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Datos principales


Desarrollo


El talante historiador de Cieza Cieza se confiesa repetidas veces con sus lectores; para él lo fundamental es decir lo que pasó apoyado en la documentación disponible que siempre cita individualmente --o en testimonios de testigos inmediatos-- del hecho. Sabe que esta morosidad quita agilidad a su narración, pero prefiere ser tildado de poco grato al gusto del lector que de inexacto en sus declaraciones. En torno a los hechos que relata, Cieza se permite una serie de consideraciones, que yo he llamado moralizaciones y que equivalen a la moraleja de las narraciones breves, con la única diferencia de que no están reservadas para el fin y que se multiplican a lo largo de la historia. La primera moralización es teológico-trascendente. Cieza es profundamente cristiano y no le falta un leve regusto, diríamos musulmán, que tiñe de fatalismo las acciones de los hombres. Por encima del proceder de cada uno, que obedece a sus propias e individuales motivaciones, está la alta providencia divina, que pone en acción la antigua frase: Dios escribe derecho con líneas torcidas... A Cieza le parece especialmente significativa la expresión de una india que recorría el pasado próximo de su tierra y profetizaba lo que el porvenir te guardaba, con estas palabras que no cito textualmente. En esta tierra hubo gente mala que mereció un castigo colectivo que les vino por medio de los incas y su dominación; los incas no se mantuvieron en la línea moral que hubiera podido esperarse de su papel de ejecutores de la justicia divina y prevaricaron; y Dios les acaba de castigar con la derrota sufrida ante los cristianos.

Lo mismo ocurrirá con los cristianos, y de triunfadores pasarán a ser derrotados y castigados. Movimiento cíclico de la historia que a Cieza le parecía una ley de suficiente altura y amplitud para que pudiera aplicarse a cualquier proceso fáctico. Bajando un poco, y antes de entrar en particulares responsabilidades, Cieza encontraba en cada uno de los compañeros Pizarro y Almagro suficientes extravíos morales para que el castigo pudiera considerarse inevitable. Cieza --amigo de los papeles-- transcribió las fórmulas con que en repetidas ocasiones se comprometieron ante Dios para mantener la mutua fidelidad entre ambos. Estos compromisos no se hicieron sólo sobre la base de simples palabras intercambiadas: estuvieron siempre robustecidos por grandes juramentos que apelaban a la presencia y a la suma fidelidad de Dios como última garantía. En sus imprecaciones pedían toda clase de males para quien quebrantara aquellos juramentos; y lo malo del asunto es que la repetición de actos semejantes --que se tuvieron, por lo menos dos veces, en plena celebración de la Misa y delante de la hostia consagrada-- demuestra que nunca fueron cumplidos con la exactitud que tales ceremonias exigían. Los amigos, y sucesivamente enemigos, Pizarro y Almagro repitieron demasiadas veces tan solemnes actos para ser duraderos: hubiera bastado un compromiso solemne, pero cumplido. Cieza recuerda los males, que pedían contra sí mismos, en caso de infidelidad; y Cieza recoge con ánimo entristecido la narración de las catástrofes por ellos pedidas; y por todos, a causa de ellos, recibidas.

Bajando a un nivel más terreno, pero siempre sobrehumano, Cieza bosqueja una especie de epopeya de corte clásico en que las acciones humanas son eco amortiguado de los grandes designios de la providencia: en una especie de combate entre Cristo y las fuerzas del infierno. El demonio, para Cieza, es verdadero protagonista a través de las personas que están en contacto con él. Cieza considera haber oído una vez la comunicación demoníaca en las cercanías de Cartagena: con un silbo tenorio especifica Cieza; aunque no fue capaz de comprender ningún mensaje concreto. Cieza no perdió ocasión de entrar en relación con los sacerdotes o representantes de los cultos indígenas; y a través de ellos pudo conocer particularidades, ocultas para observadores más superficiales. En esta lucha épica, Cieza sabía que la victoria final estaba por los cristianos, pero lamentaba que los heraldos del evangelio hubiesen sido tan poco evangélicos en su conducta. Entrando en detalles de esta lucha que se desarrollaba en paralelo con la otra invisible entre Cristo y los ángeles malos, Cieza lamentaba las inútiles destrucciones que habían marcado con su huella la superficie de un país: que lo recordaban --de acuerdo indios y cristianos-- próspero, y en orden y justicia. Perdonaba con demasiada facilidad la brutalidad de las guerras que habían dado la victoria a los incas y no encontraba el doble sistema de traslados forzosos de los mitimaes y el encierro de las hijas, de los jefes sometidos, en las casas del sol: sistema de rehenes que mantenía subyugados a los pueblos que --antes del imperio-- vivían en su libertad y en su plena soberanía.

