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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO VIII Perplejidades. --Faltas en nuestro arreglo doméstico. --Manera india de cocer huevos. --Limpia del terreno. --Aumento importante. --Descripción de las ruinas. --Casa del gobernador. --Jeroglíficos. --Adornos sobre las puertas. --Plano de las ruinas. --Puertas. --Departamentos. --Enorme espesor de la pared posterior. --Abertura practicada en la pared. --Rastros de una mano roja. --Viga esculpida de jeroglíficos. --Dinteles de madera. --Pérdida de antigüedades con el incendio del Panorama de Mr. Catherwood. --Terrazas. --Piedra curiosa. --Montículo circular. --Descubrimiento de un monumento esculturado. --Estructura de una piedra cuadrada. --Cabezas esculturadas. --Escalinatas. --Casa de tortugas La mañana nos trajo nuevas dificultades. No teníamos ningún sirviente, necesitábamos almorzar y la perspectiva no era buena. No esperábamos hallar la hacienda tan destruida totalmente de personas con quienes comunicar. El mayoral era el único que hablaba una que otra palabra del castellano y tenía que atender a los negocios de la hacienda que estaba a su cargo. Verdad es que había recibido de su amo órdenes especiales de hacer todo lo posible para servirnos; pero el poder del amo tenía sus límites y no podía hacer que hablase el castellano un indio que sólo sabía la lengua maya, fuera de que el poder del amo tenía además otras restricciones. En efecto, exceptuando lo relativo a ciertas obligaciones que los indios tienen, ellos son dueños absolutos de sí mismos y lo que para nosotros era peor, dueñas de sí mismas, porque una de nuestras mayores necesidades era la de una mujer que cocinase, hiciese las tortillas y desempeñase aquella multitud de oficios domésticos sin los cuales una casa no puede ir bien.

El mayoral no nos había dado esperanza de serle posible procurarnos una criada; pero en medio de nuestras ansiedades, y cuando estábamos preparando nuestro almuerzo, lo vimos venir por la terraza seguido de una fila de indios y cerrando la procesión una mujer, que realmente era una visita interesante en aquel momento. Díjonos el mayoral que al volver a la hacienda la tarde anterior se había dirigido a todas las casas proponiendo a todas las mujeres, a una tras otra, nuestro servicio, prometiéndoles una paga liberal y buen trato; pero que todas habían rehusado, hasta que encontró aquélla con la cual se había visto obligado a estipular que no permanecería en las ruinas de noche, sino que volvería a su casa todas las tardes. Mortificábanos esto, porque deseábamos almorzar temprano; pero allí no cabía elección, y tuvimos que conformarnos con la criada bajo las condiciones que quiso. Era un poco más corpulenta que el común de las mujeres indias, y su tez algo más oscura. Su vestido estaba más pegado al cuerpo. Su carácter era irreprochable, sus maneras un tanto repulsivas; y, para que no le faltase una salvaguardia adicional, traía consigo un nietecillo, llamado José, cuya tez indicaba que la línea descendiente de su casa no tenía antipatías con la raza blanca. Su edad podría ser sobre cincuenta años y se llama Chepa Chí. Arreglados los preliminares, instalámosla de cocinera en jefe, sin ningún asistente ni adjunto; y enviamos al mayoral para que dirigiese a los indios en algunos desmontes que deseábamos se hiciesen desde luego.

El primer ensayo de Chepa Chí fue el de cocer unos huevos, que preparó para beber, según la costumbre del país; el modo de usarlos en esta preparación consistía en hacer un hoyo pequeño al huevo en una de sus extremidades, e introducir por allí una astilla para mezclar la clara con la yema, y sorberlo de la misma manera que lo haría un recién nacido. No nos agradaba mucho este procedimiento, y deseábamos que los huevos continuasen cociéndose por algún tiempo más; pero Chepa Chí era impenetrable a nuestros signos e indicaciones. Tuvimos que estar sobre ella, y en resumidas cuentas cocinar nosotros mismos los huevos. Concluido esto, nos resignamos a todo y abandonamos nuestra comida a la dirección absoluta de la cocinera. Antes de emprender el examen y exploración de las ruinas, era absolutamente imprescindible despejar el terreno; y no en verdad con el objeto de obtener vistas pintorescas, puesto que no podía haberlas tan bellas y que ejerciesen más poderoso influjo sobre la imaginación que en el estado en que las encontramos; sino porque, sin esto, era difícil moverse de un sitio a otro. Con este fin, determinamos que se despejase primero la terraza de la casa del gobernador, y abrir caminos de una a otra ruina, para establecer una completa línea de comunicación; y para que pudiésemos conocer exactamente la posición en que nos encontrábamos, Mr. Catherwood hizo una observación por la cual descubrimos que la latitud de Uxmal era la de 20? 27' 30" N.

