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Desarrollo


Capítulo XXI De la muy noble y leal ciudad de Arequipa La ciudad de Arequipa, de la cual no se puede referir ni contar sus sucesos y trabajos sin lágrimas y llanto, pues siendo después de la Ciudad de los Reyes y la del Cuzco y Potosí la más rica, grandiosa y opulenta de todo el Reino en dineros, bizarría y gastos y haciendas, el día de hoy es la más pobre, triste y miserable de cuantas se sabe en el Perú, que parece que, desde el año de mil y seiscientos hasta hoy, no se ha levantado della la ira y castigo del Omnipotente Dios, porque siempre se han ido multiplicando sus trabajos, perdidas y destrucciones, viniendo una plaga al fin de la otra, y alcanzándose una miseria y desventura a la otra, como veremos, que sin duda ha sido por pecados y delitos de los moradores della, que ha querido Dios en esta vida atormentarlos, lo cual, sin duda, es indicio y señal de suma misericordia, para relevarlos de las penalidades de la muerte eterna. Llamábase en su primera e inmemoriable fundación Yarapampa, antes que tuviese el nombre presente de Arequipa. El terreno della es grueso y fértil, y esto le procede de tener volcanes en su comarca, que han sido su destrucción tantas veces. El temple es admirable y de mucha creación. Está la ciudad puesta en un lugar que ni es Sierra ni es Llanos, y así participa de las calidades de ambas diferencias de temples. Tiene la mar a diez y ocho leguas con un puerto llamado Chule. A siete leguas de Arequipa está el valle tan nombrado de Víctor y luego el de Ciguas, donde todos los vecinos de esta ciudad tienen grandísimas heredades de viñas, de las cuales se cogían en los tiempos de su prosperidad más de doscientas y cincuenta mil botijas de vino, que se sacaban de estos valles y se llevaban a Potosí, a la ciudad de la Plata, Chuquiapu, Cochabamba, Chucuito y las provincias del Collao, y así entraban todos los años más de seiscientos mil pesos en aquella ciudad, fuera de las muchas rentas que los vecinos tenían en sus encomiendas, y así estaban riquísimos, que fue causa de sus trabajos, porque con la abundancia de tesoros se olvidaban de Dios.

En la misma ciudad había muchos jardines y huertas de diferentes frutas, membrillos, manzanas, camuesas, duraznos, melocotones, almendras, peras, uvas y otras suertes, y así era el pueblo de más regalo y recreación del Reino. Tiene un río muy caudaloso que le pasa cerca de la ciudad y su puente de piedra en él. Es ya Obispado, y será muy bueno, ya que en el tiempo de su prosperidad llegaban los diezmos de la ciudad de Arequipa a cuarenta mil pesos cada año, y se entiende que si no hubiera sucedido tanta calamidad y pérdida en ella, antes se quiera, fuera ya iglesia-catedral. Hay en ella conventos de religiosos de la orden de Santo Domingo, San Francisco, San Agustín y Nuestra de las Mercedes, donde hay una imagen de Nuestra Señora de Consolación, que ha hecho muchísimos milagros y, aun cuando cayó la iglesia del dicho convento, se guareció esta Divina Señora con un palo que se le puso delante. Y la Compañía de Jesús, un hospital y dos conventos de monjas; ambos de Santa Catalina de Sena; uno de los cuales, por las pérdidas de la ciudad procedida de la ceniza y temblores, ayudado del obispo del Cuzco, don Antonio de Raya, se pasó a la ciudad del Cuzco, donde hallaron todo el acogimiento y regalo posible. Tiene parroquias de indios, muchas y muy ricas y pobladas, y dos leguas della una recreación harto vistosa y agradable, que llaman la peña, de la cual manan diversos géneros de aguas dulces, caliente y fría, y está toda cubierta de yerba verde sin que jamás se seque, y una fuente en un pueblo cercano llamado Characato, y otras cosas notables que la ennoblecían harto, y le daban nombre en el Reino.

Viniendo al nombre de Arequipa, que ahora le ha quedado, en tiempo del valeroso Ynga Yupanqui, padre de Tupa Ynga y abuelo de Huaina Capac, hubo en el distrito de Arequipa un espantable terremoto, precedido de un volcán que estaba tres leguas della. Empezó a lanzar tantas llamaradas de fuego y tan espeso y continuo, que la noche parecía día claro en las riberas del mar, y en todos los pueblos de alrededor. Pasados dos dís, el volcán se comenzó a cubrir de una nuebe tenebrosa y oscura, y cesó la claridad del fuego y la noche siguiente vino otro terremoto mayor que el pasado, cuyo ruido y temblor alcanzaba a todo el Reino, y por el espacio de la noche nunca cesó el volcán de despedir de sí infinitos rayos de fuego, y por cinco días continuos se fue prosiguiendo y con el fuego grandísima hediondez de piedra, azufre y mucha cantidad de piedras y ceniza y truenos temerosos, que afirman los indios haberse oído hasta Chile y, esparcida la ceniza por los aires, fue llevada más de ciento y cincuenta leguas y, si no fuera por el valor y ánimo del Ynga Yupanqui y su mujer la Coya Hipa Huaco, todos los indios, adonde llegó la ruina, se hubieran ahorcado y dejádose morir, cosa entre ellos muy usada en semejantes ruinas. Desta vez quedó asolada Arequipa y su comarca, sin quedar edificio que no fuese destruido y abrasado. Sólo escaparon los indios de la parroquia de San Lázaro, que éstos eran idos al Cuzco todos a hacer mita y servicio al Ynga, que si no también corrieran el trabajo y miseria que los demás.

