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CAPITULO III De los desórdenes y males de que abunda la campaña de Montevideo y del principio y último estado de la negociación de cueros Así como faltan voces a los prácticos de este precioso continente para explicar la belleza y la suficiencia de que Dios lo dotó, sucede igualmente que no se encuentra con los hipérboles para hacer una pintura que se merece con propiedad el destrozo, el mal uso y el infeliz estado de aquellos campos, la incuria y avaricia con que ha sido mirado de unos y tratado de otros. Más de una vez hemos oído decir a hombres de juicio hartos de correr toda la Europa, que sólo el paraíso terrenal excedería en hermosura y fecundidad la tierra meridional de nuestra América; y describiéndola en un bosquejo, dicen que son un espacio sin medida de valles amenísimos, intercalados de elevaciones agradables que despidiendo las aguas al llano, forman un número sin cuento de arroyos, lagunas y ríos caudalosos que corren a todos vientos, los cuales quebrando y visitando la tierra en sus entrañas la fecundan con sus jugos haciéndola producir robustos pastos, aromas, hierbas, flores y medicinales, que al paso que recrean la vista y el olfato convida al hombre al trabajo de la agricultura con seguridad de que no sería burlada su fatiga. Pero hablando estos mismos prácticos de los desórdenes de la campaña, no encuentran con las palabras que han de expresar su concepto. Saben explicarnos los portentos de la naturaleza y no saben definir la injusticia de los hombres sobre un lugar de creación, donde todos sus objetos deben levantarle el corazón hacia el Hacedor de todos ellos.

En cuatro clases de personas se puede dividir la población que cubre nuestras campañas; la de vecinos hacendados dueños de estancias, la de jornaleros, trabajadores o peones de campo conocidos por gauchos o changadores; la de indios de Misiones; y la de portugueses. La clase de hacendados estancieros es de dos especies: o ricos o pobres. Llamamos ricos a los que poseen una estancia más o menos poblada de ochenta a cien leguas, y pobres a los que sólo manejan una suerte o casco de estancia de ocho a diez leguas cuadradas. Y unos y otros se hallan situados en la mayor parte dentro de la jurisdicción del gobierno de Montevideo, que como ya dijimos comprende un espacio de treinta y cinco leguas de fondo y sesenta de frente. Los gauchos son también de dos: o de meros jornaleros que sirven al que los alquila, o de changadores, que viven del contrabando y de robar ganado y hacen faenas por un precio en que se conciertan con el hacendado que los solicita. Y ambos viven sin domicilio agregados a las estancias, o en el centro de la tierra persiguiendo ganado. Los indios guaraníes de los treinta pueblos de Misiones son igualmente de dos especies: unos que habitan el campo de la banda oriental del Uruguay, reducidos a diecisiete pueblos bajo el mando de un gobernador militar, y sujetos en lo espiritual al reverendo obispo de Buenos Aires, y otros que residen en la banda occidental del mismo río en trece pueblos, con subordinación al mismo gobernador y al reverendo obispo del Paraguay; todos los cuales mantienen estancias de ganado y negocian sus efectos de comunidad por medio de un administrador que reside en Buenos Aires.

Los portugueses confinantes a nuestras posesiones, o son dueños de estancias a donde conducen el ganado que extraen del territorio español, o son salteadores que se introducen en él a hacer faenas de cueros y negociar con contrabandos. Nuestros estancieros ocupan el terreno que deslindan la costa del mar por el oriente, y el Río de la Plata, y el Yi por el norte y mediodía. Los indios guaraníes, poblados a las orillas del Uruguay a la altura de 27 o 28 grados, ocupan el territorio que se halla al noreste de Montevideo hacia el Paraná. Los portugueses están poblados sobre el ángulo del este al norte, principiando desde el rio Grande y San Pedro. El límite de la pertenencia de las dos naciones está en litigio, como ya dijimos; y ala sombra del pleito han logrado poblarse los portugueses en nuestro terreno, y corren nuestro campo, y amparan a los españoles que se refugian en los de ellos de la persecución de las guardias y de los ministros del resguardo. La laguna Merín, situada a diez leguas de la costa del mar, tiene un desaguadero que a distancia de veinte leguas le da comunicación con el río Grande de San Pedro, o laguna de los Patos; en la cual va a desaguar el río Yacuy y por él se navega en canoas hasta las inmediaciones de los pueblos de San Miguel, San Juan y San Lorenzo de los indios guaraníes; por donde todo el campo es una correspondencia o una continuación del dominio español y portugués para cuya custodia y defensa nunca está de más la vigilancia por mucha que se emplee.

E1 centro de toda esta gran península la ocupa el ganado vacuno y caballar, objeto del interés de las dos naciones, y el cabo de la codicia de hacendados, gauchos, indios y portugueses. Todos tiran a este blanco; todos viven del comercio de este fruto; y a todos mantiene en aquellas soledades el provecho que sacan de un solo animal; pero cada cual agencia este usufructo de distinto modo; empecemos por nosotros y confesemos nuestra culpa que así acusaremos la ajena con menos impropiedad. Del ganado de rodeo Nuestra campaña da de comer a cuatro clases de gente española: hacendados pobres, hacendados ricos, gauchos y changadores. El pobre vive sujeto al fruto de dos o tres mil cabezas de ganado, que es el que cabe en un casco de estancia de dos o tres leguas; y para que no se le pierda ni roben le pone su marca, lo amansa y lo trae a rodeo con sus peones, a quienes paga un jornal de ocho y diez pesos mensuales. De la cría de cada año hace capar los novillos de que no necesita para padres; y dejando de estos los que ha menester hasta que son viejos, mata únicamente la vaca estéril, y el novillo gordo haciendo de su ganado tres partes: una de toros para casta; otra de vacas y terneras; y otra de novillos para su sustento y para su comercio. Este novillo deja cuatro ganancias al labrador por medio de la operación que le hace infecundo: porque engorda y sazona su carne para el paladar, y sirve de alimento a pobres y ricos con ahorro del gasto del tocino; da su cuero, y da una porción de injundia y de gordura, de la cual se hace una manteca (llamada grasa) con la que se condimenta toda la comida y da sebo para el alumbrado; de manera que el novillo capado ofrece a aquellos naturales todo lo que en España el cerdo y la vaca y además la piel y el sebo; y donde Dios no puso montes de encina para la cría del ganado de cerda, proveyó de otro que suple por aquel y le aventaja.

La carne de este novillo se cura al viento, que llaman charquear, y dura sin corromperse mucho tiempo. Se atocina con salmuera y se mantiene tres o cuatro años de un gusto y frescura mejor que la de Europa; y excede a ésta en que se sala sin hueso, y por esta sola calidad se puede pagar un veinticinco por ciento más cara que la del norte. Pero el comercio de esta carne salada es muy escaso, y ahora está en sus principios. Don Francisco de Medina fue el primero que emprendió negociar estas carnes con La Habana donde se usa para dar de comer a los negros de los ingenios. Después le siguieron dos catalanes, don Miguel y don Manuel Solsona. Luego don Miguel Rían remitiéndola a España, y a imitación de éstos van inclinándose algunos otros, a que si se diese fomento sucedería levantarse un ramo de comercio de tantas utilidades que merecía no haber llegado tan tarde a nuestra noticia. Además de los provechos dichos consigue el estanciero que pastorea su ganado otros tres muy considerables. Primero, el aquerenciar su ganado y que nunca se le huya, o que vuelva a su estancia si alguna vez se deserta. Segundo, tenerlo defendido de los perros carnívoros que cubren la campaña, y juntándose en número de doscientos y trescientos, se arrojan a una vacada y destrozan el terneraje sin más estímulo que el de la antipatía que tienen a este animal del que apenas comen. Tercero, verlo multiplicarse todos los años o una mitad, un tercio del que cría en su rodeo. E1 ganado silvestre o cimarrón que vaga libremente por el campo no da más utilidad que el cuero.

Su carne es flaca e insípida, de la que sólo comen los perros y las gaviotas. No se le encuentra grasa ni sebo, ni sirve para hacer charque. No tiene querencia a ningún suelo. Está expuesto a la voracidad de los perros, y no se multiplica la mitad que el pastoreado. Un novillo castrado no tiene cosa inútil, y un toro silvestre no da más que la piel; y de ésta a la de aquel hay la diferencia que la del novillo cebado es de mucho más que la del novillo entero, y como de este comercio se hace por libras, deja a las veces más utilidad un cuero de aquellos que dos de estos. Los hay hasta de ochenta libras, aunque son raros; no son pocos los de setenta, abundan los de cincuenta a sesenta y son común los de cuarenta en comparación del otro. El de pastoreo es demasiado penoso y de mucho costo. Para traer tres mil reses a rodeo para hacer capar los novillos y sacar grasa y sebo son menester muchos peones; y después de este gasto no se pueden hacer más cueros al año que los que quepan en la cría del año, y esto no puede ser mucho. Es menester velar sobre los perros carniceros y matar la yeguada y caballada silvestre para que aquellos no devoren el ganado ni estos acaben los pastos. En suma para las faenas de salazón de carnes, sebo y grasa, es necesaria mucha aplicación y mucha vigilancia. Todo es al contrario en la negociación del ganado cimarrón. No se necesita de peones asalariados, ni de matar perros, ni de perseguir caballadas, ni de arriesgar dinero alguno.

