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Datos principales


Desarrollo


II. Tradición textual A mediados del siglo pasado los conocimientos sobre la procedencia del texto de la crónica eran los siguientes, en palabras de Joaquín García Icazbalceta en la Advertencia que estampó el 15 de agosto de 1851 al frente de su ejemplar: Escribióse esta Crónica Mexicana hácia el año de 1598, según se deduce de su mismo contexto (Véase el folio 358 v.) y poseyó el MS. original D. Lorenzo Boturini Benaduci, en cuyo catálogo se encuentra asentado con el núm 11 del § VIII. De este original de Boturini sacó una copia el historiador D. Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, y de esta se tomó, segun la advertencia del colector, la que existe en el Archivo General de la Nacion. Según todas las apariencias la presente copia se sacó de la del Archivo, en el mismo año de 1792 en que se hizo aquella, ó acaso directamente de la que perteneció a Veytia. No he tenido la oportunidad de cotejar la mía con la del Archivo, y acaso lo haré más adelante. El Dr. Beristain en su Bibliotheca Hispano Americana Septentrional (tom. 1, pag. 66) da á entender que no vió esta Crónica y la cuenta por perdida. No es extraño este descuido del Dr. Beristain, porque en su Biblioteca se encuentran á cada paso pruebas de que nunca vió la colección de Memorias Históricas formada de órden del Virey Revillagigedo, que hoy se guarda en el Archivo General. El Sr. Lucas Alaman en sus Disertaciones (tom. 2, pág. 86) lamenta tambien la pérdida de esta Crónica; pero ambos escritores se equivocaron por fortuna y aún conservamos este preciso documento.

(...) Sería de desear que esta obra viese la luz pública en su lengua original, porque solo se ha impreso una traduccion francesa de ella trabajada por Mr. Ternaux-Compans, quien la ha publicado en los Nuevos Anales de Viages. (...) México Febrero 18 de 1850 La Crónica de Tezozomoc ha sido recientemente impresa en su lengua original en el IX volumen de la magnífica colección de Kingsborough (Antiquities of México, London, 1830-48). Sirvió de original para dicha impresión una copia tomada de la que está en el Archivo general. Agosto 15 de 1851 7. Pocos años más tarde, en 1878, los conocimientos acerca de la historia de este texto habían mejorado solo muy ligeramente. Orozco y Berra los expone detalladamente: Ignoramos cuándo terminó su labor Tezozomoc: respecto de ella, hé aquí la mencion mas antigua que encontramos: "El sitio que ocupa el hospital (de Jesus) se llamaba antes de la conquista Huitzillan, y era famoso por un suceso extraordinario acontecido en él. El emperador Ahuitzotl hizo conducir á la ciudad por una atargea (cuyas ruinas dice Carlos de Sigüenza y Góngora que se veian en su tiempo), el agua de la fuente de Acuecuexco, inmediata á Cuyoacan, la cual rebozó en este paraje con tal exceso, que causó una grande anegación en la ciudad, con mucho estrago de sus edificios y habitantes, y como esta agua no era ni es caudalosa, tal anegación se atribuyó a una causa maravillosa y arte diabólico. Sigüenza cita la historia de los mexicanos que escribió D.

Hernando de Alvarado Tezozomoctzin, hijo del emperador Cuitlahuatzin, sucesor de Moctezuma, cuya obra tenia manuscrita en su libreria, y en ella se refiere este suceso en el cap. 82, fol. 113."1 (...) Sigüenza donó sus manuscritos al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de jesuitas y tal vez su ejemplar fué el visto por Clavigero, quien le menciona en estos términos: --"Fernando de Alvarado Tezozomoc, indio mexicano. Escribió en español una Crónica Mexicana hacia el año de 1598, que se conservaba en la misma libreria de jesuitas".2 Los volúmenes MSS. donados ascendian á 28, de los cuales quedaban solamente ocho en el año 1750 al ser consultados por José Eguiara y Eguren para formar la Bibliotheca Mexicana 1855, habiendo desaparecido el resto: á la expulsión de los jesuitas, los manuscritos restantes se llevaron a la biblioteca de la Universidad, en donde acabaron por perderse. De aquí dimana lo dicho por algunos escritores, afirmando no existir copia alguna de la Crónica de Tezozomoc. Merced a las laboriosas indagaciones del distinguido caballero Lorenzo Boturini Benaduci reapareció de nuevo la obra, de la cual da noticia el descubridor en los siguientes términos: --"Crónica Mexicana en papel europeo, escrita en lengua castellana por Don Hernando de Alvarado Tezozomoc cerca del año de 1598 y contiene 112 capítulos, desde la gentilidad, hasta la llega del invicto Don Fernando Cortés á aquellas tierras. Es la primera parte y falta la segunda".

