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Datos principales


Desarrollo


Llegada del tirano a la isla Margarita Llegó el tirano Lope de Aguirre con sus malditos secuaces a la isla de la Margarita, en la tarde, a veinte de Junio de mil y quinientos e sesenta y un años, y los pilotos que traían no sabían el puerto principal, y tomaron los bergantines en diferentes puertos; y el en que venía el tirano Lope de Aguirre, tomó un puerto que llaman Paragua, el cual era cuatro leguas del pueblo; y el otro bergantín en que venía su Maese de campo, Martín Pérez, en otro puerto, a la banda del Norte, dos leguas del otro, y otras cuatro leguas del pueblo; y luego que tomó el puerto este tirano antes de saltar en tierra, mandó prender a un Gonzalo Guiral de Fuentes, que había sido Capitán de su príncipe Don Fernando, y a otro Diego de Valcázar que habemos dicho que fue Justicia mayor del campo de los dichos tiranos, que antes le habían querido matar y se había escapado; y a entrambos les mandó dar garrote sin confesión; y al Gonzalo Guiral, como no se ahogase tan presto, lo acabaron de matar con muchas puñaladas, porque daba voces pidiendo confesión, y porque no lo entendiesen ciertos vecinos de la isla que allí habían venido a reconoscer qué gente era y los echaron en la mar. Luego, aquella tarde, envió el tirano un soldado, llamado Rodríguez, muy su amigo, que tal sería, se cree, para aquello, a su Maese de campo, por tierra, con unos indios que le guiaban, y le envió a mandar que matase a Sancho Pizarro, que era su Capitán, de quien el tirano tenía sospecha que no le seguiría; y así lo mató el Maese de campo; y dejando alguna gente en el bergantín en guarda dél, con la demás gente, que luego el Maese de campo viniese aquella noche a se juntar con el Lope de Aguirre con toda brevedad, por tierra; y ansí lo hizo, y lo avisó a su General, dónde y cómo había tomado puerto, y qué era lo que quería que hiciese: y el dicho soldado Rodríguez que envió el tirano, hizo bien y fielmente su embajada, y pudiera, si quisiera, dar aviso en la Margarita, pues fue con indios de la propia tierra más de dos leguas; pero él no lo hizo, como gran traidor, y por ser fiel al tirano.

Y luego, su Maese de campo envió a un Diego Lucero a que dijese al tirano qué quería que hiciese, y también éste pudo dar aviso a los de la isla y vecinos della, y no lo hizo, antes hizo tan bien su embajada, como gran traidor y leal a su señor, el tirano, mostrando gran voluntad de ser gran amigo de los dichos tiranos. Y asimismo el Maese de campo, en llegando en tierra, echó fuera del bergantín un Roberto de Cocaya, barbero, y a un Francisco Hernández, piloto, sin consentir que nadie saliese con ellos; y los dichos fueron a buscar comida a unas estancias, más de media legua de allí, con unos negros. Fueron a hora de vísperas y volvieron a media noche con el dicho Rodríguez que lo toparon por el camino; y cualquiera destos cuatro que he dicho pudiera avisar al pueblo y vecinos de la isla, si quisieran, y el tirano se desbaratara luego y no hiciera el mal que hizo. También el tirano Aguirre, luego como llegó, echó en tierra diez o doce de sus amigos, y con ellos venía un Juan Gómez, calafate, su Almirante, los cuales fueron por las estancias y toparon vecinos de la isla, y no les dijeron lo que había. Y llegado el mensajero que enviaba el Lope de Aguirre al bergantín de su Maese de campo, luego puso por obra lo que su General mandaba, y a media noche hizo saltar sobre toda la gente en tierra, y caminó con ella, con las guías que había traído consigo el Rodríguez, y luego, en desviándose del bergantín, mató a Sancho Pizarro y lo dejó muerto en el campo.

