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Datos principales


Desarrollo


Los cimientos de la mayística Los sesenta y seis folios del volumen en 4.? del manuscrito de la Relación de las cosas de Yucatán constituyen el punto de partida de los estudios sobre la cultura maya. Allí están contenidos, a menudo en forma de leve bosquejo, los grandes temas que han preocupado a los investigadores desde hace siglo y medio. Personalidades de inmenso prestigio científico, como Sir Eric S. Thompson, no han regateado elogios a la breve crónica reconociendo explícitamente la deuda que su propio trabajo había contraído con el celoso inquisidor de Maní. Repasemos ahora las principales áreas de especialización de los mayistas con relación a los caminos abiertos por Diego de Landa poco después de la conquista. 1. El medio natural: Geógrafos y ecólogos tratan de reconstruir el ambiente en el que vivieron los antiguos pobladores de la península de Yucatán. Cualquier estudio sobre la economía primitiva debe arrancar de un sólido conocimiento de los recursos potenciales, las posibilidades de transporte, almacenamiento y comunicación o la capacidad del territorio para mantener determinados contingentes humanos. Todavía se discute el tipo de agricultura que practicaron los mayas clásicos, la variedad de los alimentos complementarios, la incidencia del movimiento comercial en el auge de las ciudades, la existencia de plantaciones o zonas de cultivos especiales, el volumen y calidad de los tributos, las causas del asentamiento concentrado o disperso, y el cambio demográfico.

Todo ello tiene que ver primero con las características del medio, sobre las que actúa el equipo tecnológico y el sistema de valores de la sociedad. Landa ofrece multitud de datos respecto a estas cuestiones, y el lector puede apreciar la estrecha dependencia que se manifiesta entre las colectividades indígenas y el suelo que las sustenta. 2. La cronología: La civilización maya fue la única en la América precolombina que utilizó un procedimiento para computar el tiempo absoluto. Por encima del estrecho margen de los reinados, o de la duración individual de los ciclos astronómicos, los sabios señalaron una fecha en el lejano pasado y contaron desde ella los días transcurridos hasta el acontecimiento que deseaban conmemorar. Es decir, los mayas usaron una Era semejante a las que permanecen aún vigentes en el Viejo Mundo. Por alguna ignorada razón, los sacerdotes y escribas que diseñaron la inscripción de la estela 29 de Tikal, expresaron en ella la suma de 1.243.615 días completada desde el inicio de su tiempo histórico. Ese primer registro cronológico de las selvas del Petén ha sido interpretado como equivalente al año 292 de la Era cristiana, lo que sitúa el origen del cómputo indígena en las brumas de la mitología, 3.405 años atrás. El complicado problema de la cronología maya no está resuelto a plena satisfacción de todos los arqueólogos, pero los fundamentos de la indagación que ha permitido manejar con facilidad las fechas antiguas se encuentran en la obra de Diego de Landa.

La Relación incluye una descripción cuidadosa del calendario anual y su funcionamiento, los dibujos de los jeroglíficos de los días y los meses, y la explicación de la llamada rueda de los katunes, lapso que combina los períodos sagrados de 7.200 días con los trece numerales básicos. 3. La escritura jeroglífica: La labor más acuciante de la mayística actual es el desciframiento de la escritura jeroglífica. Igual que sucede con las fechas, tenemos aquí la única escritura nativa de América que alcanzó cierto grado de desarrollo. Ocioso es decir que los estudiosos han derrochado esfuerzos durante décadas para llegar a comprender el mensaje de los signos alineados en las piedras, las cerámicas y los libros de corteza. Y casi produce vergüenza reconocer que estamos lejos todavía de poder leer con fluidez los abundantes textos descubiertos, sobre todo si se tiene presente que las lenguas de la antigüedad no podían ser muy diferentes de las que habían hoy cientos de miles de personas en el territorio del Mayab, y que fueron recogidas a lo largo de la época colonial en numerosos diccionarios, gramáticas y documentos misceláneos. Tras muchos años de suponer que los jeroglíficos trataban sólo asuntos religiosos y referentes al calendario, ahora sabemos que las inscripciones de los monumentos narran sucesos históricos, mencionan los nombres y títulos de los reyes, y seguramente revelan los avatares por los que pasaron las dinastías gobernantes en las distintas unidades políticas de las regiones tropicales.

