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Desarrollo


Capítulo XIV 396 De la muerte de tres niños, que fueron muertos por los indios, porque les predicaban y destruían sus ídolos, y de cómo los niños mataron a el que se decía ser dios del vino 397 A el principio, cuando los frailes menores vinieron a buscar la salud de las ánimas de estos indios, parecióles que convenía que los hijos de los señores y personas principales se recogensen en los monasterios; y para esto dio mucho favor y ayuda el marqués del Valle, que a la sazón gobernaba, y para todo lo demás tocante a la doctrina cristiana; y como los indios naturales le amaban y temían mucho, obedecían de buena gana su mandamiento en todo, hasta dar sus hijos, que a el principio se les hizo tan cuesta arriba, que algunos señores escondían a sus hijos, y en su lugar ataviaban y componían algún hijo de su criado o vasallo, o esclavillo, y enviábanle acompañado con otros que le sirviesen por mejor disimular, y por no dar a el hijo propio. Otros daban algunos de sus hijos, y guardaban los mayores y los más regalados. Esto fue al principio, hasta que vieron que eran bien tratados y doctrinados los que se criaban en la casa de Dios, que como conocieron el provecho, ellos mismos los venían después a traer y a rogar con ellos, y luego se descubrió también el engaño de los niños escondidos; y porque viene a propósito contaré de la muerte que los niños dieron a un indio que se hacía dios, y después la muerte que un padre dio a su hijo, y las muertes de otros dos niños indios, ya cristianos.

398 Como en el primer año que los frailes menores poblaron en la ciudad de Tlaxcala recogesen los hijos de los señores y personas principales para los enseñar en la doctrina de nuestra santa fe, los que servían en los templos del demonio no cesaban en el servicio de los ídolos, e inducir al pueblo para que no dejasen sus dioses, que eran más verdaderos que no los que los frailes predicaban, y que así lo sustentarían; y por esta causa salió uno de los ministros del demonio (que por venir vestido de ciertas insignas de un ídolo o demonio Umotochtli, y ser su ministro, se llamaba umetoch cocoya, según que aquí se pintará), salió al tianguez o mercado. Este demonio Umotochtli era uno de los principales dioses de los indios, y era adorado por el dios del vino, y muy temido y acatado, porque todos se embeodaban y de la beodez resultaban todos sus vicios y pecados; y estos ministros que así estaban vestidos de las vestiduras de este demonio, salían pocas veces fuera de los templos o patios del demonio, y cuando salían teníanles tanto acatamiento y reverencia, que apenas osaba la gente a alzar los ojos para mirarles; pues este ministro así vestido salió y andaba por el mercado comiendo o mascando unas piedras agudas de que acá usan en lugar de cuchillos, que son unas piedras tan negras como azabaches, y con cierta arte las sacan delgadas y del largor de un jeme, con tan vivos filos como una navaja, sino que luego saltan y se mellan; este ministro para mostrarse feroz y que hacía lo que otros no podían hacer, andaba mascando aquellas navajas por el mercado y mucha gente tras él.

A esta sazón venían los niños, que se enseñaban en el monasterio, del río de lavarse, y habían de atravesar por el tianguez o mercado; y como viesen tanta gente tras el demonio, preguntaron qué era aquello, y respondieron unos indios diciendo: "nuestro dios Umotoch"; los niños dijeron: "no es dios sino diablo, que os miente y engaña". Estaba en medio del mercado una cruz, adonde los niños de camino iba a hacer oración, y allí se detenían hasta que todos se ayuntaban, que como eran muchos iban derramados. Estando allí, vínose para ellos aquel mal demonio, o que traía sus vestiduras, y comenzó de reñir a los niños y mostrarse muy bravo, diciéndoles: "que presto se morirían todos, porque le tenían enojado, y habían dejado su casa e ídose a la de Santa María". A lo cual algunos de los grandecillos que tuvieron más ánimo le respondieron: "que él era el mentiroso, y que no le tenían ningún temor porque él no era dios sino diablo y malo y engañador". A todo esto el ministro del demonio no dejaba de afirmar que él era dios y que los había de matar a todos, mostrando el semblante muy enojado, para les poner más temor. Entonces dijo uno de los muchachos: "veamos ahora quién morirá, nosotros o éste"; y abajóse por una piedra y dijo a los otros: "echemos de aquí este diablo, que Dios nos ayudará"; y diciendo esto tiróle con la piedra, y luego acudieron todos los otros; y aunque a el principio el demonio hacía rostro, como cargaron tantos muchachos comenzó a huir, y los niños con gran grita iban tras él tirándole piedras, e ibaseles por pies; mas permitiéndolo Dios y mereciéndolo sus pecados, estropezó y cayó, y no hubo caído cuando le tenian muerto y cubierto de piedras, y ellos muy regocijados decían: "matamos al diablo que nos quería matar.

