hum. Cap. 3 art. 7) el mérito del Martirio, que es lo que la iglesia Ntrâ. Madre canta de San Pascual Bailón: Maetyrem non dat gladius, sed ipsum prompta voluntas. ESPERANZA Vimos ya la firmeza de la Fe del Siervo de Dios Fr. Junípero, de cuya heroicidad se puede inferir cual sería su Esperanza, que siendo en sentir de San Buenaventura (tit. 5 dict. salut. Cap. 4) una fuerte columna, que estriba sobre el pedestal de la Fe, y sustenta lo principal del espiritual edificio, o como dicen otros, flor de la Fe que nace de ella, como el rayo del Sol, podremos inferir con los Santos Gregorio y Bernardo, que cuanto más uno cree, tanto mayor es su esperanza: quantum quisque credit, tantum sperat (Bernard. de Dom. in Pas). Ésta que según Guillelgo Alticiodorense, es una osadía del alma concebida de la largueza de Dios para alcanzar por nuestras buenas obras la vida eterna, dilata su vista y mira con fijos ojos como a su objeto el perdón de los pecados, el premio de las buenas obras en la vida que esperamos, la gracia, la resurrección de nuestros cuerpos, la asistencia y cuidado de la providencia Divina para favorecernos en los peligros y tropiezos que pueden estorbar su consecución, y finalmente todo lo que es arduo y difícil, si es para bien nuestro y gloria de Dios. Esta nobilísima virtud, que recibió con el sacro Bautismo, desde el día de su nacimiento fue creciendo en este Siervo de Dios con la edad, y en cuanto tuvo el uso de la razón, con la instrucción de sus devotos Padres se ejercitó en esta virtud, como también en la virtud de la Fe y caridad, procurando sus devotos Padres, que las primicias de los actos de su hijo, se consagrasen a Dios como Autor Divino, haciendo que él se ejercitase en fervorosos actos de ellas, como lo practicaba desde niño; y como iba aumentando en edad y conocimiento, procuró ejercitarse con más fervor, como se ha visto en el discurso de su ejemplar y dilatada Vida.

Como era tan alto su alcance sobre los Misterios de nuestra santa Fe y perfecciones divinas, tenía siempre puesta su confianza en ellas, con la esperanza cierta de que conseguiría del Señor lo que era de su mayor agrado, para mayor gloria suya, ocurriendo siempre al Señor, así en las cosas arduas, como ya queda insinuado en su Vida, como en cosas aun más leves, pues para todas Dios era su único refugio, y de ordinario conseguía feliz despacho para sus peticiones. Y si por su humildad recelaba el feliz éxito, invocaba a los Santos de su especial devoción, como sucedió con el Patrocinio del Señor San José, que repetidas veces queda dicho, como también de su devoto San Benardino de Sena, por cuyo patrocinio consiguió para un Indio Neófito de su Misión de San Carlos, librarlo de las fauces de la muerte, cuando los circunstantes le tenían ya por muerto y aplastado de un grande pino que le cayó encima. Y agradecido N. V. Padre a su Santo devoto y Bienhechor, solicitó le pintaran un lienzo, el que se puso en aquella Iglesia, para mover la devoción en aquellos Neófitos. Otros varios casos podría referir, los que omito por no ser demasiado largo, pues basta para prueba de su esperanza en Dios lo que queda ya referido de su enfermedad y accidentes continuos del pecho, pie y pierna, en lo que podría aplicarse lo de San Agustín (Conf. lib. 10 cap. 43 tom. 1.) "Merito mihi spes valida in illo est, quod sanabis omnes languores meos, per eum qui sedet ad dexteram tuam, & te interpellat pro nobis: alioquin desperarem.

Multi etiam, & magni sunt languores mei, sed amplior est medicina tua ". En fin si se refleja bien y se atiende a lo que enseña San Buenaventura (in 3 Sent. dist, 26 q. 4) que todos los actos de las virtudes son otros tantos actos de la esperanza, hemos de decir que su vida fue un continuo ejercicio de esta nobilísima virtud, por lo que dijeron los Auditores de la Rota en la Causa de San Francisco Xavier (tit. de Spe) que nada persuade con más eficacia la esperanza de alguno, como el ejercicio de las buenas obras y acciones virtuosas: Spei argumentum nullum validius, quam quod exercitio ducitur bonorum operum & actionibus virtutum. Y lo mismo confirma el Señor Benedicto XIV (lib. 3 de Can. SS. cap. 23 S. 2 num. 16) cuyas son estas palabras: Omnia opera bona spem arguunt, & omnia opera bona eximia & sublimia, spem demonstrant eximiam, sublimem, & heroicam. CARIDAD Y RELIGIÓN La mayor de las virtudes llama San Pablo a la tercera de las Teologales, que es la Caridad: maior autem horum est charitas (1. Corint. 13). Y si en sentir de San Gregorio (in Ezequ. hom. 22) cuanto uno cree y espera, tanto ama, habiendo visto la firmeza de la Fe, y la certeza y confianza de la esperanza del Siervo de Dios, podremos inferir lo ardiente de su caridad. A esta virtud, dice San Gregorio, que con razón llama el Apóstol de las Gentes vínculo de la perfección, porque las otras virtudes engendran la perfección; pero la caridad las ata entre sí, de modo, que ya no pueden separarse del alma del amante: Charitatem recte Praedicator egregius vinculum perfectionis vocat, quia virtutes quidem caeterae perfectionem generant, sed tamen eas charitas ita ligat, ut ab amantis mente, dissolvi jam nequeant (Greg.

