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Desarrollo


MEMORIAL 15 Pedro Fernández de Quirós, cabo de los navíos del descubrimiento que con licencia de Su Santidad y mandado de Su Majestad he de ir a hacer a la parte austral incógnita, digo que para que haya mejor efecto mi intento, me parece muy conveniente y necesario que de aquellas partes, llevándome Dios a ellas, traiga a éstas o lleve a las de España algunos naturales suyos, a fin de que vean nuestros usos pulíticos y nuestros tractos amorosos y se aficionen a ellos, y aprendan nuestra lengua y (se) sirvan della cuando se vuelvan a sus tierras, por ser ésta la mayor de todas las faltas para se acabar con ellos todo cuanto Su Santidad y Su Magd. fundan y esperan de aquel tal descubrimiento, y juntamente el justo modo les pueda dar armas de machetes, hachas, cuchillos y otras, y todas las cosas de hierro, y lo demás que en este caso o en otro puede ser o está vedado; y más también en el rescate de cosas de menos o más valor si acaso los tuvieren. Por lo cual a Vuestra Merced suplico sea servido darme por escrito el orden que tengo en esto, de seguir y de guardar, para que Dios nuestro Señor no se ofenda de mi ida a aquellas partes y se consiga lo deseado con seguridad de mi conciencia y recibir en esto una muy gran merced. P.° Fernándes de Quirós MEMORIAL 16 Pedro Fernández de Quirós, digo, que gobernando el Pirú el marqués de Cañete, el año de 1595, fui por capitán y piloto mayor del viaje que por mandado de vuestra majestad hizo el adelantado Alvaro de Mendaña por la población de las islas Salomón, que no tuvo efecto, por lo que el dicho adelantado murió en otras islas que nuevamente descubrió, por lo cual, y por otros sucesos que hubo, la poca gente que allí quedó llevé a la ciudad de Manila, en Filipinas, el año de 96, y allí en nombre de vuestra majestad, me ofrecí a don Luis de Velasco, virrey que a la sazón gobernaba aquellos reynos, de que dándome un navío con gente volvería a la parte austral incógnita, a ver si en ella había tierra, y que el dicho virrey con carta suya me remitió a vuestra majestad, y viniendo a España el año de 98 y 99, arribé a Cartagena con el general don Luis Fajardo y estuve dos inviernos en La Habana.

El de 1600 salí con el general don Francisco Coloma y entré en Sevilla con solos seis pesos de caudal, y con ánimo de acertar en caso tan importante fui a Roma en hábito de peregrino, y llegado que fui a ella, el embajador de vuestra majestad, don Antonio de Cardona y Córdoba, duque de Sesa y Baena, me recogió en su casa más tiempo de diez y ocho meses y me hizo todo favor y amparo, y mandó no diese paso, como no di, sin orden suya, y como persona tan celosa de Dios y del servicio de vuestra majestad y del bien público, con gran diligencia y muy despacio, examinó la causa principal y particulares porque fui a Roma, y habiendo bien entendido el calor della, la comunicó con el padre Clavio y otros insignes mathemáticos, a todos los cuales pareció que mi petición merecía ser admitida; y por ésta y otras razones la comunicó con Su Santidad de Clemente octavo, el cual pontífice aprobó mi pedimento y deseos y me concedió seis breves de gracias espirituales y otros favores a la causa, para que más bien constase su voluntad para con ella. Y en conformidad de todo lo dicho, y con parecer del mismo sumo pontífice, el duque de Sesa, el año de 602 me despachó de todo lo necesario y me dió carta para vuestra majestad, con capítulo en ella que decía su santidad que vuestra majestad debía abrazar y emprender este caso, y juntamente cuanto podía importar un breve y un muy buen despacho para proseguir mi intento, aunque no fuera por más que por la salvación de una sola alma de las de aquellas partes.

