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Datos principales


Desarrollo


Al día siguiente, permanecimos en casa hasta el mediodía; luego, nos acercamos al palacio del rey a lomos de elefantes, y con los obsequios ante nosotros, como en el atardecer anterior. Así, hasta el palacio real. Aparecían todas las calles repletas de hombres con espadas, lanzas y escudos, según el rey lo ordenó. Siempre sobre los elefantes, pisamos el patio del palacio, más tarde, a pie, una escalera -en compañía del gobernador y de otros jerarcas-, hasta penetrar en una sala grande, llena de muchos nobles, donde se nos acomodó sobre unas esteras, dejando cerca las vasijas con nuestros obsequios. Al fondo de esta sala recaía otra más alta, aunque menor, adornada enteramente por reposteros de seda, en la que abríanse dos ventanas con cortinas de brocado por las que penetraba la luz. Trescientos peones, con las espadas desnudas sobre el muslo, formaban allí la guardia del rey. Y enfrente, distinguíase una segunda abertura, cuya cortina de brocado recogiose pronto. Vimos allá al rey, sentado a una mesa con un hijo suyo muy niño, mascando betrel; detrás, sólo sus mujeres. Aína, uno de los nobles, nos informó de que no podíamos hablar con el monarca, y que, si queríamos alguna cosa, se la dijésemos a él, quien debería retransmitirla en tal caso a otro más noble, éste a un hermano del gobernador -quien había pasado a la sala más pequeña ya-, y el gobernador, por penúltimo, la repetiría a través de una cánula que cruzaba la última pared a alguien que estaba con el rey dentro.

Y nos mostró cómo debíamos hacer ante éste las tres reverencias: juntando, en cada una, sobre la cabeza las manos, y no besándonoslas después hasta haber alzado primero un pie y luego el otro. Así fue hecho, por ser aquella su reverencia real. Le expusimos que éramos del rey de España, quien nos mandó a concertar paces, y que no pretendíamos otra cosa que poder traficar. Hizo el rey que nos dijesen que, puesto que el rey de España quería ser amigo suyo, él le hacía feliz serlo del de España; y que tomáramos agua y leña de sus estados, comerciando a nuestro gusto, además. Dímosle los presentes: ante cada uno, medio iniciaba una reverencia. Había para todos nosotros brocatel y lienzos con oro y seda, que colocaron sobre nuestro hombro izquierdo, aunque retirándolos al punto. Sirvieron una colación de clavo y canela; y volvieron a correr la cortina y a cerrar las ventanas. Todos los varones que vimos en palacio cubrían sus vergüenzas con telas bordadas en oro o en seda; llevaban dagas con empuñadura de oro y adornos de perlas y piedras preciosas, y sortijas a profusión. Siempre sobre los elefantes, regresamos a casa del gobernador, precedidos ahora por sólo siete hombres con nuestros regalos. Una vez allá, dieron a cada cual los suyos, poniéndonoslos otra vez sobre el hombro izquierdo; y nosotros, a cada cual, un par de cuchillos para compensarles el azacaneo aquel. Aparecieron en casa del gobernador nueve hombres con otras tantas hondas bandejas de madera, de parte del rey.

Contenía cada una diez o doce escudillas de porcelana, llenas de carne de ternero, de capones, gallinas y otros animales, así como pesca. Cenamos en tierra, sobre una esterilla de palma, de treinta a treinta y dos platos diferentes de carne, sin contar los pescados y otras cosas. A cada bocado, nos bebíamos una copita de aquel vino destilado; copitas de porcelana, y no mayores que un huevo. El arroz y los demás alimentos dulces los tomábamos con unas cucharillas de oro de la misma forma que las europeas. Donde dormimos esas dos noches lucían perpetuamente dos hachones de cera blanca, rematando sendos candelabros de plata más bien altos, así como dos lámparas grandes, llenas de aceite y con cuatro mechas cada una; dos hombres hallábanse al cuidado de despabilarlas. Los elefantes volvieron, para conducirnos a la orilla del mar; de allí, en dos praos, nos dirigimos hacia las carabelas. Está construida esa ciudad, toda, sobre agua salada, fuera de la casa del rey y las de algunos nobles; y suma veinticinco mil fuegos. Las casas son de madera, en lo alto de estacas fuertes y durante la marea alta, las mujeres cruzan en pequeñas embarcaciones para vender o comprar víveres. Ante la casa del rey, álzase un muro de ladrillos, grueso y con barbacanas, como fortaleza; y, sobre él, cincuenta bombardas de metal y seis de hierro. Durante los dos días que estuvimos allí dispararon muchas. Aquel rey es moro y por nombre Siripada. Tenía cuarenta años y estaba gordo.

No le sirven y cuidan más que mujeres, hijas de sus notables. Jamás abandona su palacio, salvo para ir de caza; nadie le puede hablar sino a través de un canuto. Rodéanle diez escribanos, que pasan su asunto a unas delgadísimas cortezas de árbol. A éstos los llaman xiritoles. En la mañana del lunes 29 de julio vimos venir hacia nosotros más de cien praos, divididos en tres agrupaciones, con otros tantos tungulis, que son sus barcas pequeñas. Ante esto, y con la sospecha de que se tratara de cualquier engaño, hicímonos, lo más velozmente posible, a la vela; tan velozmente, que abandonamos un ancla. Mas temíamos aún vernos cercados entre una gran cantidad de juncos que habían anclado a nuestras espaldas el día anterior... Así, que nos revolvimos con rapidez sobre éstos y apresamos a cuatro, matando a muchos de sus ocupantes. Tres o cuatro consiguieron huir. Iba en uno de los apresados el hijo del rey de la isla de Lozón. Era éste capitán general del rey de aquí, de Burne, y acudía con sus juncos desde una villa grande, que llamaban Laoc, que está en un extremo de esta isla encarado hacia Java Mayor. El rey de Burne arruinaría y saquearía antes tal villa porque obedecía al de Java Mayor, en lugar de a él. Juan Carvajo, nuestro piloto, dejó libre a este capitán y su junco sin nuestro consentimiento, por cierta cantidad de oro, según después supimos. A no haberlo hecho, nos habría pagado el capitán cuanto se le pidiera, porque le tenían mucho por allá, pero mucho más por los gentiles, por cuanto estaba él al servicio del rey moro.

Porque hay en aquel puerto otra ciudad, de gentiles ésta y mayor que la del moro donde estuvimos. Edificada sobre el agua también, andan siempre los dos pueblos en combate por la posesión total del puerto. El rey gentil es tan potente como su colega el moro, mas no tan soberbio. Se le convertiría con facilidad a la fe de Cristo. El rey moro, cuando le dijeron de qué modo habíamos tratado a los juncos, nos envió a advertir, por uno de los nuestros que quedaron en tierra, que los praos no venían para perjudicarnos en absoluto, antes aparejáronse contra los gentiles; y como prueba de su afirmación, le enseñaron algunas cabezas degolladas, repitiéndole que eran de gentiles. Enviamos a decir al monarca que tuviese a bien consentir el regreso de los dos hombres que habían bajado a tierra para traficar, así como al hijo de Juan Carvalho (que había nacido en las tierras del Verzin), pero se negó. Culpa de Juan Carvalho, precisamente, por dejar libre a aquel capitán. Nos quedamos con dieciséis hombres de los principales, para traerlos a España y tres mujeres en nombre de la reina de España también; pero Juan Carvalho las usó como suyas. Sus barcos de importancia son los juncos, construidos de la siguiente manera: su fondo queda casi dos palmos sobre el nivel del agua, y es de tablas con clavos de árbol -bastante bien hecho-; corona esa armazón un plano contrapesado de cañas gordísimas, capaz de sostener tanto utillaje como una carabela. Su arboladura es de caña también y de corteza vegetal el velamen.

