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PROEMIO DEL AUTOR
Siendo yo hijo del Almirante D. Cristóbal Colón, varón digno de eterna memoria, que descubrió las Indias Occidentales, y habiendo navegado con él algún tiempo, parecía que, entre las demás cosas que he escrito, debía ser una y la principal su vida y el maravilloso descubrimiento que del Nuevo Mundo y de las Indias hizo; pues los ásperos y continuos trabajos y la enfermedad que sufrió, no le dieron tiempo para convertir sus memorias en Historia. Yo me apartaba de esta empresa sabiendo que otros muchos la habían intentado; pero leyendo sus obras, hallé lo que suele acontecer en la mayor parte de los historiadores, los cuales engrandecen o disminuyen algunas cosas, o callan lo que justamente debían escribir con mucha particularidad. Mas yo determiné tomar a mi cargo el empeño y fatiga de esta obra, creyendo será mejor para mí tolerar lo que quisiere decirse contra mi estilo y atrevimiento, que dejar sepultada la verdad de lo que pertenece a varón tan ilustre, pues puedo consolarme con que si en esta obra mía se hallare algún defecto, no será el que padecen la mayor parte de los historiadores, que es la poca e incierta verdad de lo que escriben. Por lo cual, solamente de los escritos y cartas que quedaron del mismo Almirante, y de lo que yo vi, estando presente, recogeré lo que pertenece a su vida e historia; y si sospechase alguno que añado algo de mi paño, esté cierto que de esto no podía seguírseme ninguna utilidad en la otra vida, y que si diese algún fruto mi trabajo, gozarán de él solamente los lectores.

  
CapÍtulo primero
De la patria,origen y nombre del Almirante Cristóbal Colón
Por cuanto una de las cosas principales que se requiere a la historia de todo hombre cuerdo, es que se sepa su patria y origen, porque suelen ser más estimados aquellos que proceden de grandes ciudades y de generosos ascendientes, algunos querían que yo me ocupase en declarar y decir cómo el Almirante procedió de sangre ilustre, aunque sus padres, por mala fortuna, hubiesen venido a grande necesidad y pobreza, y que hubiese mostrado cómo procedían de aquel Colón, de quien Cornelio Tácito, en el principio del duodécimo libro de su obra, dice que llevó preso a Roma al Rey Mitridates, por lo cual, dice que a Colón fueron dados, al pueblo, las dignidades Consulares y las Aguilas, y tribunal o tienda Consular; y querían que yo hiciese gran cuenta de aquellos dos ilustres Colones sus parientes, de quienes el Sabélico escribe una grande victoria contra vecenianos alcanzada, según en el quinto capítulo por nos se dirá; pero yo me retiré deste trabajo, creyendo que él hubiese sido elegido de Nuestro Señor para una cosa tan grande como la que hizo; y porque había de ser así verdadero Apóstol suyo, cuanto en efecto fue, quiso que en este caso imitase a los otros, los cuales, para publicar su nombre, los eligió Cristo del mar y de la ribera, y no ya de altezas y palacios, y que al mismo imitase, que siendo sus antecesores de la sangre Real de Jerasulán, tuvo por bien que sus padres fuesen menos conocidos.

De manera que cuan apta fue su persona y dotada de todo aquello que para cosa tan grande convenía, tanto más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos. Por lo cual, algunos, que en cierta manera piensan oscurecer su fama, dicen que fue de Nervi; otros, que de Cugureo, y otros de Buyasco, que todos son lugares pequeños, cerca de la ciudad de Génova y en su misma ribera; y otros, que quieren engrandecerle más, dicen que era de Savona, y otros que genovés; y aun los que más le suben a la cumbre, le hacen de Plasencia, en la cual ciudad hay algunas personas honradas de su familia, y sepulturas con armas y epitafios de Colombo, porque en efecto éste era ya el sobrenombre, o apellido de sus mayores, aunque él, conforme a la patria donde fue a morar y a comenzar nuevo estado, limóle evocablo para que se conformase con el antiguo, y distinguió aquellos que de él procedieron, de todos los otros que eran colaterales, y así se llamó Colón. Considerado esto, me moví a creer que así como la mayor parte de sus cosas fueron obradas por algún misterio, así aquello que toca a la variedad de tal nombre y apellido no fue sin misterio. Muchos nombres podríamos traer por ejemplo, que no sin causa oculta fueron puestos para indicio del efecto que había de suceder, como aquello que toca al que fue pronosticado, la maravilla y novedad de lo que hizo; porque si miramos al común apellido o sobrenombre de sus mayores, diremos que verdaderamente fue Colombo, o Palomo, en cuanto trajo la gracia del Espíritu Santo a aquel Nuevo Mundo que él descubrió, mostrando, según que en bautismo de San Juan Bautista el Espíritu Santo en figura de paloma mostró que era el hijo amado de Dios, que allí no se conocía; y porque sobre las aguas del Océano también llevó, como la paloma de Noé, oliva, y el óleo del Bautismo, por la unión y paz que aquellas gentes con la Iglesia habían de tener, pues estaban encerrados en el arca de las tinieblas y confusión; por consiguiente, le vino A propósito el sobrenombre de Colón, que él volvió a renovar, porque en griego quiere decir miembro, porque siendo su propio nombre Cristóbal, se supiese de auténtico, es a saber, de Cristo, por quien para la salud de aquellas gentes había de ser enviado; y luego, si queremos reducir su nombre a la pronunciación latina, que es Christophorus Colonus, diremos que así como se dice que San Cristóbal tuvo aquel nombre porque pasaba a Cristo por la profundidad de las aguas con tanto peligro, por lo cual fue llamado Cristóbal, y así como llevaba y traía a las gentes, las cuales otra persona no fuera bastante para pasarlos, así el Almirante, que fue Cristóbal Colón, pidiendo a Cristo su ayuda y que le favoreciese en aquel peligro de su pasaje, pasó él y sus ministros, para que fueran aquellas gentes indianas colonos y moradores de la Iglesia triunfante de los cielos; pues es bien de creer que muchas almas, las cuales Satanás esperaba haber de gozar, no habiendo quien las pasase por aquella agua del Bautismo, hayan sido hechas por él colonos o ciudadanos y moradores de la eterna gloria del Paraíso.

  
CapÍtulo II
Quiénes fueron el padre y la madre del Almirante, y sus cualidades, y la falsa relación que un cierto Justiniano hace de su ejercicio antes que adquiriese el título de Almirante
Dejando ahora la etimología o derivación y significación del nombre del Almirante, y volviendo a las calidades y personas de sus padres, digo que, si bien ellos fueron buenos en virtud, habiendo sido por ocasión de las guerras y parcialidades y pobreza, no hallo qué forma vieron y moraron, aunque el dicho Almirante diga en una carta que su trato y el de sus mayores, fue siempre por mar, y para certificarme mejor, pasando yo por Cuguero, procuré tener información de dos hermanos Colombos que eran los más ricos de aquel lugar, y se decía que eran algo deudos suyos; pero porque el menos viejo pasaba de los cien años, no supieron darme noticia de esto; ni creo que por esta ocasión es de menos gloria a nosotros que procedemos de su sangre; y porque tengo yo por mejor que toda la gloria venga a nosotros de la persona del, que el ir buscando si su padre fue mercader, o si iba a caza con halcones, porque de los tales hubo siempre mil en todo lugar cuya memoria al tercero día entre sus mismos vecinos y deudos se fue de corrida y pereció, sin que se sepa si fueron vivos, y por esto estimo yo que menos me puede ilustrar su lustre y nobleza que la gloria que me viene de un tal padre; y pues por sus claros hechos no tuvo necesidad de riquezas de sus predecesores, las cuales, como también la pobreza, no son ruedas de la virtud, sino de la fortuna, a lo menos, por su alto nombre y valor debía ser, al tratar de su profesión los escritores, quitado fuera de mecánicos y de aquellos que ejercitan artes de manos.

Lo cual, empero, queriendo alguno afirmar, fundado sobre lo que escribe un cierto Agustín Justiniano en una crónica suya, digo que yo no me pondré en otra manera a negar esto, pidiendo término y manera para probar con testigos lo contrario, porque así como para claridad y verificación de una cosa que hoy en día no es en memoria de hombres, no hace fe, ni es Evangelio, lo que dello escribe el Justiniano, así como tampoco haría fe que yo dijese haber entendido de mil personas lo contrario; no quiero mostrar su falsedad con las historias de los otros que de D. Cristóbal han escrito, sino con las escrituras y testimonio de este mismo autor, en quien se verifica aquel proverbio que dice que el mentiroso tiene necesidad de memoria, porque si le falta se contradirá a lo que antes dijo y afirmó, como en este caso hizo el Justiniano, diciendo en una su comparación de las cuatro lenguas, sobre el Psalterio, en aquel verso: En toda la tierra salió su sonido, estas palabras: «este Cristóbal Colombo, habiendo sido en sus tiernos años enseñado o aprendido los principios de las letras, después que fue de edad crecida se dio al arte de navegar y se fue a Lisboa en Portugal, donde enseñó la Cosmografía, y allí le fue enseñada de un hermano suyo que hacía cartas de marear; con lo cual y lo que trataba con los que iban a San Jorge de la Mina de Portugal en Africa, y con lo que él había leído en los cosmógrafos, pensó de poder ir a esas partes y tierras que descubrió»; por las cuales palabras es cosa manifiesta que no ejercitó el arte mecánica o de manos, pues dice que empleó la niñez o juventud en estudiar letras, y la mocedad en la navegación y Cosmografía, y su mayor edad en descubrir tierras; de manera que el mismo Justiniano se convence de falso historiador, y se hace conocer por inconsiderado o parcial y maligno compatriota, porque hablando él de una persona señalada y que dio tanta honra a la patria de quien el mismo Justiniano se hizo cronista y escritor de sus historias, aunque los padres del Almirante hubieran sido personas viles, era cosa más honesta que él hablase de su origen con aquellas palabras que otros autores en tal caso usan, diciendo nacido en lugar humilde, o de padres pobres, que poner palabras injuriosas, como él las puso en el dicho Psalterio, repitiéndolas después en su Crónica, llamándole falsamente artesano, que aunque no se hubiera contradicho, la misma razón manifestaba que un hombre el cual en algún arte manual o ministerio hubiese sido ocupado, había de nacer y ocuparse en él para enseñarlo perfectamente, y que no hubiera él andado peregrinando desde su mocedad por tantas tierras, como tampoco habría aprendido tantas letras ni tanta ciencia cuantas sus obras muestran que tuvo, especialmente en las cuatro ciencias más principales que se requieren para hacer lo que él hizo, que son Astrología, Cosmografía, Geometría y Navegación; pero no hay de qué maravillar que el Iustiniano, en este caso, que es culto, se atreva a no decir la verdad, pues en las cosas muy claras de su descubrimiento y navegación, en media hoja de papel que en el dicho Psalterio escribió, puso más de doce mentiras, las cuales tocaré con brevedad, no alargándome en darle respuesta, por no interrumpir el hilo de la historia, pues por el curso della y por lo que otros escriben desto se comprobará la falsedad de lo que él dijo.

