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Desarrollo


Capítulo XCIII De un admirable suceso que los indios cuentan de Saire Tupa Ynga y de su mujer y hermana doña María Cusi Huarcay, padres de doña Beatriz Clara Coya Aunque diga el lector que va este capítulo fuera de propósito y de su lugar, no por eso quise que dejasen de saber cosas tan extrañas y admirables, y que quedasen olvidadas con el silencio por mi pereza o descuido. Digo pues así, según estos indios cuentan, de Saire Tupa Ynga, príncipe y sagaz capitán que, siendo mozo de veinte años, ejercitaba en armas y siempre andaba en el campo con su gente, donde su guarida era desde Yucai a Billca Pampa; y como fuese noble mozo y gentil hombre, y no casado, traía para su servicio una hermana que, en su capítulo e historia, dijimos llamarse Cusi Huarcai, de la cual, con la ocasión que tan a la mano tenía, se enamoró, de lo que los curas que adoctrinamos a estos indios lo debemos advertir, en que no caminen a parte ninguna con sus hermanas, ni parientas, ni los padres con las hijas y, mucho menos las madres con sus hijos, por algunas cosas que yo en muchos años, como cura de ellos, he sabido y aun castigado. Porque en esta ocasión no es esto mi propósito, vuelvo a mi capitán, el cual estaba ya tan olvidado, por sus nuevos cuidados y deshonestos amores, de las guerras y cuidados que solía, y aun no iremos fuera de camino en decir, de sí mismo pasado, pues algunos días, sin que la ñusta Cusi Huarcai su hermana lo supiese, de su feliz y nuevo cuidado, de lo que no pequeño dolor y pena recibía este triste y afligido amante, sin que le osase decir, ni apartar de sí de noche y de día la gran afición y amor que a su hermana Cusi Huarcai tenía, ni menos podía olvidar el cuidado que a su memoria fatigaba.

Ella, como mujer, con el deseo de saber el nuevo cuidado de su hermano Saire, siempre le preguntaba, aunque con diferente presunción, si se había enamorado de alguna de las ñustas de el real servicio de la Coya, su madre, o si estuviese cautivo, o le hubiese. sucedido algo en la guerra, que hubiese acabado con todo, y que de vergüenza no quisiese supiesen dél cosa alguna. Combatido, pues, el desdichado amante de todas estas preguntas, con otros tantos pensamientos, no dejó de acudir a la cierta y verdadera respuesta de la discreta y hermosa ñusta, con las rodillas en tierra, con fervientes y amargas lágrimas y suspiros, que de las desdichadas entrañas le salían, rogándola, humildemente, que tuviese por bien en conceder y admitirle por su esposo y marido; pero los humildes y amorosos ruegos, que el buen amante Saire Tupa hacía a su parecer, poco le aprovechaban. Considerando el discreto y sagaz Ynga que todo lo que hacía y decía no le bastaba para ser oído, determinó, tan sagaz y discreto, mudar parecer y procurar otro medio, y así salió del valle famosísimo de Yucay, confiando tener mejor y más dichoso puerto su fortuna. Donde, al entrar de la gran ciudad del Cuzco, en Carmenga, topó un viejo y astuto indio hechicero, llamado Auca Cusi, a quien le encomendó su remedio y, con estas esperanzas de tener buen suceso, entró en la famosa e insigne ciudad, donde tuvo buenos presagios de tener buen fin, así por el nombre del viejo como por el talle, el cual, como indio tan antiguo, y sabido de todos estos encantamientos ciertos, por su larga experiencia, pues en toda la ciudad ni en el reino, no había quien le hiciese ventaja, ni que se le pudiese igualar, porque parecía hacer cosas tan contra el natural estilo y costumbre, que causaban espanto en las gentes, solamente en oírlas, y miedo y terrible temor en verlas.

