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CAPITULO XLVI Fundación de la Misión de la Madre Santa Clara. La Carta que recibió por el mes de septiembre de 76 en San Diego el Comandante D. Fernando Rivera del Exmô. Señor Virrey, que daba ya por fundadas estas dos Misiones del Puerto de San Francisco N. Padre, siendo así que no sólo no había dado paso a ello, sino que tenía consigo los doce Soldados pertenecientes a ellas, teniendo mucho cuidado, y para salir se puso en camino con dicha Tropa para verificar dichas fundaciones; y llegado a Monterrey tuvo la noticia de estar ya fundada ésta de N. P. San Francisco; y para dar mano a la segunda, vino a hacer el registro con el P. Fr. Tomás de la Peña, uno de los dos Ministros señalados; y llegando a unos grandes llanos nombrados de San Bernardino, caminaron por ellos hasta llegar al remate del brazo de mar del Puerto de San Francisco, que corre al Sureste. Hallaron en él un Río con mucha agua, que tiene su nacimiento como tres leguas del remate del grande Estero o brazo de mar dicho del Sureste, en el que vacía dicho Río; y por las cercanías encontraron varios ojos de agua corriente, que podían servir para beneficiar las muchas y buenas tierras de dicho llano, todas pobladas de Rancherías de Gentiles, y de muchos y grandes Robles. Pareció así al Comandante Rivera, como al P. Peña el sitio muy al propósito para una grande Misión: con este gusto se vinieron para esta de N. Padre, en donde llegaron el 26 de noviembre; y convenidos en que en dicho sitio se pondría la Misión, se quedó el P.

Fr. Tomás, y el Comandante se fue a visitar el nuevo Presidio de N. Padre, que no había visto; y de allí el día 30 se volvió para el de Monterrey, a fin de enviar la Tropa, y que viniese con ella el P. Fr. José Murguía con los avíos, que estaban en la Misión de San Carlos, pertenecientes a la nueva Misión. A últimos de diciembre llegó la Tropa con sus familias, y salió el P. Fr. Tomás con el Teniente Comandante del Presidio y demás Gente para la fundación el día 6 de enero de 77: y habiendo llegado al registrado paraje, que dista quince leguas rumbo al Sureste de esta Misión, hicieron una Cruz, que bendita y adorada enarbolaron, y bajo de enramada formado el Altar, dijo el P. Peña la Misa primera, el día 12 de enero, y a pocos días se le juntó su P. Compañero, que llegó con los avíos de la Misión. En breve frecuentaron los Gentiles a visitarlos y regalarlos. Lograron por mayo del dicho año los primeros Bautismos, porque habiendo entrado una grande epidemia en los párvulos, lograron el Bautismo muchos con el trabajo de ir los Padres por las Rancherías; con lo que consiguieron el enviar a muchos párvulos (que acabados de bautizar murieron) al Cielo, como primicia, para que pidiesen a Dios por la conversión de sus parientes y conterráneos, de los que se van logrando muchos, gracias a Dios, pues vio el V. Padre Presidente antes de morir ya bautizados en sola esta Misión seiscientos sesenta y nueve, continuando sin novedad en el catequismo, y aumentándose el número de Cristianos.

Esta Misión logra cuasi el mejor sitio de todo lo conquistado, pues está fundada en los grandes llanos de San Bernardino, que tienen más de treinta leguas de largo, y de ancho tres, cuatro y cinco; tienen buenas tierras para labores, y logran grandes cosechas de Trigo y Maíz, y toda especie de legumbres, no sólo para que se mantengan los Neófitos, sino para regalar a los Gentiles para atraerlos al Gremio de la Santa Iglesia, como también para proveer a la Tropa de los Presidios a trueque de ropa para vestir a los Neófitos. Logra abundancia de agua, no sólo del Río de Ntra. Señora de Guadalupe, que dista como un cuarto de legua de las casas de la Misión, del que logran buenas Truchas por el Verano, que he visto pesar una de cuatro libras, de la que comí, y me pareció ser Trucha asalmonada, muy sabrosa. A más de la abundancia de agua del Río, tiene varios manantiales que corriendo por zanjas la conducen a las sementeras para regarlas: logran ya con abundancia de las frutas de España de cuantas se han sembrado, nacidos todos los frutales de los huesos y pepitas que se sembraron al principio, hasta de la Uva. Tiene aquel grande llano muchos manchones de arboledas de Robles, que cargan de Bellota, con que se mantienen los Gentiles, ayudándose con las semillas del Campo, como queda dicho de los de San Francisco N. Padre. Logran asimismo la Abeliana, que bajan de la Sierra de Poniente, como tres leguas de la Misión; pero carecen de la Fresa, y del Marisco y Almeja, por estar muy apartados de la Playa, como tambien del pescado, no logrando más que la Trucha en el verano, y no con mucha abundancia.