La porcelana sale de la tierra blanquísima, tras haber permanecido allá cincuenta años antes de su rematado; de esta forma, no sería tan fina. La entierra el padre para el hijo. Si se vierte veneno en una jarra de porcelana, se rompe al punto. Las monedas que en estas partes usan los moros son de metal, agujereadas en el centro para poderlas ensartar, y sólo constan en ella cuatro signos en una de las caras: son letras del gran rey de China y las llaman picis. Por un chatil de plata viva, que equivale a dos libras de las nuestras, dábannos seis platillos de porcelana; por un quinterno de plata, cien picis; por ciento sesenta chatiles, un jarroncito de porcelana; por tres cuchillos, un odre de porcelana; por cierto sesenta chatiles de metal, un bahar de cera -que son doscientos tres chatiles-; por ochenta chatiles de metal, un bahar de sal; por cuarenta chatiles de metal, un bahar de resina para calafatear las naves... Pues por aquí alquitrán no se encuentra. Veinte tahiles constituyen un chatil. Aprecian por encima de todo el metal, la plata viva, el vidrio, el cinabrio, los paños de lana, telas y nuestras demás mercancías; pero, especialmente, el hierro y los anteojos. Van estos moros tan desnudos como cuantos vimos hasta ahora, y se beben la plata viva. Los enfermos, para purgarse; los sanos, para seguir sanos. El rey de Burne posee dos perlas del tamaño de los huevos de gallina, y tan redondas que no pueden quedar quietas sobre una mesa y sé esto certísimo porque, cuando le llevamos los obsequios, se le indicó por señas que nos le mostrara; y dijo que lo haría.

Días después, algunos jerarcas nos confesaron haberlas visto ellos. Adoran estos moros a Mahoma y sus leyes: no comer carne de cerdo; limpiarse el culo con la mano izquierda; no comer con ésta; con la derecha, en cambio, no tomar cosa alguna; sentarse cuando orinan; no matar gallina ni cabra sin hablar antes con el sol; cortar a las gallinas las puntas de las alas, así como las pellejillas que les cuelgan y las patas, descuartizándolas después -primero, de arriba abajo-, lavarse la cara con la mano derecha; no lavarse los dientes con los dedos, y no comer ningún animal no muerto por ellos mismos. Están todos circuncidados, como los judíos. Crece en aquella isla el alcanfor, especie de bálsamo que brota entre los árboles; su piel es tan tenue como la de las cebollas. Si se la deja descubierta, poco a poco esfúmase en nada. La llaman capor. Prodúcese también la canela, jengibre, mirabolanes, naranjas, limones, chácaras, melones, cocos, calabazas, rábanos, cebollas, escarloños, vacas, búfalos, puercos, cabras, gallinas, ánsares, ciervos, elefantes, caballos y otras cosas. Es una isla tan grande que se tarda tres meses en circundarla en un prao; hállase en los 5 1/4 grados de latitud del Polo Ártico, y en los 176 2/3 de longitud desde la línea de partición; y se llama Burne. Al abandonar esta isla, volvimos atrás, en busca de cualquier puerto donde carenar las naves que hacían agua. Una, por poca atención de su piloto, rozó ciertos bajos de una isla que llaman Bibalon; pero con la ayuda de Dios, conseguimos rescatarla.

Uno de sus marineros se ingenió para alumbrar una candela en un barril lleno de pólvora para las bombardas: al retemblar la nao con el estallido, quedó libre. Siguiendo nuestra ruta, nos apoderamos de un prao lleno de cocos, que se trasladaba a Burne. Los hombres huyeron hacia un islote. Mientras capturábamos aquel, otros tres huyeron, hasta perderse tras un montón de arrecifes. Entre el último espolón de Burne y una isla llamada Cimbonbon -que se encuentra a los ocho grados y siete minutos- hay una ensenada perfecta para carenar naves; con lo que allá nos metimos, y, por no disponer de los elementos necesarios para nuestra tarea, se invirtieron cuarenta y dos días. En ellos nos fatigamos todos, quién por una labor, quién por otra; aunque nuestro esfuerzo principal lo recababa el tener que ir por leña al bosque descalzos. Hay allá cerdos salvajes; desde un esquife matamos uno, mientras nadaba de una isla a otra. Tenía una cabeza de dos palmos y medio de grande, y largos los dientes. También abundan los cocodrilos desmesurados, así de tierra como de mar, ostras y crustáceos de especies varias. La carne de dos de esos moluscos llegó a pesar, respectivamente, veintiséis libras y cuarenta y cuatro. Sacamos un pez con la cabeza como un cochino y dos cuernos; su cuerpo tenía un hueso sólo, con un bulto en la espalda en forma de silla de montar, y pequeño. Hay también árboles cuyas hojas, al caer, están vivas y andan. Son hojas aproximadamente como de moral, aunque menos largas.

Encuéntranse también pedúnculos por todas partes; el pedúnculo tiene sólo dos patas, es corto y puntiagudo, carece de sangre y huye cuando alguien choca con él. Durante nueve días tuve a uno guardado en una caja. Cuando la abría, daba vueltas en torno a ella. Pienso que no viven sino del aire. Habiéndonos ido de aquella isla, o sea, de su puerto, en el cabo de la de Pulaoan, nos tropezamos con un junco que venía de Burne, en el que viajaba el gobernador de esa Pulaoan que menciono. Advertímosle por gestos que arriara velas; pero negándose él, detuvímoslo contra su voluntad y lo saqueamos. Si el gobernador quería quedar libre, debía darnos, en el término de siete días, cuatrocientas medidas de arroz, veinte cerdos, veinte cabras y ciento cincuenta gallinas. Diolas, y además cocos, higos, caña de azúcar, odres de vino de palma y otras cosas. Apreciando su liberalidad, devolvímosle entonces algunos de sus puñales y arcabuces; regalámosle una bandera, una veste de damasco amarillo y veinticinco varas de paño. Y a un hermano suyo, una túnica verde y otras cosas. Nos apartamos de él amigos, retrocediendo nuevamente entre la isla de Caghaian y el puerto de Chipit, haciendo rumbo de un cuarto de levante hacia el siroco, para acometer el de Moluco. Cruzamos entre puntiagudos arrecifes, a cuyo alrededor encontrábase lleno de hierbas el mar, sobre un fondo exagerado. Al cruzar por ahí nos daba la impresión de ir metiéndonos en otro mar. Dejando Chipit al levante, encontramos otras dos islas, Zolo y Taguina, al otro lado, junto a las que nacen las perlas.

