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Datos principales


Desarrollo


XXI Cómo echaban sus juicios, quién era la gente que venía y los venados que traían según su manera de decir Dijo el cazonci a los señores: "Verdad es que han venido gentes de otras partes; y no vienen con cautela los mexicanos, ¿qué haremos? gran trabajo es éste, ¿cuándo empezó a ser México?; muchos tiempos ha questá fundada México y es reino, y este de Mechuacán: estos dos reinos eran nombrados, y en estos dos reinos miraban los dioses desde el cielo y el sol. Nunca habemos oído cosa semejante de nuestros antepasados: si algo supieron no nos lo hicieron saber Taríacuri y Hiripani y Tangáxoan que fueron señores, que habían de venir otras gentes: ¿de dónde podían venir, sino del cielo, los que vienen? que el cielo se junta con el mar, y de allí debían de salir pues aquellos venados que dicen que traen, ¿qué cosa es?" Dijéronle los nautlatos: "Señor, aquellos venados deben ser, según lo que sabemos nosotros por una historia, y es que el dios llamado Cupanzieeri jugó con otro dios a la pelota llamado Achuri hirepe, y ganóle y sacrificóle en un pueblo llamado Xacona y dejó su mujer preñada de Siratapezi, su hijo, y nació y tomáronle a criar en un pueblo, como que se le habían hallado, y después de mancebo fuese a tirar aves con un arco, y topó con una iuana y díjole: "No me fleches y direte una cosa: el padre que tienes agora, no es tu padre, porque tu padre fue a la casa del dios llamado Achurihirepe a conquistar y allí le sacrificaron.

" Como oyó aquéllo, fuése allá para probarse con el que había muerto a su padre, y vencióle y sacrificó al que había muerto a su padre y cayó donde estaba enterrado y sacóle y echósele a cuestas y veníase con él. En el camino estaba en un herbazal una manada de codornices y levantáronse todas en vuelo, y dejó allí su padre por tirar a las codornices, y tornose venado el padre, y tenía crines en la cerviz, como dicen que tienen esos que traen esas gentes, y su cola larga, y fuese hacia la mano derecha, quizá con los que vienen a estas tierras." Dijo el cazonci: "¿De quién sabríamos la verdad?", y díjoles: "También dicen que aconteció en Cuyacan, esto que contaba una vieja pobre, que vendía agua: encontró en la sabana los dioses llamados Tiripemencha, hermanos de nuestro Caricaueri, y díjole uno: "¿Dónde vas agüela?", que ansí decían a las viejas; respondió la vieja: "Señor, voy a Cuyacan." Díjole aquel dios: "¿Cómo no nos conoces?" Dijo la vieja: "Señores no os conozco"; dijeron ellos: "Nosotros somos los dioses llamados Tiripemencha; vé al señor llamado Ticátame que está en Cuyacan; el que oye en Cuyacan las tortugas y atables y huesos de caimanes; no son sabios los señores de Cuyacan ni se acuerdan de traer leña para los cúes; ya no tienen cabezas consigo, que a todos los han de conquistar, que se han enojado los dioses engendradores; cuéntaselo ansí a Ticátame, que de aquí a poco tiempo nos levantaremos de aquí de Cuyuacan, donde agora estamos, y nos iremos a Mechuacán, y estaremos allí algunos años, y nos tornaremos a levantar y nos iremos a nuestra primera morada llamada Uayameo", donde está ahora Santa Fe edificada; "esto no rnás te decimos".

