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Un leguleyo amateur Pero Alvarado Tezozomoc no recibió educación superior porque sobrepasaba algo la edad estipulada. Ignoraba la palabra latina y esa carencia condicionó su vida, dado que en la Nueva España, al igual que en la vieja Castilla, era complicado acceder a algún cargo oficial sin la latin tlatolli. Así pues, mal pudo ser nahuatlato de la Real Audiencia de México33. Lo cual no implica que, dado su bilingüismo, su posición y sus buenos contactos con las distintas élites virreinales, se le encargaran asuntos de índole oficial o la defensa ante la administración de intereses de particulares, ya fueran éstos de españoles o de mexicanos. La importancia que el anónimo autor del techialoyan de Huauquilpan dio al faraute Alvarado invita a pensar que el nieto de Motecuhzoma gozaba de gran popularidad en los círculos de la magistratura, sin duda porque sus vastos saberes genealógicos e históricos eran muy apreciados a la hora de juzgar los continuos pleitos entre los distintos sectores de la sociedad novohispana. El falsificador, o falsificadores, del tlalamatl conocía las actividades históricas de Alvarado Tezozomoc y para justificar sus reivindicaciones incluyó una burda imitación de las complejas genealogías de Don Hernando, acompañadas por un apócrifo retrato suyo que se intituló "nahuatlato alBarado". Una imagen ficticia, ciertamente, pero también verídica. Falsa en tanto en cuanto los rasgos faciales, incluido el poblado mostacho que exhibe, no se corresponden en absoluto con los de un nahua de sangre pura; real porque le atribuyó una actitud y una ropa hispánicas que a buen seguro usaría el erudito Tezozomoc, pues sólo los nobles de altísimo rango gozaban del privilegio de portar espada y vestirse a la europea.

Ahora bien, si existe un poso de verdad en el retrato, habrá que aceptar también que el protagonismo jurídico otorgado por el documento a Alvarado Tezozomoc tuvo una base real. De hecho, los pocos datos que poseemos sobre el mexica apuntan en esta dirección. Así, en 1610 su nombre aparece en un documento sobre la genealogía de Doña Francisca de Guzmán, una dama noble de Itztapalapan, uno de los muchos señoríos del Valle de México que tenía una dinastía tenochca34. Diez años antes, su nombre aparece en el Diario de Chimalpahin. En la entrada correspondiente al martes, 15 de febrero de 1600, el cronista consignó un pintoresco episodio que tuvo como protagonista al aristocrático Don Hernando: ... el que le representaba a Juan Cano Moteczuma era Don Hernando de Alvarado Teçoçomoctzin, quien se hizo conducir erguido sobre unas andas y bajo palio hasta llegar a la puerta del palacio. Iba a rendirle pleitesía al Virrey. Frente a ella, el Virrey salió a su encuentro. Los castellanos se burlaron35. Además de confirmar la impresión que un acercamiento no ideológico proporciona sobre la peculiar psiquis del cronista --la de un aristócrata orgulloso y arruinado que trata de mantener su antiguo modo de vida--, el texto relaciona a Tezozomoc con Juan Cano Moteczuma, quinto de los siete hijos de Doña Isabel Tecuichpo, hija legítima y heredera de Motecuhzoma II. Un vínculo de gran interés porque Cano residía en España desde 1550 y jamás regresó a México, aunque gozaba de la renta de una de las partes que surgieron al dividir el legado de Doña Isabel36.

Por lo tanto, parece seguro que en 1600 Tezozomoc se ocupaba de los intereses de su joven primo, seriamente amenazados por los continuos pleitos entre las distintas ramas familiares. Aventurando algo, cabe añadir que tal vez se encargaba de ellos desde que el muchacho y su padre, ya viudo, viajaron a la península para reclamar la fabulosa herencia de la legítima heredera de Motecuhzoma II. Una actividad muy factible dadas la buenas relaciones de Isabel con Francisca de Moteczuma, la madre de Don Hernando, quien, según una interesante relación anónima, vivió con ella por lo menos entre la primavera de 1530 y el otoño de 1532: Mucho habría que decir aquí acerca desto, que todo hace en favor de Moteczuma y sus hijos, porque nos parece segund Dios y nuestra conciencia que deben ser favorecidos y amparados de S.M., en especial la dicha doña Isabel, que es la legítima, y después della doña Leonor, que es casada con otro español que se dice Cristóbal de Valderrama; y otra su hermana que tiene consigo, que se dice doña María, no es casada aunque es mayor en días. Estas dos son hijas de una madre, son de parte de su madre de linaje, cuyo abuelo era de los más privados de Moteczuma. Son muy buenas personas y nobles de condición; y otra que tiene doña Isabel consigo, que se dice doña Francisca, ésta es de menor edad que ninguna37. La relación del nieto de Motecuhzoma con los círculos de la magistratura parece, pues, bastante posible, pero, desde luego, no hay ninguna constancia de que tuviera carácter funcionarial.

De ser así --y debo insistir en que el aserto no es imposible, aunque sí improbable--, Don Hernando formaría parte de ese grupo de ambiciosos bilingües que, según el oidor Alonso de Zorita, vivían de los continuos pleitos que sostenían los indios, de azuzar esa fiebre pleitista que el jurista describió con tintes cuasi apocalípticos. Para Zorita --reaccionario en lo político y místico en lo religioso--, era inadmisible y, claro está, punible que los maceguales, los plebeyos, se sublevaran y exigieran a sus señores una sustancial reducción del tributo, máxime si los inspiradores de tal tropelía no eran indios sino españoles, negros, mulatos y mestizos38. Una falsedad porque también la rancia nobleza nativa participó en el caos judicial que sacudió la Nueva España. Tezozomoc, indio por los cuatro costados ejerció de nahuatlato. Por lo tanto, y me limito a seguir el razonamiento de Zorita, tomó parte en la destrucción del bucólico orden imaginado por el oidor; un orden donde todos estaban contentos, así indios como españoles, e los tributos mejor e con menos vejación pagados, por tener la gobernación los señores naturales39. Hermosa paradoja. Uno de los alabados pipiltin del magistrado se gana la vida proporcionando pruebas históricas a los plebeyos y munícipes que pleitean incansablemente para reclamar derechos que, a los ojos del juez español, conducen a la más absoluta de la anarquía. ¿Cómo entender tamaña contradicción? ¿No será, acaso, porque al muy noble Tezozomoctzin no le quedó otra alternativa después de que los bienintencionados frailes y los frailunos funcionarios tipo Zorita desmontaran el sistema oligárquico imperante en la época prehispánica y en el virreinato temprano? La respuesta a la pregunta --políticamente muy incorrecta, lo reconozco-- se encuentra de nuevo en la Crónica mexicayotl. Antes de entrar en materia, debo señalar que lo apuntado no implica convertir automáticamente a Don Hernando en uno de los delincuentes zoritianos. Sería muy fácil deducir de las alusiones del techialoyan de Huauquilpan que don Hernando siguió los pasos de su lejano pariente Don Diego García de Mendoza Moteczuma y se dedicó a falsificar títulos de propiedad y "pinturas antiguas", pero de tan inconsistente prueba no se puede ni se debe deducir que Alvarado era lo que, marzalianamente hablando, podríamos llamar un renegado40.

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