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Datos principales


Desarrollo


De la ciudad y de los reyes de Tetzcoco Como ya dijimos (línea 24, fol. 69, línea I, fol. 69 Vso. traducción Pg.-108), los tetzcoquenses y después los atzcapotzalcenses fueron los primeros de todos en penetrar en estas regiones, pero no se establecieron desde luego en Tetzcoco, sino primero en unos lugares y luego en otros. Por fin permanecieron más largo tiempo en Huexutla, no lejos de Tetzcoco. La serie de los señores de Huexutla es como sigue: el primero de ellos, llamado Maçatzin, reinó setenta y ocho años; el segundo, Tochintechtli, treinta y ocho; el tercero, Ayotzintecutli, setenta y cuatro; el cuarto, Quatlahuicetecutli, cincuenta y cinco; el quinto, Totomochtzin, cincuenta y dos. Por consiguiente todos éstos tuvieron el imperio de los huexotlenses más de trescientos años. Y entretanto no se exigieron ningunos tributos, sino que todos eran inmunes, aun los hombres de ínfima categoría. El sexto, Yaotzintecutli, reinó cincuenta y tres años y en su tiempo los hombres llamados Tepohoyantlaca fueron vejados con el primer impuesto. El séptimo, Xilotzintecutli, reinó veintiocho años; el octavo, Tlacaolitzin, reinó otros tantos; el noveno, Tlacolyahotzin, reinó cincuenta y tres, y en su tiempo fue electo Necahoalcoyotzin para suceder también a los reyes tetzcocanos. El décimo, Tzontemoc, reinó quince años; el undécimo, Cuitlaoatzin el menor, reino otros tantos. Por consiguiente estos reyes dominaron en Huexutla más o menos cuatrocientos ochenta años, hasta que por fin el Imperio de Huexutla pasó al dominio tetzcoquense.

Por este motivo he decidido ligar la serie de los reyes de Tetzcoco a los precedentes, cuando haya dicho algo de la ciudad tetzcocana. Está situada a los noventa y siete grados de longitud y veinticinco minutos, y a los diecinueve grados de latitud y treinta y siete minutos, y según se dice, es mucho más antigua que la mexicana, como que fue fundada hace más de ochocientos años. Habitaban los palacios y sedes de los reyes de Tetzcoco, confederados del imperio mexicano mientras floreció, cien mil varones, si cuentas las aldeas y los pueblos; tenía más o menos trescientos amplísimos palacios de nobles y ahora sólo tiene trece. Estaba situada en un lugar campestre, junto a la orilla de la laguna, dentro del valle de las montañas mexicanas, distante de la ciudad de México por el camino del lago sólo quince millas, y por el terrestre, treinta y cinco. Goza de un cielo clemente y saludable y de una temperatura dulce y admirable, inclinándose un tanto, sin embargo, a fría y húmeda. No está tan sujeta a aquellas enfermedades a las que está la ciudad mexicana, a causa del lago sobre el que está fundada. Las casas en todas direcciones, como las de todas las demás ciudades de la Nueva España, están separadas una de las otras, y en gran parte situadas como las de los pueblos; alrededor y cerca de cada una de ellas, hacen sementeras de todo lo que es en primer lugar necesario para la vida, como maíz, bledo, xenopodios (?), chía, chile, calabazas, frijol y otras semejantes, de modo que no creerías ver ciudades, sino los huertos de las Hespérides y campos amenísimos que se extienden a lo lejos, principalmente si añades los suburbios, de los cuales gran cantidad está circunvalada y ceñida.

