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Desarrollo


VIAJE A YUCATÁN INTRODUCCIÓN No es aventurado afirmar que la arqueología maya y el interés por el conocimiento de esta apasionante cultura nacieron, a pesar de la existencia de varias exploraciones y trabajos anteriores, con los viajes que John Lloyd Stephens y Frederick Catherwood efectuaron, por tierras mexicanas y centroamericanas, a mediados del siglo XIX. A ellos se debe la recuperación para la historia del pasado de un pueblo que, hasta esas fechas, había permanecido totalmente ignorado. Durante muchos siglos, una de las más complejas civilizaciones de la América indígena, que alcanzó su máximo esplendor y desarrollo durante el Período Clásico (300-900), en un ambiente ecológico verdaderamente hostil; esperaba pacientemente, en ruinas, cubierta por la vegetación y el abandono, ser rescatada y ocupar un lugar de privilegio entre las grandes civilizaciones que a lo largo de su historia ha creado la humanidad. Bernal Díaz del Castillo, testigo presencial de la entrada de Cortés en Tenochtitlan y de la conquista de México, nos habla de la fabulosa capital azteca en los siguientes términos: Y de que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, e veímoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho# ¿Quién podrá decir la multitud de hombres y mujeres y muchachos que estaban en las calles y azoteas y en canoas en aquellas acequias, que nos salían a mirar? Era cosa de notar, que ahora que lo estoy escribiendo se me representa todo delante de mis ojos como si ayer fuera cuando esto pasó# (1984: 312-315).

Estas descripciones de primera mano, que fueron negadas, o tachadas de exageradas, por los eruditos durante mucho tiempo, no existen para el área maya; pues los grandes centros que poblaron su territorio cayeron en decadencia mucho antes de la llegada de los conquistadores; aunque Tayasal, último reducto maya, se rinde a los españoles en 1697. Los mayas En líneas generales, Guatemala, Belice, el oeste de Honduras y El Salvador, y los Estados mexicanos de Campeche, Yucatán, Quintana Roo, Chiapas y parte del Tabasco forman el área donde se desarrolló la cultura y la civilización maya. El hombre la ocupó quizás hace unos 10.000 años, como así parecen confirmarlo los trabajos efectuados en Los Tapiales, en las Tierras Altas de Guatemala, lugar en el que se halló un pequeño campamento de cazadores asociado a una importante muestra de material lítico, a base de raspadores, puntas tipo Clovis, hojas, etcétera. Pero las continuas excavaciones amplían esta temprana presencia a otras partes de su territorio. El abrigo rocoso de Santa Marta Ocozocoautla en Chiapas, la Gruta de Loltún en Yucatán, y algunos sitios de Belice nos ponen en contacto con gentes que utilizaban los refugios naturales como lugar de habitación, y participaban de una tradición lítica iniciada con los cazadores superiores que poblaron América del Norte. Lítico hasta el 7.500 a. C. Arcaico 7.500 - 2.500 a. C. Formativo Temprano 2.000 - 800 a. C. Formativo Intermedio 800 - 300 a.

C. Formativo Tardío 300 a. C - 150 d. C. Protoclásico 150 - 300 Clásico Temprano 300 - 600 Clásico Tardío 600 - 900 Postclásico Temprano 900 - 1.200 Postclásico Tardío 1.200 - 1.530 Hacia el 2500 a. C. se producen una serie de transformaciones que van a dar origen a lo que más tarde iba a ser una de las más fascinantes civilizaciones de toda la América antigua. En esta época comienzan a aparecer en algunos sitios de Belice pequeñas estructuras domésticas de forma rectangular, que descansaban sobre plataformas de escasa altura, asociadas a diversos materiales cerámicos, manos y metates, y restos de diferentes animales. Otras estructuras de planta circular tal vez nos pongan en conexión con edificios destinados a algún tipo de práctica religiosa. La agricultura se extendió firmemente por todo el territorio, y en las etapas media y final de este Período Formativo comienzan a surgir y a asentarse los rasgos que van a definir el complejo mundo cultural de los mayas, como son la erección de pirámides y estelas. Es en el Período Protoclásico cuando se produce un gran aumento de la población, que se va a concentrar junto a los centros nacidos en la etapa anterior. La sociedad maya aparece ya fuertemente estratificada, y a la cabeza de ella se encuentran una serie de jefes sacerdotales que imponen su autoridad y conocimientos sobre el resto de la población. El dominio de los resortes del poder y de los medios de producción de esta sociedad teocrática va a provocar la creación de poderosos centros y un florecimiento intelectual, artístico y económico sin precedentes, en lo que en la actualidad se conoce como Período Clásico.

