Difusión del arte islámico

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La dinastía de los Banu Umayya (658-750) ostentó a partir de Abdal-Malik el mecenazgo de una serie de obras, ubicadas en Siria casi siempre, que fueron trasunto del ambiente cultural de aquellos príncipes, que ya en el año 732 dominaban desde el Indo hasta Poitiers; este periodo contempló la etapa de la gran expansión y primera estabilización de las fronteras del Islam.Como no existía una clara tradición monárquica ni hereditaria en el primer Islam, su imposición, para superar las diferencias tribales y las tendencias centrífugas, no fue fácil, como tampoco lo fue la tarea de vertebrar administrativamente los territorios adquiridos, incluida la compleja fiscalidad, basada en los estatutos religiosos y las circunstancias concretas de la incorporación de los pueblos sometidos; la arabización de éstos fue gradual a lo largo del siglo VII y reglamentada en el VIII cuando se decretó la obligación del empleo del árabe, la emisión de moneda propia y la constitución de los monopolios económicos.Los omeyas fueron en general bastante tolerantes con los pueblos sometidos, integrándose judíos y cristianos a su servicio, dándose, a pesar de la frialdad proselitista de estos califas, un gradual incremento de la islamización que propició, a través de mecanismos diversos, la asimilación de importantes masas de no árabes, que pronto adquirieron genealogías arábigas a medida de sus gustos o ambiciones.Lo mismo se aprecia en las cuestiones artísticas, pues a partir de la falta de raíces árabes de la Qubbat al-Sajrá, fueron reelaborándose y modificándose las formas sirias para adaptarlas a las nuevas necesidades; su desarrollo fue a compás de una coyuntura económica favorable, manifestada en los abundantes recursos que llegaban a la corte califal de Damasco, de tal manera que la mayoría de los edificios islámicos que podemos analizar tienen carácter civil, con lo religioso como simple apéndice, y muy ligados a la familia omeya, al igual que los de las provincias se relacionan con las iniciativas de sus primeros gobernadores.

A partir del 740 se fue haciendo potente la virulenta oposición de facciones que hoy llamaríamos fundamentalistas, a quienes la monarquía laica de los últimos omeyas repugnaba, sobre el trasfondo de la nunca resuelta herencia del Profeta. Si a ello unimos los reveses militares en las fronteras y el declive económico del Mediterráneo y la propia crisis del modelo paternalista de los primeros califas, insuficiente para un imperio tricontinental, se entenderá que los abbasíes, en el año 750, exterminaran violentamente a los omeyas.La dinastía omeya, que renacerá en tierras hispánicas, dio preeminencia a dos grandes, Jerusalén y Damasco, en cuyos alrededores y en el trayecto entre ambas, se ubica la mayoría de los centros de su producción artística, pero ello no ocultaba la importancia que iban adquiriendo en el Islam, Iraq y Persia en detrimento de la Siria grecorromana; así el califa omeya Marwan trasladó la capital de Harram en el 745 y el segundo abbasí, Al-Mansur, creó la ciudad de Bagdad, aún más próxima al Golfo Pérsico, donde permaneció la capitalidad hasta 1258, cuando los mongoles acabaron con la dinastía, una de cuyas ramas todavía reinó nominalmente en Egipto hasta el siglo XVI.Los nuevos dinastas acabaron con el monopolio árabe, en sentido étnico, en la cabecera del Estado, ya que los elementos arabizados, especialmente persas, accedieron a las más altas magistraturas de manera sistemática. Tal fue la manifestación más aparente del desarrollo de las instituciones, el comercio y las artes, todo ello dentro de una tónica de síntesis y originalidad que lleva a considerar esta época como la de la formulación de cultura clásica del Islam.