regist. lib. 4 ind. 13 cap. 95). Vimos ya como las otras dos virtudes Teologales son columna y pedestal de lo principal y más sagrado del Templo. Y hablando de la Caridad el célebre discípulo de San Juan Crisóstomo San Proclo Patriarca de Constantinopla en la Epístola que escribió sobre la Fe a los Armenios (tom. 6 op. SS. PP.) les dice, que la caridad es la cumbre de lo más santo y perfecto (le nuestra Católica Religión: Charitas sanctae Religionis nostrae culmen est, por lo que tenemos que esta virtud de la caridad, es el remate y unión que une y corona el estado perfecto del alma. Las señales para conocer la heroicidad de esta nobilísima virtud, las propone Fortunato Schacco (de not. & sig. Sanct. sec. 3, cap. 3, citado del Señor Benedicto XIV). La primera es el celo del culto Divino, a fin de que Dios sea amado y honrado de todos. Bastante queda dicho en el discurso de la vida de este Siervo de Dios, del celo que tuvo del culto Divino, ya en aquella suntuosa iglesia que fabricó en la Misión de Santiago de Xalpan de la Sierra Gorda, y el adorno que solicitó para ella, y para la Sacristía, todo dirigido al Divino culto. Lo propio practicó en las Misiones que fundó en ambas Californias, encargando a todos los Misioneros, que siempre en las memorias que pedían de México, jamás dejasen de pedir algo para la Iglesia o Sacristía. En una ocasión estando yo presente, leyó la memoria de lo que se pedía para una de las Misiones, y acabándola de leer, dijo a los Padres que la habían hecho: No me cuadra esta memoria, pues no leo en ella alhaja que pidan para adorno de la Iglesia, lo que luego enmendaron los Padres añadiendo algunos renglones para el Divino culto.

Este celo, que al mismo tiempo es acto de la virtud de la Religión, bastantemente se ha expresado en su Vida cap. 7, desde el fol. 28 hasta el 25, en donde se expresa el régimen espiritual que observó en la Sierra Gorda, que el mismo en cuanto fue posible observó en las Misiones de la nueva California y Monterrey, así en fábricas de Iglesia, según la posibilidad de cada una, como en adorno para ellas, manifestando grande gusto cuando hallaba en sus visitas en alguna de esas Misiones algunos adelantamientos en esto, y luego procuraba comunicarlo a los Padres de las demás Misiones, para animarlos a. lo mismo. También queda dicho en el citado cap. el régimen espiritual que practicó en los Sermones en las solemnidades con que celebraba los Misterios y Festividades del Señor, de la Virgen Santísima y de los Santos, predicando en ellas, para mover a los Neófitos al culto y amor de Dios, siendo en esto tan grande su deseo, que lo extendía a todo el mundo. Bien lo expresó en la fundación de la Misión de San Antonio, que encendido en estos deseos, y como fuera de sí, repicaba las campanas como queda dicho, llamando a todos al Divino culto y amor de Dios, deseando que aquellas campanas se oyesen por todo el mundo: señal evidente del fervoroso amor de Dios en que ardía su corazón, pues no sólo lo amaba, sino que deseaba que todo el mundo lo conociese y amase. Otra señal del fervor de la caridad y amor de Dios pone el citado Autor diciendo, que se conoce por el gozo interior manifestado con señales exteriores, cuando se habla de Dios y de los Santos.

Bien se le conocía en sus Sermones y Pláticas, que parece le rebozaba el corazón de gusto y alegría. Cuando llegó a su noticia la disposición de Ntrô. Santísimo Padre Clemente XIII, de que todos los Domingos del año que no tuviesen Prefacio propio, se cantase o rezase el Prefacio propio de la Santísima Trinidad, fue tanto su gozo, que no cabía en su corazón, y con mucha ternura decía: Bendito sea Dios, quien conserve la vida a Ntrô. Smô. Padre que ha determinado se rece tan devoto Prefacio. ¡Oh! y que buena ocasión, para que Ntrâ. Seráfica Religión pidiese a este Smô. Padre, que parece ser devotísimo del Misterio de la Santísima Trinidad, el que nos concediese el Rezo de este Soberano Misterio con Rito de doble de primera clase, con que imitaríamos a Ntrô. Seráfico Padre San Francisco, de quien decimos: Trinitatis officium, festo solemni celebrat. El mismo gozo expresaba en las solemnidades de la Virgen, en las festividades de sus Misterios, y cuando vio a sus hijos Neófitos, que con tanta devoción asistían y cantaban la Sacratísima Corona de MARÍA SSmâ. y la Antífona Tota Pulchra, que derramaba lágrimas de ternura y devoción. Igualmente le sucedía cuando cantaba la Pasión, y celebraba aquellos Divinos Misterios de la Semana Santa. Y sucedió no pocas veces, no poder proseguir el cantar en el Coro el canto Angélico de la Gloria, el Sábado Santo. Eran también abundantes las lágrimas en las Estaciones del Vía-Crucis, de cuyo ejercicio era devotísimo, y lo instituyó en todas las Misiones, así de la Sierra Gorda, como de ambas Californias, la que en sentir de los Auditores de la Rota en la Causa de San Andrés Avelino (Tit.

