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MEMORIAL 46 Señor. El Capitán Pedro Fernández de Quirós. Por lo que debo a Dios y a V.M. digo, Señor, que estando yo en la Ciudad de los Reyes del Pirú, año de 94, entraron en ella presos por don Beltrán de Castro y de la Cueva, ciertos ingleses de la compañía de un Richarte, de quienes el uno de ellos que era geógrafo, de quien quise saber el discurso de su viaje, como abajo dije lo más notable del, me dijo que otro capitán de su nación llamado Thomas Candi, que es el que en la boca de la California robó a la nao Santa Ana que venía de Felipinas a México cargada de sedas y oro; se fue con esta presa a su tierra y que en ella armó treinta naos con las cuales, y siete mil hombres, dejando asentado con la Reina los socorros que le habían de dar, y la orden que habían de tener en corresponderse; siendo de edad de 25 años, llevando hecha una corona de oro, partió de Londres con ánimo de entrar segunda vez por el Estrecho de Magallanes y hacer pié en Chiloé o en Osorno y desde allí enviar buena parte de su armada a robar y quemar todos los navíos que hallasen por la costa del Pirú, salvando los mejores para sí, a fin de hacerse Señor del mar, o que volviendo su armada había de ir a desembarcar su gente en el río de Valdivia, o en el puerto que se dice del Carnero, para juntarse con los indios araucanos y pregonar desde allí libertad de conciencia, libertad a todos los indios y negros de la América, acogimiento a retraídos y perdidos, y a todos cuantos la quisiesen, seguridad de vidas, honras y haciendas, buena compañía y esperanzas, y por remate soltar presos; y que habiendo juntado un grueso ejército se volvería a embarcar para la ciudad de Lima, a donde se había de hacer coronar por Rey del Pirú, y luego dar títulos de más y menos y hacer grandes mercedes a todos cuantos le siguiesen, y que por morir a la entrada del Estrecho, y sus capitanes desavenidos, volvieron a sus tierras (y) no tuvo efecto su intento.

V.M. considere que si este inglés lo consiguiera, los muchos y grandes daños que hiciera en los bienes de ambos géneros con tales bulas, pregonadas en tierras a donde en tiempos pasados ha habido revoluciones y alzamientos declarados, y en mi tiempo centellas que apagar en cinco partes, y a donde oí decir cuando las alcabalas se entablaron y las otras imposiciones y composiciones de tierras y hombres que hubo en ellas. Dése buena prisa, S.M. en hacerse pelar que bien parece se hace le han de durar poco estos reinos. Le digo que la seguridad de todos ellos, y aún de los de todo el mundo está en los corazones de sus moradores y que éstos se roban con buenas obras. Es aquí de notar tres cosas que por allá se platica comunmente. La primera es lo poco que las Indias costaron de adquirir. La segunda, las muchas riquezas que han tributado a España. La tercera el poco beneficio que reciben delta. Le digo otras tres. La primera es que si la desorden de los pocos españoles que han entrado en las Indias bastó a consumir los muchos millones de sus naturales, que siendo como son hoy, pocos, y los españoles muchos, la codicia doblada, el tratamiento el mismo que siempre ha sido, que se puede esperar que con presteza del todo se acabarán aquellas gentes, si V.M. no las remedia. Este remedio está en que no haya españoles en las Indias; esto es imposible, y así queda sin remedio este punto. La segunda, no echar dellas los que llaman extranjeros, que son los trabajadores en tierra y mar, los que saben artes y otras cosas que resultan en bien común y hacen la parte de V.

M., y porque no sé si parecerá bien a los ojos de Dios y de los hombres, por lo que este punto tiene de impiedad y porque el sentimiento del agravio que dicen que se les hace no les haga hacer el mal que pueden por ver muchos marineros; antes, Señor, parece sería acierto que no les dejen venir aunque quieran, no habiendo causa legítima, y por otras que ofrezco dar con razón desto. La tercera, que se puede temer, que en Inglaterra habrá otros Thomas Candis, a donde creo que estará en la memoria de muchos el intento que tuvo el otro, pues yo lo vine a saber en el Pirú. Esto entendido, digo, Señor, que enviando V.M. conmigo a la población de aquellas tierras Australes los extranjeros de las Indias y de los españoles sobrados en ellas, y al socorro y más viajes ellos mismos se irán, así por saber las riquezas y comodidades de las nuevas tierras, como por lo mucho que en el Pirú se trabaja para sólo sustentarse, que con esto se aseguran unos reinos y se ganan otros no menos grandes y buenos. Suplico a V.M. lo considere y lo mucho que conviene favorecer las Indias, porque si faltan sus riquezas de golpe, como van faltando mucho a mucho, España está pobre, los enemigos, ricos y con grandes filos de robar y de vengarse, V.M. con poca armada en sus mares, teniendo gran necesidad de tenerla muy bastante a enflaquecer contrarios, cuando de sus tierras van y vienen a las dos Indias y a todas las otras partes fuera y dentro del estrecho de Gibraltar. Lo que prometí del inglés geógrafo es que habiendo salido del Río de la Plata en demanda del Estrecho de Magallanes, dando resguardo a aquella costa por ser de muchos arrecifes y bajíos, navegaron derechos al sur y que en altura de 51 grados por medio hallaron una tierra de buena vista y poblada, por cuya costa anduvieron más de 100 leguas.