No es preciso poseer una mente demasiado despierta para imaginar el torrente de información que aguarda el definitivo desciframiento de la escritura maya; entonces la arqueología del área dará un salto cualitativo de incalculable trascendencia, y, lo mismo que ocurrió en Egipto con los trabajos de Champollion y sus continuadores, el estudio de la vieja civilización podrá alcanzar la verdadera madurez. En esta labor apremiante se hallan implicados filólogos y epigrafistas de muchos países y, aunque aborden el problema desde perspectivas diversas, incluso contrapuestas en ocasiones, todos aceptan los datos de Landa como inestimables referencias. En efecto, el franciscano se sintió atraído por los extraños símbolos gráficos que contemplaba por doquier y, sin duda, hizo preguntas entre sus informantes; por desgracia, estaba ofuscado por una hipótesis errónea, creía que los mayas empleaban un alfabeto similar al europeo, de modo que transcribió el conjunto de letras cuyos sonidos mejor correspondían al lenguaje hablado. Los indígenas pintaron para él algunos jeroglíficos que podían ser leídos aproximadamente como esas letras, pero que realmente tenían un significado ajeno por completo al pretendido abecedario. Así, por ejemplo, cuando el fraile pronunciaba la u, la réplica era el signo con que se escribía luna, puesto que emitiendo tal sonido decían luna los yucatecos. Sin embargo, paradójicamente, Landa fue consciente de que la escritura obedecía en buena medida a principios silábicos, o que contenía ideogramas, y lo expresó a su manera en un par de frases sucintas, pero no supo o no quiso ir más allá en averiguaciones que rozaban los bordes de las más importantes costumbres diabólicas de los indios.

Su desinterés, quizá sus escrúpulos, han privado a la mayística de una información de extraordinario alcance; mas, en cualquier caso, sin ser la piedra de Rosetta como algunos pretendían, la Relación es también para la epigrafía maya una fuente de primer orden, especialmente desde que la escuela rusa ha expuesto sus tesis sobre el valor fonético de bastantes signos. 4. La religión: El campo de las creencias religiosas, de la ideología en general, suele ser una tenebrosa ciénaga que pocos arqueólogos de los que trabajan con culturas ágrafas se atrevan a cruzar. Existe, por otra parte, y como lógica consecuencia, una viciosa inclinación a remitir al terreno de lo religioso todo fenómeno o elemento de la vida del pasado que resulta incomprensible o misterioso. Hasta que los excavadores logren diseñar un método para interpretar sus materiales suficientemente penetrante, riguroso y a la vez imaginativo, basado quizá en analogías etnográficas y en los más modernos estudios sobre el comportamiento humano, la espiritualidad arcaica seguirá siendo un enigma salpicado de tímidas conjeturas. Desde luego, no es éste exactamente el caso de la civilización maya; primero, porque contamos con una escritura a la que se han ido arrancando con mucho trabajo algunas informaciones de carácter religioso; segundo, porque disponemos también de una gran cantidad de descripciones y estudios sobre la religiosidad indígena en la época colonial y en la republicana.

Bien puede afirmarse, no obstante, que apenas ha comenzado una investigación muy difícil y complicada, siéndolo todas las que pretenden desvelar los productos de la mente a través de simples vestigios materiales, pues aquellas gentes que edificaron soberbias ciudades en la selva vivían con tal intensidad sus creencias que los dioses y los ritos llegaron a diluirse en las actividades cotidianas, impregnando el orden político y el social hasta el punto de hacer casi imposible la visión analítica a la que están acostumbrados los científicos occidentales. Antes que en los monumentos de piedra, la religión maya se manifiesta por medio de los códices y de las cerámicas pintadas. Los libros de corteza eran la guía de los sacerdotes, donde se escribían los augurios para cada período de tiempo y se plasmaban aspectos destacados de la liturgia. Por su parte, los recipientes de barro que se depositaban en las supulturas de los nobles contenían fragmentos de la mitología de ultratumba, y servían en cierto modo como ayuda para superar las pruebas del viaje del difunto por el inframundo. Allí están dibujadas las divinidades gobernantes de las regiones cósmicas, y también las escenas del perenne combate que mantienen entre sí. Gracias a estos preciosos documentos se han podido identificar los atributos y los nombres jeroglíficos de los seres sobrenaturales, determinadas ceremonias y festividades relacionadas con la cosmología, y se ha reconstruido parcialmente la imagen maya del universo.