En este comedio, el Gobernador y vecinos de la isla, habiendo visto los bergantines, andaban alborotados por no saber qué gente era, y enviaron una piragua por la mar, y gente por tierra a reconocerlos; y cuando llegaron, hallaron al tirano Lope de Aguirre desembarcando la gente enferma y algunos de sus amigos, y con él, según dicen, un Diego Tirado, su Capitán de caballo, y la demás gente dejó en el bergantín debajo de cubierta escondida, y hablaron el tirano y sus amigos con dos o tres vecinos de la isla que allí vinieron, a los cuales dijeron y hicieron creer que eran gentes que venían perdidos del Marañón, y que habían bajado del Pirú en demanda de cierta noticia, y pidiéronles carne para comer, con muchos ruegos y crianza; y los dichos vecinos mataron una o dos vacas y se las dieron; y uno dellos, llamado Gaspar Rodríguez, que le pareció el tirano más principal y de mejor plática y conversación, le dio, por asegurarle y engañarle, un capote de grana con franjas y pasamanos de oro, y una copa de plata sobredorada, y a él y a los demás dijo que no quería más de tomar la comida por sus dineros. Luego, aquella noche, se supo aquesta nueva en el pueblo, por cartas escriptas de los dichos vecinos, y aún decían más, que era gente muy rica del Pirú, y que venían enfermos y muertos de hambre, y que daban mucha plata y oro y joyas que traían, a trueque de comida, y que habían dado el capote y la copa al Gaspar Rodríguez. Y sabido lo susodicho en el pueblo de la Margarita, Don Juan de Villandrando, gobernador de la isla, movido, según dijeron, de codicia, deseoso de ver algunas joyas de las que dijeron que repartían los dichos tiranos, y con él un Manuel Rodríguez, alcalde ordinario, y otro Andrés de Salamanca, con el mismo deseo, partieron esa misma noche y a media noche para Guachi donde estaba el tirano Lope de Aguirre, y otro día muy de mañana, que fue martes de la Magdalena, llegaron allá con otros que en camino se les habían juntado, que irían también con la misma codicia, y el tirano los salió a recibir al camino, con su capitán Diego Tirado y otros sus muy amigos, de quien él se fiaba; y el dicho tirano se les humilló tanto hasta hincar la rodilla y abajarse a besar los pies al dicho D.

Juan, gobernador; y los que con él venían hicieron lo mismo; y a manera de los querer hacer servicio, les tomaron los caballos los que iban con el dicho tirano, y los ataron lejos de donde ellos estaban, y el gobernador Don Juan tuvo grandes cumplimientos con el dicho tirano, ofreciéndose a su servicio y persona, y casa para que posase; y el tirano le respondió agradeciéndoselo mucho, con gran crianza y comedimiento. Y después que hubieron hablado un gran rato, Lope de Aguirre se desvió con sus amigos, y fue a hablar a sus soldados que estaban en el bergantín, y después volvió al dicho Gobernador, y, haciéndole otro acatamiento como el primero, le dijo: "Señor, los soldados del Pirú siempre se han preciado y precian más de buenas armas que de ropas y vestidos, aunque los tienen en harta abundancia. Suplican a vuestra merced les mande dar licencia para que lleven sus armas y arcabuces." Y el D. Juan como era mozo, e iba con codicia de joyas, le respondió que fuese como ellos mandasen, aunque ya entonces, según decían, poco le aprovechaba otra cosa, porque ya estaba caído en el lazo, y el tirano, vuelto a sus soldados, les dijo: "Ea, marañones, limpiad vuestros arcabuces, que los traéis muy húmedos y maltratados de la mar, que ya tenéis licencia para ir con vuestras armas." Y luego, a aquella hora, dispararon gran salva de arcabucería, y parescieron muchas cotas y lanzones y agujas, y el tirano se fue a hablar con sus soldados; y el dicho D. Juan y los que con él estaban se apartaron un poco, hablando entre ellos que les parecía mal tantas armas y arcabuces, y trataban en la manera que ternían para se las quitar.

