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Desarrollo


Lo que hizo Pedro de Albarado por aventajarse Quiso Pedro de Albarado pasar su real a la plaza del Tlatelulco, porque pasaba trabajo y peligro en conservar los puentes que ganaba con españoles a pie y a caballo, teniendo su fuerte lejos de ellos, a tres cuartos de legua, y por aventajarse tanto como su capitán, y porque le importunaban los de su compañía diciendo que sería para ellos una afrenta si Cortés u otro alguno ganase aquella plaza antes que ellos, pues la tenían más cerca que ninguno; y así, decidió tomar los puentes de su calzada que le quedaban y pasarse a la plaza. Fue, pues, con toda la gente de su guarnición, llegó a un puente roto, que tenía sesenta pasos de largo, pues para que los nuestros no pasasen le habían alargado y ahondado dos estados en agua. Le combatió, y con ayuda de los tres bergantines pasó el agua y le ganó. Dejó dicho a unos que lo cegasen, y siguió el alcance con unos cincuenta españoles. Cuando los de la ciudad no vieron más que aquellos pocos, pues no podían pasar los de a caballo, revolvieron sobre él tan de súbito y con tanto denuedo, que le hicieron volver las espaldas y echarse al agua, sin saber cómo. Mataron a muchos de nuestros indios y prendieron a cuatro españoles, que luego allí, para que todos los viesen, los sacrificaron y comieron. Albarado cayó de su locura por no creer a Cortés, que siempre le decía no pasase adelante sin dejar primero el camino llano. Los que le aconsejaron pagaron con las vidas, y Cortés sintió esta desgracia; y otro tanto le pudiera haber sobrevenido a él si hubiese creído a los que decían que se pasase al mismo mercado; mas él lo consideraba mejor, porque cada casa estaba ya hecha isla, las calzadas rotas por muchas partes, y las azoteas llenas de cantos, que de estos y de otros muchos ardides usó Cuahutimoccín. Cortés fue a ver dónde había mudado su real Pedro de Albarado, a reprenderle por lo sucedido y avisarle de lo que tenía que hacer. Y como le halló tan metido dentro de la ciudad, y consideró los muchos y malos pasos que había ganado, no sólo no le culpó, sino que le alabó. Platicó con él muchas cosas tocantes a la conclusión del cerco, y se volvió a su real.

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