3 Debemos poner este hallazgo antes del año 1773 por 1743, en que Boturini fué puesto preso y sus papeles le fueron embargados. Por fortuna la rica colección formada por Boturini estuvo toda ó en parte en poder de Don Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, á quien aprovechó para escribir su historia; á la muerte de Veytia la colección pasó á la secretaria de cámara del virreinato, en donde la humedad, los ratones y los curiosos la cercenaron bastante; Antonio de León y Gama y el P. José Antonio Pichardo la disfrutaron, sacando copias de pinturas y manuscritos; lleváronse los restos á la biblioteca de la Universidad, en donde se redujo a casi nada, y los residuos fueron puestos en el Museo Nacional para sufrir la última merma. J. M-.A. Aubin cuenta lo que de estos monumentos existe en su poder. Por este camino estuviera perdida segunda vez la obra, á nos ser porque Veytia sacó copia del ejemplar de Boturini hacia el año 1755. (...) Deseoso el Gobierno español de reunir materiales para la formación de la historia de sus posesiones en América, remitió órdenes a México (ya otras veces lo habia hecho en el mismo sentido,) para que se formase una copia, y se remitiese a España, de los documentos mas importantes al intento. Nada hicieron de provecho en la materia los vireyes D. Martin de Galvez (1783-1784,) D. Bernardo, de Galvez (1785-1786,) y D. Manuel Flores (1787-1789.) Por real orden de 21 de Febrero 1790 se recordó lo antiguainente mandado, pidiendo expresamente se remitieran á la Corte los siguientes documentos: los papeles del Museo de Boturini (.

..). Gobernaba á la sazon la colonia el buen conde de Revilla Gigedo 1789 a 1794, quien encomendó la tarea al religioso franciscano Fr. Francisco Figueroa, quien tanta priesa se dió en su trabajo que pudo presentarle concluido en menos de tres años, el de 1792. La colección manuscrita fue llamada: --"Memorias para la Historia Universal de la América Septentrional, que por el año de 1792, se dispusieron, extractaron y arreglaron en este Convento grande de N.S.P.S Francisco de México"8 (...) Tres ejemplares se hicieron de la colección. El uno fué remitido á España; túvole en su poder D. Juan Bautista Muñoz y vióle Ternaux-Compans, quien da un extracto del catálogo1: existe actualmente en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia en Madrid. El segundo ejemplar quedó en la secretaria del Vireinato, de donde pasó al Archivo general (...) El tercer ejemplar quedó en la biblioteca del convento principal de San Francisco de esta ciudad, de donde desapareció por volúmenes separados, pasando á poder de diversos particulares mucho antes de la extincion del convento y de la órden. A esta cuenta, las copias de la Crónica de Tezozomoc eran ya cuatro, contando por primera la de Veytia. La obra de Tezozomoc ocupa el volúmen XII de estas colecciones, bajo este título: Crónica mexicana, por D. Fernando Tezozomoc, y al frente puso lo siguiente el P. Figueroa: --"Advertencia del Padre Colector. Don Fernando Alvarado Tezozomoc fué sin duda, uno de los investigadores mas diligentes de las antigüedades mexicanas (.