Ahora verán los macehuales (que es la gente común) cómo éste no era dios sino mentiroso, y Dios y Santa María son buenos". Acabada la lid y contienda, no parecía que habían muerto hombre sino al mismo demonio. Y como cuando la batalla rompida los que quedan en el campo quedan alegres con la victoria y los vencidos desmayados y tristes, así quedaron todos los que creían y servían a los ídolos, y la gente del mercado quedaron todos espantados, y los niños muy ufanos diciendo: "Jesucristo, Santa María nos han favorecido y ayudado a matar a este diablo." En esto ya habían venido muchos de aquellos ministros muy bravos, y querían poner las manos en los muchachos, sino que no se atrevieron porque Dios no lo consintió ni les dio ánimo para ello; antes estaban como espantados en ver tan grande atrevimiento de muchachos. Vanse los niños muy regocijados para el monasterio y entran diciendo cómo habían muerto al diablo. Los frailes no les entendían bien, hasta que el intérprete les dijo cómo habían muerto a uno que traía vestidas las insignias del demonio. Espantados los frailes y queriéndolo castigar y amedrentar, preguntaron ¿quién lo había hecho? A lo cual respondieron todos juntos: "nosotros lo hicimos". Preguntóles otra vez su maestro: "¿Quién tiró la primera piedra?" Respondió uno y dijo: "yo la eché". Y luego el maestro mandábale azotar diciéndole: "¿que cómo había hecho tal cosa, y había muerto un hornbre?" El muchacho respondió: "que no había muerto hombre sino demonio; y que si no lo creían que lo fuesen a ver".

Entonces salieron los frailes y fueron a el mercado, y no vieron sino un gran montón de piedras, y descubriendo y quitando de ellas vieron cómo el muerto estaba vestido del pontifical qel diablo, y tan feo como el mismo demonio. No fue la cosa de tan poca estima, que por sólo este caso comenzaron muchos indios a conocer los engaños y mentiras det demonio, y a dejar su falsa opinión, y venirse a reconciliar y confederar con Dios y a oir su palabra. 399 En esta ciudad de Tlaxcala fue un niño encubierto por su padre, porque en esta ciudad hay cuatro cabezas o señores principales, entre los cuales se reduce toda la provincia, que es harto grande, de la cual se dice que salían cien mil hombres dé pelea. Demás de aquellos cuatro señores principales, había otros muchos que tenían y tienen muchos vasallos. Uno de los más principales de éstos, llamado por nombre Axutecath, tenía sesenta mujeres, y de las más principales de ellas tenía cuatro hijos, los tres de éstos envió al monasterio a los enseñar, y el mayor y más amado de el y más bonito, e hijo de la más principal de sus mujeres, dejóle en su casa como escondido. Pasados algunos días y que ya los niños que estaban en los monasterios descubrían algunos secretos, así de idolatrías como de los hijos que los señores tenían escondidos, aquellos tres hermanos dijeron a los frailes cómo su padre tenía escondido en su casa a su hermano mayor, y sabido, demandáronle a su padre, y luego le trajo y según me dicen era muy bonito, y de edad, de doce a trece años.

