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Desarrollo


El proyecto colombino de descubrimiento Difícil, muy difícil ha sido reconstruir un plan descubridor de las características del que ideó Colón. Es verdad lo que dice Pérez de Tudela de que constituye una de las creaciones más originales, más grandiosas, que haya realizado el humano ingenio, pues en él se cruzan realidades y sueños geográficos, mandatos de la Sagrada Escritura e imaginaciones históricas. La enjundia ha radicado en el cómo y por que lo hizo: en cuál fue el proceso vivido por este hombre para idear, convencerse, contagiar su seguridad, ganar apoyos y triunfar, a despecho de la opinión general, y sobre todo de la opinión de sabios y expertos. Empecemos por el choque que sufrió un hombre como él, convertido de repente en dueño señor de los secretos del Océano, merced a unas informaciones que fueron adquiriendo en la mente colombina tintes de hecho portentoso, de milagro evidentísimo. Lo primero que saltaba a la vista era que por mucha maravilla que el Altísimo operara en él, no podía llevar a cabo la empresa solo. Tenía que buscar apoyos, convidar --verbo muy significativo que emplea con frecuencia-- a algún príncipe que le hiciese espaldas; para lo cual debía convencer --cosa nada fácil-- de que su idea era viable a sabios en cosmografía o astrología. Sólo queda el camino de la preparación y el estudio. Pone a prueba sus grandes virtudes de tenacidad e inteligencia natural y se va cargando poco a poco de ciencia matemática y de conocimientos cosmográficos.

Todo ello para tratar de armonizar las noticias que posee de las nuevas tierras y mares con lo que piensa la ciencia de su tiempo. Utilizará también sus influencias familiares para conseguir una información cada vez más necesaria y buscada. Lisboa, la de los conocimientos científicos de vanguardia, la de los archivos y bibliotecas oficiales, se le abre cada vez más. Estamos aproximadamente --año más, año menos-- hacia 1480. Por esas fechas está devorando o a punto de hacerlo, algunas obras que eran como el compendio del saber cosmográfico de su tiempo y que todo aprendiz o iniciado debía consultar. Dejando a un lado obras de consulta secundaria o tardía (Geografía de Ptolomeo, Marco Polo, Historia Natural de Plinio, etc.), para Colón son dos principalmente: Historia rerum ubique gestarum, de Eneas Silvio Piccolomini (Papa Pío II); y la Imago Mundi, del cardenal Pierre d'Ailly o Petrus de Alliaco. A estas dos obras58 acudió Colón buscando lo que le interesaba para apoyar sus ideas, como reflejan las cerca de 1.800 apostillas o anotaciones al margen59. Una tercera fuente informativa de gran valor para Colón fue sin duda, la del sabio florentino Paolo del Pozzo Toscanelli. Era buen físico, astrónomo y matemático y gozaba de gran prestigio en los salones intelectuales de Europa. A su pluma se deben una carta dirigida al canónigo lisboeta Fernando Martins en 1474, para que la diera a conocer a su rey, y un mapa posterior. Ambos documentos condensaban el nuevo proyecto ofrecido a Portugal: posibilidad de llegar a las Indias atravesando el Atlántico, en lugar de la ruta africana.

Algo semejante al plan colombino, pero no igual, como ha demostrado Manzano. Toscanelli calculaba una extensión para el Océano Atlántico casi el doble de la actual. Atravesarlo con los medios de la época resultaba poco menos que imposible. Sin embargo Colón sabía que en este punto estaba equivocado el florentino quien, por otro lado, añadía algo muy sugestivo y concreto: localizaba en el camino, 1.500 millas antes del continente asiático, las islas Antilia y Cipango. A pesar de estas escalas isleñas, nuestro navegante sabía que erraba en las distancias. Lo de la Antilia no era muy de creer por la fantasía que la rodeaba. Muchos marineros afirmaban que la habían visto aparecer y desaparecer. De la isla del Cipango, ese misterioso e indomable territorio en la lejanía (Japón), Marco Polo había hablado e inspiró a Toscanelli al decir que era una isla fertilísima de oro, perlas y piedras preciosas, y en las que los templos y casas reales se cubrían de oro puro. El Cipango --no se olvide-- fue el objeto principal del primer viaje colombino. El sabio florentino había dibujado también en su mapa la tierra firme oriental, es decir, las extensas regiones del Catay, Mangi y Ciamba señoreadas por el Gran Khan. Colón aceptará esto de Toscanelli, aunque rectificándole la distancia que lo separaba de las Canarias --aproximadamente 1/4 mayores para el florentino, usando las medidas ya restringidas de Colón: 1 legua = 4 millas, en lugar de 1 legua = 3 millas en Toscanelli-- También aceptará del sabio astrónomo la distancia dada por Marco Polo entre la isla de Cipango y tierra firme: 1.