Ynga Yupanqui, que estaba en el Cuzco y supo la lamentable ruina de aquella tierra, acudió luego con infinita gente que juntó, para remediarla del daño que pudiese. Fuese hacia Arequipa, animando a los suyos que no temiese y, sabiendo de dónde procedía el daño, empezó a hacer grandes sacrificios al volcán, y, para ellos mandó llevar del Collao mucha suma de carneros y corderos, y todos los ofrecía al volcán. Adonde los indios no podían llegar temiendo la fuerza del fuego y no ser ahogados y sumergidos en la ceniza, el Ynga tomaba desde las andas en que iba unas pelotillas llenas de barro, bañadas con la sangre de los sacrificios y, puestas en una honda, las tiraba hacia el volcán, para que allí se derramasen y esparciese la sangre. Uno de los muchos hechiceros que consigo llevaba le dijo en su lengua: señor, quedaré aquí, y el Ynga le respondió: Arequipay; y así, desde aquel tiempo se le quedó por nombre Arequipa. Después de algunos días que el volcán aclaró y cesaron los truenos, fuego, humo y ceniza, de suerte que se pudo habitar y sembrar la tierra, el Ynga dejó allí mucha multitud de gente que poblasen, los cuales edificaron en un asiento, dicho la Chimpa, de la otra parte del río. Los indios naturales volvieron y asentaron adonde es la parroquia de San Lázaro, y éstos dicen que ellos son llactayoc, que significa: criollos originarios de aquel pueblo, porque todos los demás son mitimaes de diversas partes que, por orden del Ynga, se quedaron, y también convidados de la fertilidad de la tierra, porque la ceniza la engrosó a multiplicar después.

Cuando el Marqués, don Francisco Pizarro, se volvió del Cuzco, no pudiendo por mal y por bien atraer así a Manco Ynga, vino a este asiento y pobló la ciudad de Arequipa, con este nombre, dándole encomenderos y vecinos, como dijimos en el capítulo sesenta y nueve del primer libro, al fin dél. El río que tiene esta ciudad es caudaloso y dél se sacan muchas acequias, como del de Lima con que se riegan las huertas y jardines de fuera y de dentro de la ciudad, y pasan por ella y le limpian. Era tanta la bizarría y gasto de esta ciudad, que ninguna del Reino se aventajaba, y los juegos tan excesivos que así jugaban y maltrataban el dinero, como si fuera piedras de la calle y no se hallara ni ganara con trabajo y fatiga, y aún afirman que un oficial que hacía botijas, estando un día jugando, se atrevió, entre otras manos de mucho precio, a echar una de cuatro mil pesos, y perdiéndola dijo: botijero me quedo, que ahora doscientos o trescientos años, si un rey lo hiciera, se le juzgara a exceso y prodigalidad, y puediera ser que un pobre necesitado se le llegara a pedir un real de limosna y quizás se lo negara, que así suele acontecer. Pero no quiero pasar en silencio una grandeza que las señoras de esta ciudad hicieron en servicio del Rey Católico su señor: que pidiéndose en ella, en general, un servicio gracioso para suplir las muchas necesidades en que Su Majestad estaba a causa de las guerras y encomenderos que tenía, habiendo dado todos los vecinos y encomenderos y los demás moradores de la ciudad según sus rentas y haciendas, alcanzaban muy liberalmente las mujeres de ellos con ánimo magnífico y franco. Excediendo a las matronas romanas, hicieron presentes de las joyas más preciosas y ricas que tenían, dando sus cadenas de oro, collares de piedras, cintillos, anillos, punzones, manillas, ajorcas y todo cuanto de valor poseían a su Rey, para ayudar a remediar los casos que se le ofrecían, que fue hecho heroico y que ilustró aquella ciudad, y dio indicios de la fe y lealtad que ha habido siempre en ella para con su Rey. Porque la ruina que a esta noble Ciudad vino el año de mil y seiscientos, por el mes de febrero, fue uno de los más notables sucesos que ha habido en este Reino y más lastimoso, no lo quiero pasar en silencio, antes haré dél particular capítulo.

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