El calendario, la erección de estelas, la religión alcanzan un gran desarrollo, y se levantan las más bellas muestras de la arquitectura maya: Palenque, Bonampak, Uxmal y los Templos de Tikal, entre otros ejemplos. Pero, en el siglo IX de nuestra era, toda esta actividad creadora se interrumpe de forma dramática. Es lo que se conoce con el nombre de colapso maya, fenómeno que se ha tratado de explicar desde muy diversas vertientes, hablándose de accidentes meteorológicos, como erupciones volcánicas o terremotos; o, por el contrario, centrándose en otro tipo de cuestiones como las revueltas campesinas, invasiones de pueblos extranjeros, aumento de la población o guerras civiles. Sea como fuere, a partir del año 900 son visibles en la sociedad maya una serie de transformaciones importantes, que nos introducen en el Período Postclásico. Los putunes, gentes procedentes del sur de Campeche y del delta del Usumacinta, van a potenciar las vías marítimas alrededor de la Península de Yucatán, con lo que los centros del interior pierden importancia en beneficio de los asentamientos costeros. Chichén Itzá es en esta época el centro de mayor importancia, y lugar en el que los itzáes, grupo procedente del centro de México, imponen su dominio, costumbres e influencias que tanto se dejarán sentir en esta parte de la Península. Hacia el 1250 comienza el predominio de la ciudad de Mayapán, con la caída del poder de los itzáes, que deberán emigrar hacia el interior del Petén, instalándose en la ciudad de Tayasal.

Esta situación se mantendrá durante varios siglos, hasta que una serie de revueltas civiles, dirigidas por los Xiu de Mayapán, acabarán con el poder del linaje Cocom, gobernante de la ciudad en 1441. Desde esta fecha, en la que el poder centralizado desaparece, y hasta la llegada de los españoles, Yucatán aparece dividida en diecinueve unidades políticas, que van a alcanzar un elevado grado de organización autonómica, siendo éste el panorama de disgregación, decadencia y enfrentamientos que se encuentran los españoles a su llegada a estas tierras. Descubrimiento y conquista de Yucatán A pesar de ser la de Yucatán una de las primeras regiones de tierra firme en descubrirse, no fue sino hasta mediados del siglo XVI cuando se consolidó el dominio español sobre este territorio. La falta de metales preciosos, lo que originó un buen número de deserciones entre los soldados deseosos de encontrar fortuna fácil y rápida, unido al gran anhelo de libertad del pueblo maya, que combatió duramente a los españoles, son causas que motivaron el retraso en el proceso conquistador. Las fuentes clásicas de la historia de Yucatán atribuyen el descubrimiento de la Península a la expedición que en 1517 dirigió Francisco Hernández de Córdoba. Fray Diego de Landa, uno de los principales cronistas de la época e importante punto de referencia para todo lo que atañe a la historia maya prehispánica de Yucatán, nos dice #que en el año de 1517, por cuaresma, salió de Santiago de Cuba Francisco Hernández de Córdoba# y que llegó a la Isla de Mujeres, que él puso este nombre por los ídolos que allí halló de las diosas de aquella tierra# y que llegaron a la punta de Cotoch y que de allí dieron vuelta hasta la bahía de Campecbe (Landa, 1985: 44).

