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Datos principales


Desarrollo


Cómo los Porras, con gran parte de la gente, se rebelaron contra el Almirante diciendo que se iban a Castilla Partidas las canoas a la Española, empezó a enfermar la gente que quedaba en los navíos, así de los grandes trabajos que habían padecido en el camino, como por la mudanza de alimentos; pues entonces ya no comían nada de Castilla, ni bebían vino, ni tenían más carne que la de algunas hutias que de cuando en cuando podían rescatar de modo que pareciendo a los que estaban sanos, áspera vida, por estar tan largo tiempo encerrados, murmuraban entre ellos diciendo que el Almirante no quería volver a España porque los Reyes le habían desterrado; que menos podía ir a la Española, donde, al venir de Castilla, se le había prohibido la entrada; que los enviados en las canoas, iba a España para tratar los negocios de aquél, y no para que trajesen navíos ni otro socorro, y que en tanto que negociaban con los Reyes Católicos, quería él estar allí, cumpliendo su destierro; porque si fuese de otro modo, ya habría vuelto Bartolomé Fiesco, como era público que había de volver. Demás de esto, no tenían certidumbre de que Fiesco y Diego Méndez no se hubiesen ahogado en el tránsito, y si fuera así, jamás tendrían socorro ni remedio, si ellos no se disponían a procurarlo por sí mismos; pues el Almirante no se hallaba dispuesto a ponerse en tal camino, por las referidas causas, y por la gota que padecía en todos sus miembros, que apenas podía moverse de la cama, lejos de poder meterse en el trabajo y peligro de pasar en canoas a la Española.

Por esto, debían resolverse con ánimo determinado, pues se hallaban sanos, antes de caer enfermos como los demás, que el Almirante no se lo podría impedir, y pasados a la Española, serían recibidos tanto mejor cuanto en mayor peligro le hubiesen dejado, por el odio y la enemistad que le tenía el Comendador de Lares, entonces Gobernador de la isla; que idos a Castilla, tendrían allí al Obispo D. Juan de Fonseca, que les favorecería, y aun al Tesorero Morales, quien tenía por concubina una hermana de los hermanos Porras, que eran las cabezas de la conjuración en las naves; lo que más incitaba a todos era el tener por hecho cierto que serían muy bien acogidos de los Reyes Católicos, delante de los cuales atribuirían siempre la culpa al Almirante, como había sucedido en las revueltas de la Española con Roldán; de modo que los Reyes le prenderían para quitarle todo lo que aún tenía, lejos de obligarse a cumplir lo que habían capitulado con él. Con estas cosas y otras razones que se daban unos a otros, y con esperanza en la sedición de los hermanos Porras, uno de los cuales era Capitán de la nao Bermuda, y el otro Contador de la Armada, firmaron la conjuración cuarenta y ocho, recibiendo a Porras por Capitán; y para el día y hora que habían convenido cada uno se proveyó de lo más necesario. Estando ya los rebeldes en orden y armados, a 2 de enero, por la mañana subió a la popa del navío donde estaba el Almirante el Capitán Francisco de Porras, y le dijo: "Señor, ¿qué significa el que no queráis ir a Castilla, y que os agrade tenernos aquí a todos perdidos?", a que el Almirante, oyendo tan arrogantes palabras, y tan fuera de la manera con que solía hablarle, sospechó lo que podía ser, y le respondió con gran disimulación y sosiego, que no hallaba modo de poder pasar hasta que los idos en las canoas le enviasen navío en que navegar; que más que ninguno deseaba la ida, por su bien particular y el común de todos aquellos de quien debía dar cuenta; pero que si le parecía otra cosa, como en otras ocasiones habían ido los Capitanes y los hombres principales que estaban allí, a exponer lo que sentían, entonces y cuantas más veces fuese necesario, los juntaría, para que de nuevo se tratase de este negocio.

A lo que replicó Porras no haber ya tiempo para tantas palabras, sino que se embarcase luego, o quedase con Dios. Y con esto, volviéndole la espalda, repitió en voces altas: "¡Yo me voy a Castilla con los que quieran seguirme!" A cuyo tiempo, todos sus secuaces que estaban presentes, empezaron a gritar fuertemente, diciendo: "¡Queremos ir contigo, queremos ir contigo!", y saltando unos por una parte, y otros por otra, ocuparon los castillos y las gavias, con las armas en la mano, sin orden, ni juicio, gritando unos, ¡muera!; otros, ¡a Castilla, a Castilla!, y otros, señor Capitán, ¿qué haremos? Aunque el Almirante estaba en la cama tan postrado de la gota, que no podía tenerse en pie, no pudo menos de levantarse para ir cojeando al alboroto; pero tres o cuatro de los más honrados servidores suyos se abrazaron a él, para que los rebeldes no le matasen y le volvieron con gran trabajo a la cama. Después fueron al Adelantado, que se había opuesto con ánimo valeroso, con una lanza en la mano y, quitándosela por fuerza, le llevaron con su hermano, rogando al Capitán Porras que se fuese con Dios, y que no hiciese tan malas obras que tocasen a todos, pues bastaba que no hubiese impedimento, ni resistencia, para su partida; porque, si sobrevenía la muerte del Almirante, sólo podía esperarse un gran castigo, sin esperanza de sacar utilidad alguna. Sosegado un poco el tumulto, tomaron los conjurados diez canoas, que estaban atadas al bordo de los navíos, las cuales el Almirante había hecho buscar y comprar en la isla, tanto para privar de ellas a los indios, a fin de que no las utilizasen contra los cristianos, como para aprovecharlas en cosas necesarias.