Esto es lo que supo aquella vieja, y decían que había de haber agüeros, que los cerezos, aun hasta los chiquitos, habían de tener fruto y los magueys pequeños habían de echar mástiles, y las niñas que se habían de empreñar antes que perdiesen la niñez; esto es lo que decían los viejos, y ya se cumple. En esto tomaremos señales, como no hubo desto memoria, en los tiempos pasados ni lo dijeron unos a otros los viejos, cómo habían de venir estas gentes. Esperemos a ver, vengan a ver cómo seremos tomados: esforcémonos aun otro poco para traer leña para los cúes". Acabó Zuangua su plática, y habían muchos pareceres entrellos, contanto sus fábulas, según lo que sentía cada uno, y estaban todos con miedo de los españoles. XXII Cómo volvieron los nautlatos que habían ido a México y las nuevas que trujeron, y cómo murió luego Zuangua de las viruelas y sarampión Pues vinieron los que habían inviado a México, y fueron delante el cazonci y mostráronle otro presente que le inviaba Moctezuma de mantas ricas y mástiles y espejos, y saludáronle, y díjoles: "Seáis bien venidos; ya os he tornado a ver; muchos tiempos ha que los viejos nuestros antepasados, fueron otra vez a México; pues decí ¿cómo os ha ido?" Respondieron los mensajeros: "Señor, llegamos a México, y entramos de noche, y lleváronnos en una canoa y estábamos ya desatinados, que no sabíamos por dónde íbamos, y saliónos a rescibir Moctezuma, y mostrámosle el presente que le inviabas.

" Díjoles el cazonci: "Pues ¿qué os dijo a la despedida?" Dijeron ellos: "Señor, después que le dijimos lo que nos mandaste que fuésemos con sus mensajeros y que habías enviado tu gente a cuatro partes, que veníamos nosotros delante mientras venía la gente de la guerra, dijímosle que veníamos a ver qué gente es esta que es venida, por certificarse mejor." Díjonos "Seáis bien venidos, descansad; mirad aquella sierra; detrás della están estas gentes que han venido en Taxcala." Y lleváronnos en unas canoas, y tomamos puerto en Tezcuco, y sobimos encima un monte, y desde allí nos mostraron un campo largo y llano, donde estaban, y dijéronnos: "Vosotros, los de Mechuacán, por allí vendréis, y nosotros iremos por otra parte, y ansí los mataremos a todos ¿por qué no los mataremos?, porque oímos de vosotros, los de Mechuacán, que sois grandes flecheros, tenemos confianza en vuestros arcos y flechas: mira que ya los habéis visto: llevad estas nuevas a vuestro señor y decidle que le rogamos mucho que no quiebre nuestras palabras; que crea esto que le decimos, que tenemos de nuestros dioses, que nos han dicho que nunca se ha de destruir México, ni nos han de quemar las casas. Dos reinos son nombrados: México y Mechuacán. Mira que hay mucho trabajo." Dijímosles: "Pues tornemos a México", y tornamos y saliéronnos a rescibir los señores y despidímosnos de Moctezuma, y díjonos: "Tornaos a Mechuacán, que ya venistes e habéis visto la tierra: no nos volvamos atrás de la guerra que les queremos dar: haga esto que le rogamos vuestro señor, ¿qué ha de ser de nosotros, si no venís? ¿Habemos por ventura de ser esclavos? ¿Cómo no han de llegar allá, a Mechuacán? Aquí muramos todos, primeros nosotros y vosotros, y no vayan a vuestra tierra.

Esto es lo que le diréis a vuestro señor; vengan, que aquí hay mucha comida, para que renga fuerza la gente para la guerra: no tengas lástima de la gente, muramos presto, y tengamos nuestro estrado de la gente que morirá, si no saliéremos con la nuestra; si los cobardes y parapoco de nuestros dioses no nos favoresciesen, que mucho tiempo ha que le habían dicho a nuestro dios que ninguno le destruiría su reino, y no habemos oído más reinos deste y Mechuacán, pues tornaos" y ansí nos partimos, y salieron con nosotros a despedirnos. Estas son las nuevas que te traemos. Díjole el cazonci Zuangua: "Bien seáis venidos, ya yo os he tornado a ver: mucho ha que fueron otra vez los viejos nuestros antepasados a México; no sé por qué fueron; mas agora gran cosa es por la que fuistes. Y lo que vinieron a decir los mexicanos cosa trabajosa es. Séais bien venidos. ¿A qué habemos de ir a México? Muera cada uno de nosotros por su parte; no sabemos lo que dirán después de nosotros, y quizá nos venderán a esas gentes que vienen, y nos harán matar; haya aquí otra conquista, por si vengan todos a nosotros con sus capitanías; mátenlos a los mexicanos, que muchos días ha que viven mal, que no traen leña para los cúes, mas oímos que con solos los cantares, honran a sus dioses. ¿Qué aprovecha los cantares solos? ¿Cómo los dioses los han de favorecer con solos los cantares? Pues aquí trabajemos más. Cómo ¿no suelen mudar el propósito los dioses? Esforcémonos un poco más en traer leña para los cúes: quizá nos perdonarán.

