Crisis y desaparición del califato

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Al-Andalus omeya

Desarrollo


En este marco limitado es imposible profundizar en la vorágine de los acontecimientos que desintegraron literalmente el poder califal. Desde 1009 al 1013, asistimos a unas luchas por la posesión de Córdoba entre los dos califas omeyas rivales: por un lado, Sulayman al-Mustacin -cuyas fuerzas beréberes eran insuficientes para permitirle imponerse- se dirigió a los cristianos de Castilla para pedir ayuda, y por el otro al-Mahdi, que pidió ayuda a los catalanes, que le enviaron importantes contingentes. La relación de fuerzas favorable al Islam que los amiríes habían impuesto cambió bruscamente. De repente, éstos se encontraron que eran los árbitros de las luchas confusas que se desarrollaban alrededor de Córdoba y pudieron aprovechar la situación. En julio de 1010, el hombre fuerte de al-Mahdi, el general esclavón Wadih, a quien los amiríes habían confiado el gobierno militar de la Marca en Medinaceli y que había logrado reinstalar a su califa en Córdoba, mandó asesinar a al-Mahid y lo sustituyó nuevamente por Hisham II. Los cordobeses asesinaron a Wadih en octubre de 1011 cuando intentaba escapar de la ciudad atacada continuamente por Sulayman al-Mustain y sus beréberes, que se habían instalado en Madinat al-Zahra'. Córdoba resistió un año y medio más pero finalmente se vio obligada a rendirse en mayo de 1012 y al-Mustain volvió a reinar hasta julio de 1016, después de haberse librado de Hisham II a quien, según parece, mandó asesinar.

El acontecimiento más importante de estos tres años de calma relativa fue que al-Mustain decidiera nombrar a los beréberes que le habían apoyado en su lucha por el califato, al frente de los gobiernos provinciales. No conocemos el destino de algunos de estos gobiernos que se formaron sobre una base tribal, dado que las tropas beréberes siguieron estando organizadas en contingentes tribales. Así, no sabemos qué pasó con los Maghrawa, a los que fueron atribuidas las zonas situadas entre Córdoba y Mérida (al-yawf) ya fuertemente berberizadas. Pero la mayoría dieron lugar a la formación de las taifas beréberes de al-Andalus, la más importante de las cuales fue la de Elvira, la ciudad más importante de una kura que corresponde en la actualidad a la región de Granada. Le correspondió a Zawi b. Ziri, familiar de los emires ziríes de Qairawan, uno de los jefes beréberes más influyentes, que mandaba un fuerte contingente de sanhaya que habían, en tiempo del califato, abandonado a los fatimíes para ponerse al servicio de Córdoba. Otras pequeñas potencias de la misma índole, pero del grupo zanata, fueron instalados en Ronda, Arcos, Jerez y Carmona. Por otro lado, al-Mustain confirmó el gobierno local de ciertos jefes que se habían aliado a él como el tuyibí Mundhir b. Yahya (Mundhir I) de Zaragoza. Los jefes saqaliba de los puertos de al-Andalus oriental (entre los cuales destacaron Jayran de Almería, y Muyahid en Denia), no se sometieron a Sulayman al-Mustacin y consolidaron su poder de forma independiente como hacían en la misma época otros funcionarios o militares del mismo origen en Valencia y Tortosa.

El caso más interesante es el de Muyahid quien, en el 405/1014-1015, reconoció como califa en su capital a al-Mulayti, un omeya, que le sirvió de garante para la ocupación de las Baleares y para el intento de conquista de Cerdeña que emprendió muy poco después. Acuñó algunas monedas a nombre de este califa que se pueden comparar con algunas emisiones -raras ciertamente- que realizaron los jefes saqaliba de la costa oriental durante la misma época. Estos intentos sin futuro, que se efectuaban siempre bajo autoridad de un califa, contrastan con la ausencia general de acuñaciones en las otras taifas en gestación: el primer poder local que acuñó monedas durante la crisis del califato fue el de Zaragoza, después del año 1024. En cuanto a al-Wayti, intentó hacerse con el poder por su cuenta durante la desdichada expedición de Muyahid a Cerdeña y fue expulsado a la vuelta de éste. Otro intento de los saqaliba para entronizar a un califa fue el de al-Murtada en el 1018, ligado al contexto de la lucha entre omeyas y hammudíes. En efecto, las condiciones políticas cambiaron fundamentalmente con la revuelta de Ali b. Hammud en Ceuta y Málaga. Este personaje era el jefe de una rama de los idrisíes del Magreb oriental integrada en el sistema cordobés en la época de la dominación sobre Marruecos. Convertidos en dignatarios del Estado califal, estos idrisíes conservaron sus lazos, tanto con los elementos beréberes que se encontraban en al-Andalus en la época de la fitna como con el Magreb mismo.

