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INTRODUCCIÓN A Alvar Núñez Cabeza de Vaca, principal protagonista y autor de los Naufragios, tal vez le cuadre mejor la denominación de el andarín de América, no solamente porque gracias a él se tienen las primeras noticias sobre las regiones meridionales del actual territorio de los Estados Unidos, sino también la gesta por sobrevivir, la adaptación al suelo y a las gentes, a través de las polvorientas y resecas tierras de Texas y Nuevo México, y en el que el andar, el caminar, hacia el occidente, hacia la esperanza, era la obsesión vital que les mantenía en pie. Si para la mejor comprensión de los hechos, en cualquier libro, es preciso una, introducción histórica, para entender la razón del por qué de la expedición de Pánfilo de Narváez, del posterior desastre, y de la marcha hacia el Oeste de los cuatro supervivientes, es preciso hacer un marco del mundo histórico-geográfico en que se mueve el autor, Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Antecedentes histórico-geográficos Colón, desde que en 1492 arribó a las Antillas, dejó abierta la creencia de que se había llegado a las puertas del continente asiático, y la reafirmó en su tercer viaje de 1498 al continente; entonces, ante la realidad física de esas tierras desconocidas reverdece sus viejos conocimientos bíblicos-tolemaicos, y así piensa que el Orinoco es uno de los siete ríos que descienden del Paraíso perdido por nuestros primeros padres. Esta fe ciega de Colón en sus conocimientos medievales, en total contradicción con los ideales renacentistas del momento, planteará por muchos años una tremenda contradicción, que se verá por una parte, en la nomenclatura oficial impuesta por el Descubridor y su secuela burocrática; y en la realidad auténtica, que día a día, se va abriendo paso.

Porque todo hay que decirlo: el éxito colombino es tan grande, las noticias que el marino genovés ha propalado son tan carismáticas, que se comprende que la fiebre descubridora que anidaba en el litoral meridional andaluz vuelva a cobrar impulso y rompa uno de los puntos más destacados de las Capitulaciones de Santa Fe: la cláusula del monopolio colombino a las Indias. Lo cierto fue que hasta los sastres se hicieron descubridores, según aseveró el propio Almirante; tras un tercer viaje, las costas americanas comenzaron a ser descubiertas, palmo a palmo, y con una finalidad: descubrir el estrecho. Efectivamente, si se encontraban en tierras asiáticas, había que hallar el paso, ese estrecho de Sumatra, ese estrecho que daría acceso a la India. Lo cierto es que el Estrecho será el gran móvil de todos los marinos españoles, hasta Magallanes. Porque una cosa estaba clara: bien aceptando la asiatización colombina, bien aceptando la realidad de la Tierra Firme americana, había que encontrar un paso hacia el Mar del Sur, que posteriormente descubriría Vasco Núñez de Balboa. La primera etapa de esa búsqueda del Estrecho se realiza a todo lo largo y ancho de lo que hoy conocemos como el Golfo de México y Mar Caribe. Se inicia por las costas del Sur, por las costas venezolanas, y así, Alonso de Ojeda, El Caballero de la Virgen, como le denominará Blasco Ibáñez en su postrera novela, acompañado por el gran marino y cartógrafo Juan de la Cosa, recorrerá las costas de Paria, y al ver en el Golfo de Maracaibo las construcciones palafíticas de los indígenas, la llamará Venezuela (pequeña Venecia), nombre que ha conservado hasta el presente.

Un año después, en 1500, el legendario Vicente Yáñez Pinzón descubrirá el Amazonas, el mar dulce que creyó ser el río Ganges. Toda esta costa sería conocida minuciosamente por una serie de viajes organizados por Alonso Niño, Diego de Lepe y el notario de Triana, Rodrigo de Bastidas. El reconocimiento de la costa de América Central la inició Colón en su cuarto viaje y último en 1502, explorando las costas de Veragua y Costa Rica, Nicaragua y Honduras, sin encontrar el Estrecho. Como consecuencia del segundo viaje de Alonso de Ojeda, aparece en escena la figura infortunada de Vasco Núñez de Balboa, que logrará en 1513, adentrarse en las aguas del Mar del Sur y tomar posesión de él, para los reyes de Castilla. La noticia del descubrimiento de este mar era trascendente para arrumbar las teorías asiáticas del Almirante, ya que a partir de este momento se sabe experimentalmente que los españoles no se encontraban en las proximidades de Cipango (Japón), pues existía un Océano tras la Tierra Firme. La otra jamba del seno mexicano se descubre gracias a Francisco Hernández de Córdoba, enviado al rescate de esclavos por Velázquez, desde Cuba. Arribará a las costas de Yucatán en 1517, pero atacado por los indios, será muerto en la refriega. Diego de Velázquez, conquistador y gobernador de Cuba, insistirá en las tareas descubridoras, enviando a Juan de Grijalva en 1518, que recorrerá el litoral, desde la isla de Cozumel, cabo Catoche, hasta San Juan de Ulúa, y Pánuco.

