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Datos principales


Desarrollo


De los meses noveno, décimo y undécimo En el primer día de este mes, llamado Tlaxichinaco, hacían sacrificios a Hoitzilopochtli, dios de la guerra, que consistían en banquetes, bailes y en ofrecerle las primeras flores. El primer día del décimo mes, nombrado Xicot Huetzi, estaba dedicado a Xiuhteuhtli, dios del fuego, se celebraba echando en una enorme pira un buen número de esclavos, a los cuales todavía vivos se les arrastraba al altar de ese dios y se les arrancaba el corazón. El modo de celebrar la fiesta era el siguiente: traían arrastrando de las selvas un árbol sumamente alto hasta el patio del templo donde lo levantaban después de haberle cortado todas las ramas. En seguida lo acostaban poco a poco para que no fuese a hacerse pedazos contra el suelo y, más tarde, atado con muchas cuerdas y adornado y vistoso por muchos papeles, clamando y gritando todos, lo levantaban de nuevo y lo afirmaban en un agujero en tierra. Hecho esto, los que iban a ofrecer esclavos vivos para que fueran quemados, se adornaban con varias plumas, caracolillos, flores y gargantillas de piedras preciosas; se teñían el cuerpo de amarillo, color peculiar del dios del fuego y consagrado a él, y así cantaban y bailaban, no sin gran concurrencia, hasta bien entrada la noche. A los cautivos los rociaban con el polvo de yauhtlino, con el cual suele hacerse más embotado y más suave el sentido de la muerte, y atados de manos y pies, se los ponían sobre los hombros y danzando al derredor de la pira los iban echando uno por tino en el fuego, pero antes de que exhalaran el alma con este género de muerte (como si se hubiera permitido que perecieran quemados por el fuego) arrancados a Vulcano, les sacaban el corazón para ofrecerlo al dios y así eran inmolados todos hasta el último.

El ídolo de ese dios estaba fijado en la punta del árbol y concluidos los sacrificios arremetían en contra de él con gran ímpetu. Y todos aquellos que se distinguían por sus fuerzas y su velocidad eran considerados fortísimos y dignísimos; el que iba antes que todos y subía más ágilmente hasta el último penacho del árbol, echaba abajo el ídolo. El undécimo mes se llamaba Ochpaniztli, en cuyo primer día se hacían sacrificios a la madre de los dioses llamada Tetehuinaotoci o Nuestra Abuela. Bailaban en su honor en maravilloso silencio y sacrificaban una mujer vestida como esa diosa y adornada con otros ornamentos. Cinco días antes del principio de este mes cesaban todas las solemnidades y fiestas, y desde que comenzaba se hacían bailes hasta el día octavo, pero todos en silencio y sin que se tocaran ningunos atabales o sonajes. Concluido esto, la mujer que iba a ser inmolada, que decían ser la imagen de Diana, se adelantaba con las ceremonias del culto divino, llevando la cara y el hábito de esa diosa y acompañada de numerosa caterva de mujeres, especialmente de parteras y de titicis. Las cuales divididas en dos batallones en campos opuestos, emprendían una batalla arrojándose bolas de pachtli y clavas entretejidas de nochtli y no cesaba el juego antes de que transcurrieran cuatro días. Después ponían gran cuidado en que la mujer consagrada a la diosa no se percatase de que tenía que morir, porque se tenía por malo y terrible agüero si la tristeza opacaba su rostro o si derramaba lágrimas.

Ya llegada la noche en que tenía que ser inmolada, adornada con hermosas y muy preciosas vestiduras y peinada con gran cuidado, la conducían al templo en increíble silencio y con engaño, como si la fueran a entregar como mujer a alguno de los varones principales de la ciudad en vez de llevarla a la mesa mortal y al horrendo tálamo de Ditis, y allí acostada de espaldas sobre la espalda de alguno, se le cortaba la cabeza lo más rápidamente posible e inmediatamente después se la desollaba. Al punto un joven robusto se vestía esa piel el cual, acompañado de numerosa comitiva y con gran solemnidad, llevaban al templo de Hoitzilopochtli donde tenía que arrancar él mismo con sus propias uñas los corazones de cuatro cautivos y entregar los otros esclavos, que no eran pocos, al sacerdote para que después fuesen inmolados. En el mismo mes el rey o el régulo de aquella ciudad o plaza en la que se habían celebrado los predichos sacrificios, hacía alarde de sus fuerzas militares, y escogía a aquellos que hasta ese tiempo nunca habían estado en la guerra y a los cuales asignaba armas y otros adornos militares y eran inscritos en el número de los atletas para que después cuando se presentase la ocasión estuvieran presentes en las batallas. Y se hacían otras muchas cosas, las que como no parecen de gran importancia, y también en gracia de la brevedad, las pasaremos sin mencionar.

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