Pasados algunos días y ya algo enseñado, pidió el bautismo y fuele dado, y puesto por nombre Cristóbal. Este niño, además de ser de los más principales y de su persona muy bonito y bien acondicionado y hábil, mostró principios de ser buen cristiano, porque de lo que él oía y aprendía enseñaba a los vasallos de su padre; y a el mismo padre decía que dejase los ídolos y los pecados en que estaba, en especial el de la embriaguez, porque todo era muy gran pecado, y que se tornase y conociese a Dios del cielo y a Jesucristo su Hijo, que Él le perdonaría, y que esto era verdad, porque así lo enseñaban los padres que sirven a Dios. El padre era un indio de los encarnizados en guerras y envejecido en maldades y pecados, según después pareció, y sus manos llenas de homicidios y muertes. Los dichos del hijo no le pudieron ablandar el corazón ya endurecido, y como el niño Cristóbal viese en casa de su padre las tinajas llenas de vino con que se embeodaban él y sus vasallos, y viese los ídolos, todos los quebraba y destruía, de lo cual los criados y vasallos se quejaron a el padre, diciendo: "tu hijo Cristóbal quebranta los ídolos tuyos y nuestros, y el vino que puede hallar todo lo vierte. A ti y a nosotros echa en vergüenza y en pobreza". Esta es manera de hablar de los indios, y otras que aquí van, que no corren tanto como nuestro romance. Demás de estos criados y vasallos que esto decían, una de sus mujeres muy principal, que tenía un hijo del mismo Axutechatlh, le indignaba mucho e inducía para que matase a aquel hijo Cristóbal, porque aquel muerto heredase otro suyo que se dice Bernardino, y así fue que ahora este Bernardino posee el señorío del padre.

Esta mujer se llamaba Xuchipapalozin, que quiere decir flor de mariposa. Esta también decía a su marido: "tu hijo Cristóbal te echa en pobreza y en vergüenza". El muchacho no dejaba de amonestar a la madre y los criados de casa que dejasen los ídolos y los pecados juntamente, quitándoselos y quebrantándoselos. En fin, aquella mujer tanto indignó y atrajo a su marido, y él que de natural era muy cruel, que determinó de matar a su hijo mayor Cristóbal, y para esto envió llamar a todos sus hijos, diciendo que quería hacer una fiesta y holgarse con ellos; los cuales llegaron a casa del padre, llevolos a unos aposentos dentro de casa, y tomó a aquel su hijo Cristóbal que tenía determinado de matar, y mandó a los otros hermanos que se saliesen fuera; pero el mayor de los tres, que se dice Luis (del cual yo fui informado, porque éste vio cómo pasó todo el caso), éste como vio que le echaban de allí y que su hermano mayor lloraba mucho, subióse a una zotea, y desde allí por una ventana vio cómo el cruel padre tomó por los cabellos a aquel hijo Cristóbal, y le echó en el suelo dándole muy crueles coces, de los cuales fue maravilla no morir (porque el padre era un valentazo hombre, y es así porque yo que esto escribo le conocí), y como así no lo pudiese matar, tomó un palo grueso de encina y diole con él muchos golpes por todo el cuerpo hasta quebrantarle y molerle los brazos y piernas, y las manos con que se defendía la cabeza, tanto, que casi todo el cuerpo corría sangre; a todo esto el niño llamaba continuamente a Dios, diciendo en su lengua: "Señor Dios mío, habed merced de mí, y si tú quieres que yo muera, muera yo; y si Tú quieres que viva, líbrame de este cruel de mi padre.

" Ya el padre cansado, y según afirman, con todas las heridas el muchacho se levantaba y se iba a salir por la puerta afuera, sino que aquella cruel mujer que dije que se llamaba Flor-de-mariposa le detuvo en la puerta, que ya el padre de cansado le dejaba ir. En esta sazón súpolo la madre de Cristóbal, que estaba en otro aposento algo apartado, y vino desolada, las entrañas abiertas de madre, y no paró hasta entrar a donde su hijo estaba caído llamando a Dios; y queriéndole de tomar para como madre apiadarle, el cruel de su marido, o por mejor decir, el enemigo estorbándola, llorando y querellándose decía: "¿Por qué me matas a mi hijo? ¿Cómo has tenido manos para matar a tu propio hijo? Matárasme a mí primero, y no viera yo tan cruelmente atormentado un solo hijo que parí. Déjame llevar a mi hijo, y si quieres mátame a mí, y deja a él que es niño e hijo tuyo y mío." En esto aquel mal hombre tomó a su propia mujer por los cabellos y acoceóla hasta se cansar, y llamó a quien se la quitase de allí, y vinieron ciertos indios y llevaron a la triste madre, que más sentía los tormentos del amado hijo que los propios suyos. Viendo, pues, el cruel padre que el niño estaba con buen sentido, aunque muy mal llagado y atormentado, mandóle echar en un gran fuego de muy encendidas brasas de leña de cortezas de encina secas, que es la lumbre que los señores tienen en esta tierra, que es leña que dura mucho y hace muy recia la brasa; en aquel fuego le echó y le revolvió de espaldas y de pechos cruelísimamente, y el muchacho siempre llamando a Dios y a Santa María; y quitado de allí casi por muerto, algunos dicen que entonces el padre entró por una espada, otros que por un puñal, y que a puñaladas le acabó de matar; pero lo que yo con más verdad he averiguado es que el padre anduvo a buscar una espada que tenía de Castilla, y que no la halló.

