Peligro que los nuestros pasaron al tomar dos peñones

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Peligro que los nuestros pasaron al tomar dos peñones Cortés se informó por aquellos cuarenta presos que trajo Sandoval, de las cosas de México y Cuahutimoc, y supo de ellos la determinación que tenían de defenderse y no ser amigos de cristianos; y pareciéndole guerra larga y dificultosa, hubiese preferido con ellos paz que enemistad; y por descansar, y no andar cada día en peligro, les rogó que fuesen a México a tratar de la paz con Cuahutimoc, pues él no los quería matar ni destruir, pudiéndolo hacer. Ellos no se atrevían a ir con tal mensaje, sabiendo la enemistad que su señor le tenía. Mas tanto les dijo, que acabó por conseguir que fuesen dos; los cuales le pidieron cartas, no porque allí las habían de entender, sino para crédito y seguro. Él se las dio, y cinco de a caballo que los pusieron en salvo. Mas poco aprovechó, pues nunca tuvo respuesta; antes bien, cuando él más pedía paz, más la rehusaban ellos, pensando que lo hacía por flaqueza; y por cogerle por la espalda fueron más de cincuenta mil a Chalco. Los de aquella provincia avisaron de ello a Cortés, pidiéndole socorro de españoles, y le enviaron un paño de algodón pintado de los pueblos y gente que sobre ellos venían y los caminos que traían. Él les dijo que iría en persona de allí a diez días; que antes no podía, por ser Viernes Santo y luego la Pascua de su Dios. Con esta respuesta quedaron tristes, pero aguardaron. Al tercer día de Pascua vinieron otros mensajeros a meter prisa por el socorro, pues entraban ya por su tierra los enemigos.

En este intermedio se dieron los pueblos de Accapan, Mixcalcinco, Nautlan y otros vecinos suyos. Dijeron que nunca habían matado español alguno, y trajeron como presente ropa de algodón. Cortés los recibió, trató y despidió alegremente y en breve, porque estaba de partida para Chalco, y luego partió con treinta de a caballo y trescientos compañeros, de los que hizo capitán a Gonzalo de Sandoval. Llevó asimismo veinte mil amigos de Tlaxcallan y Tezcuco. Fue a dormir a Tlamanalco, donde, por ser frontera de México, tenían su guarnición los de Chalco. Al día siguiente se le juntaron más de otros cuarenta mil, y al siguiente supo que los enemigos le esperaban en el campo. Oyó misa, fue para ellos, y dos horas después de mediodía llegó a un peñón muy alto y áspero, en cuya cumbre había infinidad de mujeres y niños, y en las faldas mucha gente de guerra, que en descubriendo el ejército de españoles, hicieron en lo alto ahumadas, y dieron tantos alaridos las mujeres, que fue cosa maravillosa, y los hombres, que estaban más abajo, comenzaron a tirar varas, piedras y flechas, con que hicieron daño a los que llegaron cerca, y que, descalabrados, se hicieron atrás. Combatir tan fuerte cosa era locura, retirarse parecía cobardía; y por no mostrar poco ánimo, y por ver si de miedo o hambre se entregarían, acometieron el peñón por tres partes. Cristóbal del Corral, alférez de setenta españoles de la guardia de Cortés, subió por lo más áspero; Juan Rodríguez de Villafuerte, con cincuenta, por otra, y Francisco Verdugo, con otros cincuenta, por otra.

Todos éstos llevaban espadas y ballestas o escopetas. Al cabo de un rato hizo señal una trompeta, y siguieron a los primeros Andrés de Mojaraz y Martín de Hircio, cada uno con cuarenta españoles, de que también eran capitanes, y Cortés con los demás. Ganaron dos vueltas del peñón, y se bajaron hechos pedazos, pues no se podían tener con las manos y pies, cuanto más pelear y subir; tan áspera era la subida. Murieron dos españoles y quedaron heridos más de veinte; y todo fue con piedras y pedazos de los cantos que desde arriba arrojaban y se rompían; y hasta si los indios tuvieran algún ingenio, no dejaran español sano. Ya cuando los nuestros dejaron el peñón y se arremolinaban para hacerse fuertes, habían venido tantos indios en socorro de los cercados, que cubrían el campo y tenían semblante de pelear; por lo cual Cortés y los de a caballo, que estaban a pie, cabalgaron y arremetieron a ellos en lo llano, y a lanzadas los echaron de él. Mataron allí y en el alcance, que duró hora y media, muchos. Los de a caballo, que fueron los que más los siguieron, vieron otro peñón no tan fuerte ni con tanta gente, aunque con muchos lugares alrededor. Cortés se fue con todos los suyos a dormir allí aquella noche, pensando recobrar su reputación que en el día perdió, y por beber, pues no habían encontrado agua aquella jornada. Los del peñón hicieron por la noche grandes ruidos con bocinas, atabales y gritería. Por la mañana miraron los españoles lo flaco y fuerte del peñón, y era todo él bastante duro de combatir y tomar.

Cortés dijo que le siguiesen todos, pues quería tentar los padrastros; y comenzó a subir a la sierra. Los que los guardaban los dejaron, y se fueron al peñón, pensando que los españoles iban a combatirlo, para socorrerlo; y cuándo él vio el desconcierto, mandó a un capitán que fuese con cincuenta compañeros, y tomasen el más áspero y cercano padrastro; y él con los demás arremetió el peñón; le ganó una vuelta, y subió bien alto; y un capitán puso su bandera en lo más alto del cerro y disparó las ballestas y escopetas que llevaba, con lo que hizo más miedo que daño; pues los indios se sorprendieron, y soltaron en seguida las armas en el suelo, que es señal de rendirse, y se entregaron. Cortés les mostró alegre rostro, y mandó que no se les hiciese mal ni enojo. Ellos, viendo tanta humanidad, enviaron a decir a los del otro peñón que se entregasen a los españoles, que eran buenos, y tenían alas para subir a donde querían. Por estas razones, o por falta que de agua tenían, o por irse seguros a sus casas, vinieron a entregarse a Cortés y a pedir perdón por los dos españoles que mataron. Él los perdonó de buen grado, y se alegró mucho que se entregasen aquellos que estaban con victoria, porque era ganar mucha fama con los de aquella tierra.

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