Las dos del rey de Burne las encontraron aquí, y según me refirieron, llegaron a su poder del siguiente modo: habiéndose casado aquél con una hija del rey de Zolo, le explicó ésta que su padre las tenía. Entonces, decidido a poseerlas como fuese, apareció una noche en Zolo con quinientos praos, apoderose del rey y de dos de sus hijos, y condújolos a Burne. Si quería la libertad, debería entregarle las perlas. Después, rumbo Nordeste 1/4 de Este, avistamos dos pueblos reducidos, por nombre Canit y Subanin, más una isla habitada (Monoripa) a diez leguas de los escollos. Las gentes de ésta tienen sus casas en barcas, que no habitan otra. En aquellos dos poblados de Canit y Subanin, que se hallan en la isla de Butuan y Calaghan, nace la mejor canela que en ninguna parte se encuentre. Detuvímonos dos días, volviendo a carenar las naves; mas, por soplar buen viento y deber doblar un cabo y ciertos arrecifes próximos, no quisimos entretenernos y desplegamos velas, no sin antes cambiar diecisiete libras de la mentada especie por algunos cuchillos de que despojáramos al gobernador de Pulaoan. El tronco de esa canela es de tres o cuatro codos de alto, y con el espesor de un dedo. Tiene muy escasas ramitas, con hojas como de laurel; pero el tronco es la canela. Recoléctase dos veces al año; tan fuertes como la canela resultan el tronco y las hojas, en pleno verdor. La llaman caiumana; caiu significa tronco, y mana, dulce. Esto es, "tronco dulce". Enfilando el rumbo del greco, y hacia una ciudad grande por nombre Maingdanao, la cual está en la isla de Baluan y Calaghan, para obtener alguna nueva de Maluco, nos apoderamos por la fuerza de un biguidai (como un prao) y matamos a siete de sus hombres.

Iban solamente dieciocho, tan fornidos como por esta zona viéramos; todos de los principales en Maingdanao. Uno de ellos nos dijo ser hermano del rey de ahí, y que sabía dónde se encontraba Maluco. Por lo que abandonamos el rumbo del greco por el del siroco. En un cabo de aquella isla de Baluan y Calaghan, por las riberas de un río, encuéntranse hombres peludos, grandes combatientes y arqueros; manejan espadas de un palmo de largo únicamente, y sólo se comen el corazón de sus enemigos, crudo y con zumo de naranja o de limón. Se llaman benajans ("los peludos"). Al iniciar la ruta del siroco nos encontrábamos en los seis grados y siete minutos del Ártico, y a treinta leguas largas de Canit. Con el siroco, encontramos cuatro islas: Ciboco, Beraham Batolach, Saranghani y Candihar. Un sábado por la noche, 26 de octubre, costeando Beraham Batolach, nos sorprendió una tempestad pavorosa; por lo que, invocando a Dios, arriamos todas las velas. De súbito, nuestros tres santos se aparecieron, rompiendo la oscuridad. Santo Elmo coronó la gavia más de dos horas, como un hachón; San Nicolás, sobre la mesana; Santa Clara, sobre el trinquete. Prometímosles consagrar un esclavo a cada uno de ellos, y entregar también a los tres su respectiva limosna. Continuando el viaje, conseguimos un puerto entremedias de aquellas dos islas de Sarangani y Candighar, deteniéndonos por el lado de Levante, cerca de un poblado de Sarangani, en el que se hallan oro y perlas. Son éstos pueblos gentiles, y circulan tan desnudos como los demás.

El puerto de marras aparece en los cinco grados nueve minutos, y dista de Canit cincuenta leguas. Encontrándonos allá, nos apoderamos cierto día de dos pilotos, para que nos guiaran hasta Maluco. Singlando entre mediodía y garbino, cruzose entre ocho islas, habitadas y deshabitadas: cuatro a babor, cuatro a estribor. Son: Cheana, Caniao, Cabia, Camanuca, Cabaluzao, Cheai, Lipan y Nuza. Hasta llegar a otra, al final de todas ellas, muy hermosa a la vista. Por venir vientos contrarios y no poder doblar una punta de mal tierra, andábamos de acá para allá, y siempre próximos; aprovecholo el hermano del rey de Maingdanao para huir en la noche, en compañía de un hijo suyo pequeño; pero, por no poderse mantener sujeto a la espalda de su padre, el niño, camino de la isla, se ahogó. No conseguimos doblar aquel cabo, así que pasamos de largo nosotros a mediodía de aquella tierra. Alrededor diseminábanse muchos islotes. Tiene la enunciada cuatro reyes: el rajá Matandatu, el rajá Lalagha, el rajá Bapti y el rajá Parabu, gentiles todos. Están en los 3 1/2 grados del Ártico, a 27 leguas de Sarangani, y llámanla Sanghir. Ahora, sin desviarnos, pasamos junto a otras seis islas: Carachita, Para, Zanghalura, Cian (ésta, a unas diez leguas de Sanghir, tiene un monte alto, pero de poca área, y por real al rajá Ponto), Paghinzara (a ocho leguas de Cian, con tres montes altos y un rey por nombre rajá Babintan) y Talaut. Luego encontramos, al este de Paghinzara, a unas doce leguas, dos islas no muy extensas: Zoar y Mean.

Detrás de ambas, el miércoles 6 de noviembre, descubrimos cuatro de gran elevación, a catorce leguas. El piloto, que seguía en la nave, afirmó que aquellas cuatro eran Maluco, así que dimos gracias a Dios y, por júbilo, descargamos la artillería toda. No era para maravillar a nadie que nos sintiésemos tan alegres, porque habíamos consumido veintiseis meses menos dos días en encontrar Maluco. Por todas las islas anteriores a ella, el fondo menor que encontrábamos era a cien y doscientas brazas; lo contrario de lo que decían los portugueses, que aquí no se podía navegar por los grandes bancos y el cielo oscuro, según ellos lo suponían. El viernes 8 de noviembre de 1521, tres horas antes de tramontar el sol, arribamos al puerto de una isla llamada Tadore, y, anclando en un fondal de veinte brazas, hicimos una salva completa. Al día siguiente, vino el rey en un prao y dio una vuelta completa a nuestras naves. Pronto nos acercamos a él en una lancha, para honrarle; nos hizo subir a su prao y sentarnos junto a él. Hallábase bajo una sombrilla de seda, cubierta también por los lados. Ante él, uno de sus hijitos sostenía el cetro real; dos servidores, vasijas de oro con agua para las manos: otros, en fin, guardaban ánforas llenas de betrel. Dijo el rey que fuésemos bien venidos; que, como él, mucho tiempo atrás, ya soñara con ciertas naves llegando a Maluco desde remotísimas tierras, para comprobarlos había invocado a la luna. Y que ya en la luna nos vio, porque quienes llegaban éramos nosotros.

Al llegar el rey a la carabela, muchos besaron su mano; luego, lo condujimos a la cámara de popa, y, por no inclinarse para entrar en ella, saltó por la escotilla. Hicímosle que ocupara un sillón de terciopelo rojo, cubrímosle con una veste de terciopelo amarillo a la turca, y para más honor, sentámonos los demás en tierra en torno a él. Tras ello, el rey reanudó su discurso: que él y todos sus pueblos querían sea a perpetuidad fidelísimos amigos y vasallos de nuestro rey de España, aceptándonos a nosotros como verdaderos hijos suyos; que debíamos bajar a tierra como a nuestra propia casa, porque, en adelante, ya su isla no iba a llamarse más Tadore, sino Castilla, del gran amor que alentaba hacia el rey y señor nuestro. Dímosle presentes: que eran la túnica, la poltrona, una pieza finísima de tejido, cuatro brazas de paño escarlata, un corte de brocado, un paño de damasco amarillo, algunos lienzos indios bordados en oro y seda, un trozo de berania blanca, tela de Cambaia, dos barretinas, seis sartas de cristalillos, tres espejos grandes, doce cuchillos, seis tijeras, seis peines, algunos vasos dorados y otras cosas. A su hijo, un paño indio de oro y de seda, un espejo grande, una barretina y dos cuchillos. A otros nueve de sus principales, un pedazo de seda a cada uno, barretinas y dos cuchillos. Y a muchos otros, a quién barretinas, a quién cuchillos, lo repartimos todo, hasta que el propio rey decidió que bastaba. Repitionos después no tener sino la propia vida que enviar al rey nuestro señor, y que debíamos aproximarnos más a la ciudad, pues si algunos de los suyos se encaramaba a las naves de noche, haríamos muy bien dándole muerte a tiros.