Basta tener una rinconada del campo, un cajón, o un terreno encerrado entre dos arroyos, con un mal rancho pajizo. El ganado silvestre que anda vagando todo el campo ha de caer algún día en esta rinconada buscando pasto o aguada. Luego que está dentro ha perdido su natural libertad según el fuero de campaña, y se ha hecho del señor del suelo; y donde el incauto animal entró conducido por la hambre, o de la sed, halló con su muerte sin que le valgan las armas con que lo proveyó la naturaleza; porque él sería atacado por las espaldas y se hallaría desjarretado improvisamente, y se rendirá al hombre a quien Dios sujetó todas las cosas criadas. Para verificar esta adquisición ha inventado la malicia dos especies de contrato: uno es de arrendamiento y otro que se puede llamar de compra y venta, aunque más es innominado. El primero se ejecuta alquilando peones que entran a este coto lleno ya de ganado a matar, desollar, estaquillar, y desgarrar el cuero; y el segundo ajustándose con un changador en el precio de cada cuero que presente faenando, siendo de su cuenta pagar a los peones y buscar el ganado donde lo encuentre. De cualquier modo que esto se ejecute, es una operación bien sencilla para el estanciero; en el primer caso no tiene más que hacer que poner un sobrestante en su estancia que alquile los peones y les pague su jornal; y en el segundo tiene menos, porque sin moverse de su casa le traen a ella seis y ocho mil cueros, o los hace conducir desde el campo a la ciudad, los encierra, paga su ajuste al changador, y está el negocio concluido.

De ambos modos concurre como parte esencial el nombre del estanciero porque sin este frontispicio no pueden caminar por la campaña, ni entrar a Montevideo, ni embarcarse para Buenos Aires, caerían precisamente en pena de comiso; pero en llevando el sobreescrito del hacendado a quien se supone pertenecer estos cueros trashumantes ya van libres hasta llegar al Báltico sin que nadie les pueda embarazar el paso. Para esto sirve la estancia; ella es como lazo, la red o señuelo donde se atrampan los animales; y ella franquea el pasaporte con que hace girar esta hacienda. Mientras mayor es la estancia más coge; y mientras menos gente, y menos ganado manso hay en ella, más entra el de cimarrón; y mientras el hacendado pobre vela de noche alrededor de su ganado, mientras trabaja en perseguir perros y caballos, mientras marca y castra los novillos a fuerza de jornales, el hacendado rico pasa en blanda cama sosegado, guardando el tesoro que ha ido sacando de su estancia. Lo célebre de esto, o hablando a lo cristiano, lo doloroso y digno de llorar, de este comercio, es que está canonizado de justo por una moral de campaña tan legítima como su fuero. En el caso del primer contrato, dice el hacendado que las reses que manda matar a los peones son aquellas que se han hecho suyas por el ingreso de ellas a los pastos, y aguadas de su peculiar dominio o por una subrogación del que fue suyo en algún tiempo y se le huyó después; y que en el segundo no hace más que comprar por el precio a que se concierta con el vendedor, lo que éste le ofrece en venta, sin que deba ser de su cuenta el modo con que lo ha adquirido.

El changador halla también su texto en el mismo Alcorán; dice, que él no ha hecho otra cosa con el toro que lo que hace el cazador con el jabalí o el pescador con el pez; matar una fiera indómita que no tiene más dueño que el que la aprehende, o enganchar un animal que no pertenece a nadie y sobre estos absurdos dogmas descansa la más vasta negociación que se hace en toda la América por criollos y europeos. La ganancia que ha dejado aquella a los que la han ejercitado, ha sido muy considerable en todos tiempos. Cuando supongamos que les haya costado cuatro reales el cuero faenado, y otros cuatro su conducción a Montevideo, (que es lo más a que pueden haber ascendido las dos partidas) y lo vemos vendía a dieciseis reales (que es lo menos que vale la pesada de cuarenta libras en tiempo de paz) ha sido la ganancia del hacendado un ciento por ciento. En el año de 92 y 93 se vendían con ruegos a veinte y veintiún reales y aunque declarada la guerra con la Francia, bajaron hasta doce reales siempre les quedaba de provecho un cincuenta por ciento que no hay negociación de comercio que lo rinda en el día; y por la misma causa ha sido ésta la que más y más aprisa ha hecho ricos a los individuos de su tráfico, mezclándose con el contrabando con quien siempre tiene compañía. Pero hay otra inteligencia en este manejo que deja una segunda ganancia nada inferior a la primera. Consiste en pagar al changador con géneros o cueros el valor de los que entrega al hacendado.

Cuando se le paga en géneros, visto está que se le darán sin ganancia; pero cuando es en los mismos cueros crece aquella un poco más, porque se le paga con su mismo trabajo sin desembolsar un solo real. Se le piden al changador seis mil cueros (por ejemplo) y el mata siete mil; entran éstos en Montevideo bajo el título de ser pertenecientes al hacendado don N .... y después que se han conducido a casa de éste, aparta mil para el changador y le quedan seis mil libres. Viene a hacerse un contrato de compañía en el que el nombre del hacendado hace el fondo de la negociación, y el latrocinio del changador la industria, sin que ninguno aventure nada; de suerte que si el changador, así como hace de su cuenta esta faena conduce también de la suya la corambre a Montevideo, el hacendado se halla con seis mil cueros a la puerta de su casa sin haber arriesgado un peso, y sin haber tenido un pequeño cuidado. Coteje ahora Vuestra Excelencia una negociación con otra, y verá cuanta es la diferencia en el lucro entre la del pobre y la del rico; aquel está gastando su dinero todo el año en pastorear, herrar, y capar su ganado, lo trae expuesto a que una epidemia o una seca se lo aniquile, no puede faenar la corambre que se le antoje, sino la proporcionada el número de los novillos que le nacen; contribuye de diez a uno a la iglesia, y en nada gana sin riesgo y sin pensión. Pero el hacendado rico se lo encuentra todo hecho sin gastos. El ganado de que ha de hacer sus cueros procrea y crece para él sin saber dónde ni cuando cae bajo su cuchilla todo el que quiere que muera, sin sujeción apariciones, mata ocho, diez o doce mil a costa de dar su parte al changador; no paga diezmo de este ganado, ni de su cuero y gana en todo sin peligros ni gabelas.

Vea, pues, Vuestra Excelencia si tendrá apasionados este modo de hacer caudal. En lo mismo que dejamos dicho encuentra Vuestra Excelencia los motivos que concurren en los hacendados para no errar el ganado, para no traerle a rodeo, para no hacerlo capar, para no matar perros, y para no pensar en salazones de carne. Aquí tiene Vuestra Excelencia la causa de que nunca se hayan obedecido los bandos y las órdenes que a este fin se han promulgado en todo tiempo. Estos reglamentos del mejor gobierno que han dictado siempre los jefes que han precedido a Vuestra Excelencia son utilísimos para el hacendado pobre, para el hacendado verdadero; mas son perjudiciales para los ricos de la campaña que ni lo son hacendados ni quieren serlo; lo que quieren es el título de hacendados, y que el oficio y la tarea quede al pobre. El hacendado de puro nombre no ve nunca la campaña ni pierde la comodidad de su casa; a sus puertas le conducen los cueros, que él hace gala de ignorar cómo se faenan. Estos mecanismos son del hacendado pobre; y el rico es un comerciante acomodado que se debe ejercitar en embarcar el cuero, y tomar en efecto de mercaderías el valor de su producido en España. Sólo es hacendado en la apariencia, esto es para no tener que comprar el cuero al que lo cría o rodea, sino dar orden que le maten el que se acoja a su estancia o el que vague por los montes. Si estos estancieros, de puro título, hubiesen de cumplir con los reglamentos políticos que dejamos dicho, habrían de abandonar el comercio, porque casi son incompatibles estas dos profesiones.

Las del campo, y las de escritorio requieren cada una toda la atención y la vigilancia del que ha de ejercitarla. Ni el comerciante es para andar a caballo todo el año velando su ganado y los que lo guardan, ni el rústico hacendado es al propósito para empresas mercantiles y expediciones ultramarinas. Más adelante demostraremos mejor esta verdad, y ahora diremos, que si el comerciante se hubiese de arreglar, como estanciero, a los bandos de buen gobierno, lo perdería todo, porque tendría que abandonar el comercio, retirarse al campo y dedicarse al pastoreo, yerra, castración y paga del diezmo de que ahora está relevado. Se privaría de matar cuanto ganado quisiese, porque para no esquilmar su estancia, se vería precisado a nivelar la salida con la entrada. No lo embarcaría de su cuenta, sino lo vendería al factor o comerciante que va de España a Buenos Aires para trocar por cueros su factura. No se embolsaría del tanto por ciento de encomienda que hoy reserva, y la llevaría en aquel caso el comerciante encargado de hacer a España la remesa del cuero; y en una palabra, no ganaría a dos manos, esto es como estanciero y como comerciante; sino con la de hacendado solamente; y no daría ocasión a que el hacendado y el comerciante se pierdan sin remedio donde aquel se enriquece con exceso. Ya nos vendría tiempo de explicar como es que el comerciante de Europa se ha arruinado de resultas de este monopolio. Pues para no soltar el hilo es menester seguir hablando sobre la rúbrica de este capítulo.