La cual carta presenté a vuestra majestad en El Escorial por junio del dicho año, y vuestra majestad, por principio de julio siguiente, fue servido de mandar que yo fuese en la primera flota, y para que el virrey que gobernase el Perú, sin excusa ni dilación, me diese dos navíos y todo el despacho dellos, para ir y hacer aquel descubrimiento. Y para este fin salí de Valladolid y de Aranjuez por abril y mayo de 603, con cuatro cédulas de vuestra majestad emanadas del Consejo de Estado, y con dos cartas del Conde de Lemus y Andrade, Presidente del Consejo de las Indias, y otra carta del condestable de Castilla, otra del duque de Sesa, otra de don Juan de Idiáguez, Comendador Mayor de León, y otra de la Condesa de Monterrey, diciéndome todas estas personas, y tan graves ministros de vuestra majestad, que en obra tan grandiosa y encaminada a tantos bienes, querían tener su parte. Llegué, señor, a Cádiz, de a donde salí día de San Pedro del mismo año de 603, y navegando la Tierra Firme, una fragata en que yo iba varó de noche y se perdió en una bajos e isla que se dice de Aves, y de allí llevé cuarenta y dos personas al puerto (?) de Caracas, y volví socorro de bizcocho y bastimentos a otras cuarenta y tres personas que habían quedado en la dicha isla de Aves, y luego me fui a Caracas donde estuve ocho meses esperando el pasaje que tuve para Cartagena, y entré en Panamá por agosto de 1604, donde hallé que la nao capitana de vuestra majestad, venida del Perú, salía como salió el segundo día de aquel puerto, para el puerto del Callao de Lima, y por falta de dinero, y porque la Audiencia no me dió el que le pedí, diciendo que la cédula de vuestra majestad (que le mostré) no hablaba con aquella casa, me quedé en Panamá y me hallé cuando el alto de la casa del hospital de aquel pueblo se fue al suelo con más de sesenta personas, de las cuales murieron ocho o diez, y otras muchas quedaron muy lastimadas, y yo lo quedé tanto que estuve cinco meses en una cama sin tener un solo peso de qué valerme.

Y finalmente salí de Panamá y entré en Lima, a principios de marzo de 605, y luego incontinenti presenté las cédulas de vuestra majestad al virrey el conde de Monterrey, el cual por sus muchas enfermedades y por otras causas me despachó ya tarde, que se pudo juzgar la jornada por de muy pocas esperanzas de buen suceso. Y así salí del Callao a veintiuno de diciembre del referido año de 605 y navegué la vuelta del Oessudueste hasta subir altura de veintiseis grados de la parte meridional (85), en el cual paraje hallé rigor de vientos nortes y contrastes, y el invierno muy cerca, con poca provisión de agua, yo enfermo en cama, y tuve aviso que había en la nao personas que se querían alzar con ella (86), y con éstas y otras muchas dificultades se fue navegando y se descubrieron veintitrés islas, las doce de ellas pobladas de diversas gentes, y juntamente más tres grandes partes de tierras que se entendía ser todas una, y hay sospechas de ser tierra firme, y una grande bahía y un puerto dentro en ella, del cual puerto salí con los tres navíos con ánimo de ver una grande y alta sierra, que está a la parte del sueste y volviendo arribar al dicho puerto, por viento contrario, la nave almirante y zabra dieron fondo, según se pudo juzgar, y por falta de valor, o por poco amor, y estar yo enfermo en cama, desgarró (sic) la nao capitana, a cuya causa y por otras muchas que me obligaron, aporté al puerto de Acapulco, a donde entregué la nao con todo lo que en ella había a los oficiales reales de aquel puerto, y con esto quedó sabido el viaje de aquellas tierras a las de la Nueva España, y entré en esta Corte a nueve de octubre de 607.

Los motivos porque fui movido a tratar de este caso y todo lo referido aquí, tengo escrito muy particularmente, y todo lo uno y lo otro mostraré probado desde su principio hasta el presente, y a boca diré lo que falta antes y después, y juntamente haré un mapa universal, lo que hasta aquí no he podido, en el cual pondré en sus distancias y alturas, y con sus nombres escritos, a todas las islas y tierras que Dios fue servido mostrarme, y allí se puede ver con mucha claridad la grandeza de toda la parte que del sur está por descubrir, y sobre todo lo dicho se pueden hacer largos discursos, a todo lo cual me remito. A juicio vengo y audiencia pido de todo cuanto obligado estoy, y a dar la cuenta que luego ofrezco, y muy entera satisfacción en todas casos y cosas que se me manden y se me pidan, y sea, señor, aviso que de no se me hacer esta merced, será para mi y para la causa un muy notable agravio, pues de no ser esprimida cuando la ofrecí la vez primera, ha perdido de lo mucho más que pudo ganar, y yo en ella a mil por ciento, advirtiendo que yo me daré a entender muy facilísimo. Jueces pido, señor, sabios y rectos, y que tengan paciencia para oirme, voluntad de entendimiento, amor a esta demanda de tanto mayor cuantía, y dolor de saber cuántas y cuán fructuosas obras para otros pude haber hecho en tantos años perdidos, midiéndolos a proporción de las que hice en tan pocos meses que me duró el poder obrar, y cuántos de estos años he gastado en hacer creer esta verdad, y que ni ahora soy creído, ni sé cuándo lo seré, ni qué modo y orden tenga para negociar sin ser molesto, no perdiendo esta demanda por mi cortedad a otra causa.