Y llegó otra vez el tirano a ellos, con ciertos de sus amigos, y les dijo, no con tanto acatamiento y como primero: "Señores, nosotros vamos al Pirú, y somos informados que allí hay muchas guerras, y que aquí no nos han de hacer vuestras mercedes buen tratamiento, ni nos han de dejar pasar allá; por tanto, conviene que vuestras mercedes dejen las armas y sean presos, y esto no más de para que con brevedad se nos dé aviamiento." Y el dicho Gobernador rehusó, y se retiró un poco, diciendo: "¿Qué es esto? ¿qué es esto?" Pero poniéndoles en los pechos muchas lanzas y arcabuces, les quitaron las armas y varas; y asimismo desarmaron y quitaron los caballos a algunos vecinos que allí estaban; y algunos soldados del tirano cabalgaron en ellos, porque yo los vi, que fueron Diego Tirado y Martín Rodríguez y Diego Sánchez Bilbao y un Roberto de Cocaya, y un Carrión, mestizo, y todos éstos iban diciendo a voces altas: "A tomar vamos la isla, que habemos preso al Gobernador, y toda la tierra es nuestra." Y así fueron a tomar el pueblo de la Margarita, y a todos los que de la dicha isla topaban, desarmaban y quitaban las cabalgaduras; y luego, el dicho tirano mandó que toda su gente a gran priesa marchase camino del pueblo; y cabalgando el tirano en el caballo del Gobernador, le dijo a él que cabalgase a las ancas, y el Gobernador no quiso, como estaba enojado, y el tirano se apeó y dijo: "Ea, pues marchemos todos a pie". Y habiendo caminado un poco, toparon con el Maese de campo, y a la gente que venía con el Maese de campo y la gente del otro bergantín; y el dicho Don Juan, cansado de venir a pie, viendo lo poco que aprovechaba enojarse, cabalgó a las ancas de su caballo, en que el tirano Lope de Aguirre venía, que le tornó a convidar que subiese; y desde a poco, se apartaron el Maese de campo y otros soldados con él, todos a caballo y llegaron al pueblo de la isla a hora de medio día, adonde hallaron toda la gente descuidada y segura que no sabían nada de lo pasado, y entraron por una calle corriendo encima de sus caballos y apellidando: "¡libertad! ¡libertad! ¡viva Lope de Aguirre!" y se metieron en la fortaleza que estaba abierta, y se apoderaron della; y otros fueron por el mismo pueblo con el dicho apellido, desarmando a cuantos hallaban; y desde a poco llegó el tirano Lope de Aguirre con la demás gente y presos, y él y otros muchos fueron con hachas a cortar el rollo de la plaza del pueblo, y le dieron muchos hachazos, y como era de guayacán muy duro, no lo acabaron de cortar que se cansaron y asimismo fueron a una casa donde estaba la caja Real, y sin aguardar ni pedir llaves, hicieron pedazos las puertas de una cámara donde estaba y la quebraron, y robaron lo que hallaron en ella, y rompieron los libros de las cuentas Reales; y hecho esto, el dicho tirano mandó echar bando que todos vecinos estantes e habitantes trajesen luego ante él todas las armas que tuviesen, so pena de muerte; y que los que estaban en el campo se recogiesen al pueblo, so la misma pena, y no saliesen dél sin su licencia; y luego trajeron a la fortaleza, de casa de un mercader, una pipa de vino, y en menos de dos horas se la bebieron toda.

En este mesmo día envió el tirano por todas las casas del pueblo a saber qué mercaderías y vino y comidas había, y algunas cosas de las que hallaban tomaron luego, y las llevaron a la fortaleza para las repartir entre sí, y otras dejaban puestas por inventario en las casas que las hallaban encerradas, llevando las llaves, y mandaban que, so pena de la vida, no tomasen nada de aquello que allí dejaban; tomaban todas las armas que hallaban por las casas; hallaron y tomaron mucha cantidad de ropa y otras mercaderías que estaban por de Su Majestad, de un navío sin registro que habían tomado en la dicha isla, y todo lo repartieron entre ellos: hallaron la isla más rica que había estado después que se pobló de mercaderías y comidas, y los vecinos muy proveídos de cosas de sus casas, a la mayor parte de los cuales robaron los tiranos cuanto tenían, hasta dejarlos desnudos, que era gran lástima de verlos. Mandó luego este tirano buscar y recoger todas las canoas y piraguas que había en la isla, y quebrolas todas, y esto porque no se le huyese alguna gente y diese aviso de su venida. Echó luego en prisión al gobernador D. Juan de Villandrando, y a Manuel Rodríguez, alcalde, y a un Gaspar Plazuela, mercader, porque dijeron al tirano que había mandado huir y esconder un barco suyo que venía de Santo Domingo cargado, y lo quisieron matar, y lo hicieran si no viniera el barco. Algunos soldados que había en la isla, deseosos de chirinolas, se juntaron con los dichos tiranos y les ayudaban a robar y destruir la isla, y rescibieron dél pagas, y le prometieron de salir con él, y le ayudaban en todo, y algunos mejor que sus amigos.

Estos les descubrieron cosas que los vecinos tenían escondidas, que como eran de la tierra, no se les podía encubrir nada; y estos mismos les dieron aviso de un navío grande y bien artillado que estaba en la costa de tierra firme, que lo tenía un Fr. Francisco Montesinos, Provincial de los frailes dominicos, que estaba allí con cierta gente y tenía poblado un pueblo en Maracapana, entendiendo en la conversación de los indios por mandado de Su Majestad; y le dijeron al tirano que con facilidad y poca gente lo tomaría; y luego el tirano, con brevedad, despachó un Capitán suyo, llamado Pedro de Monguía, con diez y ocho hombres, que fuese a tomar el dicho navío, y llevaron por guía un negro de la isla, muy diestro en aquella costa; y en el camino tomaron el navío del Plazuela, que estaba preso, y un Casto Diego Hernández, portugués, con cuatro soldados se metió en él y lo llevó al tirano, y el Monguía, con solos catorce, siguió su viaje. Mandó el tirano a los vecinos de la isla, que con brevedad le tuviesen seiscientos carneros y algunos novillos, y cacabi y maíz, para el matalotaje, repartiendo entre ellos cada uno tanto. Asimismo hizo repartimiento de todos sus soldados por las casas de los vecinos, para que en cada una diesen de comer a tantos. Comían de día y estaban en las casas, y él en la fortaleza con toda su guardia y amigos, y de noche dormían todos juntos cabe la fortaleza en una plaza, a la plaza de la mar, y el tirano, con los que he dicho, dentro de la fortaleza.