Es de advertir que se suele decir que el Estrecho de Magallanes no es solo, y también se dice que la tierra de la otra banda del sur es una isla y que por fuera della hay mar abierto por donde se puede pasar de uno a otro mar. Lo digo que puede ser que sea así lo que se dice, mas, que lo creeré cuando sea visto por vasallos de V.M. enviados al efecto, como se puede enviar en dos barcos con 30 hombres desde Chile en principio de noviembre, pues puede ser que la voz de muchos estrechos y de mar abierto la hallan echado los ingleses a fin de que no se les cierre aquel paso, como lo intentó la Magestad del Rey nuestro Señor, padre de V.M., que está en el cielo, o de poblar ellos como y cuando les esté bien, que es sólo lo que en aquellas partes les falta para poder invernar y descansar, entrar y salir de verano, o sea a robar en las costas de todo aquel mar, o a poblar las tierras que descubrí, o a otro cualquier intento que a ellos estará bien y a otros mal. Debe notarse que aquellas cien leguas de costa puede ser que sea tierra continua con la que causa el Estrecho, y si es así el Estrecho será uno, y si se hallaren muchas será acertado decir siempre que es solo. Cuando me paro a considerar todo lo dicho y los grandes gastos, los muchos trabajos y continuos peligros conque ingleses y holandeses han cruzado los mares del uno y otro polo, y que de levante a poniente han taladrado el mundo buscando, como buscan hoy, por todo lo sabido por donde poblar y contratar, navíos que despojar, islas y puertos que saquear y cómo se eternizar, y que Francisco Draque, Thomas Candi, Richarte, Aquines y otros han entrado en el mar del Sur, en cuyas costas se hicieron contra ellos costosas armadas, sin ser parte para que dejasen de hacer las dos grandes presas que hicieron, y que en seguimiento dellos se perdió don Juan de Velasco y 500 personas en la mejor nao del Pirú con 60 piezas gruesas de artillería, que fue para aquella tierra una gran pérdida; y cuando oigo decir que otros capitanes de aquellas naciones han buscado por cinco partes septentrionales y bien rigurosas el Estrecho de Amián para entrar en todos aquellos mares, y que hoy están con los mismos filos de continuar su porfía apartándose de todas tierras, diciendo ver junto a ellas helado el mar a falta de su movimiento y sobra del agua dulce de los ríos que allí descargan sus corrientes, y que llega a tanto su intento que tienen clavados los ojos en la isla llamada Rica de oro, al levante del Japón, que tienen escala en la isla Cisne, junto a la de Madagascar, que va al Sunda y están poblados en Terrenate, Maquien y Amboyna, que tienen contrato con factoría en Uanda, sin quedar en todas las Indias del oriente y occidente, con sus islas, cabo, puerto, playa y caleta que no exploren, demarquen y sonden, ni nación con quien no se comuniquen y con quien o tengan toda buena correspondencia, hallo que se debe creer que todas estas costosas diligencias las hacen a solo fin de ser señores en unas y otras Indias, con recuerdo que tienen bien mostrado al mundo lo que saben, lo que pueden y lo que pretenden, y que los muchos que tienen y están sembrados por España a sus tratos bien ven el dinero que tiene, el que sacan y el que le queda; en suma, todo cuanto pasa en ella.