Los jefes vencidos, que se libraban de las habituales matanzas que acompañaban las conquistas, acababan con frecuencia despellejados o, por el contrario, vaciados, de manera que pareciesen vivos y pudiesen --inflados, o rellenos de paja-- participar en los desfiles triunfales de los incas victoriosos: un detalle macabro consistía en hinchar sus vientres de manera que al balancearse en los desfiles sonaran como atambores al compás de los brazos que los golpeaban: atambores incaicos que nunca dejaron de señalar aun los observadores más superficiales. Visión de los incas triunfadores que escamoteó años adelante el seudo inca Garcilaso de la Vega: seudo porque la dignidad de inca no se transmitía por línea femenina. Los castellanos --se quejaba-- no mantuvieron la tradición de rectitud y justicia que habían iniciado los gobernantes incas: robaban, mataban, obligaban a trabajos forzados, desperdiciaban las subsistencias; tanto en los productos vegetales, como en los animales; y en éstos especialmente las llamadas ovejas: animales utilísimos que no se daban en el resto del continente americano. Los indios, por otra parte, utilizaban en grandes cantidades el oro, pero lo hacían casi exclusivamente al servicio de sus grandes difuntos; y el despojar una tumba de sus joyas les parecía a los soldados de a pie un robo al demonio, sin que se hubiera hecho de conocimiento común y menos de adaptación general la tesis de fray Bartolomé de las Casas que defendía su inviolabilidad.

Por otra parte, los incas, en contraste con los indios moradores de los Andes colombianos, no eran antropófagos; pero convertían sus funerales en orgías de homicidios rituales; sin sangre, ni gritos, ni escenas desgarradoras: ya que las víctimas --mujeres y esclavos-- eran sepultadas tras una borrachera ritual que reservara para un despertar en la tumba el encuentro con una muerte ineludible. La costumbre --y la fe en una pervivencia al servicio del señor con quien se enterraban-- hacía voluntarias estas inmolaciones. No todos los personajes que intervienen en esta gran epopeya gozaban de la misma simpatía por parte de Cieza: don Francisco Pizarro ocupa un lugar primero e indiscutible en el afecto y en el respeto cieciano; parecido respeto despierta en él el burgalés Alonso de Alvarado; y no ocupa mal lugar el extremeño don Pedro, del mismo apellido. Don Diego de Almagro viene muy atrás, junto a la turba de los Pizarros, entre los que se lleva la palma --pero negativa, ya que es el malo de la acción épica--, Hernando Pizarro. Sería inútil seguir analizando los restantes personajes del grupo castellano; pero es útil recordar que no fueron los religiosos los más estimados por Cieza; a quienes deja mal parados en esta Tercera Parte; aunque; en algún caso, él u otra mano extraña han corregido sus frases, dulcificando sus censuras. En conjunto, Cieza, en esta parte de su relato, es un buen cronista, aun teniendo en cuenta que carece de la calidad del testigo de vista; detallando algo más, cuenta con un buen narrador que había estado presente en todos los sucesos que relata, en torno a don Francisco Pizarro; aunque hubo de apoyarse en otros, que no se mencionan específicamente, para los procesos que se desarrollaban en torno a Quito, o en Castilla.

En este punto, Cieza es testigo inmediato para el hecho de la conmoción que en Córdoba produjeron las noticias del tesoro recién desembarcado procedente del Perú, aunque su extrema juventud te impidió colocarlo en la exacta perspectiva. En este libro no tiene mucha ocasión de consultar viejos papeles, pero no pierde la oportunidad de transcribir la provisión que debería haber producido la pacífica convivencia entre Pizarro y Almagro; que, por el contrario, encendió, definitivamente la discordia. En algunos casos, contó con informadores indios que le comunicaron sus dolorosas impresiones en torno al saqueo de los templos del Cuzco y de Pachacama. Estos informantes consiguen a lo largo de la obra teñir de indigenista la exposición cieciana. Las simpatías y antipatías que he señalado en el párrafo anterior ejercieron --no cabe duda-- influjo en el tono de su historia, pero no parece que hubiera sido en ningún caso venal: como le acuso años adelante Pedro Pizarro. Las frases con que en el testamento recuerda las cantidades recibidas con el destino que debería haberles dado, y su decisión de que sus albaceas completaran los pagos que él no había podido realizar, producen tal impresión de sinceridad, que hacen poco probable y débilmente fundada la acusación de venalidad.

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