Si la desorden de tan pocos españoles que han entrado en las Indias bastó a consumir tantos millones de naturales suyos y traerlos a un tan corto número, como al presente tienen. Digo, señor, que siendo como son hoy tan pocos los indios, y los españoles tantos, y la codicia doblada, y el tratamiento el mismo que siempre ha sido, que es muy fácil de entender y aún de esperar cuán presto del todo se acabarán aquellas gentes si no las remedia Dios. Sabido que las Indias Occidentales han venido a una tan notable baja de sus muchos naturales y que al presente están tan cerca de ser arruinados ellos y ellas; se ve luego el cómo Dios nuestro señor (aunque por medio de un instrumento tan mínimo cuanto yo soy) va mostrando a vuestra majestad otras nuevas Indias Australes de no menores esperanzas, si bien se considera el lugar que en el globo tiene la disposición de las tierras vistas, tan agradables y tan sanas y fértiles, y de tan gran comodidad para lo que se pretende, y tan pobladas de tantas y tan varias y dispares gentes, y muchas dellas tan hermosas, todas tan racionales y de tanto aparejo para recibir la divina luz del santo evangelio y todos los otros bienes que a ellos y a nosotros están a cuenta, y juntamente para venir con mucha presteza a la obediencia de vuestra majestad. Y si se considera las noticias que los indios en razón de tierras han dado, y las declaraciones que en materia de riquezas han hecho, y de los discursos que acerca de esto hice y ahora se pueden hacer, hallarse ha que aquellas tierras que vide, parece que, por el sueste, van corriendo hacia la otra parte del sur y estrecho de Magallanes, y por el poniente y sudueste se van continuando hasta juntarse otras veces, por lo cual promete ser muy grande su longitud y latitud.

Considérese más, que las islas que vide pobladas de tan buenas gentes, que están seiscientas y setecientas leguas más al levante de la tierra de que se trata, y Juntamente la falta que sus moradores tiene de embarcaciones capaces, y del corte de navegación, y sus instrumentos para poder engolfarse, hallarse ha que sólo pueden navegar por el tino de uno, dos o tres días, por la cual razón se debe creer que la otra tierra se va extendiendo hacia aquella parte del levante y del sueste, y está de aquellas gentes muy cerca, o si no, que hay islas que van eslabonando a vista unas de otras, hasta llegar a ella o muy cerca. Y digo más, que para ser esto así como lo digo, bastaba sólo haberse visto allí un hombre tan engolfado, y tan apartado de todas tierras sabidas, y que nunca se han hallado islas pobladas que no sean muy cerca de tierra firme. Y si esto es así, como lo está prometiendo, digo que ha de ser como otro Nuevo Mundo, tan grande, y promete ser mayor, y poblado de mucho mejores gentes que lo es el de la América, y de buena razón ; muy rico así por las dichas noticias, como por la plata y tantas conchas de nácar como en tantas partes se han visto (en) éste y los otros dos viajes, y por la disposición de la tierra, y por caer en paralelos del Pirú y clima de Potosí. Y cuando esto así no sea, digo que si se considera que tan altas y redobladas serranías no las suelen tener pequeñas tierras, y que de aquel río Jordán, por su grandeza, se puede juzgar que su nacimiento le tiene más de sesenta leguas de a donde entra en el mar, y que la parte o monte de a donde mana es fuerza que también tenga su cuerpo y vertientes a otras partes.