Los expedicionarios se acercaron hasta Champotón, pero tuvieron que retornar a Cuba tras algunos encuentros nada favorables con los naturales del lugar. En 1518, Diego Velázquez, gobernador de Cuba, ante los positivos informes que, sobre las riquezas de isla Mujeres, había recibido, envió a Juan de Grijalva y Francisco de Montejo a explorar estos territorios, llegando a Cozumel y Champotón, lugar en el que tuvieron otro desgraciado incidente con sus belicosos pobladores. Sin embargo, algunos autores atribuyen el descubrimiento de la Península a la expedición de Juan Ponce de León, el cual llegó a estos territorios en 1513, aunque el contacto hispano con gentes mayas se produce con anterioridad a todos los hechos anteriormente narrados. En 1502, Cristóbal Colón en su cuarto viaje a las Indias encuentra una canoa de mercaderes mayas por el Golfo de Honduras, siendo en 1511 cuando la malograda expedición de Valdivia provoca el que dos hombres, Jerónimo de Aguilar y Gonzalo de Guerrero, pasen a la historia de la conquista por circunstancias muy distintas. Capturados junto con otros compañeros de naufragio, lograron salvarse a los sangrientos ritos mayas. Aguilar pudo, pasados algunos años, regresar junto a Cortés, sirviéndole, al igual que la Malinche, de intérprete; mientras que Guerrero contrajo matrimonio con una mujer maya, tuvo tres hijos y dirigió con efectividad la defensa de su nuevo pueblo contra los españoles, a manos de los cuales murió en el sitio de Omoa (Honduras).

Éstos son los antecedentes más inmediatos a la conquista y colonización de la Península de Yucatán. En ésta y posteriores épocas, son numerosos los cronistas que dedican, gran parte de su tiempo, a escribir sobre la vida, costumbres e historia pasada del pueblo colonizado, y así, Diego de Landa, López de Cogolludo, Antonio de Ciudad Real, entre otros, son nombres fundamentales para el estudio y el conocimiento de la cultura y la civilización maya. Durante muchos años sus obras permanecieron olvidadas, y las grandes ciudades y centros ceremoniales del Mayab1, abandonados desde mucho antes de la llegada de los españoles, quedaron como testigos mudos de una época de esplendor. El silencio, la oscuridad y el olvido se cernieron sobre estos lugares los nombres de Copán, Uxmal, Chichén, Palenque, que en otro tiempo fueron sinónimos de grandeza, desaparecieron durante cientos de años del conocimiento de la generalidad. John Lloyd Stepbens El 25 de noviembre de 1805 nacía en Shrewsbury, New Jersey, un polifacético personaje, que, años más tarde, iba a convertirse en uno de los precursores de la arqueología maya: John Lloyd Stephens. Cuando contaba trece meses de edad su familia se trasladó a New York, ciudad en la que en 1815 comenzó a recibir clases en la Escuela Clásica Preparatoria, como primer paso de su ingreso en el Colegio Superior Columbia allá por 1818. A los diecisiete años de edad inicia como escribano los estudios de Derecho al lado del abogado Daniel Lord, persona que años más tarde recomienda a Stephens ingresar en la Escuela de Derecho de Connecticut, institución de gran prestigio, en cuyas aulas se habían formado dos vicepresidentes de los Estados Unidos, varios senadores, miembros del Congreso, gobernadores y magistrados de la Corte Suprema; siendo en 1827 cuando John Lloyd Stephens se gradúa en Derecho a los veintiún años de edad.

Pero la práctica jurídica, que nunca llegó a entusiasmarle, fue dejando paso a un gran interés por la vibrante actividad política de su país, al lado del partido demócrata. Una persistente afección de garganta, tal vez adquirida a lo largo de los numerosos discursos que pronunciaba, hizo que, por recomendación médica, iniciara un largo viaje hacia Europa, que le devolviera la salud perdida. Éste, en principio, tranquilo viaje, le llevó a visitar un buen número de lugares del viejo y, en aquella época, romántico continente. Roma, Nápoles, Sicilia y Grecia fueron pasos obligados que le condujeron a oriente y que le llevaron hasta Esmirna, Constantinopla, Odesa y Varsovia. En noviembre de 1835 llegó a París con la intención de embarcar hacia los Estados Unidos, pero los barcos estaban atestados de emigrantes, y Stephens no pudo conseguir ningún pasaje. Y es en la capital francesa donde decide viajar a Petra, a través de Egipto y el Nilo, llegando a Alejandría a finales de ese mismo año. Por razones de seguridad, se vio obligado a conseguir un salvoconducto firmado por Mehemet Alí, pachá de Egipto, que en cierta forma y con bastantes limitaciones protegiera a su expedición durante su largo recorrido. Stephens visitó Menfis y Gizeh, llegando a Tebas, Luxor y Karnak, y con el seudónimo de Abdel Hassis se acercó, no sin dificultades, a la fascinante ciudad de Petra, donde debió pagar para acceder a ella al jeque de la misma, llamado El Alouin.