Sin embargo, han sido los escritos tardíos, entre los que sobresale la Relación de Diego de Landa, el más seguro camino para llegar a entender la naturaleza y la función de muchos de los antiguos dioses, y el único a menudo para conocer el desarrollo de las celebraciones públicas. Los frailes españoles sintieron gran curiosidad por las religiones indígenas de América, no en vano eran consideradas obra del diablo, y, por tanto, resultado del lado oscuro del propio cristianismo. Además, pensaron que la observación de las prácticas paganas era un excelente auxiliar para conseguir su erradicación. Por ello, dedicaron abundantes páginas a describir las idolatrías y los rasgos más evidentes de la antigua fe de los indios. Landa ofrece un inventario de las fiestas del calendario y bastantes datos sobre las divinidades y el culto. Los estudios acerca de la religión maya han de tener en cuenta ineludiblemente sus valiosas informaciones. 5. La historia postclásica de Yucatán: Ya hemos dicho antes que el norte de la península de Yucatán sufrió muy atenuadamente los efectos de la gran catástrofe que acabó con los reinos del período Clásico. Los itzaes que llegaron hacia el año 800 de nuestra Era --tal vez décadas antes-- infundieron nuevo vigor a las manifestaciones culturales de la región llamada Puuc y fueron luego desplazados por el militarismo tolteca, cuyo auge se mantuvo hasta el siglo XIII. Los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en las llanuras septentrionales hasta la caída de Mayapán son objeto de comentario en los manuscritos indígenas redactados con caracteres latinos después de la conquista, pero esas importantísimas fuentes, conocidas en general bajo el nombre de libros de Chilam Balam, conservan un estilo narrativo tradicional donde se funde la leyenda con los sucesos reales, en un lenguaje esotérico y enormemente confuso, de manera que es tarea ardua identificar sin vacilación las circunstancias que rodearon las graves transformaciones de la época.

La Relación refleja igualmente la típica imprecisión o incongruencia del método maya de hacer historia, pues los informantes de Landa no habían podido desprenderse aún del viejo modo de pensar; su ventaja radica en que el escritor estaba situado fuera de la corriente cultural que juzgaba los hechos, y por ello era capaz de interpretarlos procurando discernir lo que verdaderamente ocurrió. Así, vemos cuando el franciscano reproduce criterios ajenos (por ejemplo: que es opinión entre los indios, y dicen, y que difieren, que cuentan los indios), o aporta su propio sentir (por ejemplo, especulando sobre posibles migraciones desde Chiapas en tiempos prehispánicos: porque muchos vocablos y composiciones de verbos son los mismos en Chiapas que en Yucatán, y hay allí grandes señales de lugares que han sido despoblados). Nos hallamos lejos todavía de poder reconstruir con seguridad la historia antigua de Yucatán, y tal vez no se logre nunca, pero los informes que proporciona Landa son el fundamento de cualquier ensayo en ese sentido. Sirven de contrastación a las prolijas y enrevesadas fuentes indígenas, organizando a la europea unos relatos oscuros pero enormemente significativos. 6. Costumbres y monumentos: Los arqueólogos contemporáneos están interesados en los avances de la metodología que persigue la reconstitución de las relaciones sociales de las culturas antiguas. Problemas que antes eran privativos de la Etnología han pasado a ocupar un sitio descollante entre las inquietudes de los excavadores.