Por todo lo cual y por las largas costas que van corriendo levante y poniente de la bahía de San Phelipe y Santiago, como se dice en su lugar, con cordilleras de sierras al sur y al leste y al oeste, es fuerza que sea una gran tierra y muy digna de verse, y ser sabido todo lo contenido en ella, aventurando para tanto prometido uno, dos o tres más, a donde están gastados tantos en cosas que ni son ni hay esperanzas de que sean muchas ni grandes, pues ya son buscar y catar, dadas en lo que es tan sabido y disfrutado, y va siendo cada vez menos. Aviso que entre sus mayores bienes de estas tierras descubiertas, que es muy grande la descarga que puede dar a los reinos del Pirú y la Nueva España, de tantas gentes sobradas y desacomodadas como tiene, y lo que esto suena y promete y asegura desde luego. Y si se considera el cómo las voces que tan a ciegas dió Colón, y su porfía, aunque no ha sido tanta como la mía, ni tan grandes sus trabajos como yo lo mostraré. Hallarse ha haber dado a España tantos millones de oro y tantos millones de bienes, y que los mismos con luz clara promete el caso de que se trata y que no es para desechar. Y pues, señor, si por grandeza ¿cuál mayor que poblar un Nuevo Mundo? Si por riquezas ¿cuáles más que las que promete estando por desnatar? Si por fama y gloria, ¿cuál más eterna? Si por el beneficio público, ¿cuál más universal y de más bienes? Si por ocupar gente baldía, ¿cuál aparejo mejor? Si por ocasión, ¿cuál más propia? Pues fui, y vide y vine y sé y quiero, y vuestra majestad, tan poderoso señor, si para Dios cuyo es todo y por cuyo amor se debe gastar y aventurar lo que el mismo tiene dado y ha de dar, ¿cuál mayor y más lucido servicio que traer a un tan copioso número de criaturas al conocimiento de su creador? Defienda Dios esta causa de la envidia y de la ignorancia y más cosas contrarias, y defienda vuestra majestad la parte de ella, pues es tan grande y tan propia de tantos y tan declarados enemigos suyos y míos, porque la amo, quiero y sirvo, y reciba vuestra majestad como rey y señor tan benigno, la duración de la voluntad deste vasallo en la conquista de tantas ajenas cuantas en ellas han concurrido, y estime vuestra majestad el muy continuo y muy necesario sufrimiento pues a éste, después de Dios, se debe lo descubierto y lo que promete, y espero de riquezas para el cielo y para la tierra, y acepte vuestra majestad de mi fe y de mi lealtad y amor con amor el resto de toda la vida que ofrezco, con el mismo celo que siempre tuve del remedio de aquellas tantas almas que allí vide y allí están clamando y pidiendo a Dios la parte de sus grandes misericordias, y a vuestra majestad diciendo: hasta cuando, señor, protector nuestro, han de durar tanto nuestros males y tanto nuestros daños! Oigalas vuestra majestad, por quien es, que ya es tiempo y les corre sus derechos a 1607 años, y oiga vuestra majestad a mí, que en nombre de todas ellas y en nombre de su redentor y nuestro, y de todos los otros bienes cifrados en esta causa, y en nombre de vuestra majestad, por lo que le importa y con toda humildad tan debida de mi parte suplico a vuestra majestad sea servido de recibir este presente, siquiera al paso que fue estimada y celebrada la nueva de la toma de la isla de Terrenate y el puerto de Monterrey, descubierto en la contracosta de California.

Atendiendo, señor, que esta mi ofrenda es el primero descubrimiento de grandes tierras, que por mandado de vuestra majestad las he buscado y hallado, cuya felice memoria de vuestra majestad, por el apellido de Austria le di por nombre la Austrialia del Espíritu Santo, porque en su mismo día tomé la posesión della y lo que puede sonar un Nuevo Mundo en los oídos de amigos y enemigos en los tiempos presentes y venideros, advirtiendo a vuestra majestad cuanto el rey pasado, padre de vuestra majestad, que sea en gloria, estimó la población de las islas Felipinas por haber sido en su tiempo, con ser descubiertas antes por la parte del Oriente. Y pues el mismo Dios estimó tanto aquel sólo maravedí llevado de una casa al templo, estime vuestra majestad por quien es, este thesoro traído desde allá del emisferio inferior y partes casi antípodas destas, a ofrecer en las reales manos de vuestra majestad, comprado desde su principio por suma verdad, suma diligencia y suma porfía de doce años y medio de continuos pleitos, y por veinte mil leguas de caminos rectos, siempre penando y por muy notables peligros de la vida, sin los ordinarios, y por sumas miserias y pesares y otros millares de costosos precios, y advierto, señor, que su debido valor de esta gran causa está sólo en que vuestra majestad la mire con dulces y piadosos ojos, y todo su bien cifrado en que vuestra majestad sea servido inclinar su real grandeza a ella, que para mí será merced muy singular, y para vuestra majestad, corona y palma.