Tras la publicación de Incidents of Travel in Arabia Petrea (1837) e Incidents of Travel in Greece, Turkey, Russia and Poland (1838), en los que, con un peculiar estilo poco común en su época, narraba sus experiencias viajeras por estos territorios, los siguientes años de su vida los iba a consagrar al descubrimiento de la cultura y la civilización maya, faceta esta de la que más tarde hablaremos y que culmina con la publicación de Incidents of Travel in Central America, Cbiapas and Yucatan (1841) e Incidents of Travel in Yucatan (1843). Hombre de prestigio, alabado por todos y afortunado en la práctica totalidad de las empresas que iniciaba, en 1847 es nombrado vicepresidente y director de la Ocean Steam Navigating Company, y tiempo después participa en la fundación de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, siendo un gran impulsor de esta magna obra. En 1850, Stephens pide a Frederik Catherwood, compañero y amigo desde hacía años, que se encargue de la dirección de estos trabajos, pues debía ausentarse de Panamá y viajar hasta Bogotá para negociar el tratado entre el Gobierno y la Compañía Ferroviaria, de la que más tarde sería presidente. A su regreso a Panamá, dirigió los trabajos que conducían a la finalización del proyecto, pero su salud comenzaba a flaquear y el paludismo le atacaba constantemente. Cierto día se le encontró inconsciente al pie de una gigantesca ceiba conocida, durante muchos años, como el árbol de Stephens, lugar donde la creencia popular creía que había muerto.

Sin embargo, trasladado a Nueva York en un estado crítico, falleció el 13 de octubre de 1852, sin haber podido asistir a la botadura del buque de la Panama Mail Steamship Company, que llevaría su nombre. Enterrado en el cementerio de Old Marble, no fue, sino hasta 1947, cuando un grupo de admiradores colocaron sobre su olvidada y abandonada tumba una placa decorada con un jeroglífico maya en la que podía leerse: Bajo esta bóveda se encuentran sepultos los restos de John Lloyd Stepbens 1805-1852, viajero y autor, precursor en el estudio de la civilización maya de América Central, proyectista y constructor del ferrocarril de Panamá. Frederick Catherwood Frederick Catherwood, arquitecto, dibujante, ingeniero y arqueólogo, nació en el londinense barrio de Hoxton, el 27 de febrero de 1799, en el seno de una familia burguesa. No es mucho lo que se sabe de la vida y, sobre todo, del pensamiento de quien en la actualidad es considerado como uno de los más grandes artistas que, especialmente, la arqueología maya ha tenido a lo largo de su historia. No cabe duda de que en sus primeros años recibió una buena educación, lo que le convirtió en un excelente lingüista capaz de hablar el árabe, el italiano, el griego y leer el hebreo. Hacia 1820 asiste a las clases que impartía la Academia Real de Londres, lugar donde tomó contacto con el arte que más tarde llegó a inmortalizarle: el dibujo. La muerte de John Keats, artista y amigo íntimo de Catherwood, hizo que éste llegara a Roma a petición del pintor Joseph Severn, quien iba a acompañar en la Ciudad Eterna al fallecido Keats.

Es en 1821 cuando Frederick Catherwood llega a Roma, siendo admitido en el círculo cerrado que representaba la llamada Sociedad de Ingleses. Tras su estancia en Roma, en donde dibujó y participó en las excavaciones del Foro, viajó por Grecia y se adentró en Egipto junto al equipo de Robert Hay, noble inglés que preparaba en el año de 1824 una importante expedición por el Nilo. La aportación de Catherwood a este grupo explorador fueron las mediciones y el plano de Tebas, así como el dibujo de la ciudad y el valle sobre el que se asentaba. Más tarde dibujó los Colosos de Memnón, y viajó por Edfú, Elefantina y la isla de Filae. En 1832, Catherwood se encuentra en Túnez, y en 1833, junto con Arundale y Bonomi, inicia una expedición por el Sinaí y la Arabia Pétrea. Tras recorrer el litoral del Mar Rojo, llegaron al Convento de Santa Catarina en el Sinaí, y en octubre de ese año entraron en Jerusalén, lugar en el que Catherwood efectuó uno de sus más importantes trabajos: la restauración de El-'Aqsá, la mezquita de Omar, y el dibujo de una visión panorámica de Jerusalén. En 1835 regresa a Londres y se relaciona con Robert Burford, quien lo introdujo en el negocio de los Panoramas, que estaban centrados en la Plaza Leicester, lugar donde, y desde hacía años, se habían aprovechado los grandes edificios de planta circular allí existentes para exhibir enormes pinturas y murales profusamente iluminados. Era la atracción del momento. Pero a diferencia de Stephens, la fortuna le sonrió pocas veces.