Entendido, pues, el deseo del príncipe y movido de piedad, aunque no porque en él hubiese más por habérselo declarado su voluntad y secreto, determinó a ayudarle con todas sus fuerzas y, con ellas, socorrerle todo lo posible, sin que viniese a saber persona ninguna, ni su misma hermana, por quien tan fuera de sí el valeroso capitán andaba. Yendo, pues, otro día siguiente a su palacio a verle el sagaz y astuto viejo, le dio grandes esperanzas de que gozaría de su querida y amada ñusta, por lo que aquella noche vio por su ciencia y arte el sabio viejo; agradecióle mucho la respuesta el venturoso Ynga Tupa Saire, y el hechicero viejo, por darle más contento y que no perdiese la esperanza, no poco regocijado le contó otras muchas cosas al buen Saire, que había hecho en otras ocasiones. En esto se entretuvieron aquel día, hasta que la tenebrosa noche sobrevino, y otro día, llegada la hora conveniente para dicho efecto; el viejo Auca Cusi se fue a la quebrada y asiento de Sapi, que es por Huaca Pongo arriba, por donde entra el río a la ciudad, donde halló un pajarillo llamado entre estos indios quinti, y por otro nombre causarca, que quiere decir revivido, y es como un abejón, el pico luengo y delgado, tiene muy linda pluma de diversos colores, que al sol hace diferente viso que a la sombra y entre colores: Muere o duerme, según fingen los antiguos, por octubre, en lugar abrigado, asido de una flor blanca y pequeña, de mucha virtud, y dicen que resucita por abril, y por esto le llaman causarca y quinte, por la variedad de los colores de las plumas.

Y la raíz de la dicha flor tiene otras muchas virtudes de importancia, y es tan honesta que diciendo huaccho se cierra, que es como decir deshonesta. A la cual, con su pajaruelo, de tal manera preparó el solícito viejo, para el fin que buscó, sin que de nadie fuese entendido ni sabido, más de tan solamente del mismo amante Saire Tupa. Quieren decir algunas personas que la virtud que tiene procede de algún planeta, como es de Venus o de otra cualquiera estrella, pues lo que es el cerrarse con las dichas palabras certifico ser así, porque yo lo he visto. Yéndose, pues, el disimulado viejo a donde la descuidada ñusta estaba, a quien, con la virtud del pajaruelo y flor, con un círculo y encanto que hizo, le habló y mandó que luego al punto, y sin dilación alguna, con rumor sosegado y apacible, fuese con el adonde el príncipe Saire Tupa su amante y querido hermano estaba. La ñusta Cusi Huarcai, convertida ya con el encanto, muy contenta y, con mucha alegría y gusto, le dijo que sí; donde acabando de llegar a donde su querido Saire estaba, y poco espacio de haber estado juntos, trataron algunas razones, que en sí no tenían ninguna por parecer más divertidas que de fundamento. El príncipe Saire Tupa, sonriéndose de lo que habían tratado, le dijo a su querida y amada ñusta que entrasen en un rico y aderezado aposento, a descansar, y fueron de tal suerte, y de tanta virtud y fuerza, las amorosas razones y palabras de caricia de ambos, que se vinieron a quererse tanto, y como aquella noche estuviesen juntos, diéronse palabras de casamiento a su modo y uso.

Pasados pues algunos días, mostró la querida y discreta ñusta señales de mujer preñada, lo cual visto por los de el palacio Real de su padre, quedaron todos maravillados, principalmente sus deudos y parientes, por haberla siempre tenido por honesta y recogida. Con este cuidado y pesadumbre, muchas veces y a menudo la preguntaban si estaba enferma, o preñada, y de quién; la honesta ñusta respondía con rostro alegre y contento, estarlo de Saire Tupa, su querido hermano y marido, de lo cual se avergonzaron mucho sus padres y los reyes y los de el Palacio, pensando la pena que de tal deshonor y exceso en que podía resultar. De esta manera, muchas veces entre los vasallos comunicaron ser cosa conveniente en que se casasen, por usarse entre los Reyes Yngas y señores como queda ya dicho, el cual se efectuó muy en haz y en paz de sus vasallos, y después en la de la Santa Madre iglesia, como queda ya dicho en capítulo LXXIV. Y muerto su padre Manco Ynga hicieron las bodas entreveradas con las obsechias del real difunto, como se usa entre esta gente, pues es muy ordinario hacer una fiesta y estando en ella con mucha alegría y regocijo acabarla luego con lágrimas, lloros y gemidos, y empezar a danzar cantando y venir a acabar llorando. Lo cual los indios cuentan y refieren como cosa sucedida.

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