de Charit.) es señal clara y evidente de la perfecta caridad, y de la heroicidad de esta virtud: hanc eximiam charitatem Andreae erga Deum probar¡ censuimus, ex maximo affectu ipsius, erga passionem Domini Nostri Jesu Christi. Otras varias señales pone el citado Autor, las que omito por quedar ya comprobadas con los hechos de su Vida, principalmente la caridad acerca del prójimo, de la que bastantemente queda dicho. Y como en sentir de San Gregorio la caridad acerca del prójimo, nutre y aumenta la caridad y amor a Dios per amorem proximi, amor Dei nutritur: (Greg. in Moral.) habiendo visto la gran caridad que tuvo este Siervo de Dios con el prójimo, se infiere cuan grande sería el amor que residía en su corazón acerca de Dios, y qué admirables efectos causaría en su alma. Estos fervorosos actos del amor de Dios y al prójimo, junto con los demás de las otras virtudes de que he hablado y he manifestado de este mi amado Maestro, puedo decir que continuaron hasta la muerte, como puede verse en el cap. 58 que es la prueba mas eficaz e infalible de haber sido su caridad y amor a Dios y al prójimo santo y verdadero, en sentir de su amartelado devoto San Bernardino de Sena, quien escribiendo de la caridad verdadera y no fingida, dice lo siguiente (tom. 2, Fer. 4 post. Ciner. Serm. 5, cap. 3 pág. 39, col. mihi 2), "Charitas ficta, sex fornaces patitur, sed in septima alchymiae falsitas patet, Primus namque fornaceus ignis fit in corde, secundus fit in ore, 3, in opere, 4, in inimicorum dilectione, 5, in eorum subventione, 6, in recta intentione, ut scilicet propter Deum hic omnia fiant, 7, in persevaranti continuatione.

Hic sanctus probatur amor, quoniam si verus non est, cito evanescit." Todas las otras seis señales que pone San Bernardino, las hallamos muy patentes en la leyenda de su Vida, y la séptima y la última señal la prueba lo que queda dicho en el Cap. citado. Y si en sentir del Evangelista San Juan, las obras de cada uno siguen a la alma cuando se separa del cuerpo, opera enim illorum sequntur illos, hemos de creer piamente, que todas las obras que practicó en el ejercicio laborioso de su vida, acompañarían a su alma, como también los innumerables Indios que convirtió, y que por su Apostólico afán consiguieron su eterna bienaventuranza, le saldrían al encuentro, para ponerlo en presencia de Dios, a que recibiese el eterno premio en el Cielo. Así piamente creo habiendo experimentado su fervorosa caridad y amor Divino, tendría las propiedades que dice de ella el Doctísimo Rábano (in Sermon), "Amor divinus est ignis, lux, mel, vinum, sol. Ignis in meditatione purificans mentem a sordibus. Lux est in oratione mentem irradians claritate virtutum. Mel est in gratiarum actione mentem dulcorans dulcedine divinorum beneficiorum. Vinum est in comtemplatione mentem inebrians suavi & jucunda delectatione."Todas estas propiedades parece se hallan en la laboriosa Vida de este Siervo de Dios, y podemos creer piamente que también conseguiría la última en la Patria Celestial: ""Sol est in aeterna beatitudine mentem clarificans serenissimo lumine, & suavisimo calore: mentem exhilarans ineffabili gaudio peremni jubilatione." Con que concluye las propiedades de la verdadera caridad el dicho Rábano, citado del V. P. Fr. Luis de Granada (in Sylva locorum communium tom. 1 tit. Amor Dei). Y yo podría concluir, que su alma estará descansando, que fueron las últimas palabras que me habló antes de morir, acabando de rezar el oficio del Sol de la Iglesia San Agustín, diciéndome a mí y a los circunstantes que se hallaban presentes: vamos ahora a descansar, como queda dicho en su Vida. Y piamente puedo creer, que su descanso fue y es en el Cielo. Pero como son los altos juicios de Dios inexcrutables, y que puede necesitar de nuestra ayuda, acompáñenme en decir: Anima ejus requiescat in pace. Amén.

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