Lo que pretendo, señor, es que vuestra majestad sea servido darme cédulas muy claras, muy cumplidas y muy fuertes, y con muy grandes penas a ministros que las cumplan, para ir en esta primera flota al Perú para que aquellas tierras descubiertas sean, como pueden ser, pobladas desde la ciudad de los Reyes, y de la ciudad de México, y se acabe de descubrir lo que falta; advirtiendo que para su población y conservación tienen de presente las más principales y necesarias cinco cosas, a saber: grandeza de tierra, abundancia de comidas, mucha sanidad, mucha comodidad y mucha gente, a las cuales cosas suceden luego la industria y cata de minas de plata y oro, perlas y otras riquezas, algunas dellas vistas y de otras hay noticia, todas las cuales cosas no se pueden buscar sin lo referido. Adviértase también que para la mayor parte, los indios de tierras fértiles son muy poco industriosos y que sólo atienden a pasar la vida con el menos trabajo que pueden, y que viven sin aquellos cuidados que tenemos las gentes de nuestra Europa; y también se advierta que de España no han de ir para el dicho efecto más de sólo doce religiosos descalzos de la orden de San Francisco, y otros doce varones maestros de artes y ciencias y experiencias y toda satisfacción, para ordenar y encaminar las cosas a los altos fines que deseo y mostraré; pues (si) esto se ha de hacer andando el tiempo, hágalo vuestra majestad de presente, que ésta parece muy buena ocasión. Lo segundo, que aunque andando tiempos, aquellas tierras se extendiesen tanto que para su gobierno tuviesen necesidad de dos virreyes, nueve audiencias y tantos otros ministros reales y de justicia y guerra, como al presente tiene la América, vuestra majestad no les dé salario alguno (!), no gaste en todo este caso más dinero que sólo en el primero viaje, para la población y, cuando mucho, el segundo, para el socorro.

Lo tercero, el mundo justificado que pido, pues lo hay por ser la parte más digna y más debida y la que más conviene que tenga ésta y semejantes empresas, y el modo que mostraré de tanta autoridad y de tanta utilidad, y de tan fuertes fundamentos para que dure y no se acabe la obra, y que sea la más lustrosa de todas las de los tiempos pasados y presentes de su género. Lo cuarto, que por ser los frutos de esto pueden sacarse tan sabidos y palpables en el servicio de Dios y de vuestra majestad, y bienes públicos, los excuso aquí y digo: la seguridad que tienen de que enemigos los impidan ni inquieten, la obra. Lo quinto, que fray Francisco Pobre, religioso descalzo de la orden de San Francisco, me tiene dado palabra de ir con otros doce religiosos de su orden a aquellas partes, movido del celo que tiene de la conversión de aquellas gentes. El sexto, que con haber tanta razón, no estoy cansado de los trabajos pasados, ni del sufrir y contentar hombres, ni de solicitar ministros, ni estoy temeroso de aquellas tan oscuras ni tormentosas noches, buscando, con tan conocidos peligros, tierras incógnitas; y sea aviso que también amo la seguridad y el descanso, y que me parecen bien las cortes y las populosas ciudades y todo lo demás que de suyo es amable, y que todo lo pospongo por sólo el servicio de Dios. Y para que de esta vez mi intento sea entendido, digo que tengo de seguir esta causa hasta mostrar a vuestra majestad cuánto Dios en aquellas partes ha criado, o morir en la demanda; y más digo, que a vuestra excelencia no le está a cuento que yo deje de las manos esta obra, pues ahora rarece que voy teniendo ojos añadidos a la misma voluntad, y desnudez que tuve siempre, recordando que suelen los príncipes para semejantes hechos buscar hombres y esforzar sus voluntades para el empeño en ellas, y que si yo hubiera de volver a los mismos trabajos, que no fuera por los mayores premios, y que si vuestra majestad no me envía, tengo que pedir mi justicia, y la estimo por tanta como la que a Colón se ha dado, y todo esto lo mostraré.

