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Datos principales


Desarrollo


Muerte de Cuahutimoccín Llevaba Cortés consigo a Cuahutimoccín y otros muchos señores mexicanos, para que no revolviesen la ciudad y tierra, y tres mil indios de servicio y carga. Cuahutimoccín, afligido de tener guarda, y como tenía alientos de rey, y veía a los españoles alejados de socorro, flacos del camino, metidos en tierra que no sabían, pensó matarlos para vengarse, especialmente a Cortés, y volverse a México gritando libertad y alzarse por rey, como solía ser. Dio parte a los otros señores, y avisó a los de México, para que en un mismo día matasen también ellos a los españoles que allí había, pues no eran mas que doscientos y no tenían más de cincuenta caballos, y estaban reñidos y en bandos; y si lo hubiese sabido hacer como pensar, no pensara mal; porque Cortés llevaba pocos, y pocos eran los de México, y aquellos mal avenidos. Había tan pocos entonces por haber ido con Albarado a Cuahutemallan, con Casas a Higueras y a las minas de Michuacan. Los de México se concertaron para en viendo descuidados o reñidos a los españoles, y para el segundo mandamiento de Cuahutimoccín. Hacían de noche gran ruido con sus atabales, huesos, caracolas y bocinas, y como era más y más a menudo que antes, cogieron sospecha los españoles y preguntaron la causa. Se recataron de ellos, no sé si por indicios o por certificación, y salían siempre armados, y hasta en las procesiones que hacían por Cortés llevaban los caballos a su lado, ensillados y enfrenados.

Mexicalcinco, que después se llamó Cristóbal, descubrió a Cortés la conjuración y trato de Cuahutimoccín, mostrándole un papel con las figuras y nombres de los señores que le urdían la muerte. Cortés elogió mucho a Mexicalcinco, le prometió grandes mercedes, y prendió a diez de aquellos que estaban pintados en el papel sin que uno supiese de otro: les preguntó cuántos eran en aquella liga, diciendo al que examinaba cómo se lo habían dicho ya otros. Era tan cierto, según Cortés, que no podían negarlo; y así, confesaron todos que Cuahutimoccín, Couanacochcín y Tetepanquezatl habían movido aquella plática; que los demás, aunque seguramente se alegraban de ello, no habían consentido de veras ni se habían hallado en la consulta; y que, obedecer a su señor y desear cada uno su libertad y señoría, no era mal hecho ni pecado, y que les parecía que nunca podrían tener mejor tiempo ni lugar que allí para matarle, por tener pocos compañeros y ningún amigo, y que no temían mucho a los españoles que estaban en México, por ser nuevos en la tierra y no avezados a las armas, y muy metidos en bandos de guerra, cosa que a Cortés le dio mala espina; mas, empero, pues los dioses no lo querían, que los matase. Tras esta confesión les hizo proceso, y al cabo de poco tiempo se ahorcó por justicia a Cuahutimoccín, Tlacatlec y Tetepanquezatl. Para castigo de los otros bastó el miedo y espanto; pues ciertamente pensaron todos ser muertos y quemados, pues ahorcaron a los reyes, y creían que la aguja y carta de marear se lo habían dicho, y no hombre ninguno; y tenían por muy cierto que no se le podían ocultar los pensamientos, pues había acertado aquello y el camino de Huatepan; y así, vinieron muchos a decirle que mirase en el espejo, que así llaman ellos a la aguja, y vería cómo le tenían muy buena voluntad y ningunas intenciones malas.

Él y todos los españoles les hacían creer ser esto verdad para que temiesen. Se hizo esta justicia por Carnestolendas del año 1525 en Izancanac. Fue Cuahutimoccín hombre valiente, según de la historia se colige, y en todas sus adversidades tuvo ánimo y corazón real, tanto al principio de la guerra para la paz, cuanto en la perseverancia del cerco, y así cuando le prendieron, como cuando le ahorcaron, y como cuando, porque hablase del tesoro de Moctezuma, le dieron tormento, el cual fue untándole muchas veces los pies con aceite y poniéndoselos luego al fuego; pero más infamia sacaron que oro, y Cortés hubiera debido guardarlo vivo como oro en paño, pues era el triunfo y gloria de sus victorias. Mas no quiso tener que guardar en tierra y tiempo tan trabajoso; es verdad que se preciaba mucho de él, pues los indios le honraban mucho por su amor y respeto, y le hacían aquella misma reverencia y ceremonias que a Moctezuma, y creo que por eso le llevaba siempre consigo por la ciudad a caballo, si cabalgaba, y si no, a pie como él iba. Apoxpalon quedó espantado de aquel castigo de tan grandísimo rey; y de temor, o por lo que Cortés le había dicho acerca de los muchos dioses, quemó infinitos ídolos en presencia de los españoles, prometiéndoles no honrar más las estatuas de allí adelante y de ser su amigo y vasallo de su rey.

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