..) --Clavijero se aprovechó de muchas noticias de Tezozomoc para su historia: lo mismo hizo D. Mariano Veytia para la que compuso en la Puebla de los Angeles (...) El hábil Boturini que hace particular mencion de esta primera parte de Tezozomoc, en su catálogo, solicitó la segunda y no la pudo conseguir. De la crónica MS. Que fué de Boturini sacó D. Mariano Veytia un ejemplar por el año de 1755, y del ejemplar de Veytia se sacó la presente copia á que se aplicaron las atenciones que debia inspirar el conocimiento de la importancia de la obra. --Certifico que esta crónica se ha copiado exactamente de un ejemplar que fué de D. Mariano Veytia. México, veinte y uno de Noviembre de mil setecientos noventa y dos-- F. Francisco García Figueroa"9. Parece claro, pues, que todos los ejemplares conocidos de este texto provienen de la copia que hizo Veytia en 1755 del ejemplar de Boturini. A las palabras de Orozco y Berra no hay sino añadir que no fueron tres sino cuatro las copias que se sacaron en 1792 del ejemplar de Veytia: dos, y no una, que fueron remitidas a España y están hoy en la Real Academia de la Historia, otra que de la Secretaría del Virreinato pasó al Archivo General de la Nación en México, y otra más hecha para el archivo del convento franciscano, cuyo paradero es hoy desconocido. Asimismo, hay que puntualizar que la copia perteneciente a García Icazbalceta, cuyas diferencias con la de Orozco y Berra eran, dice este, relativamente importantes, no es seguro que procediera directamente de la del archivo del convento franciscano, sino quizás de la del Archivo General, como el mismo García Icazbalceta señala, aunque ambiguamente, al no aclarar de cuál de los dos archivos procede.

A partir de 1792, año de la Colección de memorias de Nueva España, o incluso algo antes, a partir de 1755, año de la copia de Veytia, la historia y la procedencia de los manuscritos actualmente existentes son muy probablemente conocidas. La historia del texto antes de 1755, en cambio, no podía hacerse más que a partir de suposiciones no comprobables puesto que se consideraba perdida la copia de Veytia y, sobre todo, se desconocía el paradero del ejemplar de Boturini, que este aseguraba ser el original de Tezozomoc y del que aquella era copia. Pero en 1954 un artículo del profesor D. W. McPheeters dio a conocer la existencia de Un códice desconocido de principios del siglo XVII de la Crónica mexicana de Hernando de Alvarado Tezozomoc10. Después de indicar los pocos datos conocidos sobre el autor, McPheeters identifica el códice como perteneciente a Boturini, aunque sin precisar en qué se basa para ello, lo describe sumariamente, y acaba con una hipotética reconstrucción de su historia. McPheeters debió de examinar apresuradamente el manuscrito en 1951 por lo que cometió algunos errores en su descripción que todavía perduran. Su presentación, en efecto, fue durante casi 20 años la única fuente de conocimiento disponible pues hasta 1969 el manuscrito era propiedad del librero, bibliófilo y coleccionista neoyorquino Hans P. Kraus. Por esa fecha este lo donó, junto con un centenar y medio más de documentos, a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.

El conjunto, conocido como Colección Hans P. Kraus de manuscritos hispanoamericanos, se puso a disposición del público a principios de los años 70, fecha a partir de la cual fue posible consultarlo con todo el detenimiento necesario. Eso es precisamente lo que hizo en primer y hasta hoy único lugar el encargado de la Guía de esa colección, el historiador J. Benedict Warren de la Universidad de Maryland11. La conclusión más importante que saca Warren de ese examen corrige la especie difundida por McPheeters: el manuscrito Kraus está incompleto, falto de dos folios, con sus dos capítulos correspondientes. Por tanto, todas las copias hechas del mismo están igualmente faltas de esos dos capítulos, aun cuando lo ignoren: reducen los 112 capítulos y 160 hojas originales a 110 y 158, respectivamente, eliminando erróneamente la solución de continuidad entre el principio del capítulo 3 y el final del capítulo 5. El final del capítulo 5 queda así convertido en final del capítulo 3 --creando, naturalmente, un non sequitur discursivo--, el capítulo 6 se convierte en capítulo 4 y se numeran de nuevo todos los demás capítulos y hojas con una correspondiente disminución de dos cifras: El texto tenía originalmente 112 capítulos, pero le faltan dos hojas (4-5), que contenían el final del capítulo 3, todo el capítulo 4 y el principio del capítulo 5. D. W. McPheeters, que describió este manuscrito, ... desechó la idea de que faltara texto alguno, pero es evidente que donde hay ahora dos números de página ausentes, con una correspondiente falta de dos números de capítulo, debe faltar algún texto.