Decíamos que el verdadero hacendado, o el hacendado pobre (que todo es uno) no pueden medrar jamás mientras no se extinga aquella unión de oficios, y que cada cual observe sus linderos. El pobre por lo común solo es dueño de un corto terreno donde no puede criar más que un número escaso de animales. Para la custodia, yerra, y conservación de este ganado necesita de muchos peones a quienes ha de pagar con plata en mano. Las faenas de cueros, las salazones, la grasa, y sebo son costosas y no siempre puede costearlas. Una tempestad, una vaca, una epidemia, un asalto de los perros, una huida, y muchos robos son males inevitables que incesantemente le están desmedrando su hacienda. Logra al fin venderla en el campo, o en Montevideo, pero sus gastos y sus pérdidas le dejan por saldo de cuentas al cabo del año un diez, o un quince por ciento de ganancia sobre un capital de dos mil pesos negociados, que apenas le sufragan para la mantención de su familia; y nunca puede salir de este estado aunque trabaje el día con la noche. Como este hacendado no puede enviar a Europa de cuenta propia los cueros de su cosecha, ni esperar para su venta a ciertas estaciones oportunas, como hace el rico, o el granjero, se contenta con una ganancia más pequeña con tal que se le pague de contado el día que entra en la plaza adonde vende; al paso mismo que el hacendado rico que nada ha gastado en pastoreos ni en cosa alguna, encierra sus cueros hasta el tiempo de que han tomado un gran valor y gana a veces un ciento por ciento; todo es ganancia para el rico, y todo es afán y contratiempo para el pobre.

Por todos estos motivos de conveniencia se apetece una estancia grande, y se cuida de poblarla. Mientras de mayor extensión es la estancia se halla más distante de todo vecindario que inquiete o espante el ganado; y esto es lo que se requiere para que acuda allí, y caiga en la trampa. En una estancia pequeña, mayormente si está en campo abierto, entra el ganado por casualidad o de paso y no se detiene a pacer o no se encuentra pasto. En una estancia grande cercada de ríos siempre halla que rumiar a las vertientes de las aguas, y el ganado que entra inmora allí y no tiene como salir en tomándole la espalda. Si encuentra en ella ganado manso, vive, o la abandona bien presto porque no halla pasto; y este es otro motivo para no querer los hacendados tener estancia poblada. Pero lo más es que para hacer cueros no es menester criar animales mientras ellos se produzcan en los montes y haya licencia de matar en vano es el trabajo y el costo de estar manteniendo otros. Esta mecánica exige vivir en el campo; y esto es propio de campestres. Los hacendados y comerciantes viven en las capitales, y nunca alcanzarán los bandos de buen gobierno que deje en su domicilio por cuidar de su ganado. Lo único que se ha podido conseguir del hacendado rico es que traiga a rodeo un corto número de cabezas para cumplir con la letra de la ley, y burlar mejor su espíritu. Con este aparato de estancia mantiene a salvo el derecho de introducir cueros en la capital, y el de poder matar sin que nadie se le oponga.

Todos los dueños de estancias han pretendido fundar que el ganado que hay en la campaña es de ellos en su origen procedente del que lo fue; y al pretexto de haber venido en alguna ocasión mil o dos mil cabezas de ganado (a las que acaso se forzó de intento a que huyesen) se creen con derecho de estar matando mientras haya reses en el campo. El heredero del estanciero se considera sucesor de este derecho y sus descendientes conservan el mismo, y así hasta lo infinito todos son amos del ganado del campo sin necesidad de criar ni de guardar una res en particular. Este es el plan de nuestra campaña por lo respectivo a hacendados estancieros, y tal como este es el título por el cual se han pretendido alzar con el señorío de todo el ganado que pasta en un ámbito de cerca de doscientas leguas de frente, y otras tantas de fondo; y mientras Vuestra Excelencia acaba de admitir este desgreño y esta usurpación de un dominio que sólo es de Su Majestad, diremos algo de los changadores y expondremos quienes sean éstos, cual es su ejercicio, y los males que causan en el campo. De los changadore:su oficio y sus excesos No usando de marca la mayor parte de los criadores, y siendo común que los ganados se ahuyenten de sus estancias, se confunden unos con otros y andan vagando continuamente el dominio de cada uno, y todos se consideran asistidos de una acción para dar muerte a cuanto encuentran por el campo. Por este principio absurdo y monstruoso ha venido el robo de la campaña a ser un título civil de adquirir dominio y a salirse fuera de la jurisdicción de las justicias, y del catálogo de sus delitos; pero se puede decir con verdad que éste es el menor de los que se cometen en el campo porque comparado con los otros que allí se ejecutan viene a ser culpa venial.

El mayor de todos, hablando en un sentido político, es el que ejecutan los changadores, que es lo mismo que decir ladrones de cueros o abijeos, porque su codicia no perdona a ningún cuadrúpedo; pero su objeto principal es el ganado vacuno por el interés del cuero que es el ramo de comercio más general, y fructífero. Estos hombres se juntan en cuadrillas y armados con un lazo y un cuchillo salen a correr el campo a caballo, y llevando por delante una tropa de ellos con que remudar a los que se cansan, se retiran hacia un paraje de los más escondidos de la campaña conduciendo dentro de un cerco seis u ocho mil cabezas de ganado vivo, al que dan muerte desde el caballo con una media luna de acero engastada en una asta de caña brava con una destreza y brevedad que maravilla a los que no lo han visto; y tendidos sobre el suelo estos ocho o diez mil novillos se echan sobre ellos y los despojan de la piel con una ligereza y perfección que igualmente asombra al que no lo entiende. Pasan después a estanquillar estos cueros en el mismo paraje, los enjuga al sol y el viento, se desgarran por los extremos, se doblan por la mitad, se conducen en carros al lugar donde han de venderse y a los veinte o treinta días de principiada esta faena, ve reducido el changador a dos pesos cada cuero, logrando hacerse de un caudal de seis, ocho o más miles de pesos en el discurso de un mes sin haber empleado más caudal que el de los jornales de peones. A esta sola diligencia, y a este ruin capital, ha estado reducido el laboreo de los cueros desde que se hizo ramo fuerte de comercio.

Antes de esta época se veía el ganado vacuno debajo del tiro de cañón de la ciudadela, y el vecino que necesitaba cueros, salía fuera de la muralla, levantaba un palenque y en veinte días hacía una faena de tres o cuatro mil cueros de aquellos mismo animales que venían a ofrecerse al cuchillo. Esta admirable facilidad de faenar cueros y de hacerse de una estancia convocó tanta gente a tener parte en los frutos de este suelo, que por necesidad vino a depauperarse y a padecer desórdenes sin número. Mientras el ganado fue común a todos y no pasaban de media legua de frente las estancias, apenas se hizo caso de este ramo de comercio, ni tenían estimación los cueros. Sólo se embarcaban para España ochenta o cien mil cueros al año que había embarcación que los condujese; y se rogaba con ello a los compradores a cuatro y cinco reales por cada uno. Dieron principio los portugueses a desear tener parte en esta mina, y las extracciones se fueron haciendo las querencias con que atrajeron hacia ellos el ganado, la excesiva mortandad de vacas, que se hacía en nuestro campo (sin más interés que el de una legua, o una meollada) y la incuria de nuestros vecinos en amansar aquellos animales, los fue alejando de nosotros, y arrastrando hacia los portugueses que supieron conocer más antes los quilates de esta piedra preciosa de la corona. Creció entre tanto el precio de los cueros en Europa; y a esta codicia, y a la luz de la enseñanza que nos estaban dando los portugueses, hubieron de abrir los ojos los vecinos del Río de la Plata, y pensaron en formar estancias donde recoger el ganado, criarlo a rodeo, amansarlo, y tenerlo querenciado.

El proyecto fue hijo de la necesidad, y por lo mismo el más impropio para el intento; pero se plantificó sin reglas y lo manejó el interés de cada uno, sin que el gobierno tomase la mano en esta importante empresa, ni se nivelase la obra por aquella talla justa y medida que sólo sabe manejar el jefe de la metrópoli. Unos pedían para plantear su estancia dos leguas de terreno; y la angostura del sitio reducía la crianza a un corto número de cabezas que no sufragaba sus gastos. Otros demarcaban un espacio de treinta, cuarenta y cincuenta y hasta sesenta leguas que incapaz de admitir deslindes por su misma grandeza, lo hacía señor de toda la tierra; y no siendo posible de herrar ni sujetar a pastoreo la cabida de tantas leguas se veía obligado a desamparar la cría, y dar a los robos que quisiesen hacerle los demás. Otros escogían terrenos más moderados; pero menos a propósito por su temperamento o por su situación a mantener el ganado aquerenciado; y ninguno cuidaba de herrar el que poseía, ni de velar los asaltos de los perros cimarrones. Ningún estanciero sabía lo que poseía ni estaba seguro de su posesión. En el momento en que el ganado de la estancia número uno perdía la costumbre de pastar dentro de su recinto perdía el dueño su dominio; empezaba éste a corresponder al derecho del gremio, o de la comunidad; y luego se hacía de la pertenencia de aquel que la aprehendía, o lo dejaba entrar por su redil. Un modo de adquirir semejante a los que los romanos conocieron con los nombres de aluvión y ao vi aperta fluminis introdujo en los campos de Montevideo la negligencia de sus habitantes.