Quitado el niño del fuego envolviéronle en unas mantas, y él con mucha paciencia encomendándose a Dios estuvo padeciendo toda una noche aquel dolor que el fuego y las heridas le causaban con mucho sufrimiento, llamando siempre a Dios y a Santa María. Por la mañana dijo el muchacho que le llamasen a su padre, el cual vino, y venido, el niño le dijo: "¡Oh, padre! No piensen que estoy enojado, porque yo estoy muy alegre, y sábete que me has hecho más honra que no vale tu señorío." Y dicho esto demandó de beber y diéronle un vaso de cacao, que es en esta tierra casi como en España el vino, no que embeoda, sino sustancia, y en bebiéndola luego murió. 400 Muerto el mozo mandó el padre que le enterrasen en un rincón de una cámara, y puso mucho temor a todos los de su casa que a nadie dijesen la muerte del niño: en especial habló a los otros tres hijos que se criaban en el monasterio, diciéndoles: "no digáis nada, porque si el capitán lo sabe, ahorcarme ha". Al marqués del Valle a el principio todos los indios le llamaban el Capitán, y teníanle muy gran temor. 401 No contento con esto aquel homicida malvado, mas añadiendo maldad a maldad, tuvo temor de aquella su mujer y madre del muerto niño, que se llamaba Tlapaxilozin, de la cual nunca he podido averiguar si fue bautizada o no, porque ha ya cerca de doce años que aconteció hasta ahora que esto escribo, en el mes de marzo del año 39. Por ese temor que descubriría la muerte de su hijo, la mandó llevar a una su estancia o granjería, que se dice Quimichucan, no muy lejos de la venta de Tecoac, que está en el camino real que va de México a el puerto de la Veracruz, y el hijo quedaba enterrado en un pueblo que se dice Atleueza, cuatro leguas de allí y cerca de dos leguas de Tlaxcala; aquí a este pueblo me vine a informar y vi a dónde murió el niño y a dónde le enterraron, y en este mismo pueblo escribo ahora esto; llámase Atleuesa, que quiere decir adonde cae el agua, porque aquí se despeña un río de unas peñas y cae de muy alto.

A los que llevaron a la mujer mandó que la matasen muy secretamente; no he podido averiguar la muerte que le dieron. 402 La manera como que se descubrieron los homicidios de aquel Ayutecatlh fue que pasando un español por su tierra, hizo un maltratamiento a unos vasallos de aquel Ayutecatlh y ellos viniéronsele a quejar, y él fue con ellos a donde quedaba el español, y llegado tratóle malamente; y cuando de sus manos se escapó dejándole cierto oro y ropas que traía, pensó que le había hecho Dios mucha merced, y no se deteniendo mucho en el camino llegó a México, y dio queja a la justicia del maltratamiento que aquel señor indio le había hecho, y de lo que le había tomado; y venido mandamiento, prendióle un alguacil español que aquí en Tlaxcala residía; y como el indio era de los más principales señores de esta provincia de Tlaxcala, después de los cuatro señores, fue menester que viniese un pesquisidor con poder del que gobernaba en México, a lo cual vino Martín de Calahorra, vecino de México y conquistador, persona de quien se pudiera bien fiar cualquiera cargo de justicia. Y éste, hechas sus pesquisas y vuelto a el español su oro y su ropa, cuando el Ayutecatlh pensó que estaba libre, comenzáronse a descubrir ciertos indicios de la muerte del hijo y de la mujer, como parecerá por el proceso que el dicho Martín de Calahorra hizo en forma de derecho, aunque algunas cosas más claramente las manifiestan ahora que entonces, y otras se podrían entonces mejor averiguar, por ser los delitos más frescos, aunque yo he puesto harta diligencia por no ofender a la verdad en lo que dijere.

