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Datos principales


Desarrollo


Características de la crónica Si atendemos al soporte físico y material del manuscrito, éste se halla constituido por ciento siete folios escritos por ambas carillas o páginas, teniendo cada uno de ellos un tamaño aproximado de un pie de largo por un palmo de ancho, medida usual en los oficios empleados en el siglo XVI23. De este conjunto homogéneo se ha desgajado el folio número veintiuno, sin lugar a dudas extraviado como consecuencia de la azarosa historia del documento y que no figura por tanto en la actualidad con el resto, habiéndose perdido con él el final del capítulo XXVII, todo el siguiente y gran parte del XXIX. Por lo que se refiere a su estructura interna se encuentra articulado en ciento cuarenta y dos capítulos, en general bastante similares, en cuanto a su extensión, viniendo a ocupar cada uno de ellos cerca de una cara y media. En cuanto al tipo de escritura utilizado, puede comprobarse que los rasgos caligráficos empleados corresponden a la letra cortesana propia de la época, en cuyo trazado se puso buen cuidado para que el resultado final adquiriese limpieza y facilitara la lectura, aunque con posterioridad a su redacción al manuscrito fue corregido, intentando conferir una mayor transparencia a algunas frases poco claras, por lo cual se tacharon ciertas palabras y se alteraron otras. Por lo que respecta a su contenido, nos encontramos frente a la crónica más temprana del período valdiviano, exceptuando naturalmente la propia correspondencia del conquistador, aunque desgraciadamente los primitivos sucesos, anteriores al regreso de Valdivia del Perú tras la revuelta de Gonzalo Pizarro, no han sido vividos por el autor como testigo directo de los mismos, sino que, como hemos tenido ocasión de ver, le fueron relatados por los conquistadores que sí tomaron parte en ellos.

Sobre este particular conviene recordar que tanto Alonso de Góngora Marmolejo como Pedro Mariño de Lovera, los otros dos grandes cronistas de este período, llegaron por las mismas fechas al reino de Chile, uno alrededor de 1549, según consta en un expediente judicial en el que se recoge su declaración, y el otro hacia 1552, por lo que tampoco fueron partícipes de las acciones ocurridas con anterioridad a su llegada. Con todo, se trata de una obra cuya conclusión es realmente muy temprana, 1558, y con un lapso de tiempo abarcado muy breve, algo menos de veinte años. La crónica se encuentra centrada fundamentalmente en don Pedro de Valdivia, presentándonos su figura y su quehacer como propios del súbdito español idealizado del siglo XVI, mostrando un prototipo de conquistador hispano en América, y así lo da a entender Vivar, tanto en la dedicatoria: Y hallándome en estas provincias de Chile en su descubrimiento y conquista y población y sustentación, con don Pedro de Valdivia, vasallo y servidor a la Corona Real de España, al cual servicio fue muy aficionado como caballero que representaba la persona real, le seguí y aún le serví hasta lo último de sus días..., como unas líneas más adelante, en el proemio: ... y hallándome con don Pedro de Valdivia en los reinos del Perú, cuando emprendió el descubrimiento y conquista de las provincias de Chile en nombre de Su Majestad, determiné de escribir y poner por memoria, y hacer una relación y crónica de los hechos heroicos de don Pedro de Valdivia y de los españoles que con él se hallaron en la jornada.

Incluso habría que plantearse si no fue el mismo don Pedro quien de alguna manera inspirase directamente la ejecución de esta composición, sabedor como era, y buena prueba de ello son sus cartas, de la importancia de la difusión y divulgación de las realizaciones acometidas, de la misma manera que tenía en mente una descripción de la tierra, que sólo reclamaba verse concluida y puesta en perfección para ser enviada a la Península. La labor de Valdivia en el relato no se ve nunca enturbiada por murmullos, altercados, ni asonadas, y bien sabemos que casi desde sus inicios tuvo que hacer frente a más de una conspiración, atajada casi siempre con mano dura. incluso el suceso de Pedro Sancho de la Hoz aparece exclusivamente concentrado en su desenlace final, ocurrido durante la ausencia del gobernador y bajo el mandato de Francisco de Villagrán. Baste recordar estas palabras para entender lo dicho: Era lo que el general pretendía enriquecer en la honra y en hacienda dada por mano y voluntad de su príncipe y señor. Trabajaba de todo su corazón con servir a Dios y a su rey, en traer los indómitos bárbaros indios en el conocimiento de nuestra Santa Fe católica, y a la obediencia y vasallaje de la Corona Real de nuestra madre España, y en acrecentar nuestra Santa religión cristiana y los patrimonios reales y rentas reales. Es tal la admiración por su persona, en la que seguramente se refleja de algún modo el vacío producido a raíz de la muerte violenta de Valdivia, que lleva a Vivar a comparar los primeros trabajos sufridos por los españoles durante el período inicial de la conquista chilena con una época dorada: Y esto siempre ha procurado puesto que haya sido ajeno de la condición de la mayor parte de los conquistadores de indios, de decir en esto.