Los Naturales son de la misma lengua que los del Puerto de San Francisco, pues es muy poca la diferencia en los términos. Son de las mismas costumbres que los del Puerto, del que dista esta Misión como quince leguas, del de Monterrey veintisiete, y del remate del brazo de mar, o Estero grande como dos leguas: tiene al Poniente el mar Pacífico, como doce leguas de Sierra, toda poblada de Gentilidad, y en su Costa, cuasi en frente de esta Misión, viene a caer la Punta de Año nuevo, que con la de Pinos, forma la grande Ensenada del Puerto de Monterrey. Están los Llanos de San Bernardino muy poblados de Rancherías de Gentiles, y muchos de ellos ocurren a esta Misión de Santa Clara, así hombres como mujeres, principalmente en tiempo de cosechas, por lo mucho que comen y llevan para sus Rancherías. En una de estas ocasiones repararon los Padres Ministros de esta Misión, que entre las mujeres Gentiles (que siempre trabajan separadas sin mezclarse con los hombres) había una, que según el traje que traía de tapada honestamente, y según el adorno gentílico que cargaba, y en el modo de trabajar, sentarse, etc. era indicio de ser mujer; pero según el aspecto de la cara, y sin pechos, teniendo bastante edad, y llamando esto la atención, preguntaron los Padres a algunos Cristianos nuevos, y les dijeron, que era hombre, que iba como mujer, y siempre iba con ellas, y no con los hombres, y que no era bueno que anduviese así. Juzgando los Padres en ello alguna malicia, quisieron averiguarlo; valiéronse del Cabo de la Escolta, encargándole estuviese a la vista, y tomase algún pretexto para llevarlo a la Guardia; y si hallase ser hombre, le quitase todo el traje de mujer y lo dejase con el de los hombres Gentiles, que es el que traía Adán en el Paraiso antes de pecar; así lo practicó el Cabo, y quitándole las naguitas quedó mas avergonzado que si hubiera sido mujer.

Tuviéronle así tres días en la Guardia, haciéndole barrer la plazuela, dándole bien de comer; pero se mantuvo siempre muy triste, avergonzado, y después de haberle expresado que no estaba bueno el ir con aquel traje, y menos el meterse entre las mujeres, con quienes se presumía estaría pecando, le dieron libertad, y se marchó, y jamás se ha vuelto a ver en la Misión; y por los Neófitos se ha sabido está en las Rancherías de los Gentiles, como antes, con el traje de mujer, sin poder averiguar el fin, pues no se les pudo sacar otra cosa a los Neófitos, sino la expresión de que no estaba bueno. Pero en la Misión de San Antonio se pudo algo averiguar, pues avisando a los Padres, que en una de las casas de los Neófitos se habían metido dos Gentiles, el uno con el traje natural de ellos y el otro con el traje de mujer, expresándolo con el nombre de joya (que dicen llamarlo así en su lengua nativa) fue luego el P. Misionero con el Cabo y un Soldado a la casa a ver lo que buscaban, y los hallaron en el acto de pecado nefando. Castigáronlos, aunque no con la pena merecida, y afeáronles el hecho tan enorme; y respondió el Gentil que aquella joya era su mujer; y habiéndoles reprehendido, no se han vuelto a ver ni en la Misión, ni en sus contornos, ni en las demás Misiones se ha visto tan execrable gente. Sólo en el tramo de la Canal de Santa Bárbara se hallan muchos joyas, pues raro es el Pueblo donde no se vean dos o tres; pero esperamos en Dios, que así como se vaya poblando de Misiones, se irá despoblando de tan maldita gente, y se desterrará tan abominable vicio plantándose en aquella tierra la Fe Católica, y con ella todas las demás virtudes para mayor gloria de Dios, y bien de aquellos pobres ignorantes.

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