Los estudios de patrones de asentamiento (cómo y por qué se distribuyen regularmente las construcciones u otras huellas de actividad humana en el paisaje) permiten elaborar hipótesis sobre las leyes de residencia y descendencia, el régimen de trabajo o los mecanismos del control político, lo mismo que la iconografía facilita inferencias acerca de las estructuras de autoridad y prestigio. Una sociedad como la maya, aferrada a la tradición, que ha guardado a través de múltiples avatares los primitivos valores de su identidad comunitaria, es un modelo en cualquier etapa de su historia del que obtener información para extrapolarla al pasado. En otras palabras, las descripciones de los escritores coloniales, y, en cierta medida, las de los etnógrafos actuales, se utilizan habitualmente para organizar e iluminar los fríos datos de la Arqueología. Por eso son tan importantes las búsquedas en los archivos, y tan celebrada la aparición de todo nuevo papel, censo, título de tierras, pleito, etc., que arroje luz sobre la demografía, formas de propiedad y herencia, reparto de cargos públicos o delimitación de las funciones correspondientes, en los siglos de la dominación española; de ahí, de la situación de la cultura indígena entre los siglos XVI y XIX, se puede partir hacia el descubrimiento de la red de relaciones sociales durante la época prehispánica. Ciertamente, éste era un terreno donde los cronistas se hallaban cómodos, porque el exotismo de los pueblos que visitaban atraía su curiosidad natural, y porque en una Europa que aún leía con avidez las fantásticas narraciones de los libros de caballerías, toda noticia referente a costumbres insólitas o comportamientos extravagantes era recibida con notable aprecio.

Las primeras historias americanas --es decir, los fragmentos dedicados a los nativos, y no a las peripecias de los españoles-- están llenas de observaciones pintorescas que ahora se nos antojan de muy relativo valor científico, pero a la vez contienen testimonios inestimables sobre la vida social y el pensamiento indígenas. La obra de Landa no es una excepción, junto a esporádicas descripciones de las rarezas locales despliega abundante y sólida información sociológica; su importancia se acrecienta también por el hecho de ser la fuente más completa y antigua para el estudio de las comunides yucatecas, prácticamente la única de su clase en el siglo XVI si omitimos las ricas pero limitadas Relaciones geográficas de Yucatán, respuestas de los encomenderos de la península a los cuestionarios de Felipe II. Si hubiera que destacar algunas páginas del manuscrito, quizá fueran las aplicadas a comentar el ciclo vital de los nativos las que merecieran lugar preeminente en los anales de la mayística. En efecto, nuestro autor proporciona un cuadro detallado de las distintas etapas por las que pasaba la crianza y educación de los niños, con los ritos que jalonaban el tránsito de un estado social a otro, las circunstancias del matrimonio y las actitudes éticas de cada sexo, la significación de las genealogías y la solidaridad de los grupos de parentesco, las tareas que cada cual estaba llamado a cumplir y la conducta general hacia la muerte. Basta con repasar el syllabus o índice analítico de la edición de Tozzer para percibir la riqueza y variedad de los temas sociológicos tratados en la Relación.

Todo estudio moderno sobre la vida de las antiguas comunidades o sobre el sistema de valores que guiaba la actuación cotidiana de sus miembros, debe contar ineludiblemente con los informes de fray Diego de Landa. Al lado de las descripciones de la vida tradicional de los mayas encontramos algunas líneas de carácter estrictamente arqueológico, no sólo referidas a objetos antiguos desenterrados cuando se ordenó derruir los edificios prehispánicos, sino a las mismas construcciones. Las palabras de Landa al respecto son, fuera de duda, las primeras que un occidental observador y fisgón ha consagrado a los monumentos del pasado yucateco. Y el franciscano llega incluso a realizar unos modestos pero interesantísimos dibujos de los templos que reseña, bosquejos sin otra pretensión que aclarar el fárrago descriptivo --¡como si hubiera sido entrenado en una moderna escuela de Arqueología!--, da las dimensiones y hasta el número de los escalones, afirmando con humor las dificultades del ascenso a la pirámide mayor de Chichón Itzá. El asombro que sintió este fraile contradictorio, mitad antropólogo y mitad turista, mitad párroco y mitad inquisidor, ante la grandeza de las ruinas de la península, se pone de manifiesto en estas frases que constituyen un verdadero homenaje a los primitivos pobladores y a la cultura maya: Si Yucatán hubiere de cobrar nombre y reputación con muchedumbre, grandeza y hermosura de edificios, como lo han alcanzado otras partes de las Indias, con oro, plata y riquezas, ella hubiera extendídose tanto como el Perú y la Nueva España, porque es así en esto de edificios y muchedumbre de ellos, la más señalada cosa de cuantas hasta hoy en las Indias se han descubierto.