Trabajaron tan activamente nuestros indios, que a la tarde ya teníamos despejada toda la terraza superior. Al anochecer dejáronnos todos ellos, con inclusión de Chepa Chí. Mientras la luna iluminaba sombría y tristemente las ruinas, nos paseábamos por todo el frente de la casa del gobernador. No teníamos mucha prisa en retirarnos, y cuando llegó el caso de que lo verificásemos no fue sino con cierta aprensión. Fuera de una ligera atención que prestamos a lo que los indios estaban haciendo de la parte de fuera, nuestro principal cuidado y afán en aquel día había sido prepararnos unos mosquiteros, sin ahorrar tiempo, trabajo ni ingenio. El éxito fue completo. Por todo el departamento en que dormíamos hubo un continuado canto y zumbido, más bajo o elevado según que los músicos se acercaban a buscarnos, o se retiraban furiosos por haber sido defraudados de su presa, porque no lograron picarnos. Nuestra satisfacción no se limitó al solo prospecto de aquella noche, sino que se extendió a la seguridad que teníamos ya de poder descansar después de un día de trabajo, y sobre todo de conservar nuestro puesto. Al siguiente día hicimos un importante aumento a nuestra servidumbre doméstica. Entre los indios que vinieron a trabajar había un mozo que hablaba el castellano. Era el más equívoco, flaco, descarnado y macilento de cuantos habíamos visto en la hacienda, y su único vestido el más sucio y cochambroso. Llamábase Bernardo; apenas tenía quince años, y ya estaba experimentando las vicisitudes de la fortuna.

Su educación fue, por supuesto, descuidada; y había sido desterrado a los desiertos de Uxmal, desde una hacienda de las inmediaciones de Mérida, de resultas de haber confundido yo no sé qué distinciones técnicas en las leyes de la propiedad. Nos veíamos en tales apuros por la falta de un intérprete, del cual, a excepción de la corta visita del mayoral, nos hallábamos tan absolutamente destituidos, que resolvimos hacer la vista gorda sobre las flaquezas morales de Bernardo, lo separamos de los trabajadores y lo instalamos en la sala de palacio, en donde al transmitir algunas instrucciones a Chepa Chí mostró tal interés en la materia, que el Dr. Cabot procedió inmediatamente a darle una lección en el arte de cocinar. Hízolo tan bien en su primer ensayo que lo nombramos, para lo sucesivo, inspector de las tres piedras que componían las hornillas de nuestra cocina con todos los privilegios y emolumentos de probar y sorber, dejando a Chepa Chí que emplease su fuerza y vigor en la clase de negocios que prefería: el de moler y tortear. Ya que está arreglada nuestra sección doméstica, sin más preámbulos voy a introducir al lector en las ruinas de Uxmal, de las que procuré dar una breve descripción en el relato de mi primer viaje. Sin embargo, habiendo salido de allí tan de prisa, sin haber arreglado planos ni dibujos, fue imposible presentar una idea clara del carácter de esas ruinas. Adjunto a esta obra hay un plano de esa antigua ciudad, tomado por la indicación que dan los edificios que existen todavía.