A través de su periplo, tomó buena cuenta de un imperio indígena organizado (los aztecas), cosa que no había ocurrido hasta entonces. Tras estos viajes descubridores del Imperio de Tenochtitlán, le había llegado la hora a Hernán Cortés de conquistarlo (1518-1521), abriendo inmensas posibilidades a la expansión y planteando nuevos enigmas geográficos de cómo sería la configuración de las nuevas tierras. Ya estamos, pues, en los umbrales de la acción que nos interesa. Por un lado, las conquistas de Cortés han llegado hasta la región del Pánuco, que va a ser considerado por la Corona como límite septentrional del Virreinato que surgirá de la conquista cortesiana; por otro lado, tenemos el conocimiento de la isla de la Florida, descubierta por Ponce de León desde Puerto Rico, y que descubrió en 1512, por haber arribado a ella en Pascua. En su segunda expedición de 1521 busca la fabulosa Bimini, y sus fuentes, cuyas aguas devolvían la juventud. No las encuentra y será malherido por los indígenas, obligándole a reembarcar para la Habana, donde muere. Tenemos, pues, dos referencias: el Pánuco y la Península de Florida, y a ellas se ajustarán las autoridades del Consejo de Indias, cuando decidan atender nuevas solicitudes de expansión y de conquista. Pero la realidad es que se sabía de este territorio bien poco, realmente. En 1519, fijémonos en las fechas, es decir, antes de la conquista de México, y coincidiendo con el descubrimiento del litoral mexicano, el gobernador de Jamaica, Francisco de Garay, envió con una flotilla a Alonso de Pineda para que buscase un estrecho que diera paso al Mar del Sur, del que se tenía noticia desde hacía tan sólo seis años.

Se cree --el viaje está poco estudiado-- que recorrió la costa desde la Península de Florida hasta Tampico, en México. Lo más notable de este periplo es el descubrimiento posible del Mississippí, que él denominó río del Espíritu Santo. Francisco de Garay, tal vez alentado por las noticias que le llegaban a Jamaica de los éxitos de Hernán Cortés en el Anahuac, logró que el Emperador Carlos I le concediese en 1523 la colonización de estos territorios. Personalmente tornó el mando, pero en vez de dirigirse a cualquier otro punto de su inmensa jurisdicción, sospechosamente fue a dirigirse e instalarse en las proximidades del río Pánuco. Pero la presencia de los hombres de Cortés, que estaban instalados desde los umbrales de la conquista de México, y que consideraban ese territorio como propio, hizo desistir a Garay, obligándole a reembarcar, en dirección a Jamaica. El no intentar hacer efectiva la colonización en otro lugar del territorio a él asignado nos hace pensar que Francisco de Garay pensaba aprovecharse de la acción de Cortés. Esto hoy está fuera de toda duda1. Hay otras expediciones españolas, relacionadas con la busca del suspirado paso entre uno y otro mar, que vienen a dar más interés al famoso Padrón Real, que los mareantes de la Casa de Contratación sevillana iban rellenando, conforme les llegaban noticias de nuevos descubrimientos. Así, el oidor de la Audiencia de Santo Domingo, Lucas Vázquez de Ayllón --el que interviniera cerca de Velázquez y Cortés-- mandó al piloto Gordillo en 1521 en busca del Estrecho, recorriendo las costas de la actual Carolina del Sur.

En 1526, tras Capitulaciones con el Emperador Carlos, logra Vázquez de Ayllón autorización para la busca del paso a lo largo de 800 leguas más al norte de donde había llegado Gordillo. Toma personalmente el mando de la expedición, toca el cabo Fear y funda la colonia de San Miguel, que fracasará por muerte del oidor, a pesar de que sus pobladores resistirán hasta 1536, en que deciden abandonarla. Por otra parte, el piloto Esteban Gómez, igualmente con autorización imperial para la busca del paso que comunicará los Océanos, recorre en 1526 costas desde Labrador hasta el cabo Cod, explorando las desembocaduras de los ríos Conneticut, Hudson y Delaware. Finalmente, Pánfilo de Narváez logra del Emperador unas Capitulaciones por las que se le autoriza a conquistar y colonizar el inmenso territorio que se extiende desde el Pánuco en la Nueva España hasta la Península de Florida. Nos encontramos, pues, ante el hombre que va a mandar la desgraciada expedición que hará famosa con su relato Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

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