¡Cómo se han ensañado los dioses del cielo! ¡cómo habían de venir sin propósito! Algún dios los invió y por eso vienen. Pues conozca la gente sus pecados; represéntenseles a la memoria, aunque me echen a mí la culpa de los pecados: a mí que soy el rey. No quieren rescibir la gente común mis palabras, que les digo que traigan leña para los cúes: pierden mis palabras y quiebran la cuenta de la gente de guerra. ¿Cómo no se han de ensañar nuestro dios Curicaueri y la diosa Xarátanga? ¿Cómo no tiene hijos Curicaueri? Y Xarátanga ¿no ha parido ninguno, teniendo hijos? ¿Cómo no se han de quejar a la madre Cuerauáperi? Yo amonestaré a la gente que se esfuerce un poco más, porque no nos perdonarán, si habemos faltado en algo." Respondieron los señores: "Bien has dicho, señor; esto mismo diremos a la gente, lo que tú mandas" y fuéronse a sus casas y no supo más, y vino luego una pestilencia de viruelas e cámaras de sangre por toda la provincia, y murieron todos los obispos de los cúes, y todos los señores, y el cazonci viejo Zuanga murió de las viruelas, y quedaron sus hijos Tangáxoan, por otro nombre Tzintzicha, que era el mayor, Tirimarasco, Azinche, Cuini, Vinieron, pues, otra vez otros diez mexianos, a pedir socorro, y llegaron a la sazón que toda la gente lloraba por la muerte del cazonci viejo, y hicieron saber a Tzintzicha, hijo mayor del cazonci muerto, la venida de aquellos mexicanos. Dijo: "Llevadlos a las casas del pobre de mi padre.

" Y lleváronlos y dijéronles: "Seáis bien venidos. No está aquí el cazonci que s ido a holgarse." Invió el hijo de cazonci a llamar los señores, y dijo: "¿Qué haremos a esto que vienen los mexicanos? no sabemos qué es el mensaje que traen; vayan tras mi padre a decillo allá donde va al infierno. Decídselo que se aparejen, que se paren fuertes: questa costumbre hay." Y hiciéronlo saber a los mexicanos y dijeron: "Baste que lo ha mandado el señor; ciertamente que habemos de ir; nosotros tenemos la culpa, ea, presto, mándelo, no hay donde nos vamos: nosotros mismos nos venimos a la muerte." Y compusiéronlos como solían componer los cativos, y sacrificáronlos en el cu de Curicaueri y de Xarátanga, diciendo que iban con su mensaje al cazonci muerto. Decían que les trajeron armas de las que tomaron a los españoles y ofreciéronlas en sus cúes a sus dioses. XXIII Cómo alzaron otro rey y vinieron tres españoles a Mechuacán y cómo los recibieron Pues entraron en consulta los viejos que habían quedado de las enfermedades sobre alzar otro señor, y dijéronle a Tzintzicha: "Señor, sé rey. ¿Cómo ha de quedar esta casa desierta y anublada? Mirá que daremos pena a nuestro dios Curicaueri. Algunos días haz traer leña para los cúes.". Respondió Tzintzicha: "No digáis esto, viejos. Sean mis hermanos menores, y yo seré como padre de ellos, o séalo el señor de Cuyacan, llamado Paquingata." Dijéronle: "Qué dices, señor? Ser tienes señor.