Todo se ha hecho con la exactitud posible, y pueden verificarse las dimensiones con la escala que va al pie. La primera ruina notable es la llamada casa del gobernador, en que estábamos alojados, y que está situada sobre tres grandes terrazas. Tiene de frente trescientos veintidós pies y es imposible dar una idea exacta de los minuciosos detalles de sus adornos arquitectónicos. El edificio, tal cual existe hoy, tiene destruidas enteramente algunas partes de la fachada. D. Simón Peón nos dijo que en el año 1825,las partes destruidas estaban aún en su sitio, y que todo el frontispicio se hallaba casi intacto. Los escombros que hoy existen caídos forman una gran masa de caliza, piedras rudas y esculpidas, todo mezclado de una manera confusa, y que jamás había sido removido, hasta que nosotros metimos allí la mano para desenterrar y examinar algunos de los ornamentos de arquitectura sepultados en aquella mezcla. El edificio está construido enteramente de piedra. La fachada presenta una superficie lisa, hasta la cornisa que corona todo el edificio en sus cuatro lados. Mas sobre esta superficie hay una sólida masa de ricos y complicados adornos minuciosamente esculpidos, y que forman una especie de arabesco. El más espléndido de estos adornos, y que da al conjunto de la fachada un aire de imponente riqueza, está situado sobre la puerta central. Alrededor de la cabeza de la principal figura hay unas líneas de caracteres que, con la prisa de nuestra primera visita, no creímos diferentes de los otros incomprensibles objetos esculpidos sobre la fachada; pero esta vez descubrimos que aquellos caracteres eran jeroglíficos.

Hicimos escaleras para que subiese Mr. Catherwood a dibujarlos con toda exactitud. Los dibujos presentados ahora difieren algo de los jeroglíficos publicados anteriormente, y son más ricos, minuciosos y complicados; pero su carácter general es el mismo. Por la posición culminante que ocupan no hay duda que envolvían alguna significación de importancia. Probablemente se pusieron para recordar la construcción del edificio, el tiempo en que se fabricó y el pueblo que realizó la obra. Todas las demás puertas tienen arriba decoraciones notables, y aun elegantes, que alguna vez varían en los detalles; pero que corresponden en su carácter general y efecto a las demás. En la parte superior de la puerta principal existen los restos de una figura sentada en una especie de trono, que antiguamente descansaba sobre un rico adorno parecido a otras labores que se ven sobre algunas otras puertas del edificio. El adorno de la cabeza es elevado, y nace de él un enorme plumero, que dividiéndose en la parte superior, cae simétricamente de cada lado hasta tocar los otros arabescos en que descansan los pies de la estatua. Tal vez cada figura de ésas representa el retrato de algún cacique, sacerdote, profeta o guerrero que se hubiese hecho notable en la historia de este pueblo desconocido. Sobre el adorno de que he hablado antes se encuentra otro que ocupa toda la porción del muro desde el tope del plumero hasta la cornisa a lo largo de todo el edificio. Esta clase de combinación ornamental se ve en muchas partes de aquella fábrica, y es el que más prevalece en todas las ruinas.

Hay otra clase peculiar de adornos que se proyectan de la superficie en forma de curva, cada uno de los cuales tiene un pie y siete pulgadas de largo y, desde el punto en que comienza la proyección hasta el fin de la curva, representando algo la trompeta de un elefante, cuyo nombre les dio Waldeck, acaso con alguna propiedad, aunque no es por el motivo que probablemente se propuso aquel autor, porque el elefante era un animal desconocido en el continente de América. Esta proyección de piedra aparece en toda la fachada y en los ángulos, y se encuentra en todos los edificios, alguna vez en forma inversa. Es un hecho singular, que, a pesar de hallarse este adorno fuera del alcance de la mano, la extremidad de casi todos ellos ha sido destruida y apenas quedan tres intactos en todas las paredes de las ruinas de Uxmal. Acaso fueron los españoles quienes cometieron esta atrocidad, aunque los indios creen actualmente que todos estos antiguos edificios son frecuentados y que todos los monifatos se animan y pasean de noche. Durante el día, esos monifatos se tienen por inofensivos, y hace mucho tiempo que los indios tienen la costumbre de desfigurarlos con el machete, creyendo aplacar con eso su espíritu errante y vagabundo. Es muy difícil hacer una descripción de los adornos de una fachada, en la que no hay una sola piedra que represente por sí un objeto determinado, sino que cada adorno o combinación se forma de piedras separadas, cuidadosamente esculpidas para representar la parte que les está destinada y colocadas en su sitio propio para completar el conjunto.

