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Datos principales


Desarrollo


De los indios de Pozo, y cuán valientes y temidos son de sus comarcanos En esta provincia de Pozo había tres señores cuando en ella entramos con el capitán Jorge Robledo, y otras principales; ellos y sus indios eran y son los más valientes y esforzados de todas las provincias sus vecinas y comarcanas. Tienen por una parte el río grande y por otra la provincia de Carrapa y la de la Picara, de las cuales diré luego; por la otra parte, la de Paucura, que ya dije; éstos no tienen amistad con ninguna gente de las otras. Su origen y principio fue (a lo que ellos cuentan) de ciertos indios que en los tiempos antiguos salieron de la provincia de Arma, los cuales, pareciéndoles la disposición de la tierra donde agora están fértil, la poblaron, y dellos proceden los que agora hay. Sus costumbres y lengua es conformada con los de Arma; los señores y principales tienen muy grandes casas, redondas, muy altas; viven en ellas diez o quince moradores, y en algunas menos, como es la casa. A las puertas dellas hay grandes palizadas y fortalezas hechas de las cañas gordas, y en medio destas fuerzas había muy grandes tablados entoldados de esteras, las cañas tan espesas que ningún español de los de a caballo podía entrar por ellas; desde lo alto del tablado atalayaban todos los caminos, para ver lo que por ellos venía. Pimaracua se llamaba el principal señor deste pueblo cuando entramos en él con Robledo. Tienen los hombres mejor disposición que los de Arma, y las mujeres por el consiguiente; son de grandes cuerpos, de feos rostros, aunque algunas hay que son hermosas, aunque yo vi pocas que lo fuesen, Dentro de las casas de los señores había, entrando en ellas, una renglera de ídolos, que tenían cada una quince o veinte, todos a la hila, tan grandes como un hombre, los rostros hechos de cera, con grandes visajes, de la forma y manera que el demonio se les aparescía; dicen que algunas veces cuando por ellos era llamado, se entraba en los cuerpos o talles destos ídolos de palo, y dentro dellos respondía; las cabezas son de calavernas103 de muertos.

Cuando los señores se mueren los entierran dentro en sus casas en grandes sepulturas, metiendo en ellas grandes cántaros de su vino hecho de maíz, y sus armas y su oro; adornándolos de las cosas más estimadas que tienen, enterrando a muchas mujeres vivas- con ellos, según y de la manera que hacen los demás que he pasado. En la provincia de Arma me acuerdo yo, la segunda vez que por allí pasé el capitán Jorge Robledo, que fuimos por su mandado a sacar en el pueblo del señor Yago un Antonio Pimentel y yo una sepultura, en la cual hallamos más de doscientas piezas pequeñas de oro, que en aquella tierra llaman chagualetas104, que se ponen en las mantas, y otras patenas; y por haber malísimo olor de los muertos lo dejamos sin acabar de sacar lo que había. Y si lo que hay en el Perú y en estas tierras enterrado se sacase, no se podría numerar el valor, según es grande, y en tanto lo pondero que es poco lo que los españoles han habido para compararlo con ello. Estando yo en el Cuzco tomando de los principales de allí la relación de los ingas, oí decir que Paulo Inga y otros principales decían que si todo el tesoro que había en las provincias y guacas (que son sus templos) y en los enterramientos se juntara, que haría tan poca mella lo que los españoles habían sacado cuan poco se haría sacando de una gran vasija de agua una gota della; y que haciendo clara y patente la comparación, tomaban una medida grande de maíz, de la cual, sacando un puño, decían: "Los cristianos han habido esto; lo demás está en tales partes que nosotros mismos no sabemos dello.