500 millas o 375 leguas colombinas. Poco se entusiasmaron los expertos portugueses con este plan y, tras su estudio y discusión, lo archivaron. Salvar 120 grados de Océano les pareció técnicamente muy difícil. La decisión debió tomarse en torno a 1481-82, en que definitivamente se deciden por la ruta africana y construyen la fortaleza de San Jorge de la Mina (1482). Los documentos de Toscanelli, mientras tanto, quedaron fuera del alcance de miradas curiosas. Mas, no de todas. Por esferas al parecer influyentes se movía nuestro buen Cristóbal Colón, que acabó consultando y copiando tales informaciones. Si las apostillas o anotaciones que nos dejó en las márgenes de sus libros dicen algo --que lo dicen, sin duda-- es lo siguiente: a la altura de 1485, aproximadamente, estamos ante un hombre con una formación científica muy limitada, casi de niño de escuela, que dice Madariaga; un hombre que resaltará en los márgenes de aquellos que lee cosas como las siguientes: Una persona que se mueve de Este a Oeste pasa a un meridiano distinto. O aquella otra: La mitad (del cielo que está sobre el horizonte) se llama hemisferio. También es curiosa la de que cada país tiene su propio Este y su propio Oeste referidos a su propio horizonte, o la tierra es redonda y esférica. Iba encontrando autoridades que decían que la distancia por tierra entre la parte más occidental (Portugal) y el extremo oriental de la India o Asia era muy larga, quedando una franja de mar ocupada por el Océano Atlántico perfectamente navegable.

A estas opiniones se agarraba con la fuerza del que sabe la verdad. Por eso no tendrá empacho ninguno en utilizar al pseudo profeta Esdrás para que con sus mágicas palabras enseñe a los entendidos, por boca de Colón, que el mundo se hallaba repartido en seis partes de tierra y una de mar. Esta proporción empezaba a entusiasmar cada vez más a Colón. ¡Seis partes de tierra y una de mar! Reducir esto a distancias concretas significaba calcular, primero, la longitud del arco correspondiente a un grado terrestre en el Ecuador. Sabiendo eso se obtendrían las dimensiones del Ecuador (360 grados), y después las del Océano que ocuparía una parte por seis de tierra. Colón iba empapándose de opiniones ajenas que le permitirían, andando el tiempo, elaborar su propia teoría de la tierra. También observaba y hacía mediciones por su cuenta. Estaba de acuerdo con Alfragano, y con los que de él habían aprendido, en señalar a un grado terrestre la longitud de 56 millas y 2/3. El Ecuador, por tanto, mediría 20.400 millas o 5.100 leguas, dando a la legua la medida de 4 millas, como insistentemente repite en el Diario de a bordo Sin embargo, la milla del sabio árabe del siglo II, lo mismo que la de toda la ciencia del momento, era 1/4 superior aproximadamente a la milla colombina60. De esta manera, el cálculo total dado por Alfragano a la circunferencia del Ecuador apenas difería de los 40.007 kms. que mide en realidad, mientras que el de Colón era aproximadamente de unos 30.

000 kms., es decir, una cuarta parte menos. La ciencia de nuestro navegante acababa de comprimir el globo terráqueo y borraba de un plumazo, o mejor de un golpe de cálculo, la zona ocupada por el Pacífico y América. Todo empezaba a encajar y las 750 leguas que separaban los bordes del océano desde las Canarias hasta las nuevas tierras coincidían, según sus particulares cálculos, con lo que él previamente sabía. El problema clave para nuestro proyectista se le presentará cuando tenga que vérselas y convencer a la familia de entendidos, cosmógrafos y astrólogos. Nadie sabe qué argumentos científicos emplearía un hombre que no aceptaba ni creía en los postulados de la ciencia del momento, como no fueran los de la vaguedad para no ser tomado por un farsante. Harto dice que no lo tomaron en serio ni las juntas dictaminadoras de portugueses ni las de castellanos, todos aquellos que supieron de mi empresa con risa la negaron, burlando. Todas las ciencias de que dije arriba non me aprovecharon ni las autoridades dellas61. Ciertamente hubo otras razones, no científicas, que decidieron a su favor. De ellas hablaremos más adelante.

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