La primera, pues, es que el Almirante fue a Lisboa a aprender la Cosmografía de un hermano suyo que allí tenia, lo cual es al contrario, porque residía él en la dicha ciudad antes, y enseñó él al hermano lo que supo. La segunda falsedad es que como primero vino él a Castilla, aceptaron los Católicos Reyes Fernando e Isabel su propuesta, después de siete años que por él les fue hecha, huyéndola todos. La tercera falsedad es que él fue a descubrir con dos navíos, lo cual no es así, porque fueron tres carabelas las que él llevó. La cuarta, que la primera isla por él descubierta fue la Española, y no fue sino Guanahani, la cual llamó el Almirante San Salvador. La quinta falsedad es que la misma Isla Española era de canívales, hombres que comían carne humana, y la verdad es que los moradores que allí fueron hallados fue la mejor gente y más llana que en aquellas parte se hallase. La sexta falsedad es que tomó peleando la primera canoa o barca de los indios que vio, y en contrario se halla que no tuvo guerra en aquel primer viaje con indio ninguno, antes tuvo amistad y estuvo en paz con ellos hasta el día de su partida de la Española. La séptima falsedad es que volvió por las islas Canarias, el cual viaje no es propio de la vuelta de aquellos navíos. La octava cosa falsa es que desde aquella Isla despachó un mensajero a los sobredichos Serenísimos Reyes, y es verdad que él, como ya se ha dicho, no se llegó antes a ella, y fue él mismo mensajero.

La nona cosa falsamente escrita es que en el segundo viaje volvió él con doce naos, y está claro que fueron 17. Y la décima mentira es que él llegó a la Española en 20 días, el cual espacio de tiempo es brevísimo para llegar a las primeras islas, y no fue a ellas en dos meses, y fue a las otras mucho antes. La undécima, que súbitamente arribó a la Española con dos navíos, cuando sabemos que fueron tres los que él llevó para ir a Cuba desde la Española. La duodécima falsedad escrita de Justiniano es que la Española se diferencia cuatro horas de España, y el Almirante cuenta más de cinco. Y demás desto, para añadir a las doce, la décimotercera dice que el fin occidental de Cuba dista seis horas de la Española, poniendo más camino de la Española a Cuba del que hay de España a la Española. De manera que de la poca diligencia y cuidado que usó en informarse y escribir la verdad de lo que pertenece a estas cosas tan claras, se puede conocer cómo también se haya informado de aquello que tan escondido estaba, y así él mismo se contradice, según se ha visto. Pero dejando esta diferencia aparte, con la cual pienso haber ya cansado a los lectores, diremos solamente que por los muchos errores y falsedad que en la dicha historia y en el Psalterio de Justiniano se hallan, la Señoría de Génova, considerada la falsedad de su escrito, ha puesto pena a aquellos que la tuvieren o leyeren, y con gran diligencia ha enviado a buscarla en todas partes donde se ha enviado, para que por público decreto sea cancelada y extincta; pero yo volveré a nuestro intento principal, concluyendo con decir que el Almirante fue hombre de letras y de grande experiencia, y que no gastó el tiempo en cosas manuales, ni en arte mecánica, como la grandeza y perpetuidad de sus maravillosos hechos lo requerían, y daré fin a este capítulo con lo que él escribió en una carta suya al ama del Príncipe don Juan de Castilla, con tales palabras: «Yo no soy el primer Almirante de mi familia; pónganme, pues, el nombre que quisieren, que al fin David, Rey sapientísimo, fue guarda de ovejas, y después fue hecho Rey de Jerusalem, y yo siervo soy de aquel mesmo Señor que le puso a él en tal estado.

»
 
CapÍtulo III
De la disposición de cuerpo del Almirante y de las ciencias que aprendió
Fue el Almirante hombre de bien formada y más que mediana estatura; la cara larga, las mejillas un poco altas; sin declinar a gordo o macilento; la nariz aguileña, los ojos garzos; la color blanca, de rojo encendido; en su mocedad tuvo el cabello rubio, pero de treinta años ya le tenía blanco. En el comer y beber y en el adorno de su persona era muy modesto y continente; afable en la conversación con los extraños, y con los de casa muy agradable, con modesta y suave gravedad. Fue tan observante de las cosas de la religión, que en los ayunos y en rezar el Oficio divino, pudiera ser tenido por profeso en religión; tan enemigo de juramentos y blasfemias, que yo juro que jamás le vi echar otro juramento que «por San Fernando» y cuando se hallaba más irritado con alguno, era su reprehensión decirle: «do vos a Dios, ¿porque hiciste esto o dijiste aquello?»; si alguna vez tenía que escribir, no probaba la pluma sin escribir estas palabras: Jesús cum María, sit nobis in via; y con tan buena letra que sólo con aquello podía ganarse el pan.
Dejando otras particularidades que en el contexto de la historia podrían ser escritas a su tiempo, pasaremos a contar las ciencias a que más se aplicó, y diré que siendo de pocos años aprendió las letras y estudió en Pavía lo que le bastó para entender los cosmógrafos, a cuya lección fue muy aficionado, y por cuyo respeto se entregó también a la astrología y geometría; porque tienen estas ciencias tal conexión entre sí, que no puede estar la una sin la otra, y aun Ptolomeo en el principio de su Cosmografía, dice que ninguno puede ser buen cosmógrafo, si también no fuere pintor.

Supo también hacer disenos para plantar las tierras y fijar los cuerpos cosmográficos en plano y redondo.
 
CapÍtulo IV
De los ejercicios en que se ocupó el Almirante antes de venir a España
Teniendo el Almirante conocimiento de estas ciencias, empezó a atender al mar y hacer algunos viajes a Levante y a Poniente, de los cuales, y otras muchas cosas de sus primeros años, no tengo bastante noticia, porque murió cuando yo no tenía atrevimiento o práctica para preguntárselo, por el respeto de hijo, o para hablar con más brevedad, porque entonces, como muchacho, me hallaba yo muy lejos del pensamiento de escribirlo; pero en una carta que escribió a los Reyes Católicos el año de 1501, a los cuales no podría contar sino aquello que fuese verdad, dice las palabras siguientes:
«Muy altos Reyes: De muy pequeña edad entré en la mar navegando, y lo he continuado hasta hoy; la misma arte inclina, a quien la prosigue, a desear saber los secretos deste mundo; ya pasan de cuarenta anos que yo soy en este uso. Todo lo que hasta hoy se navega he andado. Trato y conversación he tenido con gente sabia, eclesiásticos y seglares, latinos y griegos, judíos y moros, y con otros muchos de otras sectas; a este mi deseo hallé a Nuestro Señor muy propio, y hobe del para ello espíritu de inteligencia. En la marinería me hizo abundoso; de Astrología me dio lo que abastaba, y así de Geometría y Aritmética, e ingenio en el ánima y manos para debujar esta espera, y en ella las ciudades, ríos y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio.

En este tiempo he yo visto y puesto estudio en ver todas escripturas, Cosmografía, historias, crónicas y Filosofía y de otras artes, de forma que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable, a que era hacedero navegar de aquí a las Indias, y me abrasó la voluntad para la ejecución dello, y con este fuego vine a Vuestras Altezas. Todos aquellos que supieron de mi empresa, con risa y burlando la negaban; todas las sciencias que dije no aprovecharon, ni las autoridades dellas; en solo Vuestras Altezas quedó la fe y constancia.»
En otra carta que escribió a los Reyes Católicos en el mes de enero del año 1495, desde la Española, contando las variedades y errores que suelen hallarse en las derrotas y los pilotajes, dice:
«A mí acaeció, que el Rey Reynel, que Dios tiene, me envió a Túnez, para prender la galeaza Fernandina, y estando ya sobre la isla de Sant Pedro, en Cerdeña, me dijo una saetía que estaban con la dicha galeaza dos naos y una carraca; por lo cual se alteró la gente que iba conmigo, y determinaron de no seguir el viaje, salvo de se volver a Marsella por otra nao y más gente. Yo, visto que no podía sin algún arte forzar su voluntad, otorgué su demanda, y mudando el cebo del aguja, di la vela al tiempo que anochecía, y, otro día, al salir el sol, estábamos dentro del cabo de Cartagine, tenido todos ellos por cierto que íbamos a Marsella.»
Asimismo en una Memoria o anotación que hizo, mostrando ser habitables todas las cinco zonas, probándolo con la experiencia de las navegaciones, dice:
«Yo navegué el año de cuatrocientos y setenta y siete, en el mes de Hebrero, ultra Tile, isla, cien leguas, cuya parte austral dista del equinoccial setenta y tres grados, y no sesenta y tres, como algunos dicen, y no está dentro de la línea que incluye el occidente, como dice Ptolomeo, sino mucho más occidental, y a esta isla, que es tan grande como Inglaterra, van los ingleses con mercadería, especialmente los de Bristol, y al tiempo que yo a ella fuí, no estaba congelado el mar, aunque había grandísimas mareas, tanto que en algunas partes dos veces al día subía veinte y cinco brazas, y descendía otras tantas en altura.

»
Verdad es que Tile, de quien Ptolomeo hace mención, está en el sitio donde dice y hoy se llama Frislanda; y más adelante, probando que la Equinocial es habitable, también dice: «Yo estuve en el castillo de San Jorge de la »Mina del Rey de Portugal, que está debajo de la »Equinocial, y soy buen testigo de que no es inhabitable, »como quieren algunos»; y en el libro del primer viaje, dice «que vio algunas sirenas en la costa de la Manegue»ta, aunque no eran tan semejantes a las mujeres como las pintan»; y en otro lugar, dice: «Navegando muchas »veces desde Lisboa a Guinea, consideré diligentemente, »que el grado corresponde en la tierra a 56 millas y dos »tercios»; y más adelante dice que en Chios, isla del Archipiélago, vio sacar almástiga de algunos árboles; y en otra parte dice: «Veintitrés años he andado por el mar »sin salir de él por tiempo que deba descontarse; vi todo »el Levante, y todo el Poniente que se cree por navegar »hacia el Septentrión, esto es, Inglaterra, y he navegado »a Guinea. Pero en ninguna parte he visto tan buenos »puertos como estos de la tierra de las Indias»; y más adelante, afirma que empezó a navegar de catorce años, y que siempre siguió el mar. Y en el libro del segundo viaje, dice: «Yo me he hallado traer dos naos y dejar la una en »el Puerto Sancto a hacer un poco, en que se detuvo un »día, y yo llegue a Lisboa ocho días antes que ella, porque »yo llevé tormenta de viento de Sudueste, y ella no sintió »sino poco viento Nornordeste, que es contrario.

»
De manera que de estas autoridades, o testimonios, podemos entender cuán experimentado fue el Almirante en las cosas del mar, y las muchas tierras y lugares por los que anduvo antes que se metiese en la empresa de su descubrimiento. 
 
CapÍtulo V
De la venida del Almirante a España y de lo que le sucedió en Portugal, que fue la causa del descubrimiento que hizo de las Indias
Cuanto al principio y motivo de la venida del Almirante a España, y de haberse él dado a las cosas de la mar, fue causa un hombre señalado de su nombre y familia, llamado Colombo, muy nombrado por la mar por causa de la armada que él traía contra los infieles, y también por causa de su patria, tal que con su nombre espantaban a los niños en la cuna; cuya persona y armada es de creer que fuesen muy grandes, pues que una vez tomó cuatro galeras gruesas venecianas, cuya grandeza y fortaleza no habría creído sino quien las hubiese visto armadas. Este fue llamado Colombo el Mozo, a diferencia de otro que antes había sido gran hombre por la mar. Del cual Colombo el Mozo escribe Marco Antonio Sabélico, que ha sido otro Tito Livio en nuestros tiempos, en el libro octavo de la décima Década, que cerca del tiempo en que Maximiliano, hijo de Federico Tercero Emperador, fue electo Rey de Romanos, fue enviado desde Venecia a Portugal, por Embajador Jerónimo Donato, para que en nombre público de aquella Señoría diese gracias al Rey D. Juan el Segundo, porque él había vestido y socorrido a toda la chusma y hombres de las dichas galeras gruesas que volvían de Flandes, dándoles ayuda con que pudiesen tornar a Venecia; porque aconteció que ellos habían sido vencidos cerca de Lisboa por Colombo el Mozo, corsario famoso, que los había despojado y echado en tierra.