El 31 de julio de 1842, el Panorama de Tebas y Jerusalén que estaba expuesto, desde hacía años, en un edificio de la calle Prince de Nueva York, se incendió, quemándose la práctica totalidad de las colecciones arqueológicas reunidas en el segundo viaje por tierras mexicanas, que habían sido instaladas allí. Afortunadamente, parte de los dibujos que Catherwood realizó pudieron salvarse del desastre, ya que habían sido entregados a los editores Harper and Brothers para la publicación de la obra de Stephens. En 1844 publica, no sin dificultades, Views of Ancient Monuments of Central America, Chiapas and Yucatan. Este libro fue proyectado, en un principio, como una magna obra de arqueología americana, en la que iban a participar personajes de la categoría intelectual de Prescott, Humboldt y Stephens. El medio de financiación iba a basarse en la búsqueda de un número apropiado de suscriptores, que hicieran, económicamente viable, este gran proyecto editorial. Sin embargo, su amigo Stephens se aparta de la realización de esta obra, y los editores, al no conseguir suficientes suscripciones, se retiran del proyecto. Frederick Catherwood en solitario, y haciéndose cargo del coste económico de la edición, publica al fin sus Views, dedicadas a Stephens. En 1845 es admitido como ingeniero en la Compañía Ferroviaria Damerara, que planeaba la construcción del primer ferrocarril de América del Sur, entre Georgetown y el interior de la Guayana Británica, y en 1850 se encuentra en San Francisco realizando algunos trabajos relacionados con la construcción de vías ferroviarias e iniciándose en el negocio de la minería.

Al año siguiente sale de California, rumbo a Londres, atraviesa Panamá y ve a Stephens por última vez, aunque la correspondencia continuó entre ambos hasta la muerte de Stephens, ocurrida en 1852. Tras el fallecimiento de su compañero de viajes, publica, en 1854, una edición de Incidents of Travel in Central America, en homenaje a Stephens. Hombre desgraciado en los negocios a lo largo de toda su existencia, ve cómo las empresas mineras de California en las que estaba tomando parte, comienzan a tener graves problemas financieros. Preocupado por el cariz que van tomando los acontecimientos, decide regresar a los Estados Unidos en un barco que cubría la línea Liverpool-New York. El vapor Arctic, con 385 pasajeros a bordo, partió del puerto inglés en septiembre de 1854, pero nunca llegó a su destino. Catherwood murió ahogado, el día 20 de ese mismo mes, tras la colisión del Arctic con el vapor francés Vesta, en las proximidades de Terranova. Al igual que sucedió con John L. Stephens, el olvido inmediato se cernió sobre su figura, siendo la única persona, de entre todas las fallecidas tras el desastre marítimo, sobre quien los periódicos de la época no publicaron ninguna nota necrológica. Frederick Catherwood se nos ha presentado como un hombre de gran modestia, que sólo en algunas ocasiones pudo abandonar ese irremediable segundo plano al que, a lo largo de su vida, parece haber estado abocado. Desgraciado en los negocios y en cuantas empresas iniciaba, no pudo por sus continuas dificultades económicas, y salvo contadas ocasiones, poner al servicio del arte todo su talento creador. Como certeramente escribe uno de sus mejores biógrafos (Hagen, 1981: 364): El arquitecto y dibujante que reparó y dibujó la mezquita de Omar, el panoramista de la plaza Leicester y, posteriormente, de Nueva York, el codescubridor de la civilización maya, acerca de quien los periódicos de Nueva York habían publicado tanto durante un período de quince años, el ingeniero del primer ferrocarril de América del Sur, uno de los argonautas de San Francisco, uno de los más grandes artistas arqueológicos que haya nunca existido, pasó inadvertido, casi podría pensarse, en un silencio deliberado.

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