Pero como el primitivo señor de este ganado fugitivo no juzgaba de su derecho como lo hizo nuestro Justiniano hablando de las palomas en el ... Instituta retenía en su ánimo la posesión y de esta derivaba en dominio estable sobre igual cantidad de animales de su especie, parecido al derecho del mutuante en las cosas que constan de peso, número o medida, como si dijéramos que aunque consideraba perdido el dominio de su ganado, y transferido aquel en la comunidad, se suponía revestido de una acción al otro tanto en la misma especie, lo mismo que el que presta una arroba de lana, un caíz de trigo, o una talega de pesos. Como faltaba una potestad superior que circunscribiese las facultades de este cuerpo, cada individuo se creía en derecho de hacerse justicia en su misma causa; y no estaba distante de defender esta monstruosa regalía con la razón de su brazo; si bien no llegaba el caso de que los miembros de esta sociedad tuviesen que empeñar la cólera en mantener sus pretendidas regalías, porque la ofensa que podía hacerse un vecino a otro, tenía por lícito el agraviado vengarla en cualquiera otro que nunca le hubiese hecho daño; y de este modo, por un tácito consentimiento y recíproca conveniencia de aquella incivil república ascendió el latrocinio a ser un título hábil de dominio, creando una especie de derecho municipal (contrario al natural divino y de gentes), el más original y bárbaro de que han usado los hombres. Aunque esta corruptela no parece que daba derecho de robar sino a los que tenían estancias pobladas, fue facilísima cosa que a la sombra de estos robadores se entrometiese a usar de esta licencia en una viña sin vallado cualquiera menesteroso tan escaso de fortuna como ancho de conciencia; con que hecha la campaña una plaza desmantelada, rendida al enemigo, y abandonada al pillaje de los vencedores, se ha mirado en ella el robo como fruto de la .

.. como industria, o como premio de una legítima conquista, no haciendo diferencia de este infame delito al saqueo de una ciudad entregada a discreción. El robo, pues, considerado por estas gentes como una reconquista, o como una represalia de lo que se les ha robado o escapado, vino a perder en la campaña el horror de pecado, y el reato de delito, y convertido en acción justa y en título civil de ganar dominio, ninguno deja de robar cuanto puede. El menor y el mayor; el pobre y el rico; el timorato y el libertino, todos roban y a todos pertenece lo que nace en el campo, bien así como del caudal de un padre difunto, mientras que no se verifica la partición de los bienes patrimoniales, o a manera de un monte público concejil, donde todos los vecinos tienen derecho a tomar leña, sin más costo que el trabajo de romper el árbol. Era, pues, consiguiente a este abandono que corriendo por toda la tierra la fama de este tesoro, acudiesen gentes de muchas castas a esquilmar esta heredad a la cual tenía derecho todo el que careciese de conciencia. Esta franqueza convidó a los forajidos a tomar posesión de aquel tesoro escondido; y unidos en cuadrilla, levantaron el gremio llamado de changadores, de la palabra changar o carnear; y usando cada uno de la licencia que alcanzaba por su maña, todo el campo era un palenque y todo el suelo una carnicería. Siendo víctima de la codicia cuanto animal vistiese pies sin perdonar edad ni sexo. Moría la vaca vieja con la nueva; moría el novillo y la ternera, y nadie reparaba en el destrozo, aunque advirtiese que sacaba la raíz de la planta que le había de dar el fruto.

Unos mataban mil, otros dos mil animales, y todos los que más podían, como que a nadie se le iba a la mano, y mayor era la ganancia mientras fuese mayor la mortandad. No era posible que los procreos de las madres a quienes indultaba la cuchilla reemplazasen el número infinito de los muertos; con que abundando el cuero en la campaña más de lo que podía el consumo, vino un delito posterior a asociarse con el anterior, y fueron peores los fines que el principio. La necesidad de vender y convertir en plata lo robado sugirió el arbitrio de ofrecerlo a los portugueses, que no lo deseaban menos que los mismos vendedores, y entablando un comercio ilícito y clandestino entre españoles y portugueses, salían por el Brasil tantos o más cueros que por el Río de la Plata, sin los animales que pasaban por sí a servir de padres en las estancias de aquellos fronterizos. Este desorden continúa en su misma fuerza, y habiéndose publicado después el comercio libre, mejoró tanto esta providencia la causa del changador y el estanciero que no pudieron acertar a desear una conveniencia igual a la que les trajo este estable de comercio. El extraordinario aumento que recibió la negociación de cueros por virtud de aquella libertad presentó al changador y al estanciero la importante comodidad de relevarlos del trabajo de enviar sus cueros a la capital y de rogar al comprador, porque la concurrencia de embarcaciones que llegaban a Montevideo de todos los puestos de España, necesitadas a retornar con cueros, como único ramo de comercio activo que tiene en giro esta provincia, trocó de tal suerte la condición del hacendado, que se vieron solicitados para vender los que en otro tiempo rogaban para que se les comprase.

Fue creciendo este comercio, y vino a tal altura con la extremada libertad de despachar registros a Montevideo, que hoy se ocupan muchos hombres en recorrer la campaña, buscando cueros con plata en mano de estancia en estancia; y de cien mil que salían para España en cada año (cuando había buques que los condujesen) hoy salen un millón. Poblose el campo con toda clase de gente bandida, y brindándose por un corto interés a traer cueros a millares, conocieron los estancieros hacendados que ya no les era útil criar ganado a rodeo para hacer cueros, y que la mejor estancia era la sierra y el monte por medio de un changador que faene cuantos se les pidan por tres o cuatro reales cada uno; y puesta en este estado la campaña se abandonó la hierra y el rodeo, y todos aspiraron a poseer un buen terreno donde apresar el ganado y hacerse de un título para carnear y meter cueros en Buenos Aires y Montevideo El gobierno continuó admitiendo las denuncias de tierras y otorgando sus ventas aún a bajo precio, con lo que creciendo más y más el despacho de los cueros creció también el número y el provecho de los changadores. Hoy son innumerables y acostumbrados a un ejercicio lucrativo y una vida libertina nada es más difícil que el reducirlos a civilidad si no se varían los medios que se han empleado hasta ahora tan inútilmente. Considérese en primer lugar aquella independencia absoluta en que viven estas gentes de toda humana potestad. E1 changador es un hombre en cuya sola persona está cifrada toda su familia y todas sus obligaciones.

Regularmente hablando son solteros y proceden de un regimiento de donde desertaron, de un navío en que navegaron de marineros, o polizones, de una cárcel que quebrantaron, de una partida de contrabandistas, de algún pueblo portugués vayano, o finalmente de los mismos naturales de esta campaña, que vinieron al mundo viendo hacer esta vida a sus padres y vecinos y que no les enseñaron otras. El changador de este último origen tiene la desgracia sobre las demás que son comunes a sus compañeros de que o conserva todavía el original como que nació o que si por derecha lo lavó en el bautismo, en este único sacramento que ha visto administrar habiendo sido para él aquella regeneración sagrada una ceremonia puramente exterior, de cuya virtud no tiene la más remota idea ni más fe sobrenatural que una simple aquiescencia a los misterios de nuestra religión, si los ha oído referir por casualidad o para servirse de ellos en alguna blasfemia. Este y todos los de la campaña viven sin dar ni recibir un signo de religión como no sea por accidente; lo que produce que unos por sus malas conciencias y otros porque no tienen ninguna todos piensan sobre las leyes espirituales y no observan sus preceptos. Los temporales miran a la campaña como a un país extranjero a donde no alcanza su potestad, no porque las justicias dejen de castigar al delincuente que aprehenden, sino porque no hay jueces en el campo que celen y persigan a sus habitantes. Esta falta es una de las mayores conveniencias que tiene para semejantes hombres la vida de la campaña, porque viene a convertirse aquel terreno en un asilo de la iniquidad donde cada uno profesa la que más acomoda a su pasión, y todos están seguros del castigo, y viven a salvo de la persecución de las justicias, siendo por lo mismo verosímil que si estos hombres se agavillasen alguna vez con propósito de resistirse sostendrían una defensa vigorosa y costaría mucho llegar a sujetarlos, porque es un linaje de gente que no ha visto la cara al miedo, que tiene por oficio lidiar con fieras bravas, y burlarse de ellas con facilidad, y que estiman sus vidas en muy poco, y quitan las de sus prójimos con la misma serenidad que la de un novillo.