Tampoco al salir de la camareta quiso agacharse. Al despedirse, disparamos todas las bombardas. Este rey es moro y como de cuarenta y cinco años; bien constituido, de majestuosa presencia y excelente astrólogo. Vestía en tal punto una camiseta de tela blanca sutilísima, con los bordes de las mangas bordados en oro, y una especie de faldas desde la cintura hasta casi los pies descalzos. Tocábase con turbante de seda, más una guirnalda de flores encima; le llaman rajá sultán Manzor. El domingo 10 de noviembre, quiso el rey que le explicáramos cuánto tiempo hacía que habíamos salido de España, así como la soldada y el porcentaje que otorgaba el rey a cada uno de nosotros; y quiso también que le diésemos una firma del monarca y una bandera suya, puesto que, a partir de entonces, su isla y otra llamada Tarenate (en la que habría de coronar a su sobrino, por nombre Calonaghapi) iban a pertenecer, por su decisión, al rey de España. Iban, asimismo, a luchar por él hasta la muerte, y caso de faltarles resistencia, se trasladaría a la propia España él con todos los suyos, en un junco que daba orden de construir para el caso, portador de la firma y de la enseña real. Ya que, desde lejanos tiempos, era su servidor. Nos suplicó que le dejásemos allí algunos hombres, para que en todo momento estuviera presente el nombre de España, y no mercancías, que éstas rápidamente caducan. Y nos dijo que quería trasladarse a otra isla llamada Bachian, para abastecer más presto a nuestras naves de clavo, pues en la suya no había el suficiente seco como para llenar las dos.

Por ser hoy domingo, negose a cargar. El día feriado de estos pueblos es nuestro viernes. A fin de que Vuestra Ilustrísima Señoría recuerde las islas en que crece el clavo, anoto las cinco: Terenate, Tadore, Mutir, Machian, Bachian. Terenate es la principal y, en vida de su rey, señoreaba sobre casi todas los demás. En la de Tadore es en la que estábamos; tiene rey. Mutir y Machian no lo tienen, sino que se gobiernan en República y cuando los dos reyes de Terenate y de Tadore guerrean entre sí, les abastecen de soldados. La última es Bachian, con rey también. El conjunto de la provincia, donde nace el clavo, se llama Maluco. No hacía ocho meses aún que había muerto en Terenate un Francisco Serrano, portugués, capitán general del rey de Terenate contra el rey de Tadore, quien atacó con tal pericia, que el de Tadore hubo de entregar a su rival una hija en matrimonio, más casi todos los hijos de los principales en rehenes (de aquella hija había aquel sobrino del actual rey de Tadore). Después, concertada entre ellos la paz, habiendo venido a Tadore un día Francisco Serrano para comprar clavo, hízolo envenenar el rey de aquí con aquellas hojas de betrel. Sobrevivió sólo cuatro días; su rey quería enterrarlo según sus ritos, pero servidores del difunto no lo consintieron... Dejó un hijo y una hija pequeños, de una mujer que raptó en Java Mayor, y doscientos bahar de clavo. Serrano fue un gran amigo y pariente de nuestro inolvidable capitán general, y verdadera causa de que se decidiera éste a su empresa, porque, en más de una ocasión, encontrándose el nuestro en Malaca, habíale escrito hallarse él aquí.

Don Manuel, rey de Portugal a la sazón, negose a aumentar, como proponía nuestro capitán general para sus beneméritos, la soldada de sólo un testón al mes; por lo que hubo de pasar a España éste, obteniendo de la Sacra Majestad todo cuanto supo pedir. A los diez días justos de la muerte de Francisco Serrano, el rey de Terenate, por nombre rajá Abuleis, se permitió expulsar a su yerno, rey de Bachian, y la mujer de éste, olvidando ser su hija, le envenenó bajo pretexto de concluir paces. Murió a los dos días, dejando nueve hijos, cuyos nombres son éstos: Chechil Momuli, Iadore Vunighi, Chechili de Roix, Cili Manzur, Cili Pagi, Chialin Chachilin, Cathara, Vaiechu Serich y Calano Ghapi. El lunes 11 de noviembre, uno de los hijos de rey de Tarenate, Chechili de Roix, vestido de terciopelo encarnado, acercose con dos praos a las naves, golpeando los agons, pero no quiso subir. Traía consigo a la mujer, a los hijos y más efectos de Francisco Serrano. Al enterarse de quién era, enviamos a preguntar al rey si debíamos recibirle, ya que estábamos en puerto suyo. Respondionos que a nuestra decisión. El hijo del rey, notándose en entredicho, distanciose algo de las naves; nos acercamos entonces en falúa, para entregarle un paño de oro y seda indio, con algunos cuchillos, espejos y tijeras. Aceptolo con cierto desdén, y fuese. Traía consigo a cierto indio cristiano, llamado Manuel, servidor de un Pedro Alfonso de Lorosa, portugués, que, después de la muerte de Francisco Serrano, pasara de Bandan a Tarenate; el servidor, por saber hablar portugués, subió a las naos, y nos dijo que, si bien los hijos del rey de Tarenate eran enemigos del de Tadore, no por ello dejaban de considerarse siempre al servicio del rey de España.

Enviamos una carta a Pedro Alfonso de Lorosa, por mediación de ese criado, manifestándole que debía venir sin resquemor alguno. Tienen estos reyes tantas esposas como les place, pero existiendo siempre una en condición de principal, a quien obedecen todas las otras. El rey de Tadore poseía una casa grande, fuera de la ciudad, para habitación de doscientas de sus mujeres, a quienes otras tantas servían. Cuando el rey está solo, o bien con su esposa principal, en un estrado alto como los de la justicia, contempla a todas las otras, que se sientan alrededor, y la que más le gusta la aparta para que duerma con él aquella noche. A las horas de la comida, si ordena que coman juntas lo hacen; si no, cada una se retira comer a su cámara. Nadie puede presentarse ante el rey sin su permiso; si alguno se encuentra, de día o de noche, cerca de su casa, es muerto sin más. Toda familia está obligada a entregar al rey una o dos hijas, según. Quien tenía entonces veintiseis hijos ocho varones tan sólo. Ante esta isla álzase otra vastísima, llamada Giailolo, habitada a la vez por moros y gentiles. Habríanse proclamado dos reyes entre los moros, si (según me comentaba el de aquí) uno hubiese tenido seiscientos hijos y otro quinientos veinticinco. Los gentiles no tienen tantas mujeres, ni viven tan rodeados de supersticiones; pero la primera cosa que ven cuando, a la mañana salen de su casa, la adoran ya todo aquel día. El rey de esos gentiles, por nombre rajá Papua, es riquísimo en oro, y habita en el interior de la isla.