Otro día mandó ahorcar sin confesión a un Enríquez de Orellana, que era Capitán de la munición, porque estaba mal con él, y porque decían que se había emborrachado el día que entraron en la isla, y dio este cargo a Antón Llamoso, su Sargento. Tenía siempre gran guardia en su persona, y de noche en el pueblo y caminos había muchas centinelas y rondas y sobrerondas de a pie y de a caballo, porque no entrase ni saliese nadie sin que él lo supiese. Hizo un parlamento a los vecinos de la isla, amonestándoles que no huyesen, porque no les quería hacer mal ni daño, sino que les pagaría lo que les había tomado y lo demás que tomasen. Y preguntó a cómo vendían las gallinas y ganados; y fuele dicho que las gallinas valían a dos reales; y díjoles que eran baratas, que las vendiesen a tres; y que el demás ganado y cosas lo pagarían a más precio que solía valer; y ansí, si compraba alguna cosa, no gastaba mucho tiempo en concertarse, antes liberalmente prometía por ella todo lo que pedían, como aquel que no pensaba pagarlo, mas de darles aquel contento. Luego que desembarcó el tirano en esta isla, se le quedaron aquella noche huidos cinco soldados, deseosos del servicio de Su Majestad, que fue el uno Gonzalo de Zúñiga, y un Francisco Vázquez, y un Juan de Villatoro, y un Pedrarias de Almesto, y un Castillo, por lo cual el dicho tirano andaba muy bravo y pateaba y amenazaba a D. Juan, el gobernador que tenía preso, y a los vecinos de la isla, diciendo que ellos tenían escondidos los dichos soldados, y que si ellos querían, que no se les podían esconder en la isla, pues sabían toda aquella tierra; y prometió de dar por cada uno destos soldados que le trujesen doscientos pesos, y otros prometimientos vanos.

En este tiempo, a cabo de tres días que estaban en la isla, remanesció herido uno destos, que se decía Pedrarias de Almesto, que, según fue notorio que venían a tomar la isla, por no se hallar en la toma de la isla con los demás, se había huido por una montaña y se había escapado, y, viendo que no podía llevar adelante su huida, tomó por remedio de venirse al pueblo y decir que, por tener aquel prémulo, no se había hallado con ellos; el cual, sabido por el tirano, envió por él a un su Alférez, llamado# para que, donde quiera que lo hallase, lo matase, y como llegó y le vido herido, creyó lo que le dijo Pedrarias, y por entonces no lo mató y lo llevó a las ancas de su caballo delante del tirano, adonde estuvo por matalle; y al fin fue Dios servido que lo dejó y amenazó diciendo que pasase aquélla, y que mirase por sí. Y así el tirano procuró luego de que le trajesen los otros cuatro soldados arriba dichos; y algunos vecinos de la dicha isla, movidos, por ventura, de codicia de la paga y de los ruegos de D. Juan, su Gobernador, que estaba preso y temeroso de la muerte, y por el provecho de su patria, a quien el tirano amenazaba con daños y destruición, los fueron asimismo a buscar unos por una parte y otros por otra, y aun con mandamientos firmados del dicho Gobernador, para que los prendiesen y trujesen al tirano; y como pusiesen gran diligencia en esto, hallaron a los dos dellos, al Castillo y Villatoro, y los trujeron presos al dicho tirano, y luego él los mandó colgar del rollo, sin confesión.