403 Sentenciado a muerte por estos dos delitos y por otros muchos que se le acumularon, el dicho Martín de Calahorra ayuntó los españoles que pudo para con seguridad hacer justicia; porque tenía temor que aquel Ayutecatlh era valiente hombre y muy emparentado, y aunque estaba sentenciado no parecía que tenía temor; y cuando le sacaron que le llevaban a horcar iba diciendo: "¿ésta es Tlaxcala? ¿Y cómo vosotros, tlaxcaltecas, consentís que yo muera, y no sois para quitarme de estos pocos españoles?" Dios sabe si los españoles llevaban temor; pero como la justicia venía de lo alto, no bastó su ánimo, ni los muchos parientes, ni la gran multitud del pueblo, sino que aquellos pocos españoles le llevaron hasta dejarle en la horca. Luego que se supo a dónde el padre le había enterrado fue de esta casa un fraile que se llamaba fray Andrés de Córdoba, con muchos indios principales por el cuerpo de aquel niño, que ya habrá más de un año que estaba sepultado, y afírmanme algunos de los que fueron con fray Andrés de Córdoba que el cuerpo estaba seco, mas no corrompido. 404 Dos años después de la muerte del niño Cristóbal vino aquí a Tlaxcala un fraile domingo llamado fray Bernardino Minaya, con otro compañero, los cuales iban encaminados a la provincia de Guaxacac; a la sazón era aquí en Tlaxcala guardián nuestro padre de gloriosa memoria fray Martín de Valencia, al cual los padres dominicos rogaron que les diese algún muchacho de los enseñados, para que les ayudase en lo tocante a la doctrina cristiana.

Preguntados a los muchachos si había alguno que por Dios quisiese ir a aquella obra, ofreciéronse dos muy bonitos e hijos de personas muy principales; a el uno llamaban Antonio; éste llevaba consigo un criado de su edad que decían Juan, a el otro llamaban Diego; y a el tiempo que se querían partir díjoles el padre fray Martín de Valencia: "hijos míos, mirad que habéis de ir fuera de vuestra tierra, y vais entre gente que no conoce aún a Dios, y que creo que os veréis en muchos trabajos; yo siento vuestros trabajos como de mis propios hijos, y aún tengo temor que os maten por esos caminos; por eso antes que os determinéis miradlo bien". A esto ambos los niños conformes, guiados por el Espíritu Santo respondieron: "padre, para eso nos ha enseñado lo que toca a la verdadera fe; ¿pues cómo no había de haber entre tantos quien se ofreciese a tomar trabajo por servir a Dios? Nosotros estamos aparejados para ir con los padre y para recibir de buena voluntad todo trabajo por Dios; y si Él fuere servido de nuestras vidas, ¿por qué no las pondremos por Él? ¿No mataron a San Pedro crucificándole y degollaron a San Pablo y San Bartolomé no fue desollado por Dios? ¿Pues por qué no moriremos nosotros por Él, si Él fuere de ello servido?" Entonces, dándoles su bendición, se fueron con aquellos dos frailes y llegaron a Tepeaca, que es casi diez leguas de Tlaxcala. Aquel tiempo en Tepeaca no había monasterio como le hay ahora, más de que se visitaba aquella provincia desde Huexuzinco, que está otras diez leguas del mismo Tepeaca e iba muy de tarde en tarde, por lo cual aquel pueblo y toda aquella provincia estaba muy llena de ídolos, aunque no públicos.

Luego aquel padre fray Bernardino Minaya envió a aquellos niños a que buscasen por todas las casas de los indios los ídolos y se los trajesen, y en esto se ocuparon tres o cuatro días, en los cuales trajeron todos los que pudieron hallar. Y después apartáronse más de una legua del pueblo a buscar si había más ídolos en otros pueblos que estaban allí cerca; a el uno llamaban Coahuvtinchan, y al otro, porque en la lengua española no tiene buen nombre, le llamaban el pueblo de Orduña, porque está encomendado a un Francisco de Orduña. De unas casas de este pueblo sacó aquel niño llamado Antonio unos ídolos, e iba con él el otro su paje llamado Juan; ya en esto algunos señores y principales se habían concertado en matar a estos niños, según después pareció; la causa era porque les quebraban los ídolos y les quitaban sus dioses. Vino aquel Antonio con los ídolos que traía recogidos del pueblo de Orduña a buscar en el otro que se dice Coauticlan si había algunos; y entrando en una casa, no estaba en ella más de un niño guardando la puerta, y quedó con él el otro su criadillo; y estando allí vinieron dos indios principales con unos leños de encina, y en llegando, sin decir palabra, descargan sobre el muchacho llamado Juan, que había quedado a la puerta, y al ruido salió luego el otro Antonio, y como vio la crueldad que aquellos sayones ejecutaban en su criado, no huyó, antes con grande ánimo les dijo: "¿por qué me matáis a mi compañero que no tiene él la culpa, sino yo, que soy el que os quito los ídolos, porque sé que son diablos y no dioses? Y si por ellos los habéis, tomadlos allá, y dejad a ése que no os tiene culpa".