En esta de Giailolo nacen, sobre la roca viva, cañas gordas como piernas, llenas de un agua riquísima para beber; compramos más de una por aquellos pueblos. El martes 12 de noviembre, mandó el rey que, en un día, construyeran una casa en la ciudad, para almacén de nuestro tráfico. Llevamos allá lo que nos quedaba, casi enteramente, dejando en vigilancia tres hombres; y bien pronto, en esta forma, se inició el intercambio. Así, por diez brazas de paño rojo de cierta calidad, entregábannos un bahar de clavo, o sea, cuatro quintales y seis libras (un quintal equivale a cien libras); por quince brazas de paño no demasiado bueno, un bahar; por quince hachas pequeñas, un bahar; por treinta y cinco vasos de vidrio, un bahar (el rey los compró todos); por diecisiete mesuras de cinabrio, un bahar; por diecisiete de plata viva, un bahar; por veinticinco brazas de tela de poco cuerpo, un bahar; por ciento cincuenta cuchillos, un bahar; por cincuenta tijeras, un bahar; por cuarenta barretinas, un bahar; por diez pañuelos de Guzerati, un bahar; por tres de aquellos agones suyos, un bahar; por un quintal de metal, un bahar. Todos nuestros espejos se habían roto, y los pocos buenos los quiso el rey. Muchas de tales cosas procedían de los juncos que habíamos saqueado. La prisa por volver a España nos impelía a rematar nuestras reservas a mejor precio del que nos propusiéramos hasta entonces. Atracaban cada día a nuestro costado tantas embarcaciones llenas de cabras, gallinas, higos, cocos y otros artículos para comer, que era una maravilla.

Nos abastecimos de agua potable; un agua que mana caliente, pero que, si se la deja una hora en reposo, es hielo puro. Y eso es porque nace en el monte del clavo; al revés de como se afirma en España, de que en Maluco haya que importar el agua desde muy lejos. El miércoles, envió el rey a su hijo Mosahap a Mutir en busca de más clavo, a fin de abastecernos rápidamente. Hoy le notificamos al rey que llevábamos algunos indios presos. Dio gracias a Dios, rogándonos que le favoreciéramos con aquellos prisioneros, porque él los enviaría a sus tierras con cinco hombres de los suyos, y así manifestasen al rey de España y su fama. Le entregamos, con ellos, a las tres mujeres apresadas en nombre de nuestra reina, y por la razón a que se aludía antes... Y al otro día le presentamos al resto de prisioneros, salvo los de Burne. Le plugo sobremanera. Supliconos aún que, por su amor, matásemos todos los cerdos que teníamos; que él había de compensárnoslos con cabras y gallinas. Los matamos, para complacerle, colgándolos después bajo la cubierta. Cuando alguno de éstos, por ventura, los veía, cubríase el rostro, preocupado hasta de no sentir su olor. Hacia la tarde del mismo día, apareció sobre un prao el portugués Pedro Alfonso; no se apeara aún de él, y ya el rey habíale mandado llamar para decirle, riendo, que aunque fuera de Terenate, nos contestara verdad sobre cuanto preguntásemos nosotros. Explicó él que rodaba por las Indias desde hacía ya dieciséis años, pero sólo diez en Maluco; o sea, tantos como hacía que éste se descubriera, aunque en secreto.

Hacía un año, menos quince días, que llegó por aquellos puertos un navío grande desde Malaca; y partiose con carga de clavo. Pero por los temporales se hubo de guarecer en Bandan algunos meses. La capitaneaba Tristán de Meneses, portugués también; y según él, preguntole qué nuevas corrían por la Cristiandad, dijo que de Sevilla se había zarpado una flota de cinco naves para descubrir Maluco en nombre del rey de España, y siendo su capitán Fernando de Magallanes, portugués. Y cómo el rey de Portugal, por despecho ante la traición de uno de los suyos, había destacado algunas carabelas hacia el cabo de Buena Esperanza y otras al cabo de Santa María -donde moran los caníbales-, para cerrarles el paso; no dieron con él. Luego, el rey de Portugal había oído decir que dicho capitán había pasado por otro mar y marchaba sobre Maluco; inmediatamente escribió a su capitán mayor en la India, por nombre Diego López de Sichera, que enviaba seis navíos a Maluco. Pero por causa del Turco, que cerníase sobre Malaca, no los mandó; antes viérase obligado a fletar contra aquél, hacia el estrecho de la Meca, sesenta velas lo menos; no encontrando las tales allí más que algunas galeras embarrancadas junto a la hermosa y fuerte plaza de Aden. Esas quemaron. Tras cuya operación, enviara sobre nosotros, a Maluco, en la tierra de Judá, un gran galeón con dos órdenes de artillería; aunque, por ciertos bajos, más las corrientes que prodúcense en torno a Malaca y vientos de proa, no pudo avanzar y reculó.

El capitán del galeón dicho, era Francisco Faria, portugués; y, pocas jornadas antes, una carabela flaqueada por dos juncos, navegó estas latitudes preguntando por nosotros. Los juncos aproximáronse a Bachian para cargar clavo, con siete portugueses. Cuyos portugueses, por no haber respetado a las mujeres del rey y de los suyos (el rey les advirtió una y otra vez que se contuvieran pero sin resultado), fueron muertos. Cuando a la carabela llegó tal cosa, emprendieron veloz retorno a Malaca, abandonando los juncos con cuatrocientos bahar de clavo y tantas mercancías para que se comprasen cien bahar más. Pues vienen muchos juncos al año, desde Malaca a Bandan, para cargar cáscara verde de nuez y nuez moscada; y de Bandan a Maluco, por clavo. Y navegan los de aquí, sobre sus juncos desde Maluco a Bandan en tres días, y de Bandan a Malaca en quince. El rey de Portugal disfrutaba de Maluco desde hacía diez años, aunque en secreto, para que no lo supiese el de España. Entretúvose con nosotros hasta las tres de la madrugada, refiriéndonos otras mil cosas aún. Le insistimos tanto, con promesas de buen sueldo, que acabó por prometer venirse con nosotros a España. El viernes 15 de noviembre, díjonos el rey que iba a Bachian a hacerse cargo del clavo aquel que abandonaron los portugueses. Pidionos dos obsequios para entregar a los dos gobernadores de Mutir en nombre del rey de España; y deslizándose entre nuestras carabelas, quiso ver cómo disparaban las escopetas, las ballestas y los versines (poco mayores que un arcabuz).

Disparó una ballesta él mismo tres veces; porque era artilugio que le gustaba más que las armas de fuego. El sábado, el rey moro de Giailolo acercósenos con muchos praos; le dimos un sayo de damasco verde, dos brazas de paño rojo, espejos, tijeras, cuchillos, peines y dos vasos dorados. Nos dijo que, siendo amigos del rey de Tadore, lo éramos suyos ya, pues que lo amaba como a un hijo, y que si pronto algunos de nosotros pisaba sus tierras, consideraríalo altísimo honor. Ese rey es muy viejo y temido por todas estas islas por ser archipoderoso. Llámase rajá Iussu. La isla de Giailolo es de tal dimensión, que un prao tarda cuatro meses en circunvalarla. El domingo por la mañana volvió ese mismo rey a nuestras naves; quería ver de qué manera combatíamos y cómo disparábamos las bombardas, todo lo cual le produjo inmenso placer. Inmediatamente, se marchó. Como acabo de advertir, en su juventud había sido un guerrero famoso. Bajé en tal día a tierra para ver el clavo en planta viva. El tronco es alto y grueso, poco más o menos como un hombre; las ramas espárcense horizontalmente, por lo común; sólo las más altas suben hasta formar en la cima una especie de cono. Sus hojas recuerdan mucho las del laurel; la corteza es olivácea. El clavo crece sobre las ramitas más tiernas, manojos de diez o veinte juntos. Esos troncos producen casi siempre más de un lado que del otro, según el tiempo. Al nacer, el clavo es blanco; al madurar, rojo; al secarse, negro.