Y unos hombres aguerridos en esta clase de combates, y familiarizados con toda especie de efusión de sangre, tienen más de fieros que de valientes, y son más atrevidos que esforzados. Y no habiendo en ellos idea de la eternidad que sea suficiente a hacerles mirar la muerte con otro género de miedo que el carnal y natural a todo viviente, no necesitan los estímulos del honor, ni el apetito de la ambición para sacudir la cobardía. Libres, pues, e independientes de toda clase de potestad, acomodados a vivir sin casa ni arraigo, acostumbrados a mudar de albergue cada día, surtidos de unos caballos velocísimos, dueños de un terreno que hace horizonte, provistos de carne regalada, vestidos de lo necesario con estar casi desnudos, y sobre todo manejando a su discreción de un tesoro inagotable como es el de los cueros, fácil es de conocer el contento que dará esta vida a los que la disfrutan sin temor de pena alguna. Y propagándose allí la especie humana en abundancia poco inferior a la del ganado, no sería difícil calcular el número de almas que habitarán en estos campos sin conocer a Dios ni servir al rey, y sin amar al prójimo. Este es el origen, la vida y el ejercicio de los changadores. No hay otra autoridad que la den a éstos los caporales de aquellos; los unos emprenden las faenas, y los otros las ejecutan en calidad de ayudantes. Los changadores faenan para hacer comercio de los cueros con los españoles, o con los portugueses, y el peón trabaja por su jornal.

Y ve aquí Vuestra Excelencia el método con que usan de la campaña las cuatro clases de gente española que la habitan. De los indios de las misiones No son los indios guaraníes de los pueblos de Misiones los que menos perjudican la procreación de nuestro ganado. Estos hombres con todo de no tener un interés personal en la negociación de los cueros, por pertenecer a la comunidad el producto de todas sus granjerías, acosan el ganado, y tienen asolado el campo. Sus correrías se terminan a meter en sus estancias y reducir a cueros el que pueden; y como no es de igual robustez todo el ganado cometen la maldad de matar el terneraje que no es capaz de seguir a las madres, y lo mismo los toros que no pueden sujetar por bravos; y arreando para sus pueblos las vacas y los novillos, dejan tendidas por el campo las terneras y los toros . La vaca que se halla inmediata al parto la matan para sacarle el ternerillo, y comérselo de que gustan mucho; y todo el campo que se extiende desde Misiones hasta el río Negro (en que se miden ciento cincuenta leguas lineares) es anfiteatro de esta carnicería. Consiguieron estas gentes del señor virrey Vertiz en el año de 78 a solicitud del administrador de Misiones don Juan Angel Lazcano una declaración de que todo el ganado de color osco les era perteneciente donde quiera que se hallase, y que el que pastase entre el río Negro y el arroyo del Yi de cualquiera color que fuese les era también correspondiente; y aunque sobre este punto se formó un pleito a que dió principio el cabildo de Montevideo en el año de 81, los indios han estado y están en la posesión de bajar al Yi, y arrastrar con todo el ganado que encuentran, y pasar después a la sierra y hacer lo mismo con el de color osco, y con todo el que se les pone delante.

Los efectos de esta permisión se sintieron inmediatamente en la aduana de Buenos Aires, de donde se empezó a ver salir tanto número de cueros que pone espanto a los inteligentes. En el año de 84 salieron para España un millón y cuatro mil cueros, y en el año de 92 salieron para España por la aduana de Buenos Aires ochocientos veinticinco mil seiscientos nueve cueros y por la aduana de Montevideo trescientos cuarenta y cinco mil novecientos treinta y un cueros, que hacen una partida de un millón ciento setenta y una mil quinientos cuarenta, y suponiéndole gracia que ciento setenta y uno mil quinientos cuarenta fuesen del campo de Buenos Aires, los restantes fueron de la banda de Montevideo, y la mayor parte de las cercanías de Yapeyu, primer pueblo de indios de Misiones. Todos estos cueros son orejanos o silvestres a excepción de un corto número; y aquí tiene Vuestra Excelencia un nuevo gremio de matadores capaz de competir con el de los hacendados y changadores, ocupados todo el año, en esquilmar el campo hasta agotar su riqueza interminable. De los portugueses del río Grande: sus usurpaciones, trato y comercio con los changadores Vengamos por último a los portugueses. Estos usan promiscuamente de los oficios del indio, del de los changadores y del de hacendados, y nos hacen ellos solos tanto daño como los tres unidos. E1 portugués sale a la campiña en cuadrillas de cuarenta o sesenta hombres armados, y emprenden robarnos de uno de dos modos: o repuntando el ganado y metiéndolo por su pie en las posesiones de aquella corona o plantando un palenque y faenando en él los cueros.

Este segundo robo es menos frecuente porque tiene algún más riesgo que el primero; y haciéndoles éste más cuenta es al mismo tiempo más perjudicial a nosotros. De ambos modos pierde mucho la nación, pero queda más perjudicada por la saca del ganado vivo. Con éste hace el portugués dos negocios que son el del cuero con las reses que mata y el de la cría de vacas y toros con los que reserva para casta. Introduciendo el ganado vivo en el territorio de Portugal, y faenando allí los cueros ahorran los gastos del porte que son crecidos y están menos expuestos ha ser aprehendidos que inmorando en un lugar el espacio de veinte o treinta días que se necesita para cualquiera faena. Además de esto llevando el ganado vivo adelantan el poblar sus estancias, y ponerse en posesión de una mina que nos era exclusivamente propia. Por tanto, este modo de robarnos es sin comparación más ventajoso a Portugal y menos ominoso a la España. Esta usurpación principió por ratería y ha terminado en saqueo o pillaje. Antiguamente se hacían estos robos a hurto de nuestras guardias como quien sabía que era delito. Hoy se hacen a cara descubierta y se defiende con la espada. En otro tiempo seguía la huída de estos ladrones a la persecución de nuestras guardias; en el día se le ve venir, y se le espera, se toma campo, se elige puesto, se acomete y se sostiene un combate a vivo fuego hasta que se da el vencido. Esto es común de pocos años a esta parte, y el campo de Montevideo se ve regado frecuentemente de sangre de vasallos de ambos monarcas, y servir de sepultura a estas víctimas de la codicia y del honor respectivamente.

Este es el porte de nuestros vecinos con una nación amiga dominada de un hermano del de aquella; y cuando estos viven en paz podemos con verdad decir que sus vasallos están en guerra continuamente Pero no debemos ocultar a Vuestra Excelencia que no es toda la culpa de los portugueses en los males que su vecindad ocasiona. Cuando nos roban el ganado y se introducen en nuestro campo a fabricar cueros, ellos solos son los delincuentes; pero quizás es más común que nuestros patricios españoles les lleven a sus posesiones el ganado y los cueros, y se traigan en su retorno los efectos de su comercio. Ambos delitos son frecuentes; y no podemos señalar cual es el más usado. Solamente diremos que cuando el portugués viene a robarnos no nos hace más que un agravio; pero cuando los españoles les introducen en su término el ganado o los cueros, sentimos doble pérdida: una en la sustracción de nuestros frutos y otra en la internación de los extranjeros. E1 robo del ganado es una pérdida positiva, pero no pasa de aquí; más la introducción del contrabando nos hace sentir la pérdida del ganado que salió para el Brasil, y la de los efectos de nuestro comercio y rentas reales que destruir sic el contrabando. Ninguno de cuantos fraudes se ejercitan contra el real erario es más perjudicial a la corona que el que se hace por nuestros changadores llevando cueros y trayendo géneros, este contrabando es la peor cuchilla de nuestros ganados, y la peor epidemia que puede venir sobre aquel campo.

Los hacendados, los perros, y la falta de pastoreo no hacen tanto estrago como el que nos causan los changadores en el comercio con los portugueses. Quizás no valen tanto los robos que estos nos hacen en un año como los que les conducen aquellos en un mes. Los changadores pueden correr con toda libertad nuestra campaña, evacuar sus más ocultos rincones, arrear el ganado y acercarse a los pasos del campo neutral con mucho menos riesgo; y en fuerza de ésta tiene más facilidad de trasladar a los portugueses cincuenta mil cueros que de robarnos ellos cinco mil. Es hecho imposible que ascendiese a cincuenta mil cueros el quinto real pagado a Su Majestad fidelísima en el año de 89 si no hubiesen entrado mas toros en aquellos dominios que los que nos robasen los portugueses en el mismo año; cincuenta mil cueros pagados por razón de quinto, requieren una extracción de doscientos cincuenta mil y esta cantidad no puede llevarla al Brasil el robo de los portugueses, ni la crianza en sus estancias que son nuevas, pequeñas y de mal terreno. Solamente por la mano de nuestros changadores pueden entrar al Brasil y salir para Europa un número tan crecido de cueros como el de doscientos cincuenta mil. Pues contemple ahora Vuestra Excelencia que para que el comercio del Brasil se pusiese en estado de registrar para Europa aquella cantidad de cueros es preciso que valiesen otros tantos de nuestra campaña, porque a los doscientos cincuenta mil que salieron registrados se debe agregar los que irían por alto, los apolillados, los muy pequeños, los de mala calidad, y los que se consumen en las mismas faenas; y debiendo computarse por estos datos una saca de medio millón de cueros, fácil será conocer de cuanto mayor bulto es el perjuicio que nos hacen los changadores por el comercio con los portugueses, que los hacendados, los perros y la falta de pastoreo.