Fue éste un mal caso, porque muchos soldados que venían contra su voluntad con los tiranos, que tenían gran deseo de se huir, no lo osaron hacer, porque ellos no sabían la tierra, y vieron que los vecinos de quien se pensaban favorescer traían y buscaban a los huidos. Al Francisco Vázquez y Gonzalo de Zúñiga, aunque pusieron gran diligencia en los buscar, nunca los pudieron hallar, y principalmente Dios que los ayudó. Este día mandó el tirano a ciertos amigos suyos matar a un fraile dominico que vido atravesar por la plaza, y compelido por ruegos de los de la isla lo dejó por entonces. Decía este tirano que tenía prometido de no dar vida a ningún fraile de cuantos topase, salvo a los mercedarios, porque decía él que estos solos no se extremaban en los negocios de las Indias, y que había asimismo de matar a todos los presidentes y oidores, obispos y arzobispos y gobernadores, letrados y procuradores, cuantos pudiese haber a las manos, porque decía él que ellos y los frailes tenían destruidas las Indias; y que había de matar a todas las malas mujeres de su cuerpo, porque éstas eran causa de grandes males y escándalos en el mundo, e por una que el gobernador Orsúa había llevado consigo habían muerto a él y a otros muchos. Luego mandó quemar y echar al través los bergantines que había traído a la isla, porque no se fuese alguno en ellos a dar aviso de su venida, y esto por parescerle que tenía cierto el navío del fraile, porque había enviado a su capitán Monguía por él; y porque un vecino de la isla, llamado Alonso Pérez de Aguilera, se huyó del pueblo, fue el dicho tirano en persona con muchos soldados, ansí de sus marañones como de los que en la isla se les habían juntado, y le hizo destejar y derribar toda su casa, y le robaron cuanto tenía, y le mataron sus ganados.

Y al séptimo u octavo día, de su llegada a la isla, mandó matar a un Capitán suyo, de sus mayores amigos, llamado Juanes de Iturriaga, vizcaíno, de su patria, porque era hombre de bien y se temió dél, que le dijeron que juntaba amigos y que a su mesa comían algunos soldados. Y estando cenando una noche con sus amigos en su posada, llegó el maese de campo Martín Pérez con ciertos arcabuceros, y levantándose el Iturriaga de la mesa a recibirlos, le dieron ciertos arcabuzazos, de que murió; y así se le dejaron aquella noche, y otro día, de mañana, le enterraron con gran pompa, y banderas arrastrando, y tocando atambores roncos. Y como este tirano era malo, perverso, así era enemigo de los buenos y virtuosos; y pocos a pocos ha venido matando todos los más hombres de bien, y teniéndolos por sus enemigos, porque como tuviese presunción o manera de hombre de bien, temíase dellos y no consentía que tal hombre viniese entre ellos; y, por consiguiente, era amigo de la gente baja y mala, de los cuales se fiaba y los tenía por grandes amigos, y por parescerle que estos tales no tenían ánima para le matar, y que entre estos tales viviría más seguro. Entendía los más de los días en hacer alardes y formar escuadrones, y poniendo la gente como había de pelear, decíales que no había de dar batalla a ninguno de los que contra él viniesen, si no fuese el Rey en persona, y que a los demás había de desbaratar con ardides y mañas de guerra, de que él se preciaba más que entendía dello.

Esperaba cada hora a su capitán Monguía, a quien había enviado a tomar el navío del fraile, y como le parescía que se tardaba, teníalo a mala señal y estaba triste y amenazaba de muerte a todos los de la isla, y decía que, si el dicho Capitán y soldados eran muertos o presos, que había de matar hasta los niños de teta, y asolar la tierra, y por ellos había de matar mil frailes. Y luego le vino nueva que el navío del fraile venía, y no supo por quién, y estaba suspenso hasta que, de un negro que había venido en una piragua de Maracapana, se supo cierto que el capitán Monguía y los soldados que con él iban se habían todos reducido al servicio de Su Majestad; y avisado el fraile de la venida del tirano y de todo lo que pensaba hacer, y que el fraile, con ellos y con la demás gente que tenía, venía con su navío a le destruir y hacer guerra, por lo cual el tirano hacía grandes bramuras y echaba espumarajos, decía grandes amenazas contra el fraile y los dichos soldados, y contra los de la isla, a los cuales mandó luego prender a todos con sus mujeres, y los llevaron a la fortaleza, y mandó echar más prisiones a D. Juan, el gobernador, y a Manuel Rodríguez, alcalde, y a los demás vecinos, para todos los cuales hubo prisiones; y tratándolos mal a todos de palabra, decía que había de hacer correr arroyos de sangre por la plaza de la Margarita de los vecinos della; y luego, en caballos que había tomado a los vecinos, mandó poner de sus soldados a trechos desde el pueblo hasta un puerto de la isla que llamaban la Punta de las Piedras, adonde tuvo nueva que venía a desembarcar el dicho fraile. Aquí volvió el dicho cargo de Alférez general a Alonso de Villena, que antes lo era en tiempo de su Príncipe, que se lo había quitado, como se ha dicho.

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