De la cual autoridad, siendo de un hombre tan grave como fue el Sabélico, se puede comprender la pasión del susodicho Justiniano, pues que en su historia no hizo mención della, para que no se supiese que la familia de los Colombos no era tan baja como él decía. Y si, en fin, calló esto por ignorancia, también es digno de reprensión, por haberse puesto a escribir las historias de su patria, y dejado una victoria tan notable de que los mismos enemigos hacen mención, pues que el historiador contrario hace tanto caudal della, que dice que por eso fueron embiados embajadores al Rey de Portugal. El cual autor, también en el mismo libro octavo, un poco más adelante, aunque tuviese menos obligación de informarse del descubrimiento del Almirante, hace mención dél, sin mezclar aquellas doce mentiras que el Justiniano puso.
Pero tornando al principal propósito, digo que mientras en compañía del dicho Colombo el Mozo navegaba el Almirante, lo cual hizo largo tiempo, sucedió que fueron a buscar cuatro galeras gruesas venecianas que venían de Flandes, y las toparon entre Lisboa y el Cabo de San Vicente, que está en Portugal, y allí combatieron fieramente, y se acercaron de modo que se aferraron de ambas partes con gran odio, hiriéndose sin compasión, lo mismo con armas de mano que con alcancías y otras armas de fuego, de tal manera que habiendo combatido desde la mañana hasta el atardecer, y quedado muerta o herida mucha gente de ambas partes, se pegó el fuego entre la nave del Almirante y una nave gruesa veneciana, y porque estaban trabadas la una y la otra con ganchos y cadenas de hierro, instrumentos que los hombres de mar usan para tales efectos, no podía ser socorrida la una ni la otra, por lo trabadas que se hallaban y por el terror del fuego, el cual en poco espacio creció tanto que el remedio fue saltar al agua los que podían, por morir de aquella manera antes que soportar las llamas; y siendo el Almirante gran nadador, y estando dos leguas o poco más apartado de tierra, tomando un remo que topó, y ayudándose a veces con él, y a veces nadando, plugo a Dios (que le tenía guardado para mayor cosa) darle fuerza que llegase a tierra, aunque tan cansado y trabajado de la humedad del agua que tardó muchos días en reponerse.

Y porque no estaba lejos de Lisboa, donde sabía que se hallaban muchos de su nación genovesa, lo más presto que pudo se fue allí, donde siendo conocido dellos, le hicieron tanta cortesía y tan buen acogimiento que puso casa en aquella ciudad y se casó.
Y porque se portaba honradamente y era hombre de hermosa presencia, y que no se apartaba de lo honesto, sucedió que una señora, llamada D.ª Felipa Muñiz, de noble sangre hidalga, Comendadora en el monasterio de Todos los Santos, donde el Almirante iba de ordinario a misa, tomó tanta plática y amistad con él que se casaron. Mas porque su suegro, llamado Pedro Muñiz Perestrelo, era ya muerto, se fueron a estar con su suegra, la cual, viéndole tan aficionado a la Cosmografía, le contó que su marido había sido gran hombre de mar, y que había ido con otros dos capitanes y licencia del rey de Portugal a descubrir tierra, con pacto de hechas tres partes de lo que se ganase llevase cada uno la suya por suerte. Con cuyo acuerdo, navegando la vuelta de Sudoeste, llegaron a la isla de la Madera y Puerto Santo, que hasta entonces no se habían descubierto; y por ser la isla de la Madera mayor, la dividieron en dos partes, y la tercera fue la isla de Puerto Santo, que cayó en suerte a su suegro Perestrelo, el cual tuvo el gobierno de ella hasta que murió. Y porque vio la suegra que daba mucho gusto al Almirante saber semejantes navegaciones, y la historia de ellas, le dio las escrituras y cartas de marear que habían quedado de su marido con lo cual el Almirante se acaloró más, y se informó de otros viajes y navegaciones que hacían entonces los portugueses a la Mina y por la costa de Guinea, y le gustaba tratar con los que navegaban por aquellas partes.

Y para decir la verdad, yo no sé si durante este matrimonio fue el Almirante a la Mina o a Guinea, según dejo dicho, y la razón lo requiere; pero sea como se quiera, como una cosa depende de otra, y otra trae otras a la memoria, estando en Portugal empezó a conjeturar que del mismo modo que los portugueses navegaban tan lejos al Mediodía, igualmente podría navegarse la vuelta de Occidente, y hallar tierra en aquel viaje; por lo que, para confirmarse más en este dictamen, empezó de nuevo a ver los autores de Cosmografía que había leído antes y a considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento, y consiguientemente notaba todos los indicios de que oía hablar a algunas personas y marineros, por si en alguna manera podría ayudarse de ellos. De todas estas cosas supo tan bien valerse el Almirante.
que llegó a creer sin ninguna duda que al Occidente de Canarias y de las islas de Cabo-Verde había muchas tierras, que era posible navegar a ellas y descubrirlas. Y para que se vea de cuán débiles argumentos llegó a fabricarse o salir a luz una máquina tan grande, y para satisfacer a muchos que desean saber distintamente los motivos que tuvo para venir en conocimiento de estas tierras y arriesgarse a tomar esta empresa, referiré lo que he hallado en sus escritos sobre esta materia. 
 
CapÍtulo VI
La principal causa que movió al Almirante a creer que podía descubrir las Indias
Llegando a decir las causas que movieron al Almirante al descubrimiento de las Indias, digo que fueron tres, a saber: fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y los indicios de los navegantes.

En cuanto al primero, que es razón natural, digo que él consideró que toda el agua y la tierra del universo constituían y formaban una esfera, que podía rodearse de Oriente a Occidente caminando los hombres por ella hasta llegar a estar pies con pies, unos con otros en cualquier parte donde se hallasen opuestos; lo segundo, presupuso y reconoció por autores aprobados que ya se había navegado gran parte de esta esfera, y que para descubrirla y manifestarla toda, no quedaba más de aquel espacio que había al fin Oriente de la India, el cual conocieron Ptolomeo y Marino siguiendo la vía de Oriente, y volverían por nuestro Occidente a las islas de los Azores y de Cabo Verde, que eran entonces la tierra más Occidental descubierta. Lo tercero, consideraba que este espacio referido que está entre el fin oriental, conocido de Marino, y las dichas islas de Cabo Verde, no podía ser más de la tercia parte del círculo mayor de la esfera, pues ya el dicho Marino había descrito hacia Oriente 15 horas o partes de 24 que hay en la redondez del universo, y para llegar a las islas referidas de Cabo Verde faltaban cerca de ocho, porque ni aun el dicho Marino empezó su descripción tan al Poniente. Lo cuarto, hizo cuenta de que habiendo Marino escrito en su Cosmografía, 15 horas o partes de la esfera hacia Oriente, aún no había llegado al fin de la tierra oriental, y la razón precisaba a creer que este fin estuviese más adelante, y consiguientemente cuanto más se extendiese hacia Oriente, tanto más vendría a estar más cercano por nuestro Occidente a las islas de Cabo Verde; de suerte que si fuese mar este espacio, pudiera navegarse fácilmente en pocos días; y si fuese tierra, se descubriría más presto por el mismo Occidente, porque vendría a estar cercana a las mismas islas.

A esta razón se junta lo que dice Estrabón en el libro XV de su Cosmografía, que ninguno ha llegado con ejército al fin oriental de la India, el cual afirma Ctesias ser tan grande como toda la otra parte de Asia; y Onesicrito afirma ser la tercera parte de la esfera; Nearco, haber cuatro meses de camino, por llano; sin lo que Plinio, en el capítulo XVIII del libro VI, cuenta de ser la India la tercera parte de la tierra; de modo que argüía ser ocasión tal grandeza de que estuviésemos más vecinos a nuestra España por Occidente. La quinta consideración que hacía creer más que aquel espacio fuese pequeño, era la opinión de Alfragano y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo a cada grado de ella más que 56 millas y dos tercios; de cuya opinión infería el Almirante que siendo pequeña toda la esfera, de fuerza había de ser pequeño el espacio que Marino dejaba por ignoto, y en poco tiempo navegado; de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la India, sería aquel fin el que está cerca de nosotros por Occidente; y por esta razón podrían llamarse justamente Indias las tierras que descubriesen; en lo cual se ve cuán desvariadamente Maese Rodrigo, arcediano que fue de Reina, en Sevilla, y algunos secuaces suyos, reprendían al Almirante, diciendo que no debían llamarlas Indias porque no son Indias; la verdad es que el Almirante no las llamó Indias porque fuesen vistas y descubiertas por otros, sino porque eran la parte de la India allende el Ganges, a la cual ningún cosmógrafo señaló los términos a sus confines con otra tierra o provincia, sino con el Océano; y por ser estas tierras la parte oriental de la India no conocida, y porque no tenía nombre particular, las dio el nombre del país más cercano, llamándolas Indias occidentales, mayormente porque sabía ser a todos notorio cuán rica y famosa fuese la India, por lo cual quiso convidar con este nombre a los Reyes Católicos, que estaban dudosos de su empresa, diciendo que iba a descubrir las Indias por la vía de Occidente; y esto fue lo que le movió a desear el partido del rey de Castilla más que el de otro príncipe.

 
 
CapÍtulo VII
La segunda causa que movió al Almirante a descubrir las Indias
El segundo fundamento que dio ánimo al Almirante para la empresa referida, y por el que razonablemente pueden llamarse Indias las tierras que descubrió, fue la autoridad de muchos hombres doctos, que dijeron que desde el fin occidental de Africa y España podía navegarse por el Occidente hasta el fin Oriental de la India, y que no era muy gran mar el que estaba en medio, como afirma Aristóteles en el libro 2, Del Cielo y del Mundo, donde dice que desde las Indias se puede pasar a Cádiz en pocos días, lo cual también prueba Averroes sobre el mismo lugar, y Séneca en los Naturales, libro I, teniendo por nada lo que en este mundo se aprende, respecto de lo que se adquiere en la otra vida, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío a las Indias en pocos días con vientos; y si como algunos quieren, hizo este Séneca las tragedias, podemos decir que a este propósito dijo en el coro de la tragedia de Medea:
«Venient annis
Secula seris, quibus Occeanus
Vincula rerum laxet, et ingens
Pateat tellus, Tiphisque novos
Detegat orbes, nec sit Terris
Ultima Thule.»
que quiere decir: «en los últimos años vendrán siglos en que el Océano aflojará las ligaduras y cadenas de las cosas, y se descubrirá una gran tierra, y otro como Tiphis; descubrirá Nuevos Mundos, y no será Thule la última de la tierra»; lo cual se tiene por muy cierto haberse cumplido ahora en la persona del Almirante.