Embarcáronse en éstas con tanta alegría como si hubieran entrado en algún puerto de Castilla; por lo cual, otros muchos que ignoraban la traición, desesperados de ver que se quedaban, como creían, abandonados, yéndose la mayor parte, y los más sanos con sus haciendas, entraron con ellos en las canoas, con tantas lágrimas y dolor de los pocos fieles servidores que se quedaban con el Almirante, y de muchos enfermos que había, que todos imaginaban quedar para siempre perdidos y sin alivio alguno. Es cierto que si toda la gente hubiera estado sana, no habrían quedado veinte hombres con el Almirante, el cual salió a confortar a los suyos con las mejores palabras que le dieron el tiempo y el estado de sus cosas. Los rebeldes, con su Capitán Francisco Porras, siguieron en las canoas el camino de la punta de Levante, por donde habían atravesado Diego Méndez y Fiesco a la Española; en todas partes por donde pasaban hacían mil injurias a los indios, quitándoles por fuerza los bastimentos, y todo lo que más les agradaba, diciéndoles que fuesen al Almirante, que se lo pagaría, y que si no lo pagase, les daban licencia para que le matasen o hiciesen lo que les pareciese más conveniente; porque no sólo le aborrecían los cristianos, más él era la causa de todo el mal de los indios en la isla Española, y que lo mismo haría con ellos, si no lo remediaban con su muerte, pues con dicho designio se quedaba a poblar en aquella isla. Caminando de este modo hasta la punta oriental de Jamaica, al principio con buen tiempo y calma, emprendieron el paso a la Española, llevando consigo algunos indios que bogasen.

Pero como los vientos eran poco seguros, y las canoas muy cargadas, navegaban poco; no estando aún a cuatro leguas de tierra, se volvió el viento contrario, lo que les causó tan gran miedo que determinaron volverse a Jamaica. Como no estaban diestros en gobernar canoas, entró un poco de agua sobre la borda y tomaron por remedio aligerarlas, arrojando al mar cuanto llevaban, sin dejar más que las armas, y comida bastante para volver; arreciando el viento y pareciéndoles correr algún riesgo, para aligerarlas más, determinaron echar a los indios en el mar, como lo ejecutaron con algunos; a otros que, fiados en saber nadar, se habían echado al mar, por temor de la muerte, cuando ya muy cansados se llegaban al bordo de las canoas para respirar un poco, les cortaban las manos y les hacían otras heridas; así mataron diez y ocho, no dejando vivos sino algunos que gobernasen las canoas, porque ellos no sabían hacerlo. Y es bien cierto que si la necesidad que tenían de los indios no les contuviese, habrían del todo puesto en efecto la crueldad mayor que se puede pensar, no dejando ninguno de éstos vivo, en premio de haberlos sacado con engaños y ruegos para servirse de ellos en tan importante viaje. Llegados a tierra hubo diversos pareceres; porque unos decían que era mejor ir a Cuba; pues desde allí donde estaban, podían tomar los vientos levantes y las corrientes a medio lado, y pasando así con prontitud y sin trabajo podían atravesar a la Española, de una tierra en otra, no sabiendo que estaban a distancia de diez y siete leguas; otros decían era mejor volver a los navíos y hacer la paz con el Almirante, o quitarle por fuerza lo que le había quedado de armas y rescates; otros fueron de opinión que antes que se intentase alguna cosa de estas, se esperase allí alguna bonanza o calma, para intentar de nuevo aquel paso; lo cual tuvieron por mejor, y permanecieron en aquel pueblo de Aoamaquique, más de un mes, esperando el viento y destruyendo la tierra. Venida la calma, volvieron a embarcarse otras dos veces, pero sin efecto, porque los vientos les eran contrarios. Por lo cual, desesperados de lograr este pasaje, de pueblo en pueblo, se fueron hacia Poniente, muy disgustados, sin canoas y sin consuelo alguno, comiendo a veces lo primero que hallaban, y otras, tomándolo a discreción, según el poder y la resistencia que hacían los caciques por donde pasaban.

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