Porque son tantos y tantas las partes donde los hay y tan bien edificados de cantería a su modo, que espanta. Pueden deducirse de todo lo dicho hasta aquí dos conclusiones. Diego de Landa refleja en su persona y en su conducta los contrastes de la mentalidad de los hombres del siglo XVI a que aludimos al principio de esta introducción. El celoso guardián de la ortodoxia católica de la época, el incansable perseguidor de las idolatrías, es a la vez un entusiasmado admirador de muchas de las cosas que ve en la tierra americana. Destruye bienes y reliquias paganas, mas anota con idéntica presteza los rasgos principales de lo destruido. Es un instrumento consciente y voluntario de la transformación de la sociedad indígena, y se esfuerza en conservar por escrito para la posteridad el relato de las virtudes condenadas a desaparecer. Castiga con dureza a los indios y los defiende simultáneamente de la brutalidad de los encomenderos. Posee el espíritu, en fin, de los viajeros de aquel tiempo intermedio de cambio y de reformas. Por otra parte, Landa es un precursor. Las preguntas que se hace al contemplar la extraña realidad maya, los asuntos que reclaman su interés de escritor, pertenecen en sentido riguroso al moderno quehacer de los antropólogos culturales. Él es el primero en reconocer que las ciudades arruinadas de Yucatán fueron erigidas por los antepasados de los indígenas con los que convivió; hubo que esperar a las exploraciones de Palenque auspiciadas por Carlos III, y a las expediciones de Stephens y Catherwood para oír opiniones similares expuestas con tanta claridad y convicción, y todavía en los albores de nuestro siglo había mucha gente que atribuía la arquitectura centroamericana, y por supuesto la escritura jeroglífica, a remotos periplos de fenicios, egipcios o hebreos, por no citar a los partidarios de las tesis sobre los continentes oceánicos desaparecidos.

Vale la pena recordar que el célebre abate Brasseur de Bourbourg, justamente el descubridor del manuscrito de Landa en la Real Academia de la Historia, escribió y publicó en 1868, hacia el final de su vida, el libro, Quatre Lettres sur le Mexique, donde reunía diversos argumentos para probar que tanto las antiguas civilizaciones de Mesoamérica como la del valle del Nilo tuvieron su origen común en los esfuerzos colonizadores de los habitantes de la Atlántida. Diego de Landa sabe desentrañar las cualidades del arte maya y los secretos de la religión; aún más, logra relacionar los diferentes aspectos de la cultura autóctona soldando los ritos con las actividades diarias, las tradiciones orales con el parentesco, la organización política con la demografía, el presente con el pasado sin solución de continuidad. Su trabajo y su método no son originales; sin embargo, se cuentan por decenas los documentos o textos coloniales que intentan trazar un cuadro verídico del modo de vida de los pueblos aborígenes de América. Pero en Yucatán, región periférica de los grandes imperios tardíos de aztecas e incas, el fraile cifontino sobresale poderosamente por encima de los otros autores como Lizana o López Cogolludo, es un observador más agudo y consigue reunir un material etnológico magnifico y abundante. Si fuera necesario resumir en pocas palabras cuál es la utilidad del libro que presentamos para el lector de finales del siglo XX, dejando aparte los intereses de los especialistas, habría que decir sin vacilar que constituye un testimonio insuperable del humanismo español de cualquier época, con sus esplendores y sus miserias, ese humanismo que casa tan bien con el supuesto estereotipo de nuestra personalidad colectiva; es una obra representativa, típicamente española, y cuando el objetivo del viejo afán ibérico por conocer e intervenir en las cosas de los vecinos es la extraordinaria cultura de los mayas, entonces puede resultar, como en la ocasión actual, una obra provechosa y apasionante. Miguel Rivera Dorado Madrid, otoño de 1984.

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