Acuerdo a vuestra majestad que es verdad el cuidado del que muestran las tierras y procura el remedio dellas, y que las cortes bien fundadas son de mucha duración y no son fáciles de desbaratar, y que las mal fundadas son malas de reformar y que siempre están en peligro de acabar mal. Ejemplo en las Indias, de cuyo remedio se ha tratado y trata tantas veces, y del poco que tienen tantos males ya pasados en ellas y cuán tarde se remediarán los venideros. Y más, señor, que bien pudiera yo a ojos cerrados y sin reparo, antes y ahora, caminar por donde todos han caminado y seguir en todos sus pasos; y más, que los vasallos desinteresados, diligentes y leales engrandecen, descansan y aseguran hasta las conciencias a sus príncipes. Y más, señor, que en Roma, que no es patria mía, han sido mis trabajos estimados, y mirados con dulces ojos mis deseos, que lo son de que en esta causa se hagan hechos que sean como las rosas hermosas, olorosas y provechosas; obras, digo, que parezcan bien a Dios y a las gentes; y más, deseo y pretendo que los derechos reales que de aquellas partes vinieren no sean tan invisibles como los que vienen de las Indias. Vuelvo a suplicar a vuestra majestad, con todo encarecimiento posible, sea servido mandar me sean dados con mucha presteza jueces a parte, e que lo sean, que sepan o quieran saber cuanto duele tantos deseos contradichos y detenidos, y tantos cuidados que pican y que lastiman, y tanto esperar tantos tiempos con tan grandes daños míos, y que entiendan cuanto amarga rostros torcidos mucha tibieza y grandes desdenes en pago de tan grandes servicios y de un hecho tan singular cuanto es éste, y que estimen a un tan esforzado amor y tan poco temor de cosas muy dignas de tener los hombres, y otras de aborrecerlas, y que vean (pues se ve) que no soy éngel, ni más de un hombre solo y falto, y que aunque quiero y trabajo no puedo acudir a tanto y tantos, ni suplir en general tan grandes gastos y pesos, cuya gravedad de todo punto (si bien se mira) harán arrodillar las fuerzas de muy sabios y muy ayudados varones.

Y en suma, que me pregunten cómo me pude sustentar tantos años, siendo los más de ellos un Job en la pobreza, y no Job en paciencia y más partes, obligado a defender y a sustentar tan grande y tan perseguida causa en tantas partes del mundo y tan lejos; su conclusión sean las gracias a Dios. Esto he entendido, señor, y que de esta demanda yo sé muy bien sus grandezas y todos sus prometidos y mas partes, y cuánto me tiene costado sacarla de la oscuridad en que estaba, y cuánto valgo para el caso, y cuánto me puede costar el conseguirle, y cuánto he rogado y ruego, y cuán barato me vendo, y por cuán subidos precios se compran obras menores; y que también sé las obligaciones todas de los mayores para con ella y para conmigo, que pudiendo con justicia pedir el premio de mis servicios y gastos de hacienda propia, procuro nuevos trabajos para mí y busco por amor muchos bienes para otros. Y si vuestra majestad me da licencia, hablaré claro en razón de lo pasado, pues Dios, vuestra majestad y la causa y yo perdemos mucho de nuestro derecho por solos respetos humanos. Tres son, señor, las mercedes que con toda humildad a vuestra majestad suplico, por primeras y por principales. La una de ellas es, señor, que esta causa bien examinada y bien entendida y bien considerado el todo de ella, y los blancos todos a que tiro con el puerto conocido, puertas que Dios ha dado para entrar sembrando y cogiendo todos sus frutos, y que sean bien advertidas todas y cada una de las partes de este memorial, y que haya junta de mathemáticos, estando yo presente en ella para justificar mi causa y defenderla de cosas que la puedan dañar si estoy ausente, y que yo mismo sea el que haya de leer este memorial.

