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Capítulo XXXIV De los agüeros y abusiones que guardaban estos indios No creo que hay nación en el mundo que más observancia tenga de agüeros y abusiones, y más los crea y repare en ellos, que esta gente de los indios; tanto que no hay cosa por menuda y de poca consideración que sea, en que no reparen y hagan discursos, si les sucederá bien o mal por ella. Así ordinariamente, cuando ven culebras solas o trabadas, víboras, lagartijas y otras sabandijas, como ser arañas, gusanos grandes, sapos, mariposas grandes y negras, luego dicen, que es mal agüero y que les ha de suceder algún gran mal por ellos y, si pueden matar a las culebras, y después las pisaban con el pie izquierdo, habiéndose orinado en ellas, para con esto obviar el mal agüero, que temen les a de venir. En los cantos de las lechuzas que oyen de búhos, buitres, gallinas u otras aves tristes y nocturnas, o aullar los perros, lo tienen por agüero malo y pronóstico de muerte para sí o para sus hijos o para sus vecinos, y particularmente para aquel en cuya casa cantan o aúllan. Entonces les ofrecían coca u otras cosas, pidiéndoles que el daño, trabajos y muerte que les anunciaban, cayesen sobre sus enemigos, y no en ellos ni en sus mujeres, hijos ni ganados y sementeras pues, cuando oían cantar algún jilguero o al ruiseñor, decían que habían de reñir con alguno o tener pendencias, o que el curaca les reñiría. Aun hoy día lo refieren, diciendo que el sacerdote o el corregidor o el alcalde les han de azotar o afrentar.

En los eclipses del Sol y de la Luna o, cuando acierta a demostrarse algún planeta, o se encienden en el aire algunos resplandores o exhalaciones, decían que la Luna y el Sol se morían, y solían gritar y llorar, y hacían que otros gritasen y llorasen, y aporreaban los perros, para que aullasen, y tomaban haces de fuego y hacían procesiones alrededor de sus casas, para que no les viniese el mal que tenían, y les amenazaba con los eclipses. El arco del cielo, a quien llamaban cuychi, les fue siempre cosa horrenda y espantable, y temían por que les parecía las más veces para morir o venirles algún mal. Reverenciábanlo, y no osaban alzar los ojos hacia él. Si lo miraban, no se atrevían a señalarlo con el dedo, entendiendo que se morirían o que se les entraría en la barriga, y tomaban tierra y untábanse con ella la cara y la parte y lugar donde les parecía que caía el pie del arco; le tenían por cosa temerosa, y que allí había alguna huaca u otra cosa digna de reverencia. Otros decían que salía el arco de algún manantial o fuente y que, si pasaba por algún indio, moriría o le sucederían desastres y enfermedades. Al tiempo que graniza o nieva con fuerza, o hay algunas tempestades o turbiones de vientos, daban gritos, entendiendo que así tendrían remedio, y entonces hacen sacrificios. En los partos de las mujeres, los maridos, y aun ellas, solían ayunar, absteniéndose de particulares comidas, y se confesaban con hechiceros y hacían sacrificios a las huacas o cerros o a sus ídolos, enderezándolos para que la criatura saliese a luz y sin lesión ni fealdad ninguna.

Esto del ayunar lo usaban, y usan muy de ordinario, para diversos efectos: en hambres y trabajos, absteniéndose de particulares comidas y mezclando con ellas diferentes ceremonias. Si las mujeres parían dos de un vientre, decían y tenían por cierto que el uno de ellos era hijo del rayo, el cual hoy día llaman Santiago, y los ofrecían al trueno, para los ministerios y oficios que en los capítulos pasados dijimos de adivinos y hechiceros. En los llanos tenían de costumbre los indios enfermos poner su ropa y vestidos, para que los caminantes que pasaban, llevasen sus enfermedades, o los aires las purificasen. Esto también lo acostumbraron los serranos en algunas partes, y aún tienen hoy un abuso extraño y es cuando los jueves santos se disciplinan, en acabando las procesiones y estaciones y habiéndose curado, toman las disciplinas y las cuelgan en los brazos de las cruces que están en los cementerios o en las esquinas y entradas de los pueblos, diciendo, que el que de allí quitara las disciplinas, llevara a su cargo sus pecados, y así no las osan quitar, y en esto es necesario haya mucho cuidado con ellos por sus caras, desarraigando de sus corazones este engaño y terror, y no consintiéndoles ponga las disciplinas en las cruces, o quitándolas el cura luego de donde estuvieren colgadas. Suelen en diversas partes, estando enfermos o sanos, irse a lavar a los ríos o fuentes, haciendo ciertas ceremonias, creyendo que con esto lavaban sus almas de los pecados que habían cometido, y que los llevaban las corrientes de los ríos. Tomaban el Nichu, que es como esparto, y lo escupían, diciendo sus pecados a los hechiceros, y de esta manera creían que quedaban limpios y purificados o curados de las enfermedades que tenían. Otros tomaban la ropa con que cometieron los pecados, y la quemaban, entendiendo que el fuego los consumirá, y ellos desta manera quedan libres de pena y sin culpa.

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