Estrabón, en el primer libro de su Cosmografía, dice que el Océano circunda toda la tierra y que al Oriente baña la India y al Occidente, España y Mauritania, y que si no lo impidiese la grandeza del Atlántico, pudiera navegarse de un sitio a otro por el mismo paralelo; y lo vuelve a decir en el libro 2. También Plinio, en el segundo libro de la Historia Natural, cap. CXI, dice también que el Océano rodea toda la tierra, y que su anchura de Oriente a Poniente, es la de la India a Cádiz. El mismo, en el capítulo 31 del libro VI, y Solino en el capítulo 68 De las cosas memorables del mundo, dicen que desde las islas Gorgóneas, que se cree ser las de Cabo Verde, hay cuarenta días de navegación, por el mar Atlántico hasta las islas Hespérides, las cuales tuvo por cierto el Almirante que fuesen las de las Indias.
Marco Polo, veneciano, y Juan de Mandavila, en sus Viajes, dicen que pasaron mucho más adentro del Oriente de lo que escriben Ptolomeo y Marino; y aunque suceda que no hablen del mar occidental, puede argüirse por lo que describen del Oriente que la India esté vecina a Africa y España; y Pedro de Aliaco en el Tratado de la imagen del Mundo, De quantitate terrae habilitabilis, capítulo 8, Julio Capitolinos, de los Lugares habitables, y en otros muchos tratados, dicen que la India y España son vecinas por Occidente; y en el capítulo 19 de su Cosmografía, dice estas palabras: «Según los filósofos y Plinio, el Océano, que se extiende entre los fines de España y del Africa Occidental, y entre el principio de la India, hacia Oriente, no tiene muy largo intervalo, y se tiene por muy cierto que se puede navegar de una parte a otra en pocos días con viento próspero; por lo cual el principio de la India por Oriente no puede distar mucho del fin del Africa, por Occidente.

»
Esta autoridad y otras semejantes de este autor fueron las que movieron más al Almirante para creer que fuese verdadera su imaginación; como también que un maestro Paulo, físico del maestro Domingo Florentin, contemporáneo del mismo Almirante, fue causa, en gran parte, de que emprendiese este viaje con más ánimo; porque siendo el referido maestro Paulo amigo de un Fernando Martínez, canónigo de Lisboa, y escribiéndose cartas uno a otro sobre la navegación que se hacía al país de Guinea en tiempo del Rey D. Alfonso de Portugal, y sobre la que podía hacerse en las partes del Occidente, llegó esto a noticia del Almirante, que era curiosísimo de estas cosas, y al instante por medio de Lorenzo Girardi, Florentin, que se hallaba en Lisboa, escribió sobre esto al maestro Paulo, y le envió una esferilla, descubriéndole su intento, a quien el maestro Paulo envió las respuestas en latín, que traducida en vulgar, dice así:
 
 
CapÍtulo VIII
Carta de Paulo, físico florentino, al Almirante, acerca del descubrimiento de las Indias
A Cristóbal Colombo, Paulo, físico, salud. Yo veo el magnífico y grande deseo tuyo para haber de pasar adonde nace la especería, y por respuesta de tu carta te envío el treslado de otra carta que ha días yo escribí a un amigo y familiar del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, a respuesta de otra que por comisión de Su Alteza me escribió sobre el dicho caso, y te envío otra tal carta de marear, como es la que yo envié, por la cual serás satisfecho de tus demandas; cuyo treslado es el que se sigue: A Fernan Martinez, canónigo de Lisboa, Pauli, físico, salud.

Mucho placer hobe de saber la privanza y familiaridad que tienes con vuestro generosísimo y manificentisimo Rey, y bien que otras muchas veces tenga dicho del muy breve camino que hay de aquí a las Indias, adonde nace la especería, por el camino de la mar, más corto que aquel que vosotros haseis para Guinea, dicesme que quiere agora Su Alteza de mi alguna declaración y a ojo demostración, porque se entienda y se pueda tomar el dicho camino; y aunque cognozco de mi que se lo puedo mostrar en forma de esfera como está el mundo, determiné por más fácil obra y mayor inteligencia mostrar el dicho camino por una carta semejante a aquellas que se hacen para navegar, y ansi la envió a S. M, hecha y debujada de mi mano; en la cual está pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlanda al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que en este camino son, en frente de las cuales, derecho por Poniente, está pintado el comienzo de las Indias, con las islas y los lugares adonde podeis desviar para la linea equinocial, y por cuánto espacio, es a saber, en cuantas leguas podeis llegar a aquellos lugares fertilisimos y de toda manera de especeria y de joyas y piedras preciosas: y no tengais a maravilla si yo llamo Poniente adonde nace la especeria, porque en comun se dice que nace en Levante, mas quien navegare al Poniente siempre hallará las dichas partidas en Poniente, e quien fuere por tierra en Levante siempre hallará las mismas partidas en Levante.
Las rayas derechas que están en luengo en la dicha carta amuestran la distancia que es de Poniente a Levante; las otras, que son de través, amuestran la distancia que es de Septentrion en Austro.

También yo pinté en la dicha carta muchos lugares en las partes de India, adonde se podría ir aconteciendo algún caso de tormenta ó de vientos contrarios ó cualquier otro caso que no se esperase acaecer, y también porque se sepa bien de todas aquellas partidas, de que debéis holgar mucho.
Y sabed que en todas aquellas islas no viven ni tractan sino mercaderes, avisándoos que alli hay tan gran cantidad de naos, marineros, mercaderes con mercaderias, como en todo lo otro del mundo, y en especial en un puerto nobilisimo llamado Zaiton, do cargan y descargan cada año cien naos grandes de pimienta, allende las otras muchas naos que cargan las otras especerias.
Esta patria es populatisima, y en ella hay muchas provincias y muchos reinos y ciudades sin cuento debajo del señorio de un Principe que se llama Gran Can, el cual nombre quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes. El asiento del cual es lo más del tiempo en la provincia del Catayo. Sus antecesores desearon mucho de haber plática e conversación con cristianos, y habrá doscientos años que enviaron al Sancto Padre para que enviase muchos sabios e doctores que les enseñasen nuestra fe, mas aquellos que el envió, por impedimento, se volvieron del camino sin llegar a Roma; y también al Papa Eugenio vino un embajador que le contaba la grande amistad que ellos tienen con cristianos, e yo hablé mucho con él de muchas cosas e de las grandezas de los edificios reales, y de la grandeza de los rios en ancho y en largo, cosa maravillosa, e de la muchedumbre de las ciudades que son allá a la orilla dellos, e como solamente en un rio son docientas ciudades, y hay puentes de piedra mármol muy anchas y muy largas adornadas de muchas columnas de piedra mármol.

Esta patria es digna cuanto nunca se haya hallado, e no solamente se puede haber en ella grandísimas ganancias e muchas cosas, mas aún se puede haber oro e plata e piedras preciosas e de todas maneras de especeria, en gran suma, de la cual nunca se trae a estas nuestras partes; y es verdad que hombres sabios y doctos, filósofos y astrólogos, y otros grandes sabios en todas artes y de grande ingenio, gobiernan la magnífica provincia e ordenan las batallas.
Y de la ciudad de Lisboa, en derecho por el Poniente, son en la dicha carta veinte y seis espacios y en cada uno dellos hay doscientas y cincuenta millas hasta la nobilisima y gran ciudad de Quisay, la cual tiene al cerco cien millas, que son veinte y cinco leguas, en la cual son diez puentes de piedra mármol. El nombre de la ciudad, en nuestro romance, quiere decir Ciudad del cielo; de la cual se cuentan cosas maravillosas de la grandeza de los artificios y de las rentas. Este espacio es cuasi la tercia parte de la esfera; la cual ciudad es en la provincia de Mango, vecina de la ciudad del Catayo, en la cual está lo más del tiempo el Rey, e de la isla de Antilla, que vosotros llamáis de Siete Ciudades, de la cual tenemos noticia, hasta la nobilísima isla de Cipango, hay diez espacios, que son dos mil y quinientas millas, es a saber doscientas y veinte y cinco leguas, la cual isla es fertilisima de oro y de perlas y piedras preciosas.
Sabed que de oro puro cobijan los templos y las casas reales; así que por no ser cognoscido el camino están todas estas cosas encubiertas, y a ella se puede ir muy seguramente.

Muchas otras cosas se podrian decir, mas como os tengo ya dicho por palabra y sois de buena consideracion, sé que nos vos queda por entender, y por tanto no me alargo más, y esto sea por satisfacion de tus demandas cuanto la brevedad del tiempo y mis ocupaciones me han dado lugar; y asi quedo muy presto a satisfacer y servir a Su Alteza cuanto mandare muy largamente.
Fecha en la ciudad de Florencia a veinte y cinco de Junio de mil y cuatrocientos y setenta y cuatro años.
Después de esta carta, volvió a escribir al Almirante, del modo que sigue:
A Cristobal Colombo, Paulo, físico, salud. Yo rescibi tus cartas con las cosas que me enviaste, y con ellas rescibi gran merced. Yo veo el tu deseo magnifico y grande de navegar en las partes de Levante por las de Poniente, como por la carta que yo te envio se amuestra, la cual se amostrará mejor en forma de esfera redonda. Pláceme mucho sea bien entendida; y que es el dicho viaje, no solamente posible, mas que es verdadero y cierto e de honra e ganancia inestimable y de grandisima fama entre todos los cristianos. Mas vos no lo podreis bien conocer perfectamente, salvo con la experiencia o con la plática, como yo la he tenido copiosisima, e buena e verdadera información de hombres magníficos y de grande caber, que son venidos de las dichas partidas, en esta corte de Roma, y de otros mercaderes que han tractado mucho tiempo en aquellas partes, hombres de mucha auctoridad. Asi que cuando se haga el dicho viaje será a reinos poderosos e ciudades e provincias nobilisimas, riquisimas de todas maneras de cosas en grande abundancia y a nosotros mucho necesarias, ansi como de todas maneras de especieria en gran suma y de joyas en grandisima abundancia.

También se irá a los dichos Reyes y Principes que están muy ganosos, más que nos, de haber tracto e lengua con cristianos destas nuestras partes, porque grande parte dellos son cristianos y tambien por haber lengua y tracto con los hombres sabios y de ingenio de acá, ansi en la religion como en todas las otras ciencias, por la gran fama de los imperios y regimientos que tienen destas nuestras partes; por las cuales cosas todas y otras muchas que se podrian decir, no me maravillo que tú, que eres de grande corazón, y toda la nación de portugueses, que han seido siempre hombres generosos en todas grandes empresas, te vea con el corazón encendido y gran deseo de poner en obra el dicho viaje».
Esta carta, como he dicho, encendió mucho al Almirante para su descubrimiento, si bien quien la envió estaba en el error de creer que las primeras tierras que se encontrasen habían de ser las del Catay y el Imperio del Gran Can, con lo demás que refiere; pues, como ha probado la experiencia, es mayor la distancia desde nuestras Indias allí, que la de aquí a dichos países. 
 
CapÍtulo IX
La tercera causa y conjetura que en algún modo incitó al Almirante a descubrir las Indias
La tercera y última causa que movió al Almirante al descubrimiento de las Indias fue la esperanza que tenía de encontrar, antes que llegase a aquéllas, alguna isla o tierra de gran utilidad, desde la que pudiera continuar su principal intento.