Coléctase dos veces al año: una por la Natividad de nuestro Redentor, otra en la de San Juan Bautista. Por ser las dos épocas en que templa aquí el aire más, sobre todo en la de nuestro Redentor. Cuando la añada es calurosa y de pocas lluvias, recógense trescientos o cuatrocientos bahar en cada una de estas islas. Crecen solamente sobre el monte y si algunos de estos árboles se planta en el llano, aún siendo cerca del monte, no vive. Su hoja, la corteza y el tronco verde son igual de sólidos que el propio clavo. De no recogerse al estar maduro, tórnase tan grande y recio que para nada vale, si no es su corteza. No produce el mundo otras plantas de clavo que las de los cinco montes de estas cinco islas. Se encuentra excepcionalmente en la de Giailolo, y en un islote entre Tadore y Mutir, que llaman Mate, pero que no es de buen sabor. Veíamos descender cada mañana aquella niebla que, circundando primero uno, después otro, de los montes, hace que el clavo llegue a ser perfecto. Cada uno de estos pueblos posee estos árboles, y cada uno custodia los suyos, aunque sin cultivarlos. Hállanse en esta isla también árboles de nuez moscada. Su tronco es como el de nuestros nogales, y con hoja similar. La nuez, al ser desprendida, parece un melocotón pequeño, con aquella pelusa y el mismo color. Su primera envoltura es del tamaño de la cápsula verde de nuestra nuez; debajo, sale una membrana sutilísima, bajo la cual ya el macis, muy encarnado, agítase en torno a la cáscara de la nuez, tras la que, por fin, damos con la nuez moscada.

Las casas de estos pueblos están construidas como las que ya dijimos, pero no tan elevadas de la tierra, y las circunda una especie de empalizada de cañas. Las mujeres de aquí son feas, y van tan desnudas como las anteriores, con sus taparrabos de tejido arbóreo. Tejido que logran así: ponen en remojo una corteza de árbol, hasta que se reblandece; después, lo golpean con palos hasta dejarlo tan largo y ancho como les apetece. Y es como una especie de seda cruda, con ciertos filamentos en el interior que hacen que parezca tejido. Comen pan de madera de un tronco parecido a la palma, cuya elaboración es ésta: toman un pedazo de este tronco, humedecido ya, y le extraen ciertas largas espinas negruzcas, machacándolo inmediatamente, y ya está el pan a punto. Casi sólo lo consumen al navegar, y lo llaman sagu. Los hombres van desnudos (¿a qué repetirlo?); pero son tan celosos de sus mujeres, que no querían que bajásemos a tierra con las braguetas abiertas, de forma que sus mujeres imaginaran que nos encontrábamos siempre a punto. Cada día llegaban de Tarenate muchas barcas con cargamentos de clavo; pero, como aguardábamos al rey, nuestras únicas compras eran víveres. Los de Tarenate se quejaban sonoramente, porque no queríamos tratar con ellos. En la noche del domingo, 24 de noviembre, en puertas el lunes ya, regresó el rey, sonando sus láminas al cruzar entre los dos barcos; le recibimos con salvas abundantes. Díjonos que, a los cuatro días, iba a llegar mucho clavo.

El lunes envió el rey setecientos noventa y un fardillos de clavo, pero sin descontarnos la merma. Llámase merma aquí a la pérdida de peso de la mercancía, a los pocos días de comprada, por secarse; de modo que siempre, al comprar, se computa menos peso del real en la fecha. Por ser el primer clavo que acomodábamos en las carabelas, disparáronse las bombardas de nuevo. Aquí llaman al clavo ghomode; en Saragani, donde cargamos con los dos pilotos, bonghalavan, y en Malaca, chianche. El martes 26 de noviembre, recordonos el rey que no era costumbre que rey alguno abandonase su isla; pero que si él había partido fue por amor al rey de Castilla y para que volviésemos más pronto a España, de donde deberíamos traer luego tantos navíos que con ellos se vengara la muerte de su padre, al cual mataron los de una isla llamada Burú, arrojando el cadáver al mar después. Añadiendo que la usanza, cuando el primer clavo acomodábase en navíos o en juncos, era que el rey invitara a un banquete a los navegadores, para recabar de Dios que los condujese sanos a puerto, y que esta vez quería celebrarlo asimismo en honor del rey de Bachian y de su hermano, que venían a visitarle. Y ordenó que limpiaran los caminos. Algunos de nosotros, imaginando cualquier traición, porque en el sitio donde nos procurábamos el agua habían sido muertos por algunos de éstos -escondidos en el bosque- tres portugueses de los de Francisco Serrano, y también porque veíamos a estos indios en conciliábulo constante con nuestros prisioneros, aconsejamos -contra el parecer de los decididos al convite- que no se bajara a tierra en aquella ocasión, recordando aquella otra tan infeliz.

Lo propugnamos de tal modo, que se terminó por enviar a decir al rey que se acercara a las carabelas, pues nos queríamos ir, y no sin consignarle los cuatro hombres prometidos más otras mercancías. Vino el rey rapidísimo y, penetrando en las naves, manifestó a algunos de los suyos que como en la propia casa entraba en ellas. Díjonos haberse seriamente alarmado porque quisiéramos partir de súbito, cuando el plazo de carga de las naves solía ser de un mes, y no habiéndose él alejado para tramar mal alguno, antes para proveernos de carga con mayor presteza; aconsejándonos, en fin, que no saliéramos entonces, por no ser aún tiempo de navegar por aquellas islas a causa de los muchísimos bajíos de los alrededores de Bandan; y todo ello, ni contando con las naves portuguesas que podrían dar con nosotros cerca de allí... Y si, pese a todo, insistíamos en partir, que recogiéramos antes toda nuestra mercancía. De lo contrario, los reyes circunvecinos dirían que el de Tadore había recibido numerosos obsequios de un tan gran rey sin haberle agraciado con cosa alguna, y supondrían que abandonábamos su puerto por desconfianza a cualquier engaño, con lo que ya siempre lo tacharían de traidor. Hizo traer entonces su Alcorán y primero besándolo, poniéndoselo después cuatro o cinco veces encima de la cabeza, y diciendo para sí ciertos conjuros (a hacer todo lo cual llaman zambahean), protestó ante todos de que juraba por Alá y por el Alcorán que en la mano tenía que quería ser en toda hora amigo fiel del rey de España.