Cada piedra por sí sola no representa cosa alguna; pero, colocada al lado de las demás, forma un todo, que sería incompleto sin ella. Tal vez sería más propio llamarla una especie de mosaico esculpido; y no me deja duda de ue todos aquellos adornos tienen un significado simbólico, y que cada piedra es parte de una historia, de alguna alegoría o fábula. La parte posterior de la casa del gobernador es una sólida pared, sin puerta ni abertura de ninguna clase; y tiene, lo mismo que el frente, un adorno sobre la cornisa de piedra esculpida, que recorre toda su longitud. Sin embargo, los objetos representados no tienen tanta complicación ni la escultura es tan minuciosa. También de este lado ha caído casi toda la fachada. Los dos costados son de treinta y nueve pies cada uno, no tienen más que una puerta, y los adornos son también bastante sencillos. El techo es plano y cubierto de mezcla, pero todo él se pierde bajo un bosque de arbustos y matojos. Tal es la parte exterior de la casa del gobernador. Si yo fuese a dar una descripción circunstanciada de todos sus detalles, se alargaría este libro indefinidamente. Su rasgo más característico consiste en ser el edificio largo, bajo y estrecho; sencillo bajo de la cornisa, y recargado de adornos sobre ella. Mr. Catherwood hizo minuciosos dibujos arquitectónicos del conjunto, poseía materiales para construir un edificio enteramente semejante, y, lo mismo que en nuestra primera expedición, hizo todos sus dibujos por medio de la cámara lúcida con el fin de obtener la más precisa exactitud en las proporciones y detalles.

Además de esto, teníamos un aparato daguerrotípico, el mejor que pudimos procurarnos en Nueva York, con cuyo auxilio Mr. Catherwood comenzó a tomar vistas, desde el momento que llegamos a Uxmal; pero los resultados no fueron suficientemente conformes a sus ideas. Alguna vez las cornisas y sus adornos proyectados quedaban en la sombra, mientras que otras partes estaban expuestas a la fuerza del sol; y de esa suerte algunos adornos salían bien de la prueba, mientras que otros necesitaban el pincel para suplir sus defectos. Como quiera, esas planchas daban una idea general del carácter de los edificios, pero no hubieran podido ponerse en manos del grabador sin copiar las vistas sobre un papel, y reformar las partes defectuosas, y eso exigía más trabajo que la formación de los dibujos originales. Así, pues, Mr. Catherwood lo hubo de arreglar todo con su pincel y cámara lúcida, mientras que el Dr. Cabot y yo tomábamos las vistas por el daguerrotipo, y, a fin de asegurar la mayor exactitud posible, tanto estas vistas como los dibujos de Mr. Catherwood se pusieron en manos de los grabadores para su gobierno. La casa del gobernador tenía once entradas en el frente y una en cada lado. Las puertas ya no existían, y los dinteles en que se apoyaban habían caído. El interior esta dividido longitudinalmente, por medio de una pared, en dos corredores; y éstos también lo están, por paredes y particiones cruzadas, en piezas oblongas. Cada par de estas piezas, la de delante y la de atrás, se comunicaban por una puerta que correspondía exactamente a la puerta del frente.

Los principales departamentos del centro tienen sesenta pies de largo con tres puertas que dan a la terraza. El del frente es de once pies, seis pulgadas de ancho, y el interior de trece pies. El primero hasta el tope del arco tiene veintitrés pies de elevación, y veintidós el otro, que sólo tiene una puerta de entrada. Desde la pieza del frente, y a excepción de ella, no se encuentra ninguna otra abertura ni vía de comunicación, de manera que en sus extremidades hay mucha humedad y oscuridad, como sucede con todas las demás piezas interiores. En estos departamentos habíamos fijado nuestra residencia. Las paredes están construidas de piedras lisas cuadradas, y a cada lado de la entrada existen los restos de unos anillos de piedra flechados en la pared, lo que sin duda tenía alguna conexión con el mecanismo de las puertas. El piso es de mezcla muy dura en algunas partes, pero rota y pulverizada en las más por su larga exposición a la intemperie. La techumbre, lo mismo que en el Palenque, forma un arco triangular sin clave. El soporte es hecho de piedras cortadas al sesgo, para presentar una superficie tersa; y cubierta en una magnitud, como de dos pies del punto de contacto, por una espesa capa de piedras planas. A través del arco hay vigas de madera, fijas sus extremidades en la pared, y que probablemente fueron empleadas para sostener el arco, mientras se estaba construyendo el edificio. Mencionaré una circunstancia. Cuando estábamos trazando nuestro plano, hallamos que la pared posterior en toda su extensión de doscientos setenta pies tenía un espesor de nueve, lo que equivalía casi a toda la anchura del departamento del frente.