La segunda merced que a vuestra majestad suplico es, señor, que si por deméritos míos o otra causa no he de ser admitido al servicio personal, como esclavo que soy della, que no se deje la obra y se elija una persona cual es muy justo y muy debido y muy necesario que se busque, para proseguir y dar forma a un caso tan santo y tan valeroso, y siendo tal, yo daré luego todas mis relaciones y mis escritos, y mostraré grandes avisos y una orden que sea padre de todos los huérfanos, marido de todas las viudas, remedio de todas las necesidades comunes y, en suma, fortaleza de la justicia y firmeza de la paz; y que por este medio en aquellas partes vengan a ser Dios y vuestra majestad muy servidos, y aquellas tantas gentes libertadas del poder de Satanás, guiadas a los bienes que no tienen y aseguradas de todos los daños que puedan amenazarlas; en especial de que jamás entren en manos de encomenderos ni ninguno dellos sepan cuales le tocan, y por ésta y otras razones, los mismos encomenderos defiendan los naturales y siempre vayan a más y de buena razón nunca a menos. Y más también, el como, a pocos años andados, salgan de la vida brutal que tienen y sean muy políticos en lo divino y en lo humano; y mostraré más otros frutos, todos de mucha honra y gloria y provecho de vuestra majestad, y que por todos estos caminos, a lo menos se atajen muy grandes males y se cojan muy grandes bienes, advirtiendo que esta obra está sin principio alguno y que por esto es fácil de hacer lo dicho, avisando a vuestra majestad que siempre sea el gasto de la hacienda real, pues el particular ha dañado cuanto yo le mostraré, y más mostraré modo como se gaste menos.

La tercera merced que eficazmente a vuestra majestad suplico es, señor, un sí o no brevísimo y determi-nadamente, pues justicia pido para ser ajeno o ser mío, y dar a este tan acosado espíritu alguna quietud con otro pasto, porque tanto padecer, sufrir y porfiando guerrear contra tantos casi imposibles, lo mayor es ganar voluntades de hombres, cuyo grado, para que tenga su debido lugar, no se si le dé el de 90, pues, parece pasar los límites de todo padecer voluntariamente. Aviso a vuestra majestad de las muchas y muchas diligencias que el demonio atrás ha hecho, a fin de ver si podría impedir que aquellas sus minas de almas, y lo demás que allí goza con la adoración que tiene y roba a Dios, jamás fuesen descubiertas, y ahora que sabe que todas se pretenden labrar y beneficiar para la iglesia cathólica, de la cual es vuestra majestad defensor, las muchas más diligencias y embustes que ha de hacer una vez y muchas veces porque allí no se vuelva, y sea desposeído de aquellas tantas sus riquezas, ni se gocen los muchos temporales que promete para remedio de España, advirtiendo que es soldado viejo y práctico y muy theórico en todas artes y ciencias, y que ha peleado y disputado con muchos y muy singulares barones sabios y fuertes, y que sabe mucho de su falsa razón de Estado, negando siempre la buena, pues para mí ninguna hay mejor ni más debida que es defender causa y honra de Dios y bienes de sus criaturas. Y pues yo, siendo una hormiga, arrimado a una caña, sin partes, ni artes, ni caudal, sólo fiado de Dios de esta causa, su tan buen estado presente; y Dios nuestro señor no tiene límite en sus todos, y a quien de El fía le ayuda y facilita sus empresas, y para ellas hace de las piedras oro y plata.