Las ediciones impresas de la obra ocultaban el salto en el texto numerando de nuevo los capítulos, a partir del capítulo 6 (capítulo 4 en las versiones impresas). Al hacerlo probablemente seguían las copias manuscritas hechas al final del siglo XVIII12. El manuscrito Kraus difiere pues de todos los demás conocidos de esta crónica por el hecho de evidenciar el estado original del texto como escrito en 160 hojas, no en 158, y dividido en 112 capítulos, no en 110. Pero también difiere en otras muchas ocasiones en materia de ortografía, de sintaxis y hasta de fraseología. Véase como simple botón de muestra este pasaje en sus dos versiones (al texto del manuscrito Kraus no se le han añadido más que los signos de puntuación y las mayúsculas de los nombres propios, además de separar las palabras): Durante estas guerras murió Teçoçomoctli, rrey, y, abido los tepanecas su acuerdo, determinaron tre ellos, pues era muerto Teçoçomoctli, hera bien fuesen a matar Acamapichtli, su generaçión, proçedido que era el rrey Chimalpupuca su hijo, y, muerto, que tenderían los de Aculhuacan, texcucanos, y Culhuacan la rrazón por que los mataron los tepanecas: "y temernos an los unos y los otros con esto que hagamos en Chimalpupuca y mexicanos". Rresolutos con esto y armados, con traición fueron a Tenuchtitlan los de Azcapuçalco y mataron al rrey Chimalpupuca y a su hijo Teactlehuac, quedando la rrepública mexicana sin govierno ni rrey tre ellos los governase (Ms.

Kraus, Cap. VII). Durante estas guerras murió el rey Tezozomoctli, y habido los tepanecas su acuerdo, pues era muerto Tezozomoctli, determinaron entre ellos que era bien fuesen á matar á Acamapichtli y su generación, de donde había procedido el rey, que era Chimalpopoca su hijo, y muerto éste, que entenderían eso los de Aculhuacan, tezcucanos y Culhuacan, que es la razón porque los mataron los tecpanecas; con esto temernos han los unos y los otros, esto es, matar á Chimalpopoca y mexicanos. Resuelto con esto y armados, con traicion fueron á Tenuchtitlan los de Azcaputzalco y mataron al rey Chimalpopoca y á su hijo Teuctlehuac, quedando la República Mexicana sin gobierno, ni rey entre ellos que los gobernase (Orozco y Berra, Cap. V). Es evidente que estas diferencias se deben no sólo a errores de copia sino a la voluntad de castellanizar el texto limándole incorrecciones. Sabemos que no fue Orozco y Berra quien lo hizo. Así lo afirma y no hay razón para dudar de ello. Como él usó una de las copias de la Colección de Memorias de Nueva España, es a los copistas de esta o, mejor dicho, al único de ellos conocido, el Padre Manuel de la Vega, a quien se le podría achacar. Pero el director de la colección, el Padre Provincial franciscano, afirma haberse copiado bien y fielmente del texto de Veytia. A este entonces es a quien habría que achacar los numerosos cambios si no fuera porque igualmente afirma copiar fielmente el ejemplar de Boturini. Según Ursula Dyckerhoff el texto de su manuscrito no difiere sustancialmente del de la versión impresa de Orozco y Berra13.

No diferiría tampoco, en consecuencia, de las demás copias antedichas de las que esta versión impresa procede. Mas como sí difiere, como se ha visto, del texto del manuscrito Kraus que Veytia copiaba, es a este a quien por el momento hay que atribuir los cambios a pesar de sus afirmaciones. Por otra parte, cuando en 1792 se acaba la Colección de Memorias de Nueva España la Advertencia del Padre Colector señala que es en el capítulo 81 donde Tezozomoc indica cuándo la escribió. En el manuscrito Kraus esta indicación está en el capítulo 82, y en las ediciones y copias posteriores, después de numerar de nuevo el texto, en el capítulo 80. O el Padre Manuel de la Vega se equivocó o Veytia, de quien copiaba, había numerado mal. Este extremo no sería comprobable más que compulsando directamente el manuscrito parisino, cosa que no he tenido todavía ocasión de hacer. Cuando Veytia consultó el códice ya estaba seguramente encuadernado tal como ahora se conserva, y en la portada de la tapa, en la esquina superior izquierda, puede leerse En 158 lo cual parece ser una indicación de los 158 folios de que constaba en el momento de hacerse la inscripción. Por cierto, esta indicación 158 se repite con la misma letra en el margen derecho del recto del primer folio como resultado de la suma de 81+77. A partir de 1744, fecha del secuestro de la biblioteca de Boturini, el códice tuvo una historia que ya ha sido referida mediante la cita de las palabras de Orozco y Berra y de García Icazbalceta.