" Así, que grandes son los tesoros que en estas partes están perdidos; y lo que se ha habido, si los españoles no lo hubíeran habido, ciertamente todo ello o lo más estuviera ofrecido al diablo y a sus templos y sepulturas, donde enterraban sus difuntos, porque estos indios no lo quieren ni lo buscan para otra cosa, pues no pagan sueldo con ello a la gente de guerra, ni mercan ciudades ni reinos, ni quieren más que enjaezarse con ello siendo vivos; y después que son muertos llevárselo consigo; aunque me paresce a mí que con todas estas cosas éramos obligados a los amonestar que viniesen a conoscimiento de nuestra santa fe católica, sin pretender solamente henchir las bolsas. Estos indios y sus mujeres andan desnudos, como sus comarcanos; son grandes labradores; cuando están sembrando o cavando la tierra, en la una mano tienen la macana para rozar y en la otra la lanza para pelear. Los señores son aquí más temidos de sus indios que en otras partes; herédanlos en el señorío sus hijos, o sobrinos si les faltan hijos. La manera que tenían en la guerra es que la provincia de Picara, que está deste pueblo dos leguas, y la de Paucura, que está legua y media, y la de Carrapa, que estará otro tanto, cada una destas provincias tenía más indios que ésta tres veces; y con ser así, con unos y con otros tenían guerra crudelísima y todos los temían y deseaban su amistad. Salían de sus pueblos mucha copia de gente; dejando en él recaudo bastante para su defensa, llevando muchos instrumentos de bocinas y atambores y flautas, iban contra los enemigos, llevando cordeles recios para atar los que prendiesen dellos; llegando, pues, adonde combaten con ellos, anda la grita y estruendo muy grande entre unos y otros, y luego vienen a las manos y mátanse y préndense, y quémanse las casas.

En todas sus peleas siempre fueron más hombres en ánimo y esfuerzo estos indios de Pozo, y así lo confiesan sus vecinos comarcanos. Son tan carniceros de comer carne humana como los de Arma, porque yo les vi un día comer más de cien indios y indias de los que habían muerto y preso en la guerra andando con nosotros, estando conquistando el adelantado don Sebastián de Belalcázar las provincias de Picara y Paucura, que se habían rebelado, y fue Perequita, que a la sazón era señor en este pueblo de Pozo; y en las entradas que hecimos mataron los indios que he dicho, buscándolos entre las matas, como si fueran conejos, y por las riberas de los ríos se juntaban veinte o treinta indios des. tos en ala, y debajo de las matas y entre las rocas los sacaban sin que se les quedase ninguno. Estando en la provincia de Paucura un Rodrigo Alonso y yo y otros dos cristianos, íbamos en seguimiento de unos indios, y al encuentro salió una india de las frescas y hermosas que yo vi en todas aquellas provincias; y como la vimos la llamamos; la cual, como nos vio, como si viera al diablo, dando gritos se volvió adonde venían los indios de Pozo, teniendo por mejor fortuna ser muerta y comida por ellos que no quedar en nuestro poder. Y así, uno de los indios que andaban con nosotros confederados en nuestra amistad, sin que lo pudiésemos estorbar, con gran crueldad le dió tan gran golpe en la cabeza que la turdió, y allegando luego otro, con un cuchillo de pedernal la degolló.

Y la india, cuando se fue para ellos, no hizo más que hincar la rodilla en tierra y aguardar la muerte, como se la dieron, y luego se bebieron la sangre y se comieron crudo el corazón con las entrañas, llevándose los cuartos y la cabeza para comer la noche siguiente. Otros dos indios vi que mataban destos de Paucura, los cuales se reían muy de gana, como si no hubieran ellos de ser los que habían de morir; de manera que estos indios y todos sus vecinos tienen este uso de comer carne humana, y antes que nosotros entrásemos en sus tierras ni las ganásemos lo usaban. Son muy ricos de oro estos indios de Pozo, y junto a su pueblo hay grandes minas de oro en las playas del río grande que pasa por él. Aquí en este lugar prendió el adelantado don Sebastián de Belalcázar y su capitán y teniente general Francisco Hernández Jirón al mariscal don Jorge Robledo y le cortó la cabeza, y también hizo otras muertes. Y por no dar lugar que el cuerpo del mariscal fuese llevado a la villa de Arma, lo comieron los indios a él y a los demás que mataron, no embargante que los enterraron; y quemaron una casa encima de los cuerpos, como adelante diré, en la cuarta parte desta historia, donde se tratan las guerras civiles que en este reino del Perú han pasado; y allí lo podrán ver los que saber quisieren, sacada a luz.

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