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Capítulo XCI De cómo matando un español se encastillaron en un peñol los que lo mataron con su cacique; y de lo que pasó hasta que se ganó el peñol Al principio todas las cosas que no se entienden se tienen por fáciles y ligeras, mas como descubre lo que es, venimos aborrecer lo que era alegría; y así como los indios de acá estaban hechos a servir con sus personas y haciendas a sus reyes y señores, aunque oían que habían de repartir los cristianos entre sí las provincias, no mostraban de ello sentimiento: porque les parecía que serían más relevados y no serían maltratados ni agraviados. Duróles poco este contento, causa fue no la maldad de ellos, ni poca razón, como les levantan los que quieren justificar lo malo que contra ellos se ha hecho, sino los nuestros, por los tener poco, por la hambre que tenían de plata y oro, la curiosidad en ser servidos, acatados y reverenciados: que les diesen sus hijas y parientas; por otras causas muchas que se fueron descubriendo y que Dios todopoderoso, como juez recto y perfecto se lo demostraba, pues tan poco cuidado se tenía de la conversión de todas estas gentes; donde manó, por estas cosas, que los caciques y curacas hacían grandes exclamaciones, secretamente loaban la gobernación de los incas, decían que supieron conservar en paz y mantener en justicia muchas tierras; armaban sobre esto romances y cantares; hablaban con el demonio pública y abiertamente, los que eran señalados para aquella religión; hacían sacrificios matando muchas ovejas y otras aves para la ofrenda.

Aborrecieron a los españoles, deseaban matarlos, y verlos divididos, para sin riesgo, darles muerte. En lo público no manifestaban su pensamiento porque temían, y especialmente viendo a Mango Inga en cadena. Salió del Cuzco un vecino a quien llamaban Pero Martín de Moguer para ir a un pueblo que le habían dado, que creo se llamaba Angocabo, donde llegó en fuerte ventura porque el cacique, con los indios que le pareció, lo mató o mandó matar una noche; y aunque pretendieron tener la muerte secreta no pudieron, porque de los mismos indios, que fueron con el cristiano, volvieron al Cuzco algunos que avisaron a Juan Pizarro de ello; el cual fue a hablar con Mango Inga creyendo que lo había mandado. Nególo, porque no lo mandó, ni lo supo. Salió Gonzalo Pizarro con algunos españoles a castigar a los matadores. Habíanse puesto en cobro en un peñol fortísimo por natura, grande, de rocas, no tenía más que una puerta, cercada con su muralla; hicieron dentro algunas chozas donde pusieron sus mujeres e hijos. Llegado Gonzalo Pizarro, procuró ganar el fuerte, no bastaba mayor poder que el suyo; para ello tornaron bastimento y agua la que pudieron llevar; tantos días estuvo Gonzalo Pizarro sobre ellos que les faltó el agua por donde se dieron a pleitesía. Aquella noche cayó tanta nieve que otro día se vieron con más agua que al principio; afirmaban que Dios, de compasión que tuvo de ellos se la envió. Avisó Gonzalo Pizarro a Juan Pizarro de la fuerza del peñol y de cómo no podía ganarlo; salió del Cuzco con más gente y muchos orejones que le ayudasen: porque decía que por ser aquél el primer cristiano que mataban los indios, convenía hacer en ellos gran justicia para escarmentar a los demás.

Como llegó, mandó hacer una manta para subir, tiraron tantos tiros y piedras que la rompieron e hirieron a cinco cristianos y algunos de sus amigos y anaconas. Los del peñol tenían sus velas, cerraban la puerta con peñas crecidas a fuerza de brazos con maromas gruesas y muy recias. Juan Pizarro les amonestó se diesen; no quisieron fiarse de su palabra, y como viese que se pasaba el tiempo sin hacer nada, habló en secreto con los orejones, rogándoles tuviesen tales tratos con los del peñol que él pudiese haberlos en su poder. Los orejones habían venido por mandado del inca, deseaban que los del peñol saliesen con su intención: no porque ellos mostrasen señal de ello, antes respondieron que lo harían. Y dicen que su capitán pudo hablar con los indios del peñol a los cuales esforzó animándoles para que no desmayaran, concertando con ellos que para cierto día, siendo de noche, matarían los caballos de los cristianos, y ellos abajarían a hacer lo mismo de ellos; diciendo por otra parte a Juan Pizarro que le habían pedido seis días de plazo para determinar lo que habían de hacer. Un yanacona alcanzó a saber este trato y dio aviso a Juan Pizarro, el cual con mucho enojo mandó quemar al principal de los orejones, enviando a decir al Cuzco, al que había quedado, en su lugar, que amenazase a Mango Inga por la traición que su capitán y criado intentaba de hacer: Gabriel de Rojas lo hizo. Mango se excusaba de la culpa que le echaba y estando temeroso no le matasen los cristianos sus enemigos: mandó a un valiente capitán orejón llamado Paucara Inga que fuese a juntarse con los cristianos y les ayudase en todo lo que mandasen.