Doscientos cincuenta mil cueros vendidos por nuestros changadores en un solo peso cada uno han debido producirles en cinco años un millón doscientos cincuenta mil pesos fuertes en efectos de Portugal; y en la misma cantidad debe haberse perjudicado nuestro comercio marítimo y las rentas de la corona. Pero no es esta la cuenta verdadera: para calcular exactamente la entrada de efectos por razón del cambio era menester considerar al cuero un doble valor que el de los ocho reales de plata que le hemos dado, pues vendiéndose en Montevideo desde dieciseis hasta veinte la pesada de cuarenta libras en tiempo de paz no es posible que lo dé por menos de dos pesos a los portugueses el changador, aunque no los conduzca de su cuenta; y vea aquí Vuestra Excelencia otro daño en los de mayor consideración que nos trae el comercio con los portugueses, el aumento de valor que ha dado a nuestro cueros en América la concurrencia de dos consumidores que se compiten por la preferencia de este efecto. Esta concurrencia ha dado a los cueros un aumento de valor que no lo habría logrado siendo una sola la nación que pudiese expenderlos en Europa privativamente. Un comprador escondido que sale a hacer su negocio envuelto en un delito no se halla en estado de regatear demasiado lo que compra delinquiendo; y se ve necesitado a comprar por la ley que le quiera poner el vendedor. Por la misma regla, un vendedor, que traspasando los tratados convencionales de dos coronas, y atropellando las pragmáticas de su nación, se arroja a negociar efectos de recíproco contrabando en una potencia extranjera, teniendo comprador seguro en su mismo país, no vende su contrabando por menos del justo precio y como por otra parte gana mucho en vender al Portugal, porque se exime de que le confisquen sus cueros en Montevideo, y de pagar conducciones y alcabalas, prefiere sin mucha detención a un vasallo de la corte de Lisboa a todos los comerciantes españoles.

Si aquel mismo vasallo baja al campo español a buscar los cueros para conducirlos de su cuenta es mayor el interés del changador en vender al portugués; en este caso aunque el negociante español pague el cuero a más alto precio que el extranjero, es preferible para el changador, porque si el cuero que vende es orejano (que es decir sin marca) y lo quiere conducir a Montevideo, necesita manifestar la licencia del superior con que ha hecho sus faenas; y por defecto de ella se expone a que se le decomise. Si vende cuero marcado está expuesto a que su dueño lo reclame y pierda su trabajo. Con el comerciante portugués contrata libre de riesgos; y puede anteponer la venta al portugués con un veinticinco por ciento menos a la del español. E1 portugués por la misma razón puede comprar un cuero un veinticinco por ciento más caro que el español sin dejar de ganar lo mismo, porque no tiene que pagar al ramo de guerra un derecho tan crecido como es dos reales por cuero (que equivale a un veinticinco por ciento) fuera de la alcabala de entrada y la de salida que es un ocho por ciento; y aunque pague en el Brasil el quinto real, que es un veinte por ciento, ahorra un trece con respecto al español. De suerte que vendiendo el changador sus cueros al portugués un veinticinco por ciento menos que al español, le tiene más cuenta vender a aquel que a éste; y comprando el portugués trece por ciento más caro que el español gana lo mismo o más que éste. Con que si sucede que el portugués paga mejor al changador, ¿a quién preferirá, al patricio o al extranjero? ¿Quién velará más sobre este negocio? ¿E1 portugués o el español? Del comercio de los cueros al pelo de los campos de Montevideo y Buenos Aires que se remiten a los puertos habilitados de España Este continuo fraude y aquella concurrencia de dos compradores de un mismo efecto en unos hombres que los han estancado en sus manos, desterró la baratura de este género; y de ocho a nueve reales a que se compran ahora veinte años los que llegasen a cuarenta libras sin hacer cuenta del aumento de éste, pero ha venido a ponerse sobre el pie de otro tanto de su valor; de manera que en tiempo de paz no se puede poner en ningún puerto de España por menos de cuatro pesos la pesada de treinta y cinco libras.

Porque el cuero de este peso vale dentro de Buenos Aires dieciseis reales de plata y dos del ramo de guerra, que hacen dieciocho. La alcabala de salida, el embarque, los apaleos, las marcas, el desgarro, y el almacenaje suben de un real, y ya son diecinueve de plata los gastos del cuero hasta dejarlo a bordo. E1 flete rara vez se logra por menos de diecisiete reales y lo común es a veinte, que hacen ocho de plata. Y añadido el costo del alijo, apaleo, separación, almacenaje, seguro, corretaje y comisión de venta, hace subir el cuero a treinta y dos, y este es el precio corriente a que se venden en España a tiempo de paz. Y si alguna vez sube o baja esta balanza siempre corre el fiel en el espacio de veintiocho a treinta y dos reales de plata, que es entre setenta y ocho reales de vellón con muy corta diferencia. Por esta regla de comerciantes que compra cueros en América, con buena conciencia, no gana otra cosa, las más veces, que trasladar su plata a España libre de derechos. La causa verdadera de este mal es el desorden de los campos de nuestra pertenencia, porque el abandono con que hemos mirado su riqueza a la frente de unos extranjeros vigilantísimos que se han sabido aprovechar de nuestro descuido, ha dado lugar a la perjudicial introducción de los changadores, y ala extracción de nuestros cueros por el Brasil que les ha subido el precio. Este perjuicio ha sido de tanta consideración que (aunque no sería mayor si se ataja en adelante) el daño causado ya no lo enmendará ninguna providencia, porque la abundancia del ganado transmigrado a los portugueses y los procreos de ella es tanta, que pueden ya pasar y negociar cueros en Europa sin que les entre más ganado nuestro; y aunque no conduzcan más que la cuarta parte del que sacamos nosotros todos los años, ya hacen un perjuicio perpetuo a nuestro comercio; perjuicio de tanto mayor tamaño, cuanto es menor el costo que tiene a un portugués poner sus cueros en Europa que a un español los suyos, y sobre todo porque hemos partido con éste uno de los mejores mayorazgos que posee en Indias la nación y disminuido así de las mejores rentas de la corona.

Esta renta es, seguramente, una de las más lucidas y provechosas que disfruta el patrimonio real: ella está libre de pensiones y es toda útil y de efectivo embolso sin cesar de producir hasta que se aniquile el cuero. Este rinde en América un cuatro por ciento de alcabala de entrada; otro cuatro de alcabala de salida; cuatro maravedís por libra en los puestos de España al tiempo del desembarco; nueve reales por cuero a su embarco para el norte; otro tanto o más cuando vuelve a entrar reducido a suela; la alcabala de reventa de esta misma suela; y finalmente la que adeuda en manos del zapatero o talabartero que le da la última forma. De manera que sobre cada cuero que se faena en las provincias del Río de la Plata tiene el erario real siete acciones o derechos siempre que el cuero se reduzca a suela y vuelva a consumirse en España. Igualmente se pierde en la extracción de los cueros por el Brasil el derecho del ramo de guerra, que es un impuesto destinado a guarnecer los fuertes de la campaña de la costa del sur, en que se pagan de este impuesto todos los años sobre ciento cuarenta y cinco mil pesos; y se atesora en cada uno de los cueros que salen con guía de la aduana de Buenos Aires otra tanta cantidad de la que se consume y a veces mucho más, pues en el años anterior de 92 entraron en estas cajas reales de Buenos Aires, por cuenta de este ramo doscientos noventa y nueve mil novecientos cuarenta pesos y dos reales y después de satisfechas sus cargas, restaban de existencia atesorada trescientos sesenta y un mil novecientos ochenta y cinco pesos y cinco reales y medio; en que además de ahorrar Su Majestad estos ciento cuarenta y cinco mil y más pesos que se causan en la frontera todos los años le sirve continuamente este caudal de un recurso para sus urgencias sin necesidad de pagar interés en que gasta la corona muchos miles de pesos.

Las cajas de Lima tenían recibido a mutuo el año de 87 dos millones diecisiete mil cuatrocientos catorce pesos, por los cuales pagó en el de 88, sesenta y nueve mil quinientos treinta y seis pesos y siete reales; y en fines del año pasado de 92 debía la real haciendo de Buenos Aires al ramo de guerra ciento sesenta y cinco mil treinta pesos y seis reales y medio en que ahorra el interés. Lo mismo sucede en Montevideo. Por esta aduana han entrado al ramo de guerra en el año inmediato de 923, ochenta y seis mil cuatrocientos ochenta y dos pesos y seis reales y hay atesorado en la caja de este puerto ciento ochenta y dos mil doscientos sesenta y un reales y seis pesos; los mismos que le debe la real hacienda sin cargo de premios. ¿Qué otro ramo de comercio rendirá más réditos a la corona ni le ofrecerá mayores socorros? ¿Qué campiña hay tan fértil o que simiente hay tan fecunda que siete veces al año venga con fruto para el labrador? Pues no hay duda que en doce meses de tiempo o poco más adeuda el cuero siete tributos a favor del señor del suelo con tal que los dos viajes que hace el pellejo por el Báltico se logren con prontitud, se consigue que en un año rinda cada uno las siete contribuciones a que está gravado; las tres sobre América en plata fuerte y las cuatro sobre España, siete pagas que juntas forman un crédito a favor del fisco de veintitrés a veinticuatro reales de vellón contra cada cuero que vuelve reducido a suela. Este millón de cueros trasladado a España surte a la nación de un fondo de cuatro millones de pesos a que ascienden con sus gastos y derechos al tiempo de su entrada; y pagando con ellos al extranjero una parte de lo que nos trae a vender a nuestros puertos deja en el seno de España igual cantidad de plata acuñada que daríamos en su lugar al extranjero si careciésemos de este fruto.