Repetíalo todo casi con llanto. Por sus buenas palabras, prometimos permanecer allí una quincena aún. Entregándole, seguidamente, la firma y la bandera reales. Nada menos supimos después -y de buena tinta- que algunos principales habíanle instado a que nos diera muerte, pues eso los portugueses lo agradecieran tan de verdad que acaso hasta perdonarían a los de Bachian por lo de hacía poco. El rey les contestó que no haría tal por nada del mundo, conociendo al rey de España, y habiendo concertado paces. El miércoles 27 de noviembre, hizo avisar el rey para que todos cuantos tuvieran clavo lo llevasen a las carabelas. Todo ese día y el posterior contratamos clavo con gran furia. El viernes por la tarde presentose el gobernador de Machian con innumerables praos. No quiso bajar a tierra por encontrarse allá su padre y un hermano suyo, bandido de Machian. Al día siguiente, nuestro rey, con el gobernador -su sobrino- penetró en las naves. Por no disponer nosotros de más paño, mandó que trajesen tres brazadas del suyo, y nos lo dio, el cual pudimos así regalar al gobernador con otras cosas. Al irse, lanzamos una gran salva. Después, el rey nos envió otras seis brazas de paño rojo, al objeto de que obsequiáramos al gobernador nuevamente. Cumplimos al punto el encargo, y bien lo agradeció, diciéndonos que nos mandaría clavo en cantidad. Ese gobernador se llama Humar, y no tendría más de veinticinco años. El domingo 1 de diciembre, el gobernador se fue.

Le sugerimos al rey de Tadore que le entregara piezas de seda y alguno de aquellos agons, para que se diese más prisa en enviar la especia. El lunes se ausentó el rey de su isla, en nueva búsqueda. El miércoles por la mañana, por ser día de Santa Bárbara -más el regreso del rey- disparamos toda la artillería. A la noche, acercose el rey a la playa con la pretensión de ver disparar cohetes y petardos, lo cual agradole mucho. El jueves y el viernes se compró mucho clavo, lo mismo en la ciudad que a bordo. Por cuatro brazas de frisetto daban un bahar de clavo; por dos cadenas de latón, que valían un marcelo, diéronnos cien libras; en fin, por no disponer ya de más mercancías, algunos vendieron su capa, otros el sayo, éste de más allá las camisas o cualquier ropa para aumentar la parte. El sábado, tres hijos del rey de Terenate, con sus mujeres -hijas de nuestro rey- y con el portugués Pedro Alfonso, vinieron a los barcos. Dimos a cada uno de los tres hermanos un vaso de vidrio dorado, y a las mujeres tijeras y otras cosas. Al partir, disparáronse muchas bombardas. Después, remitimos a tierra, para otra hija de nuestro rey, casada con el rey de Terenate, más cosas, pues no quiso subir a la nave con las demás. Toda esta gente, así hombres como mujeres, va descalza a todas horas. El domingo 8 de diciembre, como día de la Concepción, disparáronse muchas bombardas, cohetes y petardos. Al atardecer del lunes, subió el rey a las naves acompañado por tres mujeres que traían su betre.

Hacerse acompañar por mujeres sólo al rey se le permite. Tornó después el rey de Giailolo, interesado en ver de nuevo cómo combatimos uno con otro. Al cabo de más días, nuestro rey nos dijo que él mismo se sentía ahora como un niño lactante, que conociera a su madre ya, y que, yéndose ella, lo dejase solo; mayormente iba a quedar desconsolado él, porque había conocido y gustado igual diversas cosas de España, y porque tardaríamos mucho en regresar junto a él. Del modo más afectuoso, nos pidió que le dejásemos para su defensa algunos de nuestros medios, y advirtionos que, al partir, navegáramos de día solamente, pues aquellas partes están llenas de bajíos. Contestámosle que, si queríamos llegar a España, debíamos navegar día y noche. Añadió entonces que elevaría por nosotros las preces a su dios, para que nos condujera a buen puerto. Y díjonos que aguardaba al rey de Bachian, que venía a casar al hermano con una de sus hijas. Nos rogó que hiciésemos alguna demostración en albricias, pero sin disparar las bombardas mayores, pues ello podría perjudicar a las naves, tan cargadas ya en esos días. Vino Pedro Alfonso, el portugués, a instalarse con su mujer -y con todos sus pertrechos- en la nao. Y a los dos días, volvió a erguirse ante nosotros en su prao de todas armas, Chechili de Roi, hijo del rey de Tarenate, gritándole al portugués que bajara allá un momento; respondió el interpelado que no quería, por volverse con nosotros a España.

Entonces quiso penetrar en la nave, mas no se lo permitimos. Era gran amigo del capitán de Malaca, portugués, y venía con intención de apoderarse de nuestro huésped tras haberles gritado con fiereza a los que solían rodear a éste, porque le habían dejado irse sin su consentimiento. Hacia el atardecer del domingo 15 de diciembre, fue visto ya el rey de Bachian con su hermano, en un prao de tres hileras de remeros por banda: ciento veinte tripulantes en total, muchas banderas de plumas de papagayo, blancas, amarillas y rojas, y mucho golpear de metal, pues a ese son los remeros bogan acompasadamente. Venían otros dos praos con doncellas que presentar a la esposa. Al pasar cerca, saludámoslos con bombardas, y ellos a nosotros circunvalando las naves y después el puerto. Nuestro rey, por no ser costumbre que rey alguno descendiera solo en ajenos dominios, fue en busca del anterior para darle la bienvenida. Apenas el de Bachian lo vio venir, alzose de la alfombra que ocupaba, quedando a un lado; tampoco nuestro rey quería descansar en aquella, sino en otra parte, y siguieron así. Pagó el de Bachian a nuestro rey quinientos patolle, a cambio de que concediese la hija a su hermano. Esas patolle son brocados de seda y oro que se hacen en China, y apreciadísimos allá. Cuando alguien muere, los suyos, para más honrarle, cúbrense con telas de éstas. Dan por una, tres bahar de clavo más o menos, según como son. El lunes, por mediación de cincuenta mujeres vestidas de seda desde la cintura a la rodilla, envió obsequios nuestro rey al de Bachian.

Iban de dos en dos, y cada pareja con un hombre en medio. Cada una, con una bandeja llena de platillos con diversas viandas. Los hombres acarreaban sólo vino, en grandes jarros. Las diez mujeres de más edad resultaban algo así como las maceras. Subieron al prao, ofrendándoselo todo al rey, quien reposaba en aquel tapiz bajo un baldaquino encarnado y amarillo. Al volver atrás, apoderáronse de alguno de los nuestros, quienes, para librarse, debían entregarles alguna cosilla. Tras de lo cual, envionos nuestro rey cabras, cocos, vino y otras cosas. Hoy pusimos velas nuevas a las naves. En aquellas aparecía una cruz de Santiago de Galicia, y con esta inscripción: "Esta es la figura de nuestra buena ventura". Regalamos el martes a nuestro rey algunas armas de fuego, por ejemplo, los arcabuces de que en esta India nos habíamos apoderado y algunos de nuestros versines, más cuatro barriles de pólvora. Llenamos allí ochenta botas de agua para cada nave. Cinco días atrás, había ya desplazado el rey a cien hombres hasta la isla de Mare, para que talasen a cargo nuestro, pues determináramos pasar ante ella. Hoy bajó a tierra el rey de Bachian con muchos otros de los suyos, para concertar con nosotros paces. Iban ante él cuatro guerreros, con las espadas desnudas y alzadas. Prometió, ante nuestro rey y ante todos los otros, ponerse a perpetuidad en servicio del rey de España, conservándole el clavo que abandonaran los portugueses hasta que otra flota nuestra acercárase allá a por él, que nunca lo daría sin nuestra autorización.

