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CAPÍTULO XIII De los soberbios templos de México Pero sin comparación fue mayor la superstición de los mexicanos, así en sus ceremonias como en la grandeza de sus templos, que antiguamente llamaban los españoles el cu, y debió de ser vocablo tomado de los isleños de Santo Domingo o de Cuba, como otros muchos que se usan, y no son ni de España ni de otra lengua que hoy día se use en Indias, como son maíz, chicha, vaquiano, chapetón y otros tales. Había pues en México el cu, tan famoso templo de Vitzilipuztli, que tenía una cerca muy grande, y formaba dentro de sí un hermoso patio; toda ella era labrada de piedras grandes a manera de culebras asidas las unas a las otras, y por eso se llamaba esta cerca coatepantli, que quiere decir cerca de culebras. Tenían las cumbres de las cámaras y oratorios donde los ídolos estaban, un pretil muy galano labrado con piedras menudas, negras como azabache, puestas con mucho orden y concierto, revocado todo el campo de blanco y colorado, que desde abajo lucía mucho. Encima de este pretil había unas almenas muy galanas, labradas como caracoles; tenía por remate de los estribos, dos indios de piedra, asentados, con unos candeleros en las manos, y de ellos salían unas como mangas de cruz, con remates de ricas plumas amarillas y verdes, y unos rapazejos largos de lo mismo. Por dentro de la cerca de este patio había muchos aposentos de religiosos, y otros en lo alto, para sacerdotes y papas, que así llamaban a los supremos sacerdotes que servían al ídolo.

Era este patio tan grande y espacioso, que se juntaban a danzar o bailar en él, en rueda, alderredor, como lo usaban en aquel reino, sin estorbo ninguno, ocho o diez mil hombres, que parece cosa increíble. Tenía cuatro puertas o entradas, a Oriente y Poniente, y Norte y Mediodía; de cada puerta de estas principiaba una calzada muy hermosa de dos y tres leguas, y así había en medio de la laguna, donde estaba fundada la ciudad de México, cuatro calzadas en cruz, muy anchas, que la hermoseaban mucho. Estaban en estas portadas cuatro dioses o ídolos, los rostros vueltos a las mismas partes de las calzadas. Frontero de la puerta de este templo de Vitzilipuztli había treinta gradas de treinta brazas de largo, que las dividía una calle que estaba entre la cerca del patio y ellas. En lo alto de las gradas había un paseadero de treinta pies de ancho, todo encalado; en medio de este paseadero, una palizada bien labrada de árboles muy altos, puestos en hilera, una braza uno de otro; estos maderos eran muy gruesos y estaban todos barrenados con unos agujeros pequeños; desde abajo hasta la cumbre, venían por los agujeros de un madero a otro unas varas delgadas, en las cuales estaban ensartadas muchas calaveras de hombres, por las sienes; tenía cada una veinte cabezas. Llegaban estas hileras de calaveras desde lo bajo hasta lo alto de los maderos, llena la palizada de cabo a cabo, de tantas y tan espesas calaveras, que ponían admiración y grima. Eran estas calaveras de los que sacrificaban, porque después de muertos y comida la carne, traían la calavera, y entregábanla a los ministros del templo, y ellos la ensartaban allí, hasta que se caían a pedazos, y tenían cuidado de renovar con otras las que caían.

En la cumbre del templo estaban dos piezas como capillas, y en ellas los dos ídolos que se han dicho de Vitzilipuztli y su compañero Tlaloc, labradas las capillas dichas a figuras de talla, y estaban tan altas, que para subir a ellas había una escalera de ciento y veinte gradas de piedra. Delante de sus aposentos había un patio de cuarenta pies en cuadro, en medio del cual había una piedra de hechura de pirámide verde y puntiaguda, de altura de cinco palmos, y estaba puesta para los sacrificios de hombres que allí se hacían, porque echado un hombre de espaldas sobre ella, le hacía doblar el cuerpo, y así le abrían y le sacaban el corazón, como adelante se dirá. Había en la ciudad de México otros ocho o nueve templos, como este que se ha dicho, los cuales estaban pegados unos con otros dentro de un circuito grande, y tenían sus gradas particulares y su patio, con aposentos y dormitorios. Estaban las entradas de los unos a Poniente, otros a Levante, otros al Sur, otros al Norte, todos muy labrados y torreados con diversas hechuras de almenas y pinturas con muchas figuras de piedra, fortalecidos con grandes y anchos estribos. Eran éstos dedicados a diversos dioses, pero después del templo de Vitzilipuztli era el del ídolo Tezcatlipuca, que era Dios de la penitencia y de los castigos, muy alto y muy hermosamente labrado. Tenía para subir a él ochenta gradas, al cabo de las cuales se hacía una mesa de ciento y veinte pies de ancho, y junto a ella una sala toda entapizada de cortinas de diversas colores y labores; la puerta baja y ancha, y cubierta siempre con un velo, y sólo los sacerdotes podían entrar, y todo el templo labrado de varias efigies y tallas, con gran curiosidad, porque estos dos templos eran como iglesias catedrales, y los demás en su respecto, como parroquias y ermitas. Y eran tan espaciosos y de tantos aposentos, que en ellos había los ministerios y colegios y escuelas y casas de sacerdotes que se dirá después. Lo dicho puede bastar para entender la soberbia del demonio y la desventura de la miserable gente que con tanta costa de sus haciendas y trabajo y vidas, servían a su proprio enemigo, que no pretendía de ellos más que destruilles las almas y consumilles los cuerpos; y con esto muy contentos, pareciéndoles por su grave engaño que tenían grandes y poderosos dioses a quien tanto servicio se hacía.

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