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Desarrollo


Cómo envió el Emperador a tomar residencia a Cortés Era Cortés el más nombrado entonces de nuestra nación; pero muchos le infamaban, especialmente Pánfilo de Narváez, que andaba en la corte acusándole; y como hacía mucho que no tenían los del Consejo cartas suyas, sospechaban, y hasta creían cualquier mal. Y así, proveyeron de gobernador de México al almirante don Diego de Colón, que pleiteaba con el Rey, y pretendía aquel gobierno y otros muchos, con que llevase o enviase mil hombres a su costa para prender a Cortés. Proveyeron asimismo por gobernador de Pánuco a Nuño de Guzmán, y de Honduras a Simón de Alcazaba, portugués. Ayudó mucho a esto Juan de Ribera, secretario y procurador de Cortés, que como riñó con Martín Cortés sobre los cuatro mil ducados que le trajo, y no se los daba, decía mil males de su amo y era muy creído. Mas comió una noche un torrezno de Cadahalso, y murió de ello andando en aquellos tratos. No pudieron ser hechas tan secretas las provisiones, ni los provistos supieron guardar el secreto cual convenía, que no se rumorease por la corte, que a la sazón estaba en Toledo; y a muchos que sentían bien de Cortés les parecía mal. Y el comendador Pedro de Piña lo dijo al licenciado Núñez, y fray Pedro Melgarejo lo descubrió también cuando se alojaba en casa de Gonzalo de Hurtado, en la Trinidad; así que entonces reclamaron de las provisiones, suplicando que aguardasen algunos días a ver qué vendría de México. El duque de Béjar, don Álvaro de Zúñiga, favoreció mucho el partido de Hernán Cortés, porque ya le tenía casado con doña Juana de Zúñiga, sobrina suya.

Le abonó, fió y aplacó al Emperador. Llegó a Sevilla, estando en esto, Diego de Soto con setenta mil castellanos, y con el tiro de plata, que, como cosa nueva y rica, llenó a toda España y otros reinos de fama. Este oro fue, para decir verdad, el que hizo que no le quitasen la gobernación, sino que le enviasen un juez de residencia. Llegado, como digo, aquel presente tan rico, y acordado de enviar juez que tomase residencia a Cortés, buscaron una persona de letras y linaje, que supiese hacer el mandato y que le tuviesen respeto, porque los soldados son atrevidos; y como estaban en Toledo, tuvieron noticia y crédito del licenciado Luis Ponce de León, teniente y pariente de don Martín de Córdoba, conde de Alcaudete y corregidor de aquella ciudad; el cual, aunque joven, tenía muy buena fama, y le enviaron a Nueva España con bastantes poderes y confianza. Él, por no errar, y acertarlo todo mejor, llevó consigo al bachiller Marcos de Aguilar, que había estado algunos años en la isla de Santo Domingo, de alcalde mayor por el almirante don Diego. Partió, pues, el licenciado Luis Ponce, y con buena navegación que tuvo, llegó a la Villarrica poco después que Cortés partiera de Medellín. Simón de Cuenca, teniente de aquella villa, aviso en seguida a Cortés de que habían llegado allí algunos pesquisidores y jueces del Rey a tomarle residencias; y fue con tan buena diligencia, que llegaron las cartas a México en dos días, por postas que había puestas de hombres.

Cortés estaba en San Francisco confesando y comulgando cuando recibió este despacho, y ya había nombrado otros alcaldes y prendido a Gonzalo de Ocampo y a otros bandoleros y valedores del factor, y hacía pesquisas secretamente de todo lo pasado. Dos o tres días después, que era San Juan, estando corriendo toros en México, le llegó otro mensajero con cartas del licenciado Luis Ponce, y con una del Emperador, por las cuales supo a qué venía. Despachó en seguida con respuesta, y para saber por cuál camino quería ir a México, por el poblado, o por el otro, que era más corto. El licenciado no replicó, y quería reposar allí algunos días, pues venía muy fatigado del mar, como hombre que hasta entonces no le había pasado. Mas como le dieron a entender que Cortés haría justicia del factor Salazar, de Peralmíndez y de los demás que tenían presos, si tardaba, y que no lo recibiría, sino que saldría a prenderle en el camino, pues para eso quería saber por dónde había de ir, tomó la posta con algunos de los caballeros y frailes que con él iban, y el camino de los pueblos, aunque era más largo, para que no le hiciesen alguna fuerza o afrenta; tanto pueden las chismorrerías. Anduvo tan bien, que llegó en cinco días a Iztacpalapan, y que no dio lugar a los criados de Cortés, que habían ido por entrambos caminos, a que le tuviesen buen recaudo y aparejo de mesa y posada. En Iztacpalapan se le hizo un banquete con gran fiesta y alegrías. Tras la comida, devolvió el licenciado y casi todos los que con él iban cuanto tenían en el cuerpo; y juntamente con el vómito tuvieron diarreas.

Pensaron que fuesen hierbas, y así lo decía fray Tomás Ortiz, de la orden de Santo Domingo, afirmando que las hierbas iban en unas natas, y que el licenciado le daba el plato de ellas; y Andrés de Tapia, que servía de maestresala, dijo: "Otras traerán para vuestra reverencia"; y respondió el fraile: "Ni de ésas ni de otras, También se tocó esta malicia en las coplas del Provincial, de que ya hice mención, y se acusó en residencia; pero en verdad ella fue mentira, según después diremos; porque el comendador Proaño, que iba como alguacil mayor, comió de cuanto comió el licenciado, y en el mismo plato de las natas o requesones, y ni devolvió ni le hizo daño. Creo que como venían calurosos, cansados y hambrientos, comieron demasiado y bebieron muy frío, lo cual les revolvió el estómago y les causó aquellas diarreas y vómitos. Daban allí al licenciado Ponce un buen presente de ricas cosas de parte de Cortés; mas él no lo quiso tomar. Salió Cortés a recibirle con Pedro de Albarado, Gonzalo de Sandoval, Alonso de Estrada, Rodrigo de Albornoz y todo el regimiento de caballería de México. Le llevó a su derecha hasta San Francisco, donde oyeron misa, pues la entrada fue de mañana. Le dijo que presentase las provisiones que llevaba, y como respondió que otro día, le llevó a su casa y le aposentó muy bien. Al día siguiente se juntaron en la iglesia mayor el cabildo y todos los vecinos, y por auto de escribano presentó Luis Ponce las provisiones, cogió las varas a los alcaldes y alguaciles, y luego se las devolvió a todos; y dijo con mucha cortesía: "Esta del señor gobernador quiero yo para mí". Cortés y todos los del cabildo besaron las letras del Emperador, y las pusieron sobre sus cabezas, y dijeron que cumplirían lo contenido en ellas, como mandamiento de su rey y señor, y lo tomaron por testimonio. Luego, tras esto, se pregonó la residencia de Cortés, para que viniese querellando quien estuviese agraviado y quejoso de él. Entonces veríais el bullir y negociar de todos y cada uno para sí, unos temiendo, otros esperando, y otros encizañando.

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