Entregó para el rey de España, un siervo, dos bahar de clavo (dábanos diez, pero las carabelas, por exceso de carga, no los pudieron aceptar), y dos pájaros muertos bellísimos. Esos pájaros tienen el cuerpo de los tordos, cabeza pequeña y pico largo, de a palmo las piernas y delgadas cual una pluma de escribir. No disponen de alas, sino, en su lugar, de dos suertes de grandes penachos de plumas largas multicolores. La cola vuelve a ser como la del tordo, y todas las plumas no mencionadas, de color moreno. Sólo vuelan cuando sopla el aire. Dijéronnos que tales pájaros procedían del paraíso terrenal, por lo que los llamaban bolon dinata, o sea "pájaros de Dios". Todos los reyes de Maluco escribieron al rey de España que querían ser sus leales súbditos. El de Bachian tendría ya alrededor de setenta años; una de sus costumbres era ésta: cuando se disponía a combatir o a cualquier otra cosa importante, hacía que un servidor suyo diera dos o tres vueltas a su alrededor. Al servidor de marras sólo lo tenía para esto. Un día, el rey mandó advertir a aquellos que se quedaban en nuestro almacén que no saliesen de noche, por razón de algunos de sus súbditos, que se ungen y circulan en la oscuridad, al parecer sin que los dirija nadie. Cuando encuentran a alguno no de su legión, lo toman de la mano, de forma que la parte interior de ésta queda ungida, con lo que inmediatamente enferma, y a los tres o cuatro días muere. Y lo mismo hacen si se tropiezan con varios, fuera de que en tal caso los atan.

Él había hecho ahorcar a más de uno de estos malhechores. Cuando estos pueblos acaban de construir una casa, antes que la habiten, encienden fuego alrededor e invitan a muchos; después cuelgan del techo una muestra de cada una de las cosas que en la isla se producen, a fin de que nunca falten para sus moradores. En todas aquellas el jengibre es corriente; nosotros lo comíamos verde, como pan. El jengibre no es un árbol, sino una planta pequeña, que multiplica fuera del fango ciertos brotes de un palmo de longitud, como los de las cañas; y con las mismas hojas, aunque más estrechas. Los brotes para nada valen, pero su raíz es el jengibre, mucho menos sabroso verde que seco. Estos pueblos lo conservan metiéndolo en cal. De otra forma, no duraría. Habiendo decidido partir de Maluco ya, vinieron el miércoles por la mañana el rey de Tadore, el de Giailolo, el de Bachian y un hijo de Tarenate; todos, para escoltarnos hasta la isla de Mare. La nao Victoria izó velas y adentrose sin prisas aguardando a la Trinidad; pero ni tiempo le dio a ésta de levar anclas, sin que notase que hacía agua por el fondo. Entonces, la Victoria regresó e inmediatamente empezaron a deslastrar la Trinidad, por si la remediaban así. Oíase penetrar el agua en el casco como por una boca de cañón; sin encontrar ésta, empero. Todo ese día y el siguiente, no hicimos más que manejar la bomba, aunque sin resultado. Al enterarse, nuestro rey se personó en la nao con presteza, fatigándose en inquirir por dónde venía el agua.

Ordenó que se zambulleran cinco de los suyos, en persecución de la fisura. Permanecieron más de media hora bajo el mar, sin avistarla. Al convencerse el rey de que no podían, y de que la nao cada vez flotaba menos, llorando casi, nos dijo que enviaría a buscar a tres hombres que habitaban en un extremo de la isla, pues ésos resistían bajo el agua largo rato. El viernes, muy de mañana, presentose nuestro rey con los tres aludidos, y les mandó que se sumergieran con los cabellos sueltos, para que éstos notaran la fisura. Durante una buena hora estuvieron los tales en el fondo, sin dar tampoco con ella. El rey, cuando se convenció de que no quedaba remedio, dijo con más llanto: "¿Y quién irá ahora hasta España, ante mi señor, para darle noticias de mi?" Respondímosle que iría la Victoria, para no perder el levante que empezaba entonces; mientras la otra, hasta que la repararan, aguardaría al poniente, para acercarse a Darién que está en la otra parte del mundo, en la tierra de Diucatán. El rey repuso que disponía de doscientos veinticinco calafates que se esforzarían en la compostura; y que a aquellos de los nuestros que se quedaran allí habría de tratarlos como a hijos propios, sin que les cumpliera otro esfuerzo que el de mandar sobre dichos calafates. Repitiendo esto con tal pasión, que nos hizo llorar a todos. Nosotros, los de la Victoria, temiendo que la nave se nos abriera por exceso de carga, la aligeramos de sesenta quintales de especias, depositándolas en el almacén, donde los otros habíanse refugiado.

Algunos de nuestra carabela quisieron quedarse allí igualmente, por temor a que su casco no resistiera hasta España, pero, sobre todo, por miedo a morir de hambre. El sábado 21 de diciembre, Santo Tomás, subió a nuestra nave el rey, consignándonos los dos pilotos que habíamos pagado para que nos condujeran hasta el final de estas islas. Y díjonos ser entonces tiempo propio para partir. Pero por aguardar las cartas que escribían para España los que se quedaron, no salimos hasta el mediodía. Llegada la hora, despidiéronse las naos entre sí con salvas a discrección, y parecían quejarse, con aquel su adiós último... Acompañáronnos un trecho los que se quedaron en sus lanchas y, al fin, tras muchas lágrimas y abrazos, nos fuimos. El gobernador del rey nos acompañaba hasta la isla del Mare. No la bordeábamos aún, que ya cuatro praos cargados de leña se nos unían; en una hora escasa estuvo ésta a bordo y enfilamos sin dudas el rumbo del garbino. Quedose Juan Carvalho con cincuenta de los nuestros; los navegantes éramos cuarenta y siete, más trece indios. Esa isla de Tadore tiene obispo; había uno a la sazón, con cuarenta mujeres y prole interminable. En todos estos países de Maluco, hállanse clavo, jengibre, sagu (aquel pan suyo, de la madera), arroz, cabras, gansos, gallinas, cocos, higos, almendras más gordas que las de Europa, manzanas dulces y ácidas, naranjas, limones, patatas, miel -de unas abejas pequeñas como hormigas, que la elaboran en los árboles- caña de azúcar, aceite de coco y de ajonjolí, melones, sandías, calabazas, un fruto refrescante del tamaño de las sandías -que llamaban comulicai- y otro fruto que parece pesca, llamado guana, más otras cosas para comer.

Y encuéntranse papagayos de varia especie, entre ellas unos blancos a los que dicen catharas, y otros rojos por completo, que son los noris. Uno de estos rojos cuesta un bahar de clavo, y hablan con más exactitud que los demás. Hará cincuenta años que pueblan Maluco los moros; antes vivían allá unos gentiles que no apreciaban el clavo. Alguno queda aún, pero por los montes sólo, donde el clavo nace, precisamente. La isla de Tadore está en los veintiseis minutos de latitud del Polo Ártico y en los 161 de longitud de la línea de partición; dista de la primera isla del archipiélago, por nombre Zanial, 9 1/2 grados, a la cuarta de mediodía y tramontana, hacia greco y garbino. Terenate está a 2/3 de latitud ártica. Mutir está con exactitud bajo el ecuador. Macian está un cuarto más al Polo Ártico y Bachian un grado encima aún. Tarenate, Tadore, Mutir y Machian son, en realidad, cuatro montes puntiagudos en los que se produce el clavo. Desde cualquiera de estas cuatro islas no se ve Bachian; pero Bachian es mayor que todas, y si su monte de clavos no alcanza tanta altura, sí cubre un espacio mayor.

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