Afirmábase en esta esperanza con la lección de algunos libros de muchos sabios y filósofos que decían, como cosa sin duda, que la mayor parte de nuestro globo estaba seca, por ser mayor la superficie de la tierra que la del agua. Siendo esto así, argumentaba que entre el fin de España y los términos de la India conocidos entonces habría muchas islas tierras, como la experiencia ha demostrado; a lo que daba más fácilmente crédito, movido por algunas fábulas y novelas que oía contar a diversas personas y a marineros que traficaban en las islas y los mares occidentales de los Azores y de la Madera. Noticias que, por cuadrar algo a su propósito, las retenía en su memoria. No dejaré de contarlas, por satisfacer a los que gozan con estas curiosidades.
Conviene que se sepa que un Martín Vicente, piloto del Rey de Portugal, le dijo que, hallándose en un viaje a 450 leguas al Poniente del cabo de San Vicente, había cogido del agua un madero ingeniosamente labrado, y no con hierro; de lo cual, y por haber soplado muchos días viento del Oeste, conoció que dicho leño venía de algunas islas que estaban al Poniente.
Pedro Correa, casado con una hermana de la mujer del Almirante, le dijo que él había visto en la isla de PuertoSanto, otro madero, llevado por los mismos vientos, bien labrado como el anterior; y que igualmente habían llegado cañas tan gruesas que de un nudo a otro cabían nueve garrafas de vino. Dice que afirmaba lo mismo el Rey de Portugal, y que hablando con éste de tales cosas se las mostró; y no habiendo parajes en estas partes, donde nazcan semejantes cañas, era cierto que los vientos las habían llevado de algunas islas vecinas, o acaso de las Indias; pues Ptolomeo, lib.

primero de su Cosmografía, capítulo 17, dice que en las partes orientales de las Indias hay de estas cañas. También algunos moradores de las islas de los Azores le contaban que cuando soplaban mucho tiempo vientos del Poniente, arrojaba el mar en sus orillas, especialmente en la isla Graciosa y el Fayal, algunos pinos, y se sabe que allí no había, ni en aquellos países, tales árboles. Añadían algunos que en la isla de las Flores, la cual es una de las islas de los Azores, hallaron en la orilla dos hombres muertos, cuya cara y traza era diferente de los de sus costas. Supo también de los mora dores del cabo de la Verga que habían visto almadias e, barcas cubiertas, de las que se creía que, yendo de una isla a otra, por la fuerza del temporal habían sido apartadas de su camino. No sólo había entonces estos indicios, que en algún modo parecían razonables, pues no faltaba quien decía haber visto algunas islas, entre los cuales hubo un Antonio Leme, casado en la isla de la Madera, quien le contó que habiendo navegado muy adelante hacia Occidente había visto tres islas. El Almirante no se fió de lo que le decía, porque conoció, prosiguiendo la conversación, haber navegado a lo más cien leguas al Poniente, y podía engañarse, teniendo por islas algunas grandes rocas, que por estar muy lejos, no pudo distinguir; imaginaba también que estas podían ser las islas movibles, de que habla Plinio, cap. 97, libro II de su Historia natural, diciendo que en las regiones septentrionales el mar descubría algunas tierras cubiertas de árboles de muy gruesas raíces entretejidas, que lleva el viento a diversas partes del mar como islas o almadías; de las cuales, queriendo Séneca, lib.

3 de los Naturales, dar la razón, dice que son de piedra tan fofa y ligera, que nadan en el agua las que se forman en la India. De modo que, aunque resultase verdad que el dicho Antonio de Leme había visto alguna isla, creía el Almirante que no podía ser otra que alguna de las mencionadas, como se presume fueron aquellas denominadas de San Brandán, en las cuales, se refiere haberse visto muchas maravillas. Igualmente son mencionadas otras que están mucho más abajo del Septentrión. También hay por aquellas regiones otras islas que están siempre ardiendo; Juvencio Fortunato narra que se mencionan otras dos islas, situadas al Occidente y más australes que las de Cabo Verde, las cuales van sobrenadando en el agua.
Por esta razón y otras análogas puede ser que mucha gente de las islas del Hierro, de la Gomera y los Azores, asegurasen que veían todos los años algunas islas a la parte del Poniente, lo tenían por hecho certísimo, y personas honorables juraban ser así la verdad. Añádese que en el año de 1484 fue a Portugal un vecino de la isla de Madera a pedir al Rey una carabela para descubrir un país que juraba lo veía todos los años, y siempre de igual manera, estando de acuerdo con otros que decían haberlo visto desde las islas Azores. Por cuyos indicios, en las ,cartas y mapamundis que antiguamente se hacían, ponían algunas islas por aquellos parajes, y especialmente porque Aristóteles, en el libro De las cosas naturales maravillosas, afirma que se decía que algunos mercaderes cartagineses habían navegado por el mar Atlántico a una isla fertilísima, como adelante diremos más copiosamente, cuya isla ponían algunos portugueses en sus cartas con nombre de Antilla, aunque no se conformaba en el sitio con Aristóteles, pero ninguno la colocaba más de doscientas leguas al Occidente frente a Canarias y a la isla de los Azores, y han por hecho cierto que es la isla de las Siete Ciudades, poblada por los portugueses al tiempo que los moros quitaron España al Rey D.

Rodrigo, esto es, en el año 714 del nacimiento de Cristo.
Dicen que entonces se embarcaron siete obispos y con su gente y naos fueron a esta isla, donde cada uno de ellos fundó una ciudad, y a fin de que los suyos no pensaran más en la vuelta a España, quemaron las naves, las jarcias y todas las otras cosas necesarias para navegar. Razonando algunos portugueses acerca de dicha isla, hubo quien afirmó que habían ido a ella muchos portugueses que luego no supieron volver. Especialmente dicen que, viviendo el Infante D. Enrique de Portugal, arribó a esta isla de Antilla un navío del puerto de Portugal, llevado por una tormenta, y, desembarcada la gente, fueron llevados por los habitantes de la isla a su templo, para ver si eran cristianos y observaban las ceremonias romanas; y visto que las guardaban, les rogaron que no se marchasen hasta que viniera su señor, que estaba ausente, el cual los obsequiaría mucho y daría no pocos regalos, pues muy pronto le harían saber esto. Mas el patrón y los marineros, temerosos de que los retuvieran, pensando que aquella gente deseaba no ser conocida y para esto les quemara el navío, dieron la vuelta a Portugal con esperanza de ser premiados por el Infante, el cual les reprendió severamente y les mandó que pronto volviesen; mas el patrón, de miedo, huyó con el navío y con su gente fuera de Portugal. Dícese que mientras en dicha isla estaban los marineros en la iglesia, los grumetes de la nave cogieron arena para el fogón, y hallaron que la tercera parte era de oro fino.

Aún fue a buscar esta isla cierto Diego de Tiene, cuyo piloto, llamado Pedro de Velasco, natural de Palos de Moguer, en Portugal dijo al Almirante en Santa María de la Rábida, que salieron de Fayal y navegaron más de ciento cincuenta leguas al Sudoeste, y al tornar descubrieron la isla de Flores, a la que fueron guiados por muchas aves a las que veían seguir aquella ruta, siendo tales aves terrestres, y no marinas, de donde se juzgó que no podían ir a descansar más que en alguna tierra; después, caminaron tanto al Nordeste que llegaron al cabo de Clara, en Irlanda, por el Este; en cuyo paraje hallaron recios vientos del Poniente, sin que el mar se turbara, lo que juzgaban podía suceder por alguna tierra que la abrigase nacia Occidente. Mas, porque ya era entrado el mes de agosto, no quisieron volver a la isla por miedo del invierno. Esto fue más de cuarenta años antes que se descubriesen nuestras Indias. Luego se confirmó por la relación que hizo un marinero tuerto, en Santa María, que en un viaje suyo a Irlanda, vio dicha tierra, que entonces pensaba ser parte de Tartaria y se extendía hacia el Poniente, la cual debe de ser la misma que ahora llamamos tierra de Bacallaos, y que por el mal tiempo no se pudieron acercar a ella. Con lo cual, dice que estaba de acuerdo un Pedro de Velasco, gallego, quien afirmó en la ciudad de Murcia, en Castilla, que yendo por aquel camino a Irlanda, se aproximaron tanto al Noroeste que vieron tierra al Occidente de Irlanda; la cual tierra creía ser aquella que un Fernán Dolmos intentó descubrir del modo que narraré fielmente como lo hallé en escritos de mi padre, para que se vea cómo un pequeño asunto lo convierten algunos en fundamento de otro mayor.

Gonzalo Fernández de Oviedo refiere en su Historia de las Indias que el Almirante tuvo en su poder una carta en que halló descritas las Indias por uno que las descubrió antes, lo cual sucedió de la forma siguiente: Un portugués, llamado Vicente Díaz, vecino de la villa de Tavira, viniendo de Guinea a la mencionada isla Tercera, y habiendo pasado la isla de Madera, vió o imaginó ver una isla, la cual tuvo por cierto que verdaderamente era tierra. Llegado, pues, a dicha isla Tercera, se lo dijo a un mercader genovés llamado Lucas de Cazzana, que era muy rico y amigo suyo, persuadiéndole a armar un bajel para ir a conquistarla. El mercader consintió en ello, alcanzó permiso del Rey de Portugal, y escribió a un hermano suyo que se llamaba Francisco de Cazzana y vivía en Sevilla, que con toda presteza armase una nave para el mencionado piloto. Mas haciendo burla Francisco de tal empresa, Lucas de Cazzana armó una nao en la isla Tercera, y el piloto fué tres o cuatro veces en busca de dicha isla, alejándose de 120 a 130 leguas; pero se fatigó inútilmente, pues no halló tierra. Sin embargo, ni él, ni su compañero dejaron la empresa hasta su muerte, teniendo siempre esperanza de encontrarla. Y me afirmó el referido Francisco haber conocido dos hijos del capitán que descubrió la isla Tercera llamados Miguel y Gaspar de Corte Real, que en diversos tiempos fueron a descubrir aquella tierra, y perecieron en la empresa, uno después de otro, el año de 1502, sin saber cuándo ni cómo; y que esto lo sabían muchos.

 
 
CapÍtulo X
Se demuestra ser falso que los españoles tuviesen antiguamente el dominio de las Indias, como Gonzalo Fernández de Oviedo se esfuerza en probar en sus Historias
Si lo que habemos dicho acerca de tantas islas y tierras imaginadas por personas que casi fueron de nuestros días, consta ser fábula y vanidad, ¿cuánto más se deberá estimar falso lo que Gonzalo Fernández de Oviedo imagina en el tercer capítulo de su Historia natural de las Indias? Al cual parece, con cierta fantasía que cuenta, haber probado que antes hubo otro autor de la navegación, al Occidente, y que los españoles tuvieron el dominio de aquellas tierras, aduciendo como prueba de su intento lo que Aristóteles dice de la isla de Atlante, y Seboso, de las Hespéridas. Lo que aquél afirma, según la opinión de algunos cuyos escritos hemos bien pesado y examinado, es tan sin razón y fundamento que habría pasado en silencio tal razonamiento, para no reprender a ninguno y no ser enojoso a los lectores, si no hubiese considerado que algunos, por disminuir el honor y la gloria del Almirante, juzgan de grande aprecio y valor tales fantasías; por lo cual, al querer demostrar con pura verdad los indicios y la autoridad que movieron al Almirante a llevar esta empresa, quiero que no parezca que dejo de satisfacer a quien tanto debo, olvidando tamaña mentira, cuya falsedad me consta. Por donde, a fin de manifestar mejor tal error, quiero primeramente recitar lo que Aristóteles dice acerca de esto, como lo expone Fr.