Cuando, Señor, considero la grandeza de las tierras que descubrí por mandado de V.M., con la vista y noticia de sus muchas riquezas de muchos géneros, sus grandes comodidades con todas las otras partes consentes(?) y forzosas, que muchas veces he representado, advertido y recordado, y el cuanto las naciones contrarias se desvelan en todo lo apuntado, y cómo van a Guines al Brasil, al Dorado y a otras muchas partes de las Indias en muchas naos, a cargar de sal, y con haciendas a rescatar tabaco y cueros y otras cosas deste son; y que han poblado la Virginea que está cerca de San Agustín, presidio de V.M., en la Florida, poco fuerte y mal guarnecido en la garganta de la canal de Bahama, por donde pasan a España las riquezas que dan las Indias, y cuando oigo decir que estas naciones guardarán las paces en cuanto bien les estuviere y que cuanto más las dilataren, más ricos, más poderosos y más prácticos se harán. Cuando esto y más considero y veo que no van a poblar las tierras que descubrí, hallo que Dios nuestro Señor las quiere muchísimo pues ciega a gentes que tanto las pueden dañar de muchos modos. Su Magestad divina se sirva de que siempre sea así. Esto recuerdo y recordaré en cuanto viviere, y juntamente las costosas armadas que desde España V.M. suele mandar para desbaratar intentos agenos temiendo que daños menores no vengan a ser mayores sino se les corta el hilo. También recuerdo que si enemigos ponen pié en aquellas tierras australes, que no sé si han de bastar gruesas y costosas armadas a echarlos de ellas, ni a remediar, no digo todo, sino parte de los muchos y grandes males, daños y pérdidas espirituales y temporales que allí y desde allí pueden hacer hasta aquí, por Levante y por Oriente, en tierras de V.

M.; y cuando veo, Señor, que son solos 500 mil ducados gastados en el Pirú por una vez puede V.M. remediar todo, o gran parte de lo que está referido, y de retorno ganar reinos, riquezas, fama y gloria en esta vida y en la otra, y que hay quien pida esta merced que Dios hace a V.M. y lo porfíe. Confieso que cuando considero esto y siento la fuerza que aquellas tierras me hacen, y oigo los gritos que sus naturales me dan a la continua para que importunamente diga los peligros que han corrido y están corriendo por la dilación del socorro que debe dar a ellas y a ellos, y me veo en esta corte ladrando tres años y un mes ha porque V.M. doble y asegure su monarquía y dé fin esta obra a que V.M. dió principio, y motivo a la pluma que cante, que sólo a V.M. fue concedido quitar de las uñas de Satanás la posesión antigua y la adoración continua que tiene en todas aquellas ocultas tierras y descubiertas, dar la gloria a Cristo, cuya es, encaminar a Su Magestad Divina, no digo, Señor, una alma, como en Roma dijo el Duque de Sesa, sino los muchos millones dellas, presentes y venideras, y abrir puertas a otros bienes de bienes innumerables, y cerrarlas a grandes males de males sin remedio; confieso que cuando considero esto y veo esta pía y santa causa perseguida de amigos y enemigos, en público y en secreto, hallo que la culpa sólo la tienen mis pecados, y tanto que pedir a Dios cuanto su Magestad Divina lo remedie, a quien suplico defienda y guíe su causa como save le conviene.

Y cuando veo, Señor, que no puedo contar aquí los muchos grandes servicios que pude haber hecho a Dios, a V.M. y a aquellas gentes, con todos los otros útiles comunes y generales que este gran caso encierra en sí, ni las ciudades a que pude haber dado principio en nombre de V.M., ni los frutos que dellas se hubieran cogido, y me acuerdo lo que viví y que no sé lo que viviré para recobrar lo perdido, y que en pago de lo que serví y de lo que ofrezco, y de lo que me desvelo, advierto y aviso, me tratan mucho peor que sabré significar; confieso que cuando considero esto y me veo engolfado en otros muchos discursos que hacen a este propósito, que pierdo el tino que dos veces no perdí por mares nunca navegados, más no la esperanza que tengo puesta en Dios y en V.M. de dar fin a todo lo que pretendo. Cuando me paro a considerar por mayor y por menor todo cuanto tengo hecho y sufrido, solo, a fin de librar de olvido y peligro las tierras y gentes que descubrí, y veo, Señor, que no puedo y me acuerdo de otros millares de cosas tan terribles como penosas, tan insufribles como increibles, y que todas juntas, y la grandeza y fuerza de mis agravios no han sido ni serán parte a que deje mi justa petición y mi porfía, hallo las señaladas mercedes que Nuestro Señor me hace, porque a ser de otra manera fuera imposible según el conocimiento y sentimiento, que pudiere soportar no digo 16 años continuos de mal trato, sino el menor de los desdenes que han dado y amenazas que me hacen cuando más me justifico.

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