El gran interregno

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Rango

Pontificado e Imperi

Desarrollo


Pese a los temores pontificios y a la desaforada propaganda güelfa, Federico II había promovido diversas actuaciones políticas y administrativas que distanciaron a Italia de Alemania. Este proceso de alejamiento se acentuará en los años inmediatos a su muerte. En 1256, dos años después que Conrado IV e Inocencio IV, moría el antirrey Guillermo de Holanda. La falta de acuerdo entre los responsables políticos provocó el que Alemania viviera durante casi veinte años sin un monarca efectivo al frente. Es el periodo que se conoce como "el gran interregno". No faltaron, sin embargo, candidatos al trono imperial. La ciudad de Pisa, famosa por su gibelinismo, propuso a Alfonso X de Castilla (hijo de la Staufen Beatriz de Suabia) para la Corona imperial el mismo año de 1256. La idea fue aceptada por el arzobispo de Treveris, el duque de Sajonia y el marqués de Brandeburgo. Sin embargo, enfrente se levantó otra candidatura: la de Ricardo de Cornualles apoyado por los arzobispos de Colonia y Maguncia, el duque de Baviera y, algo después, Ottocar de Bohemia. Unas fuerzas demasiado niveladas como para que la balanza se inclinara definitivamente por uno de los dos oponentes. Los textos castellanos hablarían del "fecho del imperio" al referirse a las ingentes sumas gastadas por Alfonso para ganar voluntades. Todo acabo en un fiasco ya que ni siquiera se dignó a pisar suelo alemán a lo largo de los años que duró el contencioso.

Ante la falta de una autoridad central incuestionada, Alemania conoció el reforzamiento de los distintos poderes locales y la proliferación de ligas ciudadanas que buscaban la autodefensa y la protección de sus intereses comerciales. Además de la Hansa Teutónica, la Liga del Rin cobró extraordinaria fuerza agrupando a más de setenta ciudades. Era un importante paso, como ha expresado J. F. Noel, para "reconstruir corporativamente al Imperio a falta de otros organismos oficiales". En 1272 moría Ricardo de Cornualles dejando el campo libre a su rival castellano. El Papa del momento -Gregorio X- creyó más oportuno volver a dejar la solución del problema en manos de los electores alemanes. El favorecido fue un noble de no mucho relumbrón: el conde Rodolfo de Habsburgo. Se trataba de un hombre con fama de piadoso y esforzado que, por sus escasos recursos, no parecía fuera a inquietar en exceso ni a los príncipes alemanes ni al Papado. El 24 de octubre de 1274 era coronado solemnemente en Aquisgrán y juraba preservar los privilegios otorgados a la Iglesia desde tiempo atrás. En Rodolfo, en efecto, tuvo la Iglesia un monarca que se alejo sensiblemente de los viejos sueños imperialistas sobre Italia. En 1279 el monarca renunciaba definitivamente a los derechos imperiales en Spoleto, Ancona y la Romagna. Sucesivas dilaciones impidieron, incluso, que Rodolfo fuera consagrado en Roma como emperador por cualquiera de los Papas de la época.

Los intereses del Habsburgo estaban, fundamentalmente, en Alemania donde la paz publica (Landfriede) fue repetidamente proclamada para devolver la tranquilidad al territorio. El máximo oponente entre los distintos príncipes era el rey de Bohemia Ottocar, en desacuerdo con la elección de Rodolfo. Entre 1275 y 1278 se sucedieron tres breves guerras entre los dos antagonistas. Rodolfo tuvo gran habilidad a la hora de buscarse aliados, especialmente los húngaros. La paz de Viena de 1276 arrebató al monarca checo los territorios de Austria, Estiria, Carintia y Carniola. Los intentos de recuperarlas se saldaron con su derrota y muerte en Dürnkrut el 26 de agosto de 1278. Su heredero, el príncipe Venceslao -prometido a una hija de Rodolfo- no creó graves problemas al monarca alemán. El botín territorial obtenido sirvió a Rodolfo para acrecentar considerablemente el patrimonio familiar: sus hijos Alberto y Rodolfo, elevados al rango de príncipes en 1282, recibieron la guarda de los territorios de Estiria, Carintia y Austria. Este ultimo en especial, acabaría convirtiéndose en emblemático para la familia. Peores resultados obtuvo Rodolfo en las fronteras occidentales del Imperio en donde se dejó sentir la voracidad de su vecino Felipe IV de Francia. Entre 1288 y 1289, en efecto, los territorios en torno a Verdún y Lyon empezaron a bascular hacia la órbita de los Capeto. A la muerte (en 1291) de Rodolfo, los príncipes alemanes, temerosos del poder acumulado por los Habsburgo, prefirieron como rey a Adolfo de Nassau. La guerra civil retornó cuando Alberto de Austria se negó a aceptar el resultado. La contienda se saldó con la derrota y muerte de Adolfo en Gölheim en julio de 1298. La fortuna política sonreía de nuevo a los Habsburgo cuyo segundo monarca, con el nombre de Alberto I, gobernaría hasta 1308.

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