¿Quieres que te quiten el señorío tus hermanos menores? Tú eres el mayor." Dijo el cazonci después de importunado: "Sea como decís, viejos, yo os quiero obedecer; quizá no lo haré bien; ruégoos no me hagáis mal, mas mansamente apartame del señorío. Mira que no habemos de estar callando. Oí lo que dicen de la gente que ivene, que no sabemos qué gente es; quizá no serán muchos días los que tengo de tener este cargo." Y ansí quedó por señor, y a sus hermanos mandólos matar el cazonci nuevo por inducimiento de un principal Timas, que decía al cazonci, se echaban con sus mujeres, y que le querían quitar el señorío y quedó solo sin tener hermanos. Y después lloraba que habían muerto sus hermanos y echaba la culpa a aquel principal llamado Timas. Y vino nueva que había venido un español y que había llegado a Taximaroa, en un caballo blanco y era la fiesta de Purecoraqua a veinte y tres de Febrero, y estuvo dos días en Taximaroa y tornóse a México. Desde a poco, vinieron tres españoles con sus caballos y llegaron a la cibdad de Mechuacán, donde estaba el cazonci y rescibiólos muy bien y diéronles de comer, y envió el cazonci toda su gente entiznados a caza muy gran número de gente, por poner miedo a los españoles y con muchos arcos y flechas, y tomaron muchos venados, y presentáronles cinco venados a los españoles, y ellos le dieron al cazonci plumajes verdes, y a los señores. Y el cazonci hizo componer los españoles, como componían ellos sus dioses, con unas guirnaldas de oro, y pusiéronles rodelas de oro al cuello, y a cada uno le pusieron su ofrenda de vino delante, en unas tazas grandes, y ofrendas de pan de bledos y frutas.

Decía el cazonci: "Estos son dioses del cielo", y dió les el cazonci mantas y a cada uno dio una rodela de oro, y dijeron los españoles al cazonci que querían rescatar con los mercaderes que traían plumajes y otras cosas de México y díjoles el cazonci que fuesen, y por otra parte mandó que ningún mercader ni otro señor comprase aquellos plumajes. Y compráronlos todos los sacristanes y guardas de los dioses con las mantas que tenían los dioses diputadas para comprar sus atavíos, y compraron todo lo que los españoles les traían y dieron al cazonci diez puercos y un perro y dijéronle que aquel perro sería para guardar su mujer, y liaron sus cargas. Dióles el cazonci mantas y xicales y cotaras de cuero y tornáronse a México, y como viese el cazonci aquellos puercos dijo: "¿Qué cosa son éstos? ¿son ratones que trae esta gente?" Y tomólo por agüero y mandólos matar y al perro, y arrastráronlos y echáronlos por los herbazales y los españoles antes que se fuesen llevaron dos indias consigo que le pidieron al cazonci de su parientas, y por el camino juntábanse con ellas y llamaban los indios que iban con ellos a los españoles tarascue, que quiere decir en su lengua yernos y de allí ellos después empezáronles a poner este nombre a los indios y en lugar de llamarles tarascue, llamáronlos tarasco, el cual nombre tienen agora y las mujeres tarascas. Y córrense mucho destos nombres. Dicen que de allí les vino, de aquellas mujeres primeras que llevaron los españoles a México, cuando nuevamente vinieron a esta provincia.

Tornaron a entrar en su consulta el cazonci con sus viejos y señores y díjoles: "¿Qué haremos? ya paresce que viene esta gente." Dijeron sus viejos: "Señor, ya vienen; ¿habémos de deshacer? ¿dónde habernos de ir? ya habemos sino vistos y hallados." Díjoles el cazonci: "Sea ansi, viejos, como lo quieren los dioses: bien lo supo mi padre y aunque el pobre fuera vivo, ¿qué había de decir el pobre?" Dijéronle los viejos: "Ansí es señor, como dices: ¿qué habíamos de hacer cuando vinieran las nuevas que vienen? Veremos a ver qué dicen. Esfuérzate, señor, si vinieren otra vez." Vinieron pues otros cuatro españoles y estuvieron dos días en la cibdad y pidieron veinte principales al cazonci y mucha gente y dióselos y partiéronse con la gente a Colima y llegaron a un pueblo llamado Haczquaran y quedáronse allí y enviaron los principales y gente delante para viniesen de paz los señores de Colima, donde quedaban los españoles y sacrificáronlos allá a todos, que no volvió ninguno, y los españoles desconfiados de su venida y de esperar los mensajeros, se volvieron a la cibdad de Mechuacán y estuvieron dos días y tornáronse a Méjico. XXIV Cómo oyeron decir de la venida de los españoles, y cómo mandó hacer gente de guerra el cazonci, y cómo fue tomado don Pedro que la iba a hacer a Taximaroa Pues vinieron las nuevas al cazonci, cómo los españoles habían llegado a Taximaroa, y cada día le venían mensajeros, que venían doscientos españoles, y era por la fiesta de Cahera cósquaro a diez y siete de Julio, cuando llueve mucho en esta tierra, y venía por capitán un caballero llamado Cristóbal de Oli.