Abunda esa región de manadas de ganado caballar y lanar y de cereales indígenas y de los nuestros, de cacería de liebres, de ciervos y de muchas clases de aves, de la mejor carne de cuadrúpedos y de fuentes de aguas limpidísimas y dulcísimas y además no está destituida del todo de pesca palustre. Las fortunas de los ciudadanos son mediocres, porque como carecen de minas de oro y de plata, dedican todo su tiempo al comercio, a la agricultura, al ganado lanar y a otras cosas semejantes; sobre todo los colonos españoles, los que son poco más o menos cien. Preside a los indios un gobernador único de su raza y bajo de él hay dos pretores y ocho tribunos. De éstos se puede apelar a un pretor español elegido por el Virrey mexicano y de éste a la Audiencia de México (?). Hay además un convento único de franciscanos a los que incumbe, por consentimiento del Arzobispo de México, suprema cabeza de esta Iglesia después del pastor romano, el derecho eclesiástico, la administración de los sacramentos, la interpretación del Evangelio, la enseñanza del pueblo (y para decirlo en una palabra), todo lo que se considere necesario para el culto divino y para el estudio de la virtud. Los pueblos y las ciudades de Tetzcoco, que son numerosos, no es necesario mencionarlos particularmente; se dice que las gentes que se convocan de Tetzcoco por el Virrey a los cargos públicos, son tantas cuantas eran cuando obedecían al rey tetzcocano. Lo obedecían en verdad todas las que habitan desde el mar septentrional hasta el austral, comprendidas por las partes del Orto y del Ocaso en límites mucho más estrechos.

Cuando los mexicanos, que se glorian no menos que los tetzcoquenses de provenir de los chichimeca, llegaron a estas regiones, los reyes de Tetzcoco ya habían dilatado en ellas su imperio por todas partes; sin embargo, admitieron dentro del lago a los mexicanos y entraron en amistad con ellos; pero éstos en verdad se mostraron tales y tan hábiles para dirigir en la guerra y en la paz, que en breve conquistaron suprema dirección de los asuntos, y el imperio arrancado a los demás. Llegaron a tanta grandeza de fortuna, que por consentimiento de toda la tetrarquía o del triunvirato, fue pactado que cuantas veces tuviese que hacerse la guerra en contra de las naciones no sometidas aún al yugo, se hiciese igualmente por todos y que a todos correspondiera la gloria de la victoria y se considerara que el trofeo había sido alcanzado por todos; que los despojos obtenidos y los tributos que tendrían que ser pagados después, se distribuyeran entre todos pro rata de los gastos de cada uno, pero que la jurisdicción y el imperio pertenecieran al solo rey mexicano. Esa gente al principio obedecía a jefes, pero desde trescientos años antes de esta época empezó a ser gobernada por reyes. El primero de todos éstos fue Tlaltecatzin, llamado señor de los chichimeca, quien tuvo en su poder la sede regia ochenta días no más. Techotlallatzin, chichimeca, setenta años íntegros; Iztlilxochitl sesenta y cinco; en el tiempo de éstos no encuentro que aconteciese nada digno de recuerdo.

Siguió Necahoalcoyotzin, quien reinó setenta y un años; en esta época comenzaron movimientos bélicos, reinando en México Itzcoatzin, se emprendió la guerra en contra de los tepanecas o atzapoltzancenses (sic) y en contra de otras provincias, reinos y ciudades. Y en verdad por su destreza y fuerza fue restituido el reino tetzcoquense y arrancado de manos de los tiranos, por lo que fue llamado aculhuacanense, que quiere decir del brazo (como ellos dicen) guerrero o del guerrero. Porque cuando los reyes atzcapoltzancenses derrotaron a los señores de los acolmanenses, coatlichanenses y aculhuacanenses y después de mucho tiempo mataron al padre de Necahualquecoyotzin (sic) y al hijo, niño todavía de tierna edad lo expulsaron del límite de su imperio y arrojaron a los mexicanos y tlacupanos y los despojaron de las ciudades patrias circunvecinas, Necahualcoyotzin se echó sobre ellos con tanta fuerza e ímpetu, con las cohortes del reino paterno, de los mexicanos y tlacopanenses, que los venció y mató y después sujetó a los tetzcoquenses, libertó a los mexicanos de la tiranía y entregó el reino atzcapoltzacense a los tlacopanenses. A pesar de esto los reyes mexicanos que siguieron, olvidados del beneficio recibido, con los tlacopanenses. A pesar de esto los reyes mexicanos que siguieron, olvidados del beneficio recibido, con los tlacopanenses que cargaron con la nota de no pequeña ingratitud, declararon la guerra a los tetzcoquenses, y derrotados, obligaron a que se aliasen con los mexicanos, estuvieran sujetos a su imperio y no sin desdoro admitieran las leyes de las que hablé no ha mucho (?), a los que poco antes erguían la cabeza sobre todos y eran supremos entre los pueblos limítrofes.

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