El mismo millón de cueros extraído por Montevideo en nuestros buques de comercio ofrece carga continua a cincuenta o sesenta embarcaciones todos los años, que adeudan por razón de flete otro millón de pesos a favor del gremio de navieros, con mucho fomento de la marina mercante. Deja en Indias un diez por ciento de compra y embarque al comercio de factoría que valen cien mil pesos, haciéndose su remesa por cuenta de vecinos de España. Finalmente el mismo millón de cueros releva al comercio del gasto de un catorce por ciento que tiene de costos y derechos la plata registrada que viene de Buenos Aires en moneda doble de cordoncillo; y si este millón de cueros se negocia con nuestros factores de primera mano con los hacendados, gana nuestro comercio un cincuenta por ciento más que embolsan hoy los comerciantes de Montevideo y Buenos Aires. En una palabra, la negociación de cueros produce a Su Majestad un millón de pesos todos los años; otro millón todos los años al gremio de navieros; veinticinco millones de pesos al de corredores; más de dos millones y medio al estanciero; medio a la carretería y gastos menores de alma-cenamiento, apaleo y transporte; y provee a la nación de un caudal de cuatro millones de pesos con que paga otra tanta cantidad que recibe en mercaderías extranjeras reteniendo su equivalente en moneda. ¿Qué ramo de comercio se iguala a éste en lo fructífero? ¿Cuál otro se debería celar y fomentar con más empeño? ¿Qué vasallo fiel a Su Majestad podrá dejar de lamentar que los de Portugal nos estén usurpando esta riqueza? ¿Por ventura es mayor o más lucrativa la de las minas de oro y plata que tanto defendemos? No por cierto; es una preocupación el afirmarlo.

Los dos objetos de comparación más distantes entre si que se hallan en el comercio son las minas y la negociación de los cueros. Ninguna hay más sencilla ni más barata de cuentas ha descubierto la industria del hombre; y cualquiera otra contratación, o trabajo, de cuantos ha inventado, es más dulce y menos aventurado que el hallazgo de los metales, por esto mismo en el comercio de los cueros se tocan mayores abusos que en el giro de la minería. Su misma dificultad e incertidumbre la hace inaccesible a la mayor parte de los hombres; y esto mismo la resguarda y defiende de las perniciosas introducciones a que está expuesta la otra. La de los cueros se puede decir que se logra casi desde que se emprende y apenas necesita desembolso. Aunque nos propongamos continuar la comparación, poniendo por término de ella una mina tomada en arrendamiento, siempre es incomparable la ventaja que hace una negociación a otra en los medios de sacarles el fruto. Una mina, descubierta ya por otro, da hecho al minero la mitad de su camino; pero la mitad que le resta de andar es de una escabrosidad que hace temblar con su vista. E1 destierro, en que por primer requisito debe penarse todo minero que no quiera perder su capital, transfiriendo su domicilio a un lugar desierto por lo común, estéril con extremo, destemplado con exceso, distante de poblado, y falto de todo humano socorro; la necesidad de vivir sujeto al capricho del indio, obligado a hacer un desagüe costosísimo, a dar un socavón, a padecer continuos robos, a estar abastecido de todo género de herramientas, de materiales, de maderas, de víveres, de ropas, del azogue, de recuas de ingenieros, de mayordomos y últimamente a hacer con su plata amonedada lo que el labrador con su trigo pero con menores esperanzas que éste de volver a coger lo que derrama sin atenciones precisas del minero, sin las cuales le es su mina tan inútil como lo es un solar al que no tiene como edificarlo.

Para acometer una empresa de tantas aventuras son necesarios unos fondos considerables, o que se tienen propios o se buscan a interés. E1 que los tiene suyos tropieza en muchas dificultades para arrojarlo en un mineral. Si su caudal lo ha adquirido con industria, prefiere este camino, que ya lo tiene trillado y conocidas sus ventajas, a entrar por otro a oscuras buscando la luz a costa de desvelos y caídas; y aunque éste le ofrece por término un descanso para siempre y una riqueza desmedida no puede desentenderse de que tiene a la vista muchos compañeros, que por ese mismo camino han dado con el precipicio en que se han despeñado. Tampoco consiente en dejar la comodidad de su casa y familia cuando no le es absolutamente necesaria para mantenerla; y en una palabra haber de entrar gastando sin economía y con probable riesgo de malograr lo que se gaste, desanima demasiado a los que más tienen que perder. Los necesitados de ajeno auxilio que no tienen que aventurar si no sus personas, las exponen de buena voluntad a la codicia de lo más precioso que puso el criador en manos del hombre; pero en los réditos de lo que reciben prestado y en las condiciones, pactos y fianzas con que lo reciben, pagan de su sudor tanto o más que los que les ha anticipado el prestamista. Lo que de esto resulta es que si el minero corresponde a su obligación y paga lo que prometió, no se costea y abandona el tráfico, y si no cumple y hace bancarrota (que es lo común) pierde su capital el comerciante, y queda el descalabro en el comercio.

Estos desengaños han enseñado a los hombres a cautelarse de una manera en esta clase de negocios que no necesitan de que se les den leyes por donde ser gobernados. E1 mismo interés de cada uno le ha dictado los artículos a que debe arreglar su negociación, y este género de pragmáticas halla muy escasos los delincuentes. Por lo tanto, es ésta una materia defendida por naturaleza de aquellos desórdenes y abusos a que están ocasionadas las que son más accesibles; y cuando aquellas requieren unos reglamentos que pongan término a la codicia, las otras se rigen bien por los mismos que han de manejarlas. De la primera de estas dos clases es la cría del ganado vacuno en los campos de Montevideo. A las veces el pasar al gremio de estancieros un vago o un polizón es cosa de una docena de días. En presentándose al gobernador de Montevideo denunciando un terreno baldío desde la línea A a la línea B y pagando su valor (que suele ser de doscientos o trescientos pesos aunque tenga muchas leguas) y metiendo en su recinto quinientas o mil cabezas de ganado, bien orejano, o bien comprados a precio de dos o tres reales cada una, ya se levantó una estancia y hay una más en campaña que mate y robe y venda a los portugueses. Para changador o faenero se requieren menos diligencias y no se necesita de capital; basta ponerse en el campo y arrimarse a los de aquel oficio para pertenecer luego al gremio y éste más asesino tiene ya nuestro ganado. Con que podemos decir sin temeridad que cada vecino de los de la campaña y cada hacendado comerciante es un enemigo de la felicidad del Estado.

Por tanto, no bastan para defender esta riqueza de la codicia de tanto salteador el cuidado ordinario, ni es suficiente el extraordinario con que hemos custodiado el cerro de Potosí; y en medio de esta constante verdad, ha sido la alhaja menos considerada y más expuesta que ha tenido la corona. Mas no consiste todo el desorden de este ramo de comercio en el abuso que hacen de él nuestro faeneros; hay otro desorden inventado de unos catorce o quince años a esta fecha que ocasiona un perjuicio al comercio y a la labranza en particular, que no es de los que menos deben excitar el celo de un político. La negociación de los cueros en el día se halla estancada en menos de veinte o treinta vecinos de aquella América que tiran para sí todo el provecho con daño muy considerable del comercio de España. Este estanco tan injusto como perjudicial estriba en la mezcla de dos oficios de estanciero y comerciante que ha reunido la avaricia en la persona de estos últimos para daño de ambos gremios. Este es un punto de los más claros y probados que contiene este papel, y el menos expuesto a contestaciones. El comerciante estanciero es siempre un hacendado de la clase de los ricos, que posee un terreno inmenso con título de estancia. A la sombra de este parapeto, introduce sus cueros en Montevideo por uno de los medios que dijimos al número... y con ellos hace uno de dos negocios, o los embarca de su propia cuenta a España, o los vende en el mismo Montevideo a un factor, o a un comerciante español; y de cualquier manera que la ejecute perjudica al común de hacendados pobres y de comerciantes europeos.