Las tensiones centrífugas se manifestaron con claridad muy pronto, pues diversos gobernadores provinciales fueron obteniendo el reconocimiento oficial a su autonomía de facto, aunque en cualquier caso reconocieron la supremacía de los califas (Aglabíes en Ifriqiya, Tahiríes en el Jurasan, los Saffaríes en Afganistán y los Samaníes en Samarcanda, los Tuluníes y sus sucesores, los Ijsidíes, en Egipto), mientras otras grandes regiones alcanzaban la independencia más completa (Al-Andalus desde el 756, el Magreb de los Rustamíes, los Gaznawíes del Irán desde fines del X, los Fatimíes de Egipto de la misma época, etc.). A partir de estos años incluso en el mismo Iraq los califas abbasíes no fueron más que unas marionetas en manos de los emires buyíes y después de los silyuqíes. Aunque estas dinastías se mantuvieron, culturalmente hablando, como sucursales de Bagdad, no dejaremos de dedicarles algún espacio en las páginas siguientes ya que, en mayor o menor grado, poseyeron valores artísticos ciertos y diferenciables.La síntesis a la que antes aludimos se hizo sobre bases mesopotámicas y persas manifestadas, y valga como simple botón de muestra, en el olvido de los materiales típicos de la decoración bizantina, es decir, el mármol y mosaico, y la adopción de los aplacados de estuco, o yeso, que ya habían hecho su aparición en las últimas realizaciones omeyas, pero que en Bagdad adquirieron unas características que serían consustanciales con lo islámico.

Desde el punto de vista de la cultura, lo más notorio fue la preeminencia de Bagdad; la literatura, el derecho, la administración y la teología irradiaron en ondas concéntricas hacia las fronteras de su ficticio Imperio, viajando acompañados estos factores de uniformidad por disidentes políticos y religiosos, que por lo general se dirigieron hacia el Occidente.Los rasgos orientales del califato abbasí se manifestaron en su sedentarismo urbano, mayestático protocolo, lujo ritualizado y cultura palatina, frente al nomadeo de los monarcas omeyas, su reducido aparato cortesano y la aparente y sensual naturalidad de su modo de vida. La gran época de la cultura abbasí duró una corta centuria, ya que en el siglo X había agotado su actividad artística, aunque no la científica, pero que había contribuido de manera decisiva a la esquiva caracterización del Arte islámico.El debilitamiento de Bagdad desde finales del siglo IX propició el desarrollo autónomo de la antigua Persia que, en un tercer momento de la historia del Islam, gracias a los deseos de independencia del persa Tahir, gobernador del Jurasan desde el año 820 dio origen a lo que se ha dado en llamar Renacimiento iraní. Aquella región había sido, desde los tiempos de Alejandro Magno, el Oriente por antonomasia respecto al mundo mediterráneo, amenaza constante y fuente de humillaciones para los romanos que, sin embargo, cayó bajo el poder de los musulmanes apenas salieron de su hábitat original y una vez superada la barrera de la antigua Mesopotamia.

En Persia hallaron una demografía pujante, bien implantada en los campos, dotada de cultura y lengua propias y que aceptó el Islam en las ciudades de manera rápida, entrando a formar parte de sus cuerpos administrativos, de tal forma que una parte del vocabulario árabe específico para estas cuestiones, y otras muchas, fue tomado del persa, en el que se desarrolló una amplia literatura nacional.La historia del proceso del Renacimiento iraní está ligada a una dinastía, la de samaníes, que fueron emires dependientes de los califas, pero realmente autónomos y que comenzaron su dominio en el último cuarto del siglo IX sobre el Jurasán, es decir, el pasillo que se abre entre el Caspio y el Mar de Aral; lo fueron extendiendo hacia el Sur hasta dominar desde las puertas de la misma Bagdad hasta el Indo, incluyendo en sus dominios a otras dinastías persas, aunque de distintas tendencias religiosas, como fueron los descendientes de Tahir y los emires saffaríes.Se reconoce en su cultura, expresada a través de centros urbanos tan importantes como Bujara, Nisapur y Samarcanda, una prolongación de las formas abbasíes, en la que se integran tradiciones sasánidas, tales como los templos del fuego, el espacio denominado iwan; desarrollaron novedades destinadas a tener mucho éxito, como fueron el uso tectónico y decorativo de la fábrica de ladrillo y la sistematización de los alminares de figura cilíndrica.En este periodo y zona hacen su aparición, de manera determinante, los cuerpos de pretorianos turcos, procedentes del Asia Central; serían éstos finalmente quienes, sumando presiones externas desde el Norte y las internas de los mercenarios desde el Sur e interior, acabaron imponiéndose, como élite militar sin implantación social profunda, bajo la forma del imperio gaznawí, que se mantuvo dominante en la región durante algo más de un siglo, desde 977 al 1187.

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