Sabiendo su venida el cazonci, cómo venía de guerra, temió que le habían de matar a él y a toda su gente, y juntó los viejos y los señores y díjoles: "¿Qué haremos?" y estaban allí estos señores Timas que le llamaba tío el cazonci, que tenía mucho mando, y no era su tío, y otro llamado Ecango; otro Quezequampare, y Tashauaco, por otro nombre llamado Uitzitziltzi, y Cuinierángari, don Pedro, que eran hermanos él y Tashaucao, y otros señores, y díjoles: "¿Qué haremos? Decid cada uno vuestro parecer: ¿de quién habemos de tomar consejo? ¿de otros?" Dijeron ellos: "Determínalo tú, señor, que eres rey. ¿Qué habemos de decir nosotros? Tú solo lo has de determinar." Díjoles el cazonci: "Vayan correos por toda provincia, y lléguese aquí toda la gente de guerra, y muramos, que ya son muertos todos los mexicanos, y ahora vienen a nosotros. ¿Para qué son los chichimecas y toda la gente de la provincia? que no hay falta de gente. Aquí están los matlacingas y otomíes y uetama y cuytlatecas y escamoecha y chichimecas, que todos estos acrecientan las flechas a nuestro Curicaueri. ¿Para qué están ahí, sino para esto? aparéjese a sufrir el cacique señor de todos los pueblos que se apartare de mí y se revelare." Y fueron los correos por toda la provincia, y señores y sacerdotes a hacer gente, y llamó el cazonci a Don Pedro, que su padre había sido sacerdote y díjole: "Ven acá, que yo te tengo por hermano en quien tengo de tener confianza, que ya son muertos los viejos mis parientes, ya van camino: irán lejos y iremos tras ellos: muramos todos de presto y llevemos nuestros estrados de la gente común.

Ve a hacer gente de guerra a Taximaroa y a otros pueblos." Respondióle don Pedro: "Señor, ansí será como dices, no quebrantaremos nada de lo que mandas, pues que lo has mandado, no quebraremos nada de tus palabras, yo iré, señor." Y partióse don Pedro, que agora gobernador, con otro principal llamado Muzúndira, y en día y medio llegó a Taximaroa, desde la cibdad, que son diez y ocho leguas, y juntóse toda la gente de Ucareo y Acámbaro y Araró y Tuzantlan, y estaban todos en el monte con sus arcos y flechas, y topó don Pedro en el camino un principal llamado Quezequarnpare, que venía de Taximaroa, donde estaban los españoles, todo espantado, y saludóle y díjole: "Señor, seas bien venido" y no le respondió aquel principal. Después díjole: "¿Pues qué hay?" Díjole don Pedro: "Envíame el cazonci a hacer gente y otros prencipales han ido por toda la provincia a hacer gente de guerra, y envióme a estos pueblos, a Taximaroa y a Ucareo y a Acámbaro y Araró y a Tuzantla: a esto vengo." Díjole aquel principal: "Ve si quisieres, yo no quiero hablar nada, ya son muertos todos los de Taximaroa. Y despidiéronse y llegó a Taximaroa don Pedro, y no halló gente en el pueblo, que todos se habían huido, y fue preso de los españoles y mejicanos por la tarde y luego por la mañana le llevaron delante el capitán Cristóbal de Olí, y hizo llamar un nauatlato o intérpetre de la lengua de Mechuacán, y vino el intérpetre llamado Xanaqua, que era de los suyos, y había sido cativado de los de México y sabía la lengua mexicana y la suya de Mechuacán y venía por intérpetre de los españoles y preguntóle Cristóbal de Olí: "De dónde vienes?" Díjole don Pedro: "El cazonci me invía".

