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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO XXIX De la extraña batalla que los indios presos tuvieron con sus amos Oída la voz del cacique, la cual, como dijimos, había dado a sus vasallos por seña de la desesperación que causó su muerte y la de todos ellos, sucedieron en el real entre indios y españoles lances no menos crueles y espantables que dignos de risa. Porque, en oyendo el bramido del cacique, cada indio arremetió con su amo por le matar o herir, llevando por armas los tizones del fuego o las demás cosas que en las manos tenían, que, a falta de las que deseaban, convertían en armas ofensivas cuanto hallaban por delante. Muchos dieron a sus amos en la cara con las ollas de la comida que, según las tenían hirviendo, algunos salieron quemados. Otros les dieron con platos, escudillas, jarros y cántaros. Otros, con los bancos, sillas y mesas, donde las había, y con todo lo demás que a las manos se les ofrecía, aunque no les servía más que de mostrar el deseo que tenían de los matar, según que cada uno podrá imaginar que pasaría en caso semejante. Con los tizones hicieron más daño que con otras armas, y pudo ser que los tuviesen apercibidos para este efecto, porque los más salieron con ellos. Un indio dio a su amo un golpe en la cabeza con un tizón y lo derribó a sus pies, y, acudiéndole con otros dos o tres, le hizo saltar los sesos. Muchos españoles sacaron desbaratadas las cejas y narices y estropeados los brazos a tizonazos; otros alcanzaron grandes puñadas, bofetones, pedradas o palos, cada cual según le cupo la suerte de tan cevil mercado como dentro en sus casas sin pensarlo ellos, se les ofreció.

Un indio, después de haber maltratado a palos a su amo y héchole los hocicos a puñadas, huyendo de otros castellanos que venían al socorro, subió por una escalera de mano a un aposento alto, llevó consigo una lanza que halló arrimada a la pared y con ella defendió la puerta de manera que no le pudieron entrar. A la grita acudió un caballero, deudo del gobernador, que se decía Diego de Soto, que traía una ballesta armada, y desde el patio se puso a tirarle. El indio, que no pretendía conservar la vida sino venderla lo mejor que pudiese, no quiso, aunque vio que el español le apuntaba con la ballesta, huir el cuerpo, antes, por tirar bien su lanza, se puso frontero de la puerta y la desembrazó al mismo tiempo que Diego de Soto soltaba su ballesta. No le acertó el indio con la lanza, más pasole tan cerca del hombro izquierdo que, dándole con el asta un gran varapalo, le hizo arrodillar en tierra e hincó por ella media braza de lanza, que quedó blandeando en el suelo. Diego de Soto acertó mejor al indio, que le dio por los pechos y le mató. Los españoles, vista la desvergüenza y atrevimiento de los indios y sabiendo cuán mal parado estaba el gobernador de la puñada, perdieron la paciencia y dieron en matarlos y vengarse de ellos, principalmente los que estaban lastimados de los palos o afrentados de las bofetadas, los cuales, con mucha cólera, mataban los indios que topaban por delante. Otros españoles que no se daban por ofendidos, pareciéndoles cosa indigna de sus personas y calidad de matar hombres rendidos, puestos en figura y nombre de esclavos, los sacaban a la plaza y los entregaban a los alabarderos de la guarda del gobernador, que en ella estaban para los justiciar, los cuales los mataban con sus alabardas y partesanas.

Y para que los indios intérpretes, y otros que en el ejército había de servicio llevados de las provincias que atrás habían dejado, metiesen prendas y se enemistasen con los demás indios de la tierra y no osasen adelante huirse de los españoles, les mandaban que los flechasen y los ayudasen a matar, y así lo hicieron. Un castellano, llamado Francisco de Saldaña, pequeño de cuerpo y muy pulido en sí, por no matar un indio que le había cabido en suerte cuando los dieron por esclavos, lo llevaba tras sí atado por el pescuezo a un cordel para lo entregar a los justiciadores. El indio, cuando asomó a la plaza y vio lo que en ella pasaba, recibió tanto coraje que asió a su amo por detrás, como venía, con la una mano por los cabezones y con la otra por la horcajadura y, levantándolo en alto como a un niño, lo volvió cabeza abajo sin que el castellano pudiese valerse y dio con él en el suelo tan gran golpe que lo aturdió, y luego saltó de pies sobre él con tanta ira y rabia que hubiera de reventarlo a coces y patadas. Los españoles que lo vieron acudieron al socorro con las espadas en las manos. El indio, quitando a su amo la que traía ceñida, salió a recibirlos tan feroz y bravo que, aunque ellos eran más de cincuenta, los detuvo, haciendo de ellos una gran rueda, trayendo la espada a dos manos, con tanta velocidad de cuerpo y desesperación del ánimo que mostraba bien el deseo y ansia que tenía de matar alguno antes que lo matasen. Los castellanos se apartaban de él, no queriendo matarle por no recibir daño a trueque de matar un desesperado.

Así anduvo el indio, cercado de todas partes, acometiendo a todos, sin que alguno quisiese acometerle, hasta que trajeron armas enastadas con que lo mataron. Estos, y otros muchos casos semejantes, acaecieron en esta más que cevil batalla, donde hubo cuatro españoles muertos, muchos malamente lastimados. Y fue buena dicha que los más indios estaban en cadenas y otras prisiones, que, a hallarse sueltos según eran valientes y animosos, hicieran más daño. Mas con todo eso, aunque aprisionados, tentaron hacer todo el que pudieron, por lo cual los mataron a todos sin dejar alguno a vida, que fue gran lástima. Este fin tuvo la temeridad y soberbia de Vitachuco, nacida de su ánimo más feroz que prudente, sobrado de presunción y falto de consejo, que sin propósito alguno se causó la muerte y la de mil y trescientos vasallos suyos, los mejores y más nobles de su estado, por no haberse aconsejado con alguno de ellos como lo hizo con los extraños, que, como tales, después le fueron enemigos. También causó la muerte de los cuatro buenos capitanes que habían escapado de la pequeña laguna, que, a vueltas de los demás indios, los mataron a ellos. Porque van a mal partido los cuerdos que están sujetos y obligados a obedecer y hacer lo que ordena y manda un loco, que es una de las mayores miserias que en esta vida se padecen.

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