Bajo el gobierno de Sulayman al-Mustain, el jefe de la rama, Ali b. Hammud, fue encargado del gobierno de Ceuta, dotada desde la época del califato de una guarnición andalusí. La anarquía que reinaba en al-Andalus le incitó a buscar el poder califal, para lo que le sería favorable su ascendencia alauí. Corrían rumores de que había recogido el testamento de Hisham II y que éste le había hecho su heredero (wali al-ahd). A partir del 402/1011-1012, su nombre aparece en el reverso de las monedas acuñadas en Ceuta en nombre del califa al-Mustain. Luego en el 405/1014-1015, hizo acuñar monedas en nombre de Hisham II, al que se asoció él mismo con el título de wali al-ahd. En el 406/1016, después de haber negociado la neutralidad solidaria de los ziríes de Granada y concluido tratados con diversos gobernadores, desembarcó en Málaga y luego se dirigió hacia Córdoba, de la cual se apoderó sin grandes dificultades. Ejecutado al-Mustain, Ali b. Hammud, que adoptó el laqab de al-Nasir, reinó en Córdoba desde julio de 1016 a marzo de 1018, fecha en la que fue asesinado por domésticos saqaliba y reemplazado por su hermano al-Qasim. A pesar de sus primeros esfuerzos por ganarse la simpatía de los cordobeses, los antagonismos entre los habitantes y los apoyos beréberes del nuevo califa volvieron a imponerse y la segunda parte de su gobierno en Córdoba fue muy tensa. La preocupación hizo mella en varios miembros de la vieja aristocracia de los clientes omeyas, entre los cuales el visir Abu l-Hazm b.

Yahwar, una de las personalidades más destacadas en la ciudad. Durante este período, los saqaliba de la zona oriental, aliados del emir tuyibí de Zaragoza y de los catalanes, organizaron una coalición pro-omeya que se proponía volver a apoderarse de Córdoba en el momento del asesinato de Ali b. Hammud. En Játiva, Abd al-Rahman b. Muhammad b. Abd al-Malik, un pretendiente omeya que tomó el laqab de al-Murtada, fue entronizado (abril 1018). Este soberano, de quien Ibn Hazm fue visir, se dirigió a Córdoba con sus aliados y atacó primero a los ziríes de Elvira, quienes acababan de trasladar la sede del gobierno al sitio de Granada, más fácil de defender. Su ejército fue derrotado, debido en gran parte a la pasividad o a la traición de los jefes que lo apoyaban y que se inquietaban -según parece- de verle decidido a imponer efectivamente su autoridad. En la desbandada general que siguió a su derrota fue asesinado por orden de Jayran de Almería. Al-Qasim b. Hammud reinó en Córdoba desde marzo de 1018 hasta agosto de 1021 con el laqab de al-Ma'mun. Fue hábil y moderado para imponer la calma de nuevo en la capital y llegar a un acuerdo con Jayran y otro jefe saqaliba, Zuhayr, cuyo gobierno reconoció en Jaén, Baeza y Calatrava. Aceptado evidentemente por los poderes beréberes de al-Andalus, obtendría, como veremos más tarde, la alianza de los tuyibíes de Zaragoza. Pero su sobrino, Yahya, hijo de Ali, se sublevó contra él y se apoderó de Córdoba mientras él se refugiaba en Sevilla.

En febrero de 1023, la poca habilidad de Yahya al-Mutali le obligó a dejar Córdoba e ir a Málaga, hecho que permitió a al-Qasim volver algún tiempo en la capital. Pero el ambiente se había deteriorado y fue expulsado en septiembre. No pudo refugiarse en Sevilla, cuyos habitantes, bajo el liderazgo del cadí Ibn Abbad, le cerraron las puertas y, más tarde, fue apresado y asesinado por su sobrino, Yahya. El poder central cordobés ya no tenía fuerza y el gobierno y la administración estaban en manos de diferentes jefes locales ya mencionados: los eslavos Jayran en Almería y Muyahid en Denia, los ziríes y otros jefes beréberes en Andalucía, el cadí Ibn Abbad que tomó entonces el control de Sevilla y de otros poderes como los amiríes de Valencia y los Banu Dhi l-Nun de Cuenca y más tarde de Toledo. El reino más significativo en este momento era, por supuesto, el de los tuyibíes en Zaragoza, donde se fundó una dinastía hereditaria cuando Yahya b. al-Mundhir reemplazó a su padre en el 1021. Se constituyó entonces en la Marca Superior el primer reino de taifa verdadero. Su historia no pertenece a este volumen, pero la forma en que se constituyó el poder tuyibí, amparado en cierta legalidad garantizada por el califato cordobés, depende de éste.

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