Teófilo de Ferraris, el cual, entre las proposiciones de Aristóteles que reunió y puso en un libro rotulado De admirandis in Natura auditis, hay un capítulo que contiene lo que sigue: «Dícese que en el mar Atlántico, más allá de las Columnas de Hércules, fue antiguamente hallada cierta isla, por algunos mercaderes cartagineses, la que jamás había sido habitada sino por bestias salvajes. Era toda una selva, llena de árboles, con muchos ríos aptos para ser navegados y abundantísima de todas las cosas que suele producir la Naturaleza, si bien distaba de tierra firme bastantes días de navegación.»
Aconteció que arribados allí algunos mercaderes cartagineses, viendo que la tierra era buena, tanto por su fertilidad como por la templanza del aire, se establecieron en ella. Pero indignarlo, después, por esto, el senado cartaginés mandó pronto, por decreto público, que de allí en adelante, bajo pena de muerte, nadie fuese a dicha isla; y que los que primeramente habían ido, fuesen condenados a muerte, para que la fama de aquélla no pasase a otras naciones, y no tomase allí posesión algún imperio más fuerte, de modo que la isla llegase a ser contraria y enemiga de la libertad de Cartago. Ahora que yo he trasladado fielmente esta autoridad, quiero decir las razones que me mueven a decir que Oviedo no tiene justa causa para afirmar que esta isla sea la Española, o la de Cuba, como él asegura. Lo primero, porque no entendiendo Gonzalo Fernández de Oviedo la lengua latina, por fuerza se acogió a la declaración que alguno le hizo de dicho testimonio, el cual, por lo que se ve, no debía saber muy bien traducir de una lengua a la otra, pues mudó y alteró el texto latino en muchas cosas que quizás engañaron a Oviedo y le movieron a creer que esta autoridad hablaba de alguna isla de las Indias; porque en el texto latino no se lee que aquellos navegantes saliesen del estrecho de Gibraltar, como Oviedo narra, ni tampoco que la isla fuese ,grande y crecidos sus árboles, sino que era una isla de muchos árboles.

Ni allí se lee que los ríos fuesen maravillosos, ni se habla de su fertilidad, ni se dice que estuviese más remota de Africa que de Europa, sino solamente que era lejana de tierra firme; ni añade que ellos fundaron pueblos, porque pocas podían fabricar los mercaderes que por casualidad arribaron a ella; ni dice que fuese grande la fama de la isla, sino que se dudaba que su noticia anduviese en otras naciones. De modo que habiendo tanta ignorancia en el intérprete que expuso dicha autoridad, de aquí vino que Oviedo imaginase otra cosa distinta de lo que era en realidad; y, si este quisiese decir que en el texto de Aristóteles se lee de otra manera, y que lo que el fraile puso era como compendio de lo que escribió Aristóteles, yo le demandaré, quién le ha hecho juez para dar tantos reinos a quien le place, y quitar su honor a quien bien lo adquirió; y que no debía contentarse con leer dicha autoridad puesta en el cartapacio del fraile, sino que debía verla en la misma fuente, en las obras de Aristóteles. Además, que acerca de esto le fue hecha una desdichada relación en el caso, porque aunque Teófilo en todos sus otros libros siga a Aristóteles, poniendo el compendio o sustancia de lo que éste dice, en el libro De admirandis no lo hizo así, pues afirma él mismo en el principio que no hace un compendio de Aristóteles, en su libro, según que había hecho en los otros, sino que allí pone todo palabra por palabra, para que no pueda decirse que había más o menos en Aristóteles, de lo que él dejó escrito.

Agréguese a esto que Antonio Beccaria, veronés, que tradujo este libro del griego en latín, de cuya versión se valió Teófilo, no lo trasladó tan fielmente que no pusiese más de cuatro cosas diversamente del texto griego, como verá cualquiera que se fije en ello.
En segundo lugar, digo, que aunque Aristóteles hubiese escrito esto como lo expone Teófilo, Aristóteles no aduce autor, sino como cosa sin fundamento dice: fertur. Lo que significa que escribió aquello que narra acerca de esta isla, como cosa dudosa y sin fundamento. Escribe también como de hecho acontecido, no hacía poco, sino mucho tiempo, diciendo: nárrase que antiguamente se encontró una isla; pero se podría decir con un proverbio, que, a largos caminos, grandes mentiras. Cuyo proverbio es más verdadero cuando en aquello que se cuenta hay circunstancias que no se conforman con la razón, como se nota en el decir que dicha isla era muy abundante en todas las cosas, pero que siempre estuvo despoblada, lo cual no es verosímil, ni compatible, porque la abundancia de las tierras no procede sino del cultivo de los pobladores, y donde no se habita, no solamente no nace cosa alguna por sí, sino que las domésticas se convierten en salvajes y estériles. Ni menos es verosímil que desagradase a los cartagineses que su gente hubiese hallado una tal isla, y que matase a los descubridores; porque si estaba tan apartada de Cartago como lo están las Indias, en vano se temía que aquellos que la habitasen viniesen a conquistar Cartago.

A no ser, como Oviedo afirma, que los españoles que poseyeron en otro tiempo aquellas islas, no quisieron afincar allí; que los cartagineses eran profetas, y que ahora se cumplió dicho temor y su profecía, cuando tomó el César a Túnez, o Cartago, con dineros traídos de las Indias. Yo estoy seguro de que dijo esto por hacerse más grato, y lograr más favores de los que consiguió por admitir semejante novela; pero lo impidió el haber ya publicado su libro. De modo que cualquier hombre prudente comprende que es una fábula el decir que ya no se supo más de dicha isla por abandonar los cartagineses el dominio y la navegación, por miedo que otros se la quitaran y viniesen después a combatir su libertad; porque mayor temor de esto les debían dar Sicilia y Cerdeña, que distaban dos jornadas por mar de su ciudad, mientras que de ésta a la Española hay la tercera parte del mundo. Y si se dijese sospechar los cartagineses que las riquezas de dicha tierra podían hacer fuertes a sus enemigos, de tal modo que luego les causaran daño, replico que más bien tenían ocasión de esperar, siendo ellos dueños de tales riquezas, poder acometer y sojuzgar a los que quisieran, y que si dejaban desierta aquella isla, quedaría en poder de otros el descubrirla, de donde resultaria para ellos el mismo daño que recelaban; antes bien, debían fortificarla pronto y custodiar su navegación, como sabemos hicieron otras veces en casos semejantes; porque habiendo descubierto las islas que entonces se llamaban Casitérides, y nosotros denominamos de los Azores, tuvieron mucho tiempo secreta la navegación, con motivo del estaño que de allí traían, como refiere Estrabón al fin del libro tercero de su Cosmografía.

Por donde, aunque fuese verdadero que Aristóteles había escrito esta fábula, se podría decir que refirió lo que dice de dicha navegación, a las islas de los Azores, y que por falsa inteligencia o por la grande antigüedad, o por la pasión que ciega los hombres, ahora Oviedo argumenta que se deba entender de las Indias que hoy día poseemos, y no de dichas islas Azores o de alguna de ellas, Y si se me replicase que esto no puede ser, porque Estrabón no dice que fueron cartagineses quienes poseyeron las dichas islas de los Azores, sino fenicios, y que traficaban con Cádiz, digo que por haber venido los cartagineses de Fenicia con su reina Dido, en aquel tiempo eran llamados fenicios, corno ahora llamamos españoles a los cristianos que nacen y habitan en las mismas Indias. Y si tornasen a replicar que el testimonio de Aristóteles, al nombrar esta isla, dice que contenía muchos ríos muy aptos para la navegación, los cuales no hay en las islas de los Azores, sino más bien en Cuba y en la Española, respondo que, si queremos mirar a esto, agreguemos que en ella había muchos animales salvajes que no había en la Española; y puede bien suceder que en una cosa tan antigua hubiese equivocacion al referir tal particularidad, como en la mayor parte de estas cosas inciertas de la antiaüedad suele suceder. Ahora bien, ni Cuba, ni la Española tienen ríos aptos para ser navegados, como dice aquel texto; en alguno de los mayores ríos de estas islas puede entrar cualquier navío, pero no navegar por él cómodamente; aparte cle que, según dijimos, aunque éste fuese de Aristóteles, pociría estar equivocado, y haberse escrito navigandum, en lugar de potandurn; lo cual convenia mejor a lo que se trataba, alabándola tanto de abundante en agua para beber como de fertilidad de frutos para comer.

Esto bien podía suceder en alguna de estas otras islas de los Azores, y con más razón, porque ni Cuba, ni la Española, están en lugar ni en parte donde los cartagineses, o por vecindad, o por desventura, pudieran ser llevados; y si a los que con sólo este fin se arriesgaron a buscarlas con el Almirante pareció tan larga la navegación que resueltamente querían volverse, ¿cuánto mayor parecería a los que no tenían intención de hacer tan dilatado viaje, pues aunque el viento les hubiera sido favorable tenían que volver a su país? Ni se ve tempestad que dure tanto que lleve una nave de Cádiz a la Española por fuerza del viento. Menos es verosímil que, pues eran mercaderes, tuviesen pensamiento ni voluntad de alejarse de España, o de Cartago, más de lo que el viento les obligase, especialmente entonces que no se hacían ni se emprendían las navegaciones con la facilidad de hoy. Por lo cual, muy pequeña navegación parecía grande en aquellos tiempos, como vemos por lo que se lee del viaje que hizo Jasón, desde Gracia a Colcos, y por el de Ulises en el Mediterráneo, los cuales emplearon muchos años y fueron por esto tan nombrados que los más excelentes poetas los han cantado, por la poca experiencia que entonces tenían del mar; hasta que ya, en nuestra edad, ha progresado tanto como se ha visto por aquellos que tuvieron el atrevimiento de circundar el mundo, contra lo que se solía decir por proverbio: Quien va al cabo de Non, o tornará o non; cuyo cabo es un promontorio de Berbería, no muy distante de Canarias.

Además, es un manifiesto error pensar que Cuba o la Española podían ser la isla donde fueron llevados los mercaderes por una tempestad, porque actualmente se sabe con certeza que es imposible llegar a ellas sin encontrar antes otras muchas islas que las rodean por todas partes. Pero, aunque se quisiese decir que aquella tierra o isla no era alguna de las islas de los Azores, según lo que afirmamos antes, podría juntarse una mentira con otra, diciendo que aquella tierra era la isla de la que Séneca, en el libro sexto de sus Naturales, hace mención, donde narra que, según escribe Tucídides, en tiempo de la guerra del Peloponeso se sumergió del todo, o por la mayor parte, una isla llamada Atlántida, de la cual hace mención también Platón en su Timeo. Pero, pues va hemos razonado largamente acerca de esta fábula, pasaremos a otro capítulo, donde dice que los españoles tuvieron antiguamente el dominio de dichas Indias, fundando su pensamiento sobre lo que escriben Stacio y Seboso, a saber, que ciertas islas llamadas Hespéridas estaban a cuarenta días de navegación de las islas de las Gorgonas; y de aquí argumenta que pues aquellas, forzosamente, han de ser las Indias, Y se llaman Hespéridas, tal nombre lo tomaron de Héspero, rey que fué de España, y que por consiguiente, los españoles fueron señores de dichas tierras. De modo que bien considerado su decir, quiere de una autoridad incierta sacar tres conclusiones verdaderas, no conformándose mucho con la autoridad de Séneca, que en el libro sexto de sus Naturales, hablando de tales asuntos, dice ser difícil deducir alguna cosa cierta y determinada de aquello que se ha de considerar como conjetura; cual sucede en esto a Oviedo, pues de las islas llarnadas Hespérides, solamente clijo Seboso la parte hacia donde estaban, pero sin afirmar que sean las Indias, ni de quién hayan sido sojuzgadas y nombradas.