Díjole Cristóbal de Olí. "¿Qué te dijo?" Díjole don Pedro: "Llamóme y díjome, vé a rescibir los dioses (que ansí llamaban entonces a los españoles a ver si es verdad que vienen: quizá es mentira; quizá no llegaron sino hasta el río y se tornaron por el tiempo que hace de aguas; velo a ver, y házmelo saber y si son venidos, que se vengan de largo hasta la cibdad. Esto es lo que me dijo." Díjole Cristóbal de Olí: "Mientes en esto que has dicho; no es ansí, mas queréisnos matar; ya os habéis juntado todos para darnos guerra: vengan presto si nos han de matar o quizá yo los mataré a ellos con mi gente" que traia mucha gente de México. Díjole don Pedro: "No es ansí, ¿por qué no te lo dijera yo?" Díjole Cristóbal de Olí: "Bien está, si en así como dices, tórnate a la cibdad, y venga el cazonci con algún presente y sálgame a rescibir en un lugar llamado Quangaceo, questá cerca de Matalcingo, y traiga mantas de las ricas, de la que se llaman catzángari y curitze y tzitzupu y echere atácata y otras mantas delgadas y gallinas y huevos y pescado de lo que se llama cuerepu y acumarani y urápeti y thiro y patos: traígalo todo a aquel dicho lugar, no deje de cumplillo, y no quiebre mis palabras." Díjole don Pedro: "Bien está, yo se lo quiero ir a decir." Y ahorcaron dos indios de México porque habían quemado unas cercas de leña que tenían en los cúes de Taximaroa y díjole Cristóbal de Olí: "Dí al cazonci, que no haya miedo, que no le haremos mal.

" Y fuéronse a oír misa los españoles, y estaba allí don Pedro, y como vio al sacerdote con el cáliz y que decía las palabras, decía entre sí: "Esta gente todos deben ser médicos, con nuestros médicos que miran en el agua lo que ha de ser y allí saben que les queremos dar guerra", y empezó a temer. Acabada la misa, hizo llamar Cristóbal d'Olí cinco mexicanos y cinco otomíes, y díjoles que fuesen con don Pedro a Mechuacán, y dijo aquel intérprete, que traín los españoles llamado Xanaqua, a don Pedro a la partida: " Ve señor en buena hora, y dí al cazonci que no dé guerra, que son muy liberales los españoles y no hacen mal, y que haga llevar el oro que tiene huyendo y la plata y mantas y maíz, que ¿cómo se lo ha de quitar a los españoles después que lo vean?: que desta manera hicieron allá en México, que lo escondieron todo." Díjole don Pedro: "Basta lo que me has dicho; muy deliberalmente lo dices, en lo que me has dicho; yo lo diré ansi a1 cazonci" y partióse con aquellos mexicanos y otomíes, y llegaron con él hasta un lugar llamado Uasmao, obra de tres leguas antes de Matlzingo, y díjoles: "Quedaos aquí, y yo me iré delante" y hacíalo porque no viesen la gente de guerra. Y vínose delante de priesa y halló ocho mil hombres de guerra en un pueblo llamado Indeparapeo y venía un capitán con ellos llamado Xamando, y díjoles don Pedro: "Dividíos, y los de aquí que no vienen enojados los españoles, mas vienen alegres; que el cazonci ha devenir a rescibillos a Quangaceo, que ansí me lo dijeron que se lo dijese, y a esto vengo; íos a vuestras casas.

" Y despidióse de aquella gente, y vino más adelante a un lugar llamado Hetúguaro, unos cúes questán en el camino viejo de México, y hallo también ahí otros ocho mil hombres en una celeda, y díjoles: "Levantaos, dividíos, que yo tengo". Díjole el capitán: "Por qué nos habemos de ir? ¿qués lo que quieren los españoles? ¿qué dicen?" Díjole don Pedro: "No vienen enojados mas alegres, y el cazonci ha de salir a recebillos a un lugar llamado Quangaceo". y díjole el capitán "Pues por qué nos metió miedo a todos Quezequampare, que vino delante, y dijo que habían muerto todos los de Taximaroa?": Díjole don Pedro: "No lo sé; no me quiso hablar cuando le topé." Y el capitán questaba con aquella gente se llamaba Tashauaco, por otro nombre Uitzitziltzi, hermano mayor desde don Pedro, y díjole: "Aguija hermano, que damos mucha pena al cazonci, que no está esperando sino las nuevas que tú le trujeres; yo en amanesciendo me voy a la cibdad con la gente."

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