Así lo hizo. Juan Pizarro le puso por delante el castigo que había dado al otro. Este, pues, con mucha disimulación habló con los de lo alto y querellándose de los cristianos, pues tenían preso a Mango en cadena, y que por su mandado había venido a les dar favor contra los cristianos. Alegráronse cuando aquello le oyeron y más cuando dijo que traía la hacha sagrada del sol para hacer juramento. Concertaron que la noche siguiente volviese con solamente cuatro indios, de sus más amigos, para que tratasen del modo que los tenían cercados. Paucar Inga se volvió disimuladamente, vio que había tres puertas entre los riscos y rocas del fuerte peñol, las cuales cerraban de noche con peñas atadas con maromas. Habló con Juan Pizarro diciéndole que, porque se hubiese bien con Mango Inga, había de hacer una gran hazaña de la cual sería venturoso salir con la vida, y que mandase que cuatro cristianos se rapasen las barbas y se vistiesen de mantas y camisetas, untándose con aquella mixtura, que poniéndosela, que sea negro, que blanco, todos parecían indios, para que fuesen con él, llevándose secretamente sus espadas, y que él, con los demás cristianos y yanaconas les fuesen siguiendo. Juan Pizarro, confiando de las palabras del orejón por tener al inca preso, mandó que Mancio Serra, Pedro del Barco, Francisco de Villafuerte, Juan Flores fuesen con el indio a le ayudar en lo que había de hacer; apercibiendo a los demás cristianos que con sus armas estuviesen aparejados para ir con él a "la segunda hora" de la noche.

Ya habían salido del real el orejón y los cuatro españoles subiendo deyuso de la tierra hacia el peñol con muy gran trabajo por su aspereza, saliendo dende a un rato Juan Pizarro con los españoles para dar favor a Paucar Colla. Los que estaban en el peñol habían unos con otros platicado este negocio, y estaban dudosos no anduviesen en algún trato doble, el orejón. Habíales pesado por le haber dicho que viniese la noche siguiente a verse con ellos. Determinaron que ya que le habían dicho que viniese solamente con cuatro indios, que viesen si era así: porque viniendo más los matasen a todos, y no pasando de aquel número, abriesen la primera puerta de su tan gran fuerza, donde hiciesen quedar a los cuatro que viniesen con el orejón, y abierta la segunda puerta lo tuviesen a él hasta ver la hacha sagrada y cómo se hacían juramentos. Así como lo determinaron lo pusieron por obra enviando sus espías al camino, los cuales volvieron a decir cómo no venían más de Paucar Inga con los cuatro indios: que ya llegaban a lo alto del peñol, llevando el orejón una hachuela de cobre enhastada en un corto palo donde se hacían los juramentos solemnes por el sol sagrado, y debajo de la manta llevaba una porra. Dio una voz para que entendiesen que estaba allí; salieron de lo alto algunos armados y como entrasen por la puerta dejaron los cuatro cristianos barbirrapados, sin consentir que fuesen adelante; y abriendo la otra puerta, quisieron dejar al orejón. Los españoles estaban temerosos, creían que andaban con ellos en traición; temían la muerte, quejándose del orejón, sin razón: porque como sintió que lo querían detener y cerrar la puerta, echando de sí la manta tomó su porra, dio una gran voz, diciendo: "¡Viracochas, huicanas!", que quiere decir: ¡cristianos, venid presto!".

Ellos lo hicieron así. Habían herido algunos indios al orejón con la porra: acudieron muchos diciendo que había traición y tantos dieron de los golpes y heridas a Pauca Inga que cayó muerto en el suelo, implorando el favor de los españoles, en su venganza. Los cuatro con sus espadas, animosamente pelearon contra el poder de los indios; ser de noche y estar en lugar tan estrecho les dio la vida. Juan Pizarro con los demás llegaron en su favor, y como viniese la claridad del día y los del peñol viesen a sus enemigos señores de su inexpugnable fortaleza, no así ligeramente se podrá afirmar los clamores, grandes gritos, alaridos que daban, hombres y mujeres, mozos y viejos, muchachos y niños; y como veían relucir las espadas muchos tomaban la muerte voluntaria, se despeñaban por aquellos riscos, dejando los sesos entre los picos nevados de las peñas; y muchos niños tiernos sin sentir la desventura, estando jugando con los pezones de las tetas de sus madres varonilmente se despeñaban, llegando allá lo bajo los cuerpos sin almas. Los españoles habían empezado a herir y matar sin ninguna templanza cortando piernas y brazos, no daban la vida a ninguno; los yanaconas hacían lo mismo: el estruendo de los unos y los otros era grande, y mayor la matanza. Muchos de los indios, con desesperación, tomando sus mujeres e hijos, haciendo les cerrar los ojos, se despeñaban con ellos por las peñas: diciendo, más vale morir con libertad, que no vivir en servidumbre de tan cruel gente.

Entre éstos que se despeñaban se notó una hazaña que hizo un principal de muy buena persona y parecer, que fue vertiendo abundancia de lágrimas de sus ojos, nombrando muchas veces a Guaynacapa, tomó una cuerda recia y muy larga con que ató a su mujer y dos hijos, y cinco o seis ovejas, y tres cargas de su ropa y menaje, y dándose al brazo dos o tres vueltas con el cordel, cerrando los ojos, vieron que iba despeñándose tras de sí su compañía, que era gran dolor verlos: y todos ellos se hicieron pedazos. Hartos de matar hombres, los españoles entendieron en el robo y hallaron, a lo que dicen, pocos más de cinco mil castellanos. De consentimiento de todos se dieron a la fábrica de la iglesia del Cuzco, entregándolos a un clérigo que iba allí. Hecho esto castigo, Juan Pizarro entendió en asentar los que habían quedado en el pueblo; y hubo nueva cómo en el Condesuyo habían muerto sus indios a un Juan de Becerril. Con esta nueva determinó partir a castigarlos sin mirar que los indios mataban a sus enemigos, y que si no lo hacían a todos, por no hallarse poderosos para ello.

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