Y si Oviedo afirma que Héspero fué rey de España, pero no que diese nombre a España o Italia. Pero habiendo conocido Oviedo, como historiador verídico, que dicho pasaje falta en Seboso, se atuvo a Higinio, si bien cautamente, no especificando en qué libro, ni en qué capítulo; y así aleja, como se dice, los testimonios, porque, en efecto, no se encuentra pasaje donde Higinio diga tal cosa, antes bien, en un solo libro que de él se conserva, intitulado De poetica Astronomía, no sólo no pone tales palabras, sino que en tres lugares donde habla de las Hesperides, dice así; a Hércules se le pinta en actitud de inatar el dragón que guardaba las Hespérides. Y más adelante dice que habiendo Euristeo mandado a Hércules por las manzanas de oro a las Hespérides, y no sabiendo el camino, fué a Prometeo, que estaba en el monte Cáucaso, y le rogó que le enseñase el itinerario, de lo que se ocasionó la muerte del dragón. De donde, según esto, tendremos otras Hespérides al oriente, a las cuales podría mejor decir Oviedo que Héspero, rey de España, les dió su nombre. Añade más adelante Higinio, en el capítulo de los planetas, que por muchas historias es manifiesto ser llamado Héspero el planeta Venus, porque se pone poco después que el sol. De todo lo cual podemos inferior que si de persona acostumbrada a contar fábulas de poetas, como Higinio, debiéramos tomar autoridad o indicio alguno, esto hace más contra Oviedo que en pro de lo que éste aduce de Higinio, y podemos afirmar y presumir que se llamaron Hespérides por dicha estrella; como por la misma causa los griegos llamaron a Italia Hesperia, según escriben muchos, así diremos que Seboso llamó a aquellas islas Hespérides; y que, para demostrar el lugar donde se hallan, se sirvió de las conjeturas y razones que arriba señalamos haber movido al Almirante a tener por cierto que tales islas estaban en las partes occidentales; y así cabe afirmar que Oviedo, no sólo quiere fingir nueva autoridad en sus escritos, sino que por inadvertencia o por querer complacer al que le dijo estas cosas (pues es cierto que él no las entendía) se inclinó a dos hechos contrarios, cuya repugnancia era suficiente para manifestar su error.

Porque si los cartagineses, como él dice, arribaron a Cuba o a la Española, y encontraron que aquella tierra no estaba poblada más que de animales, ¿cómo será verdad que los españoles la poseyeron mucho tiempo antes, y que su rey Héspero le había dado el nombre? Salvo si por ventura no dice que algún diluvio la dejó desierta, y que después otro Noé la volvió al estado en que fué descubierta por el Almirante. Pero porque ya estoy cansado de tal disputa, y me parece que están hastiados los lectores, no quiero extenderme más sobre esto, sino seguir mi historia. 
 
CapÍtulo XI
Cómo el Almirante se indispuso con el Rey de Portugal con motivo del descubrimiento que le ofreció de las Indias
A la sazón, el Almirante, teniendo por fundadísimo su razonamiento, pensó darle ejecución e ir por el Océano occidental en busca de dichas tierras; pero conociendo que tal empresa no convenía sino a un príncipe que pudiese realizarla y sustentarla, quiso proponerla al rey de Portugal, por la residencia que allí tenía. Y aunque el rey D. Juan, que entonces gobernaba, escuchase con atención lo que el Almirante le proponía, se mostró, sin embargo, tibio en aceptar su empresa, por los grandes trabajos y gastos que llevaba consigo el descubrimiento y conquista de la costa occidental de Africa, llamada Guinea, sin que todavía le hubiese sucedido felizmente cosa alguna, ni hubiese podido pasar más allá del cabo de Buena Esperanza, cuyo nombre dicen algunos haberle sido dado, en lugar de Agesinga, su nombre propio, por ser dicho cabo el fin de la buena esperanza de su conquista y descubrimiento; aunque lo entiendan otros, de un modo diferente, afirmando que le fué dado porque dicho cabo les daba esperanza de mejor tierra y navegación.

Pero sea como quiera, el mencionado rey era entonces poco inclinado a gastar más dinero en descubrimientos; y si escuchó al Almirante, ello fue por las buenas razones que éste, para corroborar su empresa, le proponía; no obstante, movido por ellas, comenzó a tomar tanta afición al proyecto que el aceptarlo dependía de conceder al Almirante las condiciones y pactos que demandaba. Porque, siendo el Almirante de generoso y altos pensamientos, quiso capitular con grande honor y ventaja, para dejar su memoria y la grandeza de su casa, conforme a la magnitud de sus obras y de sus méritos. Por lo cual dicho monarca, aconsejado del doctor Calzadilla, de quien mucho se fiaba, resolvió mandar una carabela secretamente, la cual intentase lo que el Almirante le había ofrecido, pues descubriéndose de tal modo dichas tierras, le parecía que no estaba obligado a tan gran premio como Colón pedía por su hallazgo. Y así, con toda brevedad y secreto, armada una carabela, fingiendo enviarla con vituallas y socorro a los que estaban en las islas de Cabo Verde, la mandó hacia donde el Almirante se había ofrecido a ir. Pero, porque a los que mandó les faltaba el saber, la constancia y la persona del Almirante, después de haber andado muchos días vagando por el mar, se volvieron a las islas de Cabo Verde, mofándose de tal empresa, y diciendo ser imposible que por aquellos mares se encontrase tierra alguna; lo cual habiendo llegado a noticia del Almirante, y siéndole ya muerta su mujer, tomó tanto odio a aquella ciudad y nación, que acordó irse a Castilla con un niño que le dejó su mujer, llamado Diego Colón, que después de la muerte de su padre le sucedió en su estado.

Pero, considerando que si tampoco el Rey de Castilla admitía su empresa, necesitaría proponerla de nuevo a cualquier otro príncipe, y así en esto pasase largo tiempo, mandó a Inglaterra a un hermano suyo que estaba con él, llamado Bartolomé Colón, el cual, aunque no tenía letras latinas, era hombre práctico y entendido en las cosas del mar, y sabía muy bien hacer cartas de navegación, esferas y otros instrumentos de aquella profesión, en lo que había sido instruido por el Almirante su hermano. Partido, pues, Bartolomé para Inglaterra, quiso su suerte que cayese en manos de corsarios, los cuales le despojaron, como también a otros de su nave. Por cuyo motivo y por la pobreza y enfermedad que en tan diversas tierras le asaltaron cruelmente, prolongó por mucho tiempo su embajada hasta que, adquirida un poco de autoridad con los mapas que hacía, comenzó a tener pláticas con el rey Enrique VII, padre de Enrique VIII, que al presente reina, al cual presentó un mapa mundi en el que estaban escritos estos versos que yo hallé entre sus escrituras y que serán puestos aquí más por su antigüedad que por su elegancia:
Terrarum quicumque, cupis feliciter oras
Noscere, cuncta decens docte pictura docebit,
Quam Strabo affirmat, Ptolomacus, Plinius atque
Isidorus: non una tamen sententia quisque.
Pingitur hic etiam nuper sulcata carinis
Hispanis Zona illa, prius incognita genti,
Torrida, quae tandem nunc est notissima multis.

Y más abajo decía:
Pro auctore sive pictore,
Ianua cui patriae, est nomen, cui Bartholomeus
Columbus de Terra Rubra, opus edidit istud
Londoniis, anno Domini 1480, atque insuper anno
Octavo, decimaque die cum tertia mensis februarii.
Laudes Christo cantentur abunde.
Y porque advertirá alguno que se lee Columbus de Terra Rubra, digo que igualmente lo vi yo en algunas suscripciones del Almirante, antes que adquiriese su estado, donde se firmaba Columbus de Terra Rubra. Pero, volviendo al rey de Inglaterra, diré que, visto el mapa mundi y lo que le ofreció el Almirante, con alegre rostro aceptó su propuesta, y lo mandó llamar. Pero, porque Dios la guardaba para Castilla, ya el Almirante en aquel tiempo había ido y tornado con la victoria de su empresa según se contará más adelante.
 
CapÍtulo XII
Salida del Almirante de Portugal y pláticas que tuvo con los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel
Dejando de referir lo que Bartolomé Colón había negociado en Inglaterra, tornaré al Almirante, el cual, a fines del año 1484, con su niño D. Diego, partió secretamente de Portugal, por miedo de que le detuviese el rey, pues conociendo éste cuánto le fallaron aquellos que había enviado con la carabela, quería congraciarse con el Almirante, y deseaba que éste volviese a la ejecución de su empresa; pero, como en ello no tuvo la misma solicitud que el Almirante en marcharse, perdió la ocasión, y el Almirante entró en Castilla a probar la suerte que le estaba aparejada.

Dejado, pues, el niño, en un monasterio de Palos, llamado La Rábida, fué pronto a la corte de los Reyes Católicos, que estaba entonces en Córdoba, donde por ser persona afable y de dulce conversación, tomó amistad con aquellas personas en las que encontró mejor recibimiento y mayor gusto de su empresa, y que eran más a propósito para persuadir a los reyes que la aceptasen; de los cuales fue uno Luis de Santangel, caballero aragonés y Escribano de ración en la casa Real, hombre de mucha autoridad y prudencia. Pero como el asunto debía tratarse más con fundamento de doctrina que con palabras o favores, Sus Altezas lo cometieron al prior del Prado que después fué arzobispo de Granada, encargándole que junto con peritos en Cosmografía, se informasen plenamente de aquello y luego le refiriesen lo que opinaban. Pero, porque en aquellos tiempos no había allí tantos cosmógrafos como hay ahora, los que se juntaron no entendía lo que debían, ni el Almirante se quiso aclarar tanto que le sucediese lo mismo que en Portugal, y le quitasen la bienandanza. Por lo que fueron tan diversas la respuesta y la información que hicieron a Sus Altezas, cuanto eran la variedad de sus ingenios y pareceres. Porque algunos decían que, pues al cabo de tantos millares de años que Dios creó el mundo, no habían tenido conocimiento de tales tierras, tantos y tantos sabios y prácticos en las cosas del mar, no era verosímil que el Almirante supiese más que todos los pasados y presentes.

Otros, que se inclinaban más al razonamiento de la Cosmografía, decían que el mundo era de tan inmensa grandeza, que no era creíble que bastasen tres años de navegación para llegar al fin del oriente, adonde él quería navegar; y para corroborar su propósito, aducían la autoridad que Séneca expone en una de sus obras, por vía de disputa, diciendo que muchos sabios discordaban entre sí acerca de esta cuestión: si el océano era infinito; y dudaban si pudiera ser navegado, y aun cuando fuese navegable, si a la otra parte se encontrarían tierras habitables a las cuales se pudiese ir. A lo que agregaban que de esta esfera inferior de agua y de tierra, no estaba poblada más que una zona o pequeña faja que en nuestro hemisferio quedó encima del agua, que todo lo demás era mar, y que no se podía navegar, ni recorrer, sino cerca de las costas y riberas. Y cuando los sabios concediesen que se podía llegar al fin de Oriente, admitirían también que se podía ir desde el fin de España hasta el último Occidente. Otros disputaban acerca de esto, como en otro tiempo los portugueses acerca de la navegación de Guinea, diciendo que si se alejase alguno a caminar derecho al occidente, como el Almirante decía, no podría después volver a España, por la redondez de la esfera; teniendo por certísimo que quien quiera que saliese del hemisferio conocido por Ptolomeo, andaría hacia abajo, y después le sería imposible dar la vuelta, pues afirmaban que esto sería lo mismo que subir a lo alto de un monte; lo que no podrían hacer los navíos ni con grandísimo viento.

Pero aunque a todas estas dificultades dió conveniente solución el Almirante, sin embargo cuanto más eficaces eran sus razones, tanto menos las entendían por su ignorancia; pues cuando uno envejece con poco fundamento en la Matemática, no puede alcanzar la verdad, por las falsas reglas impresas en su inteligencia desde el principio. Finalmente, todos ellos decían, ateniéndose a un proverbio castellano, que en aquello que no parece razonable, suele decir, duda San Agustín, porque dicho santo, en el capítulo noveno del vigésimo primero libro de Civitate Hedí, reprueba y tiene por imposible que haya antípodas, y que se pueda pasar de un hemisferio a otro; así que, prevaliéndose también contra el Almirante de las fábulas que se cuentan de las cinco zonas, y de otras mentiras que tenían por verísimas, se revolvieron a juzgar la empresa por vana e imposible, y que no convenía a la gravedad y alteza de tan grandes príncipes moverse por tan débiles informaciones. Por lo cual, después de haber gastado mucho tiempo en esta materia, Sus Altezas respondieron al Almirante que estaban ocupados en muchas otras guerras y conquistas, y especialmente en las de Granada, que hacían entonces, de modo que no tenían comodidad de atender a una nueva empresa; pero, con el tiempo se encontrarla mejor oportunidad para examinar y entender lo que el Almirante ofrecía. Así, los reyes no quisieron dar oídos a las grandes promesas que les hacía el Almirante.