Anímese vuestra majestad, que mucha plata da Dios en el Perú, y está por venir a España, y hay hombres muy sobrados en todas las Indias, y la empresa es muy digna de la mucha cristiandad, valor y generosidad de vuestra majestad; y pues Dios me libró de tan ancho y largo golfo y me trajo a la presencia de vuestra majestad, no es acaso, ni vuestra majestad me deje ahogar aquí a la orilla, o por mejor decir, a puerto en salvo. Aviso a vuestra majestad que lo que a esta corte me trajo, y en ella me hace asistir, que es sólo la esperanza que tengo, nacida de los grandes favores y socorros que Dios nuestro señor siempre hizo a esta su causa; creo que para con ella he de hallar ahora, como hallé la vez primera muy dispuesta la voluntad de vuestra majestad y de sus ministros, y para la mía, la espaciosa y grata audiencia que a vuestra majestad mismo pido y suplico, pues esta tan alta demanda la merece, así por los bienes que cifra, como por ser hija de vuestra majestad, y por los muchos enemigos que ganado tengo defendiendo causa y hacienda de vuestra majestad, y porque haya quien se esfuerce a emprender cosas tan altas y tan arduas viendo la estimación que se hace de esta segunda de un género y primera en parte della. Aviso a vuestra majestad que para hacer aquel descubrimiento pedí un solo y pequeño navío con cuarenta hombres y que vuestra majestad fue servido mandar al virrey del Perú diese a mi satisfacción dos navíos y, a proporción, todo el despacho de gente de guerra y mar, bastimentos y pertrechos, y que el virrey del Perú, conde de Monterrey, en esta conformidad me dió larga mano y pude en el Callao escoger dos grandes naos, y las elegí pequeñas: la una de 150 toneladas y la otra de 120, y juntamente una lancha, y que con 6 religiosos y 130 personas de todo menester, pagadas éstas lo servido, y un año adelantado el precio que allí se paga a los que sirven las armadas de vuestra majestad, salí a navegar fin de verano y principio del estío de aquella otra parte del sur, y de vuelta del viaje pude llevar la nao a Filipinas, y gastando mucha hacienda a vuestra majestad venir de allí muy rico, y que también la pude llevar al Perú y (sin embargo) la entregué en el puerto de Acapulco para que fuese, como fue, a Manila por cuenta de vuestra majestad; por todo lo cual y por otras muchas vías que mostraré, escusé a vuestra majestad dos tantos más gastos de plata de la que se gastó, y más la gente de guerra, inclinándome siempre al más servicio y provecho de vuestra majestad, poniendo aparte los míos.

Don Luis de Velasco me dijo en México que Chavarría, contador de la razón le escribió de Lima que sin dejar nada por contar se gastaron en mi despacho 184.000 ducados. De la hacienda de vuestra majestad recibí aquí en España 1.500 ducados, y estuve en ella catorce meses sin (contar) lo de Roma. El conde de Monterrey me dió en Lima 1.000 pesos corrientes, y estuve allí nueve meses. De lo gastado en mi despacho no ha entrado en mi poder un solo peso, ni menos he recibido sueldo alguno, ni más socorro de lo dicho, conque hice el estandarte real y suplí muchas cosas necesarias y forzosas a mi avío (como lo puedo mostrar): mesa de juego en tierra yo no la puse, ni consentí en el mar que se jugase, y así no saqué baratos ni he tenido desde que desta corte salí, correspondencia a propósito más de sólo la que digo del conde de Monterrey; y tengo testimonio de como el marqués de Montes Claros, venido yo de la jornada en México, no me quiso dar socorro alguno. En esta corte estoy sin solo un cuarto, ni cosa de qué valerme, muy de atrás, y debo dos mil y quinientos pesos. Suplico a vuestra majestad sea servido hacerme merced que yo sea socorrido de manera que pague mis deudas, hechas en servicio de vuestra majestad, y me quede para poder sustentarme, y vuestra majestad me perdone, porque yo nunca entendí tener necesidad de hablar tan claro. Las relaciones de todos los tres viajes y descubrímientos que se han hecho en aquellas partes incógnitas, tengo en mi poder, y por no tener con qué imprimirlas o copiarlas, no la doy a vuestra majestad con este memorial; también tengo los autos de la posesión de aquellas tierras y el estandarte que en nombre de vuestra majestad levanté en ellas. De todo esto y de mi persona haga vuestra majestad lo que fuere servido, como de un tan leal vasallo que soy, aunque en muchas partes se ha dicho, y se dice en esta corte, que tengo de ir con esta misma demanda a otro rey. Vuestra majestad me haga justicia en esto pues tengo tanta, y se debe a mi lealtad, advirtiendo que no me obligué a que todos los hombres tuviesen a esta causa tanto amor cuanto yo le tengo, ni que todas las cosas forzosas para su conclusión se midiesen con sus necesidades, y con las mías para con ella; ni menos me obligué a perder mi alma ni a imposibles, y lo demás todo está hecho a honra y gloria de Dios.

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