A ellas cabe añadir, puesto que ellos no dispusieron de este texto, aunque supusieron bien su trayectoria, que es el mismo que consultó en México hacia 1740 el historiador Mariano Veytia, amigo y albacea de Boturini, cuando este aún disponía de sus papeles. Y se sabe por Veytia mismo que una vez requisados estos y encontrándose en la Secretaría de Cámara del Virreinato, aprovechando Veytia otra visita suya a México, pidió permiso al conde de Revillagigedo, primer virrey de este nombre en Nueva España (1746-55), para copiar algunos manuscritos, entre ellos el de esta crónica, a instancias de Boturini, entonces exiliado en España y alojado en su casa. Las notas marginales de mano del XVIII que lleva el manuscrito son atribuibles, en efecto, con mucha probabilidad a Veytia mismo, aunque quizás también a Boturini; o a ambos (este extremo se verificará al compulsar el manuscrito número 207 de la BNP): la comparación de la letra de varias de estas anotaciones marginales con la caligrafía respectiva de Boturini y de Veytia, tal como se ve en The Boturini-Veytia Tarascan Calendars14, no permite una atribución segura a uno o a otro. Veytia dejó la copia en México, puesto que años más tarde de ella es de la que afirma el colector de la Colección de Memorias de Nueva España haber sacado sus propias copias. Lo que no se sabe es el paradero de este manuscrito de Boturini desde entonces, 1755, hasta finales de los años 40 de este siglo, al comprarlo Hans P.

Kraus a la familia del conde de Revillagigedo. Podría pensarse que uno u otro virrey de este nombre lo llevó o envió a España. Ambos tuvieron que ver con el manuscrito: uno para permitir que lo copiara Veytia, otro para ordenar que se cumpliera la orden del Gobierno español de reunir esa Colección de memorias. El actual conde de Revillagigedo, así como su hijo, encargado del archivo familiar, niegan haber vendido ningún manuscrito colonial a persona alguna. El profesor Eugene Lyons, de la Fundación San Agustín de Florida, encargado de la sistematización de ese archivo, dice desconocer indicación alguna de la existencia, y ahora falta, de ese documento entre los papeles de la familia del conde de Revillagigedo. Así y todo, queda la posibilidad de que el manuscrito se encontrara entre sus papeles sin catalogación alguna y fuera uno de los muchos robados durante la Guerra Civil española y luego vendidos fraudulentamente en los primeros años de la posguerra. El vendedor (o el comprador) sabían sin duda lo bastante de la historia probable del documento como para verosimilizar su origen atribuyéndolo al archivo del descendiente de los virreyes de este nombre. Algo menos misteriosa es la historia probable del manuscrito Kraus antes de adquirirlo Boturini. De tratarse efectivamente, como este afirma, del manuscrito original, sería el mismo que perteneció a la colección de Carlos de Sigüenza y Góngora, donada a su muerte a la biblioteca del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de los jesuitas en México.

Al estar escribiendo su Piedad heroica de Don Fernando Cortés, entre 1688 y 1698, Sigüenza afirma haber poseído el original de esta crónica: Assi lo dice D. Hernando de Alvarado Teçoçomoctzin, hijo de Cuitlahuatzin, sucesor de Motecuhçoma en el imperio, en el cap. 82. fol. 113 de la Historia que escrivió de los mexicanos; y tengo original M.S. en mi libreria15. El franciscano Agustín de Vetancurt, autor del Teatro mexicano de los sucesos religiosos (1697) y amigo de Sigüenza y Góngora a quien este permitió en varias ocasiones consultar su biblioteca, afirma que, en efecto, estaba en su poder, entre otros varios, este códice original de Tezozomoc. También confirma que se trata del mismo texto la autoridad del jesuita Clavigero cuando hace una lista de Historiadores mexicanos, acolhuas y tlascaltecas de los textos que consultó en 1759 en el Colegio Máximo procedentes de la biblioteca de Sigüenza y Góngora e incluye esta obra: Don Fernando Alvarado Tezozomoc. Crónica Mexicana, escrita acia el año 1598#* (...) Omito otros muchos por ser anónimos. Los que están notados con # estaban en el Museo del Caballero Boturini; los que llevan * son los que dio el sabio Sigüenza a la librería del Colegio Máximo de los Jesuitas de México16. Habiendo sido propiedad de Sigüenza y Góngora y luego de los jesuitas, cuya biblioteca Boturini se sabe que consultó, cabe preguntarse cómo pasó a su poder el manuscrito, si lo sustrajo, se lo regalaron o lo compró a los jesuitas mismos o a una tercera persona que se había hecho con él.