Que era un tiempo bueno y un tiempo sano y tiempo libre y amigable. Digo bueno sin codicia, sano sin malicia y libre de avaricia. Todos hermanos, todos compañeros, todos contentos con lo que les sucedía y con lo que se hacía. Llamábale yo a este tiempo, tiempo dorado. A causa de esta áurea visión del cronista, presente en toda la obra, en ciertos pasajes se alcanza a detectar una valoración y una presentación de los sucesos totalmente distintas de las que ofrecen otros autores, como por citar algún ejemplo, el discurso del viaje realizado a la isla de Santa María en busca de alimentos y el desembarco en la punta Lavapié24, en donde aparece toda la narración tamizada y distorsionada por un cedazo que hace figurar el resultado final desprovisto de cualquier crítica dirigida hacia los autores de los hechos, sin asomar nunca siquiera un juicio personal desfavorable contra los españoles. No es, sin embargo, en el ámbito de los hechos históricos tratados donde la crónica adquiere relevancia -puesto que no viene a aportar nada substancialmente nuevo, a pesar de enriquecer el período valdiviano con noticias que otras fuentes no mencionan- sino en los capítulos destinados a pintar las costumbres de los indios donde realmente la obra de Vivar consigue todo su valor. En vano trataríamos de encontrar en otras crónicas y documentos del mismo momento, en las que el aborigen aparece únicamente de pasada al hilo de los acontecimientos bélicos reseñados, las pinceladas que nos ofrece este relato.

Desfilan aquí ante nosotros multitud de observaciones relacionadas con la lengua, la alimentación, la vivienda, las costumbres funerarias, el vestido, el adorno, los usos militares y el armamento, todas ellas de gran valor por su temprana datación, permitiendo a diversos especialistas de distintas disciplinas trabajar en la reconstrucción de estas culturas antes de su contacto con los europeos. Igual mérito consigue Vivar con las anotaciones biológicas centradas en la flora y en menor medida en la fauna. Hierbas, plantas y árboles figuran en ocasiones descritos de tal forma que hacen innecesaria cualquier nota o comentario aclaratorio, facilitando en multitud de casos sus propiedades y usos en la farmacopea tradicional. Diseminadas entre estos brillantes apuntes surgen acertadas consideraciones geográficas en las que en todo momento se impone la explicación razonada, no excusando en apoyo de la misma el recurso a imágenes y comparaciones casi siempre apropiadas. Tampoco escapan al ojo del experto las enormes posibilidades extractivas y mineras, ni la riqueza y abundancia de metales en las variadas regiones comentadas. Las menciones al mundo clásico, siempre presente en el pensamiento renacentista de los escritores americanistas del siglo XVI, tan frecuentes en otros autores, no son excesivamente abundantes. No obstante aparecen citados el famoso matemático y geógrafo griego Ptolomeo, el historiador latino Titio Livio, el también retórico e historiador romano Valerio y la no muy conocida pareja griega de Bías y Aliates.

Sin duda admirador del mundo andino, equipara la figura del Inca Huayna Capac y sus conquistas con las realizaciones del gran Alejandro de Macedonia, y compara la orden de pelear de los araucanos y su modo de combatir con las centurias romanas. Su sentido de la historia se encuentra impregnado por una concepción evolucionista del desarrollo de las culturas que transitarían de unos estadios inferiores a otros superiores, haciendo gala de una gran percepción etnológica que queda bien patente en el párrafo que reproducimos a continuación, en el que asimila la acción española en América con la ejercida por los romanos a su llegada a la península Ibérica, parangonando el nivel cultural de los diversos pueblos celtibéricos que recibieron el influjo latino con las naciones indias americanas a las que frecuentemente califica de bárbaras: En lo cual me parece a mí, en los ardides que tienen en la guerra y orden y manera de pelear, ser como españoles cuando eran conquistados de los romanos, y ansí están en los grados y altura de nuestra España. Esta dicotomía entre barbarie y civilización, enunciada por muchos de los escritores españoles cuya producción nace de la experiencia americana en pleno siglo XVI, mucho antes por tanto de que los primeros pensadores evolucionistas hagan su aparición, lleva a Jerónimo de Vivar a mantener una particular visión etnocéntrica, justificadora del papel civilizador de nuestro país en aquellas latitudes; siendo en muchas ocasiones bastante duro en sus juicios y apreciaciones cuando se refiere a los indígenas chilenos, cuyo nivel económico y social distaba mucho de aquel que tanto asombro había provocado en el corazón de los españoles cuando tuvieron la oportunidad de conocer las realizaciones del mundo incaico. Se ve traslucir en el fondo el pensamiento dominante, tan en boga en aquella centuria, sobre la evangelización universal y el papel que en la misma le correspondía a la monarquía española.

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