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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO VII Do se cuenta la muerte del gobernador y el sucesor que dejó nombrado En los cuidados y pretensiones que hemos dicho andaba engolfado de día y de noche este heroico caballero, deseando, como buen padre, que los muchos trabajos que él y los suyos en aquel descubrimiento habían pasado y los grandes gastos que para él habían hecho no se perdiesen sin fruto de ellos, cuando a los veinte de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y dos, sintió una calenturilla que el primer día se mostró lenta y al tercero rigurosísima. Y el gobernador, viendo el excesivo crecimiento de ella, entendió que su mal era de muerte, y así luego se apercibió para ella y, como católico cristiano, ordenó casi en cifra su testamento por no haber recaudo bastante de papel, y, con dolor y arrepentimiento de haber ofendido a Dios, confesó sus pecados. Nombró por sucesor en el cargo de gobernador y capitán general del reino y provincia de la Florida a Luis de Moscoso de Alvarado, a quien en la provincia de Chicaza había quitado el oficio de maese de campo, para el cual auto mandó llamar ante sí a los caballeros, capitanes y soldados de más cuenta y, de parte de la Majestad Imperial, les mandó, y de la suya les rogó y encargó, que atenta la calidad, virtud y méritos de Luis de Moscoso, lo tuviesen por su gobernador y capitán general hasta que Su Majestad enviase otra orden, y de que así lo cumplirían les tomó juramento en forma solemne. Hecha esta diligencia, llamó de dos en dos y de tres en tres a los más nobles del ejército y después de ellos mandó que entrase toda la demás gente de veinte en veinte y de treinta en treinta, y de todos se despidió con gran dolor suyo y muchas lágrimas de ellos, y les encargó la conversión a la Fe Católica de aquellos naturales y el aumento de la corona de España, diciendo que el cumplimiento de estos deseos le atajaba la muerte.

Pidioles muy encarecidamente tuviesen paz y amor entre sí. En estas cosas gastó cinco días que duró la calentura recia, la cual fue siempre en crecimiento hasta el día seteno, que lo privó de esta presente vida. Falleció como católico cristiano, pidiendo misericordia a la Santísima Trinidad, invocando en su favor y amparo la sangre de Jesu Cristo Nuestro Señor y la intercesión de la Virgen y de toda la Corte Celestial, y la fe de la Iglesia Romana. Con estas palabras, repitiéndolas muchas veces, dio el ánima a Dios este magnánimo y nunca vencido caballero, digno de grandes estados y señoríos e indigno de que su historia la escribiera un indio. Murió de cuarenta y dos años. Fue el adelantado Hernando de Soto, como al principio dijimos, natural de Villanueva de Barcarrota, hijodalgo de todos cuatro costados, de lo cual habiéndose informado la Cesárea Majestad, le había enviado el hábito de Santiago, mas no gozo de esta merced, porque, cuando la cédula llegó a la isla de Cuba, ya el gobernador había entrado al descubrimiento y conquista de la Florida. Fue más que mediano de cuerpo, de buen aire, parecía bien a pie y a caballo. Era alegre de rostro, de color moreno, diestro de ambas sillas, y más de la jineta que de la brida. Fue pacientísimo en los trabajos y necesidades, tanto que el mayor alivio que sus soldados en ellas tenían era ver la paciencia y sufrimiento de su capitán general. Era venturoso en las jornadas particulares que por su persona emprendía, aunque en la principal no lo fue, pues al mejor tiempo le faltó la vida.

Fue el primer español que vio y habló a Atahuallpa, rey tirano y último de los del Perú, como diremos en la propia historia del descubrimiento y conquista de aquel imperio, si Dios Nuestro Señor se sirve de alargarnos la vida, que anda ya muy flaca y cansada. Fue severo en castigar los delitos de milicia; los demás perdonaba con facilidad. Honraba mucho a los soldados, a los que eran virtuosos y valientes. Fue valentísimo por su persona en tanto grado que por doquiera que entraba peleando en las batallas campales dejaba hecho lugar y camino por do pudiesen pasar diez de los suyos, y así lo confesaban todos ellos, que diez lanzas del todo su ejército no valían tanto como la suya. Tuvo este valeroso capitán en la guerra una cosa muy notable y digna de memoria y fue que, en los rebatos que los enemigos daban en su campo de día, siempre era el primero o el segundo que salía al arma, y nunca fue el tercero, y, en las que le daban de noche, jamás fue el segundo, sino siempre el primero, que parecía que después de haberse apercibido para salir al arma, la mandaba tocar él mismo. Con tanta prontitud y vigilancia como ésta andaba de continuo en la guerra. En suma, fue una de las mejores lanzas que al nuevo mundo han pasado, y pocas tan buenas, y ninguna mejor, si no fue la de Gonzalo Pizarro, a la cual, de común consentimiento, se dio siempre la honra del primer lugar. Gastó en este descubrimiento más de cien mil ducados que hubo en la primera conquista del Perú, de las partes de Casamarca, de aquel rico despojo que allí hubieron los españoles. Gastó su vida y feneció en la demanda, como hemos visto.

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