Otra circunstancia más que hace probable que el manuscrito Boturini-Kraus sea el mismo que perteneció a Sigüenza y Góngora es la consistente en referir este la información de Tezozomoc acerca de la inundación de México al capítulo 82, folio 113 del manuscrito de su propiedad, donde en efecto trata Tezozomoc la cuestión en el manuscrito que, a partir de ahora, habrá que llamar Sigüenza-Boturini-Kraus. Para Sigüenza y Góngora o los folios no estaban perdidos o, sabiendo de su pérdida, respetaba la numeración original. Es imposible por ahora rastrear la historia del manuscrito antes del momento en que fue propiedad de Sigüenza y Góngora, pero caben unas pocas suposiciones adicionales. Se dedicó éste a coleccionar este tipo de textos y cuando en su testamento los donó a los jesuitas, después de señalar el trabajo que le costó reunirlos, se jacta de poseer una biblioteca única sobre la materia. Tan única era, sin duda, que es de suponer que debiera bastante a colecciones anteriores, entre otras a la de Fernando de Alva Ixtlilxochitl, uno de los más famosos historiadores antiguos mexicanos y poseedor de una magnífica colección de historia antigua mexicana. Aunque es verdad que Ixtlilxochitl no menciona nunca a Tezozomoc en sus escritos, cabe suponer que tuviera alguno suyo y que por este conducto lo haya llegado a poseer Sigüenza. Es sabido, en efecto, que el principio de su colección, en 1668, se benefició del contacto y la amistad con la familia de Fernando de Alva Ixtlilxochitl, no con este mismo, pues murió entre 1648 y 1651, cuando Sigüenza, nacido en 1645, sólo tenía 3 o 6 años, sino con uno de sus hijos, Juan de Alva Ixtlilxochitl que había heredado la colección del padre y bien la donó a su muerte a su amigo Sigüenza, bien a su sobrino Diego de Alva Ixtlilxochitl, a quien Sigüenza ayudaría decisivamente en su sucesión al cacicazgo del tío.

Se podría entonces imaginar la siguiente trayectoria del manuscrito: confeccionado en 1598, pasó a poder del historiador Fernando de Alva Ixtlilxochitl y, a su muerte, a su hijo, juntamente con el resto de la colección del padre. El hijo donará esta colección a su sobrino o directamente a Sigüenza, quien, a su vez, donaría los 28 volúmenes de su biblioteca al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo de los jesuitas en México en 1700. A partir de ese momento desaparece el manuscrito, pues no se encuentra ya entre los 8 volúmenes que en esa biblioteca encuentra Antonio de Eguiara y Eguren en 1750, antes de publicar su Biblioteca Mexicana en 1755. Así y todo, Clavigero señaló que la obra pertenecía17 a esa biblioteca en 1759, no se sabe si porque todavía estaba allí o porque sabía que tal había sido el caso. La otra pista que ofrece el manuscrito Kraus acerca de su transmisión hasta las manos de Sigüenza y Góngora es la del ex-libris inscrito con letra del XVII en el margen inferior del recto del primer folio: Este libro de mano escrito, historia de mexco, es de franco peres de peñalosa, que lo compre a el pe franco besera en 1 pso y 4 to. Se desconoce quiénes fueron estos dos individuos por cuyas manos pasó el manuscrito. McPheeters nos recuerda la existencia de un franciscano llamado Becerra, pintor famoso, así como su sobrino, en el México de la primera mitad del XVII conocido de Sigüenza y Góngora, que le menciona en sus escritos. Se sabe también que un Francisco Pérez de Peñalosa es mencionado en un auto de la Inquisición18. Pero tanto Becerra como Peñalosa eran apellidos demasiado comunes en el México colonial para identificar fácilmente a estas personas. Por el momento esto es todo lo que se sabe de la historia de este manuscrito.

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