 
 
CapÍtulo XIII
Cómo el Almirante, no quedando de acuerdo con el Rey de Castilla, decidió marcharse a ofrecer a otro su empresa
Mientras que esto se trataba, los Reyes Católicos no estaban siempre fijos en un lugar, con motivo de la guerra que hacían a Granada, por lo cual se dilató largo tiempo su resolución y respuesta. Por esto, el Almirante vino a Sevilla, y no hallando en Sus Altezas más firme resolución que la vez anterior, acordó dar cuenta de su negocio el Duque de Medina Sidonia. Pero después de muchas pláticas, viendo que no halló modo de concluir, como él deseaba, en España, y que tardaba mucho en dar ejecución a su empresa, resolvió irse al rey de Francia 1 al cual había escrito acerca de esto, con propósito de, si allí no fuese oído, pasar luego a Inglaterra en busca de su hermano, del que no tenía noticia alguna. Con tal designio fue a la Rábida, para llevar su niño Diego, que le había dejado allí, a Córdoba, y después continuar su camino. Pero Dios, a fin de que no quedase sin efecto lo que había dispuesto, inspiró al guardián de aquella casa, llamado fray Juan Pérez, para que trabase mucha amistad con el Almirante, y le agradase tanto la empresa de éste, que se doliera de su resolución y de lo que España perdería con su marcha; por lo que le rogó que de ninguna manera cumpliera su propósito, pues él iría a ver a la Reina, de la que esperaba que, por ser como era su confesor, daría fe a lo que le dijese acerca de aquello.

Porque, aunque el Almirante estaba ya fuera de toda esperanza, y enojado, viendo la poca voluntad y seso que encontraba en los consejeros de Sus Altezas, sin embargo por el deseo que, de otra parte, había en él de dar esta empresa a España, se acomodó al deseo y a los ruegos del fraile; pues le parecía ser ya natural de España por el gran tiempo que llevaba ocupado en su empresa, y por haber tenido hijos en ella; lo cual había motivado que desechara las ofertas que le habían hecho con otros príncipes, como él mismo refiere en una carta suya, escrita a Sus Altezas, que dice así: «Por servir a Vuestras Altezas yo no quise entender con Francia, ni con Inglaterra, ni con Portugal, de los cuales príncipes, Vuestras Altezas vieron las cartas, por manos del doctor Villalón.»
 
CapÍtulo XIV
Cómo el Almirante volvió al campo de Santa Fe y se presentó a los Reyes Católicos, pero no llegó a convenio alguno con ellos
Partido el Almirante de la Rábida, que está cerca de Palos, juntamente con fray Juan Pérez, al campamento de Santa Fe, donde los Reyes Católicos entonces habían vuelto para el sitio de Granada, dicho religioso informó a la Reina y le hizo tantas instancias, que Su Majestad dispuso que se volviese otra vez a discutir el descubrimiento; mas porque el parecer del prior de Prado y de otros sus seguidores era contrario, y de otra parte, el Almirante demandaba el Almirantazgo, título de Virrey y otras cosas de grande estimación e importancia, pareció cosa recia concedérselas; como quiera que, aun saliendo verdadero lo que proponía, estimaban mucho lo que demandaba; y resultando lo contrario, les parecía ligereza el concederlo; de lo que se siguió que el negocio totalmente se convirtió en humo.

No dejaré de decir que yo estimo grandemente el saber, el valor y la previsión del Almirante, porque siendo poco afortunado en esto, deseoso, como he dicho, de permanecer en estos reinos, y reducido en aquel tiempo a estado que de cualquier cosa debía contentarse, fue animosísimo en no querer aceptar, sino grandes títulos, pidiendo tales casos que, si hubiese previsto y sabido con la mayor certeza el fin venturoso de su empresa, no habría demandado capitular mejor, ni más gravemente de como lo hizo, de modo que, al fin, hubo que concederle cuanto pedía, esto es: que fuese Almirante en todo el mar Océano, con los títulos, prerrogativas y preeminencias que tenían los Almirante de Castilla en sus jurisdicciones; que en todas las islas y tierra firme fuese virrey y gobernador con la misma autoridad y jurisdicción que se les concedían a los almirantes de Castilla y León; que los cargos de la administración y justicia en todas las dichas islas y tierra firme fuesen en absoluto provistos, o removidos a su voluntad y arbitrio; que todos los gobiernos y regimientos se debiesen dar a una de tres personas que él nombrase, y que en cualquier parte de España donde se traficase o contratase con las indias, él pusiese jueces que resolviesen sobre lo que a tal materia perteneciera. En cuanto a rentas y utilidades, a más de los salarios y derechos propios de los mencionados oficios de Almirante, Virrey y Gobernador, pidió la décima parte de todo aquello que se comprase, permutase, se hallase o se rescatase dentro de los confines de su Almirantazgo, quitando solamente los gastos hechos en adquirirlos: de modo, que, si en una isla se ganaban mil ducados, ciento debían ser suyos.

Y porque sus contrarios decían que no aventuraba cosa alguna en aquel viaje, sino verse capitán de una armada mientras esta subsistiera, pidió también que le fuese dada la octava parte de aquellos que trajese en su retorno, y que él tendría la octava parte del gasto de dicha armada; por lo cual siendo estas cosas tan importantes, y no queriendo Sus Altezas concedérselas, el Almirante se despidió de sus amigos y emprendió el camino de Córdoba para disponer su viaje a Francia, porque a Portugal estaba resuelto de no tomar, aunque el rey le había escrito, como se dirá más adelante. 
 
CapÍtulo XV
Cómo los Reyes Católicos mandaron volver al Almirante, y le concedieron cuanto pedía
Siendo ya entrado el mes de Enero de 1492, el mismo día que el Almirante salió de Santa Fe, disgustando su partida, entre otros, a Luis de Santángel, de quien arriba hemos hecho mención, anheloso éste de algún remedio, se presentó a la Reina, y con palabras que el deseo le suministraba para persuadirla, y al mismo tiempo reprenderla, le dijo, que él se maravillaba mucho de ver que siendo siempre Su Alteza de ánimo presto para todo negocio grave e importante, le faltase ahora para emprender otro en el cual poco se aventuraba, y del que tanto servicio a Dios y a exaltación de su Iglesia, podía resultar, no sin grandísimo acrecentamiento y gloria de sus reinos y estados; y tal, finalmente, que si algún otro príncipe consiguiera lo que ofrecía el Almirante, era claro el daño que a su estado vendría; y que, en tal caso, de sus amigos y servidores sería con justa causa gravemente reprendida y censurada de sus enemigos.

Por lo cual, todos dirían después, que le estaba bien merecida tan mala suerte; que ella misma se apenaría, y sus sucesores sentirían justo dolor. De consiguiente, pues que el negocio parecía tener buen fundamento, el Almirante, que lo proponía, era hombre de buen juicio y de saber; no pedía más premio sino de lo que hallase, y estaba presto a concurrir en parte del gasto, y aventuraba su persona, no debía Su Alteza juzgar aquello tan imposible como le decían los letrados, y que era vana la opinión de quienes afirmaban que sería reprensible haber ayudado semejante empresa, cuando ésta no saliese tan bien como proponía el Almirante; así que, él era de contrario parecer y creía que más bien serían juzgados los Reyes como príncipes magnánimos y generosos, por haber intentado saber las grandezas y secretos del universo. Lo cual habían hecho otros reyes y señores, y les era atribuido como gran alabanza. Pero aunque fuese tan incierto el buen éxito, para hallar la verdad en tal duda estaba bien empleada una gran cantidad de oro. A más de que el Almirante no pedía más que dos mil quinientos escudos para preparar la armada; y también para que no se dijese que el miedo de tan poco gasto la detenía, no debía en modo alguno abandonar aquella empresa. A cuyas palabras la Reina Católica, conociendo el buen deseo de Santángel, respondió dándole gracias por su buen consejo, diciendo que era gustosa de aceptarlo, a condición de que se dilatara la ejecución hasta que respirase algo de los trabajos de aquella guerra; y también aunque él opinase de otro modo, se hallaba pronta a que con las joyas de su Cámara se buscase algún empréstito por la cantidad de dinero necesaria para hacer tal armada.

Pero Santángel, visto el favor que le hacía la Reina en aceptar por su consejo aquello que por el de otros habían antes rechazado, respondió que no era menester empeñar las joyas, porque él haría un pequeño servicio a Su Alteza, prestándole de su dinero. Con tal resolución, la Reina mandó pronto un capitán por la posta, para que hiciese tornar al Almirante. Dicho capitán lo encontró cerca del Puente de Pinos que dista dos leguas de Granada, y aunque el Almirante se dolía de las dilaciones y la dificultad que había encontrado en su empresa, sin embargo, informado de la determinación y voluntad de la Reina, regresó a Santa Fe, donde fue bien acogido por los Reyes Católicos; y pronto fue cometida su capitulación y expedición al secretario Juan de Coloma el cual, de orden de Sus Altezas, y con la real firma y sello, le concedió y consignó todas las capitulaciones y cláusulas que, según hemos dicho arriba, había demandado, sin que se quitase ni mudase cosa alguna. 
 
CapÍtulo XVI
Cómo el Almirante armó tres carabelas para llevar a cabo la empresa de su descubrimiento
Concedidas, pues, por los serenísimos Reyes Católicos, al Almirante, las mencionadas capitulaciones, éste, poco después, el doce de mayo de dicho año 1492 salió de Granada para Palos, que es el puerto donde tenía que hacer su armada, por estar aquella tierra obligada a servir a Sus Altezas tres meses con dos carabelas, las cuales mandaron que fuesen entregadas al Almirante.

Armó éstas y otro navío con la solicitud y diligencia necesarias. La Capitana, en la que iba él, se llamaba Santa María; otra fue denominada la Pinta, en la que era capitán Martín Alonso Pinzón; y de la Niña, que era latina, y la última, fue capitán Vicente Yáñez Pinzón, hermano del mencionado Alonso, de dicha tierra de Palos. Estando las tres provistas de todas las cosas necesarias, con noventa hombres, el 3 de agosto, al amanecer, dieron vela con rumbo a las Canarias; y desde aquel punto fue diligentísimo el Almirante en escribir de día en día, minuciosamente, todo aquello que sucedía en el viaje, especificando los vientos que soplaban, qué viaje hacía con cada uno y con qué velas y corrientes, y las cosas que veía por el camino, aves, peces o algunos otros indicios. Lo cual él siempre acostumbró hacer en cuatro viajes que realizó desde Castilla a las Indias. No quiero yo, sin embargo, escribir todo particularmente, porque si bien entonces era muy conveniente describir el camino y navegación, y exponer qué impresiones y efectos correspondían a los cursos y aspectos de las estrellas, y el declarar qué diferencia había en esto con nuestros mares y nuestras regiones, no me parece, sin embargo, que al presente, tanta minucia pueda dar satisfacción a los lectores, que recibirían enojo si aumentase con la prolijidad de largos discursos esta escritura. Por lo cual solamente atenderé a exponer lo que me parezca necesario y conveniente. 

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