Y diciendo esto, echó en el suelo unos ídolos que en la falda traía. Y acabadas de decir estas palabras ya los dos indios tenían muerto a el niño Juan, y luego descargan en el otro Antonio, de manera que también allí le mataron. Y en anocheciendo tomaron los cuerpos, que dicen los que los conocieron que eran de la edad de Cristóbal, y lleváronlos a el pueblo de Orduña, y echáronlos en una honda barranca, pensando que echados allí nunca de nadie se pudiera saber su maldad; pero como faltó el niño Antonio, luego pusieron mucha diligencia en buscarle, y el fray Bernardino Minaya encargólo mucho a un alguacil que residía allí en Tepeaca, que se decía Álvaro de Sandoval, el cual con los padres dominicos pusieron gran diligencia; porque cuando en Tlaxcala se los dieron, habíanles encargado mucho a aquel Antonio, porque era nieto del mayor señor de Tlaxcala, que se llamó Xicotengalth, que fue el principal señor que recibió a los españoles cuando entraron en esta tierra, los favoreció y sustentó con su propia hacienda, porque este Xicotengalth y Maxixcazin mandaban toda la provincia de Tlaxcala, y este niño Antonio había de heredar a el abuelo, y así ahora en su lugar lo posee otro su hermano menor que se llama don Luis Moscoso. 405 Parecieron los muchachos muertos, porque luego hallaron el rastro por do habían ido y a donde habían desaparecido, y luego supieron quién los había muerto, y presos los matadores, nunca confesaron por cuyo mandado los habían muerto; pero dijeron que ellos los habían muerto, y que bien conocían el mal que habían hecho y que merecían la muerte; y rogaron que los bautizasen antes que los matasen.

Luego fueron por los cuerpos de los niños, y traídos, los enterraron en una capilla adonde se decía la misa, porque entonces no había iglesia. Sintieron mucho la muerte de estos niños aquellos padres dominicos, y más por lo que había de sentir el padre fray Martín de Valencia, que tanto se los había encargado cuando se los dio, y parecióles que sería bien enviarle a los homicidas y matadores, y diéronlos a unos indios para que los llevasen a Tlaxcala. Como el señor de Coantinchan lo supo y también los principales, temiendo que también a ellos les alcanzaría parte de la pena, dieron joyas y dádivas de oro a un español que estaba en Coantinchan porque estorbase que los presos no fuesen a Tlaxcala, y aquel español comunicó con otro que tenía cargo de Tlaxcala, y partió con él el interés, el cual salió a el camino e impidieron la ida. Todas estas diligencias fueron en daño de los solicitadores, porque a los españoles aquel alguacil fue por ellos, y entregados a fray Bernardino Minaya, pusieron a el uno de cabeza en el cepo, y a el otro atado, los azotaron cruelmente y no gozaron del oro. A los matadores, como se supo luego la cosa en México, envió la justicia por ellos y ahorcáronlos. Al señor de Coatinchan como no se enmendase, mas añadiendo pecados a pecados, también murió ahorcado y con otros principales. Cuando fray Martín de Valencia supo la muerte de los niños, que como a hijos había criado, y que habían ido con su licencia, sintió mucho dolor y llorábalos como a hijos, aunque por otra parte se consolaba en ver que había ya en esta tierra quien muriese confesando a Dios; pero cuando se acordaba de lo que le había dicho al tiempo de su partida, que fue: "¿pues no mataron a San Pedro, y a San Pablo y desollaron a San Bartolomé, pues que nos maten a nosotros no nos hace Dios muy grande merced?", no podía dejar de derramar muchas lágrimas.

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