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INTRODUCCIÓN Desde los primeros años del siglo XVI se sabía en España y en otros muchos lugares de Europa que, más allá de las islas con que se había topado Colón, se extendía un inmenso litoral, desde muy al norte y que, con entrantes y salientes, continuaba a lo largo de miles de leguas hacia el sur. Nuevas exploraciones, partiendo de las islas y también de varios puertos europeos, habían sido enviadas no ya sólo por España sino también por Inglaterra y Portugal, para esclarecer qué eran esas tierras y, de ser posible, tomar posesión de ellas. Tales fueron los propósitos de expediciones como las de Juan Caboto (1497-1498) que, al servicio de Inglaterra, en busca de un estrecho o paso por el norte que abriera el camino al Asia, llegó a las actuales Terranova y Nueva Escocia. Navegantes españoles fueron Alonso de Ojeda que en 1493 había acompañado a Colón en su segundo viaje y que desde 1499 comenzó a explorar las costas de Venezuela, en tanto que Diego de Nicuesa se adentraba por el rumbo de Panamá a la que se nombró Castilla del Oro. También por ese rumbo anduvieron en cercanas fechas el célebre piloto y cartógrafo Juan de la Cosa y Rodrigo de Bastidas, todos empeñados en inquirir acerca de ese litoral que se extendía más allá de las islas. Otras penetraciones por el norte fueron las de los portugueses Gaspar Corterreal y su hermano Miguel, (1501-1502) que exploraron las costas de Groenlandia y la península de Labrador. Los afanes por desvelar los enigmas de las tierras nuevas llevaron a más viajes hacia el sur.

Entre los que así navegaron sobresalen Pedro Álvarez Cabral que, desviándose en 1500 de su ruta cercana al África, llegó a las costas del Brasil; Juan Díaz de Solís que también, con Vicente Yáñez Pinzón y, más tarde por su cuenta, tocó tierras brasileñas y otras mucho más meridionales, así como Américo Vespucio, el florentino que, por obra de sus viajes y relatos, movió al cartógrafo Martín Waldseemüller a adjudicar en 1507 el nombre de América a la gran masa de tierra tenida como de imprecisos perfiles1. Los mapas que se produjeron por ese tiempo, desde el de Juan de la Cosa en 1500 (con probables adiciones hacia 1508) y los debidos a Alberto Cantino (1502), Giovanni Matteo Contarini (1506) o al ya citado Waldseemüller (1507, 1508, 1513#) y hasta el globo terráqueo de Johannes Shöner (1515, 1520#), tienen en común delinear, al poniente, norte y sur de las Antillas, litorales muy grandes y poco precisos que son como la fachada de una gran masa continental respecto de la cual prevalece una casi total ignorancia2. La gran pregunta de si las tierras hasta entonces avistadas, objeto a veces de rápidos desembarcos, eran o no parte del Asia estaba aún por responderse. Perduraban los rumores sobre fabulosos reinos, con riquezas de toda suerte que, se decía, existían en el interior de esas vastas regiones cuyas costas eran hasta entonces lo único que se conocía. Hubo algunas penetraciones, como la que llevó en 1513 a Vasco Núñez de Balboa a encontrarse con el océano Pacífico a la altura de Panamá.

Sin embargo, ni allí ni en sitio alguno de los explorados hasta 1515 había vestigios de los supuestos reinos poseedores de grandes riquezas. Si Cathay y Cipango --China y Japón-- estaban cerca o lejos, era algo que con certeza no podía precisarse. En tal contexto histórico de nuevas exploraciones e incertidumbres, es como debe situarse la significación de lo que vino a ser el encuentro con las altas culturas de Mesoamérica, maya, náhuatl o azteca y otras. El comienzo de lo que fue asombrosa historia del contacto con los pueblos indígenas de México y la ulterior conquista de los mismos tuvo lugar en función de dos expediciones realizadas en 1517 y 1518. Zarpando de Santiago de Cuba con rumbo al poniente, tocaron éstas las islas de Mujeres y Cozumel, las costas de Yucatán y una parte del litoral del golfo de México. Gracias a quienes iban al frente de ellas, primero Francisco Hernández de Córdoba y luego Juan de Grijalva, se tuvo entonces noticia cierta de que en tales latitudes había gentes que vivían en grandes pueblos y ciudades, con ricos templos y palacios. Estas expediciones, que tenían el respaldo de la autoridad del gobernador de Cuba, Diego Velázquez, además de determinar el encuentro, que iba a ser ya permanente, entre los españoles y las gentes de alta cultura de Mesoamérica, al convertirse en noticia difundida no ya sólo en las Antillas sino también en el Viejo Mundo, fueron acicate que avivó con gran fuerza el interés por conocer lo que en realidad había más allá de Cuba y La Española.

Consta, a través de un testimonio de Bernal Díaz del Castillo, que Diego Velázquez, desde abril de 1517, informó del hallazgo al Presidente del Consejo de Indias3. Por su parte fray Bartolomé de las Casas refiere que el propio Francisco Hernández de Córdoba le escribió poco antes de morir, dándole noticia del éxito de su navegación y quejándose de que Velázquez había preferido a Grijalva para ponerlo al frente de una segunda expedición4. Estas fueron, según parece, las primerísimas noticias que llegaron a España referentes a las tierras mexicanas. Si su difusión fue todavía muy limitada, en cambio, a partir de lo que pudieron observar Grijalva y sus hombres en 1518 dio comienzo la que pronto llegó a ser información ampliamente propalada de testimonios sobre lo que se describiría como descubrimiento y conquista de México. Como veremos, esos testimonios despertaron grande interés no sólo en España sino en general en Europa. Publicados una y otra vez en distintas lenguas fueron por varios años la fuente básica para conocer los principios del encuentro que culminó con la imposición de la soberanía española en los vastos territorios que, por tres siglos, se conocieron corno la Nueva España. A partir de esos primeros testimonios, que se incrementaron en extremo con mapas y cartas de relación, cuantos escribieron luego sobre esta historia que hoy llamamos de la conquista de Mesoamérica, se apoyaron siempre en lo expresado por los españoles que en ella tomaron parte.

No se pensó que pudiera haber otros testimonios. A pesar de que se reconocía que los pueblos vencidos habían alcanzado creaciones culturales dignas de admiración, los historiadores europeos de tiempos posteriores no se plantearon la pregunta de si era posible conocer recuerdos o puntos de vista de los nativos sobre lo que para ellos fue la conquista. Y, sin embargo, esos testimonios, portadores de la Visión de los vencidos, existían en mayor abundancia de lo que pudiera sospecharse. Antes de hablar de cómo fue dado rescatar la palabra de los vencidos, conviene atender a la gestación y secuencia de los otros testimonios que fueron revelando a los europeos que, más allá de las Antillas, existían esos reinos que, al fin se sabría no eran Cipango ni Cathay. Si había resultado fallido el anhelo de encontrarse por el poniente con un Asia relativamente cercana, era verdad, en cambio, que había otros reinos de enorme interés por sus riquezas y como ámbito geográfico de grandes proporciones, campo propicio para extender la cristiandad y el imperio de los monarcas de Castilla. Viendo cómo se elaboraron y difundieron los testimonios básicos escritos por españoles, podrá valorarse mejor lo que fue el largo olvido en que por siglos quedó la Visión de los vencidos.

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