El perjuicio del hacendado está muy manifiesto, y ya lo hemos apuntado al número... E1 cuero que conduce a Montevideo el comerciante hacendado es siempre orejano, o de ganado silvestre, que sólo ha costado el porte y la faena; y el cuero del estanciero ha costado a su dueño el gasto de la cría, pastoreo, herraje, diezmos, etc. Y habiendo que vender ambos a un precio le sucede lo que al negociante que lleva efectos por las debidas aduanas a una plaza abastecida por el contrabando, y viéndose obligado a sacrificar su hacienda desmaya en su carrera, y la abandona, o se arrima al contrabando. El comerciante de Europa que pasa con sus mercaderías a Montevideo en la precisión de retornar su importe en cueros y los halla estancados en manos del comerciante, se ve obligado a comprarlos de éste y se priva de tomarlos de primera mano al estanciero, y éste de venderlos a aquél, y ambos malogran sus ganancias. Si el comerciante de Montevideo embarca los cueros de su cuenta para España (que es lo más común en el día) hace un perjuicio incomparablemente mayor al que va desde aquí a buscarlos a aquel puerto, porque bien sea que este comerciante de España los compre al estanciero, o bien al comerciante revendedor, siempre los conduce a un precio que apenas le deja ganancia. Para penetrarse de la verdad de esta proposición es menester tener presente lo que dijimos al número... hablando del costo que tiene en España el cuero de treinta y cinco libras; y examinando sus partidas que no bajan de veintiocho a treinta y dos reales de pesetas columnarios, o de setenta a ochenta reales de vellón que es el corriente a que se vende en España, se viene a conocer que esta negociación no puede dejar provecho positivo al comerciante que compra cueros en Montevideo a dieciseis y dieciocho reales de pesetas.

El comerciante americano no compra el cuero a dos pesos como el español, sino que lo adquiere por la mitad; y por consiguiente gana un peso en cada uno, vendiéndolos a tres y medio; y como de este precio no suele bajar el cuero, no puede ganar menos que aquella cantidad y puede ganar más si vende de setenta reales para arriba, o si compra por menos de ocho reales de plata. Esto le es muy fácil si hace las faenas de su cuenta en su propia estancia, porque entonces apenas le cuesta dos reales cada cuero en la campaña, y si hace la conducción en carros propios (que es lo ordinario) es pequeñísimo el gasto y no le pasa de tres reales todo el desembolso de cada cuero. Ahorra igualmente este comerciante el gasto de encomienda que paga el vecino de España al encargado de América que le compra y embarca cueros y ejerza también el corretaje donde se haga la contratación por mano de estos mediadores; y estos gastos que cargan sobre el cuero que navega por cuenta de un europeo, hace menor su ganancia en Europa, o acrecienta más su pérdida. Si no se conociese otro comercio que el de cueros marcados se aplicarían los estancieros a la cría de su ganado, y los comerciantes de Montevideo se verían obligados a desprenderse de sus estancias por ser incompatible este cuidado con la continua ocupación del comercio. Los estancieros entonces bajarían con sus cueros a Montevideo y los venderían de primera mano, y dándolos por menos de dieciseis reales de peseta ganarían más que hoy, porque incrementarían sus ventas hasta un millón de cuero, donde en el día apenas venden cien mil y comprando a un mismo precio el americano y el español venderían ambos cargamentos a España por iguales valores; y no que del modo que ahora corre este ramo de comercio, se corrigiese el de América, donde pierde o no gana el de España; y se halla reducida casi toda la corambre a ganado orejano con abandono del ganado de cría, que es el que multiplica la especie y hace feliz al labrador.

Este abuso necesita de reforma, y para conseguirla se deberían tomar algunas providencias de que apuntaremos las que hemos meditado. Para sujetar a este sistema el comercio de los cueros era menester prohibir a los comerciante ganaderos el uso de las dos industrias, dándoles el derecho de elegir la que más le acomodase, y lo más acertado sería volverles el dinero que pagaron por sus terrenos, y obligarlos a vivir en la profesión mercantil, vendiéndose por Su Majestad estos terrenos a los que pudiesen poblarlos y quisiesen vivir de la labranza solamente. Aún de esta forma ganaría el comerciante americano el importe de la comisión que paga el español, y ganaría también esta misma comisión, porque haciendo dos comercios el americano, uno con su dinero empleándolo en cueros, y otro de comisión con el de vecinos de España, tiene dos ganancias en el ramo de cueros; una la que le produce el ahorro de la comisión que no pagan sus cueros en América y otra la del provecho de la comisión que contribuye el comerciante de Europa por las compras y embarque de los suyos. Y pues este comercio de comisión es el más lucrativo y ventajoso de cuantos se conocen, por no ser expuesto a pérdidas ni incomodidades, y es propio exclusivamente de los vecinos de Indias, sería muy justo que contentándose con esta ganancia y con el derecho de revender las mercaderías de España, se le prohibiese el remitir los cueros de su propia cuenta a la península, quedando este arbitrio a los comerciante de la metrópoli, en compensativo de la comisión y de las reventas que corresponden a los de las colonias.

Esta partición de comercio pondría en igual balanza la condición de éstos y aquéllos sin agravio de ninguno, evitándose que enriqueciesen unos donde otros se pierden, y lográndose que el público estuviese siempre surtido a un precio justo y cómodo de lo que necesita para su consumo. La confusión o mezcla de todos los comercios posibles en una mano trae una desigualdad muy perjudicial que se patentiza en el ramo de cueros, y comprende a todos los del comercio. E1 vecino de Cádiz que remite una factura a la consignación de uno de Montevideo y le paga su comisión a diez por ciento, debe venderla a la orilla del agua, y comprar allí de primera suerte los frutos en que ha de retornar su dinero. E1 que compra a la orilla del agua debe conducir estos efectos a la interioridad y ganar un tanto por ciento que queda en América con el diez por ciento de comisión a favor de los comerciantes de ella. El caudal del remitente, dueño de la factura que retorna en cueros, adelanta lo que había de ganar un regatón y entran todos los cueros en Cádiz a un mismo precio sin que se pagase unos a otros sus justas ganancias, o que unos ganen algo y otros nada. Esto es lo que debe ser y el modo legítimo de hacer este comercio al igual; pero con la licencia que tienen los de América de remitir cueros, y que se le retornen efectos, sucede que de dos facturas que llegan a Montevideo, la que corresponde al vecino de esta ciudad va libre de comisión, y la que sufre este gasto regresa su valor en cueros comprados al precio ordinario a un comerciante hacendado con un cincuenta por ciento de aumento, y se juntan los vendedores, uno en Indias y otro en España, que han comprado a precios muy diferentes: el uno ha pagado en América un diez por ciento más que el otro por razón de comisión y regresa su producto pensionado en un cincuenta por ciento en que ha comprado más caro que el otro; y este cincuenta y aquel diez de más aumento ocasiona que donde el vecino de América gana un cincuenta por ciento, pierde un diez el de España, vendiendo ambos a un precio.

Esto nace de que se hallan confundidos en un solo individuo tres comercios diferentes, que el buen orden público pide que estén en tres. El comercio de los cueros corresponde al labrador en primera venta para que se aliente a la cría del ganado, y no se aniquile el cimarrón. Negociando unos en éste y otros en aquél, resulta que el labrador no se costea o que si gana alguna cosa gana tres tantos más el que comercia con el cimarrón, con lo cual ha venido la cría de ganado a ser abandonada y a encerrarse en las manos de los comerciantes la provisión del ramo de cueros. Este mismo comerciante embarca aquellos de su cuenta, y los pone en España un cincuenta por ciento más barato que los que conduce el comerciante europeo, con lo cual expele a éste del comercio de cueros, y se reserva para si esta granjería; compra después una factura y la navega libre de comisión, de premio, y del abono de la plata fuerte, y por este orden gana sólo lo que debería partirse entre tres. Gana como hacendado faenando cueros; gana como comerciante de España embarcando aquella de su cuenta y comprando mercaderías en Europa; y gana como comerciante de Indias revendiendo estas mismas mercaderías en la interioridad del reino. Con que engrosándose un sólo individuo, aniquila dos clases del Estado. El labrador debe tener expedito su recurso al comerciante de la Europa para vender sus frutos con más estimación. Este comerciante necesita ser el único que conduzca mercaderías para no verse obligado a malbaratarlas si abunda demasiado el número de vendedores.

Y el comerciante de indias deber ser el único que tenga el derecho de revender, o de menudear; y de esta forma comen tres y se fomentan tres gremios. Un negociante europeo que encuentra medio vacíos los almacenes de Cádiz por mano de una docena de vecinos de América que llegaron a comprar antes que él, compra más caro o recoge el deshecho y ya siente un perjuicio. Llega a la América y le escasean los compradores porque aquellos doce individuos que compraron en Cádiz son otros tantos vendedores. Despacha no obstante sus efectos, aunque se arruine; y cuando va a emplear su importe en cueros le sucede que encuentra estos acopiados en una mano, y se ve obligado a comprar el regato, o a surtirse de un regatón. Regresa a Cádiz y encuentra abastecida la plaza de los mismos efectos que conduce, y lejos de encontrar en España el compensativo que perdía en Indias, redobla allí sus pérdidas. Quiebra de su crédito, se abandona, pierde la sociedad un individuo hay este menos en el comercio, acrecen sus negociaciones a favor del gremio de americanos, y toma nuevo vigor el monopolio.

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