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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO XII Prosigue la navegación hasta los cincuenta y tres días de ella, y de una tormenta que les dio En los ocho días que los nuestros se ocuparon en dar carena a sus navíos vinieron tres veces ocho indios a ellos y, llegando muy pacíficamente, les dieron mazorcas de maíz o zara que traían en cantidad. Y los españoles les dieron asimismo de las gamuzas que traían, y, con haber toda esta afabilidad entre ellos, no les preguntaron qué tierra fuese aquélla ni cómo se llamase aquella provincia, porque no llevaban otro deseo sino de llegar a tierra de México, de cuya causa no nos fue posible saber qué región fuese aquélla. Los indios vinieron todas tres veces con sus arcos y flechas y se mostraron muy afables, y siempre fueron los mismos. Pasados los ocho días que tardaron en brear los carabelones, salieron nuestros castellanos de aquella fresca ribera y playa apacible y siguieron su viaje llevando siempre cuidado de ir tierra a tierra porque algún viento norte, que los hay en aquella costa muy furiosos, no los engolfase en alta mar, y también lo hacían porque, como hemos visto, tenían necesidad de tomar agua cada tres días. Donde hallaban buena disposición se ponían a pescar porque, después que aderezaron los carabelones y gastaron el tocino, no llevaban sino maíz, sin otra cosa alguna que comer, y la necesidad les forzaba a que unos pescasen en el agua con sus anzuelos y otros saltasen en tierra a buscar marisco, y siempre traían algo de provecho.

También les obligaba a descansar pescando el mucho trabajo que llevaban en remar, porque siempre que la mar sufría los remos, se remudaban en ellos todos los que iban en los carabelones, salvo los capitanes. Doce o trece días gastaron en veces en las pesquerías, porque donde les iba bien de pescado se detenían dos y tres días. Así navegaron estos españoles muchas leguas (mas no podemos decir cuántas), con grandísimo deseo de tomar el río de Palmas, que, según lo que habían navegado, les parecía que no estaban lejos de él. Y esta esperanza la daban y certificaban los que se jactaban de cosmógrafos y grandes marineros, mas en hecho de verdad, el que de ellos más sabía no sabía en qué mar ni por cuál región navegaban, salvo que les parecía, y era así lo cierto, que, siguiendo siempre aquel viaje, al cabo, si la mar no se los tragase, llegarían a tierra de México, y esta certidumbre era la que los esforzaba para sufrir y pasar el excesivo trabajo que llevaban. Cincuenta y tres días eran pasados que nuestros españoles habían salido del Río Grande a la mar y navegado por ella los treinta de ellos y ocupádose los veinte y tres en reparar los bergantines y en descansar en las pesquerías que hacían, cuando, al fin de ellos, se levantó después de medio día el viento norte con la ferocidad y pujanza que en aquella costa más que en otra parte suele correr, el cual los echaba la mar adentro, que era lo que siempre habían temido. Las cinco carabelas, y entre ellas la del gobernador, que iban juntas, habiendo reconocido la tormenta antes que llegase, se arrimaron a tierra y así, tocando en ella con los remos, navegaron buscando algún abrigo donde guarecerse del mal temporal.

Las otras dos, que eran la del tesorero Juan Gaytán, que por muerte del buen Juan de Guzmán había quedado solo capitán de ella, y la de los capitanes Juan de Alvarado y Cristóbal Mosquera, que no habían conocido el tiempo tan bien como las otras cinco, iban algo alejadas de tierra, por el cual descuido pasaron toda aquella noche bravísima tormenta, que por horas les crecía el viento y su braveza de manera que iban con el Credo en la boca. Y la carabela del tesorero tuvo mayor peligro que la otra porque el árbol mayor, con un golpe de viento, se les desencajó y salió fuera de un mortero de palo en que iba encajado en la quilla, y con mucho trabajo y dificultad lo volvieron a él. Así anduvieron las dos carabelas contrastando toda la noche y forcejeando contra el temporal por no alejarse de tierra. Y cuando amaneció (que entendían los nuestros se aplacara el viento con el día), se les mostró entonces más furioso y bravo, y, sin aflojar cosa alguna de su furia, los trajo ahogando hasta medio día. A esta hora vieron las dos carabelas cómo las otras cinco subían por un estero o río arriba y que iban ya metidas en salvo y libres de aquella tormenta en que ellas quedaban, con lo cual se esforzaron a porfiar de nuevo contra el viento, por ver si pudiesen arribar donde las otras iban, mas, por mucho que lo trabajaron, no fue posible porque el viento era proa y recísimo, de manera que ninguna diligencia les aprovechó para tomar el río, antes con la porfía se metían en mayor peligro, que muchas veces se vieron zozobradas las carabelas, y todavía, con todo este peligro, porfiaron contra la tormenta hasta las tres de la tarde, mas, viendo que no solamente perdían el trabajo sino que aumentaban el peligro, acordaron sería menos malo dejarse correr la costa adelante, donde podría ser que hallasen algún remedio. Con este acuerdo volvieron las proas al poniente y corrieron a la bolina sin querérseles aplacar el viento cosa alguna. Nuestros españoles andaban desnudos en cueros, no más de con los pañetes, porque el agua de las olas que caían en las carabelas era tanta que las traía medio anegadas. Unos acudían a marear las velas, otros a echar el agua fuera, que, como los bergantines no tenían cubierta, se quedaba dentro toda la que las olas echaban, y andaban en ella los nuestros a medios muslos.

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