Semejante espesor no era ciertamente necesario para sostener el edificio, y llegamos a sospechar que habría allí algunos ocultos pasadizos; y en esta creencia determinamos practicar una abertura en la pared del departamento del centro. Confieso que experimenté alguna repugnancia al emprender esta obra de demolición; pero los indios ya habían arrancado una piedra para moler maíz en ella; y seguirían haciendo lo mismo, cada vez que les viniese a cuento. Esto venció todos mis escrúpulos. En la cavidad que dejó en la mezcla la remoción de aquella piedra había dos marcados vestigios, que encontramos después con mucha frecuencia en todos los edificios arruinados del país. Esos vestigios eran formados por la impresión de una mano roja con los dedos extendidos, no pintados o delineados, sino estampados por la impresión de una mano viva, humedecida de alguna pintura roja y fijada en la pared. Los lineamientos y contornos de la mano eran claros y distintos en la impresión. Había cierto sentimiento de vida en los pensamientos excitados por aquel fenómeno, que casi presentaba la imagen de los ya extinguidos habitantes, vagando en aquellos edificios. Había una circunstancia muy notable en aquellas manos, a saber: que eran demasiado pequeñas. Las nuestras, cuando las extendíamos sobre la impresión, la ocultaban completamente; y esa circunstancia era tanto más interesante cuanto que, según observación propia y ajena, la pequeñez de las manos y pies de los indios actuales es uno de los rasgos más característicos de su conformación física.

Las piedras que contenían esos vestigios fueron las primeras que cayeron cuando comenzamos a abrir una brecha en aquella pared. Servímonos de dos barretas que había en la hacienda, y, después de estar trabajando los indios cerca de dos días, hicieron una abertura de seis a siete pies de profundidad; pero toda la pared era sólidamente formada de piedras y de una mezcla tan dura como una roca. Nos fue imposible descubrir la verdadera razón del inmenso espesor de aquella muralla, cuando todas las demás proporciones arquitectónicas eran tan regulares; y la enorme brecha que abrimos quedó allí para hacernos constantes reproches por todo el tiempo que duró nuestra residencia en Uxmal. En pocas palabras más habré terminado mi descripción de este edificio. En el departamento del ala del sur hallamos aquella viga esculpida de jeroglíficos que tanto nos interesó en nuestra primera visita. En algunos de los departamentos interiores, los dinteles conservaban sus sitios sobre las entradas, y uno u otro yacía en tierra con toda su solidez y dureza, debiendo, sin duda, su conservación al mejor resguardo que tenía respecto de los que estaban colocados en las demás entradas. La viga de que he hablado, era la única pieza de madera esculpida que había en Uxmal; y considerámosla interesante, como un signo de cierto grado de perfección en un arte, del cual no habíamos descubierto vestigio alguno en nuestras precedentes exploraciones, excepto tal vez en Ocozingo, en donde hallamos una viga, no esculpida como la de Uxmal, pero pulimentada de una manera en que parecía haber intervenido la acción de un recio y agudo instrumento metálico.

Por esta vez, no quise que se me escapase aquella viga. Era de zapote, tremendamente pesada e inmanejable, y tenía diez pies de largo, pie y nueve pulgadas de ancho y diez pulgadas de espesor. Para evitar que se maltratase la parte esculpida, cubrila con cascos de henequén y una capa de zacate como de seis pulgadas. Salió de Uxmal en hombros de indios, y después de algunas vicisitudes llegó felizmente a esta ciudad, y fue depositada en el panorama de Mr. Catherwood. Me había referido a ella como perteneciente ya al Museo Nacional de Washington, a donde pensaba remitirla tan pronto como llegase una colección de grandes piedras esculpidas que esperaba; pero en el incendio del panorama, en la conflagración de Jerusalén y Tebas, consumiose esta parte de Uxmal y con ella otras vigas descubiertas posteriormente, mucho más curiosas e interesantes, juntamente con toda la colección de vasos, figuras, ídolos y otras reliquias preciosas que habíamos reunido durante nuestro viaje a Yucatán. La colectación, empaque, arreglo y transporte de todas estas cosas me habían causado más molestias y trabajos que ninguna de cuantas dificultades tuvimos en ese viaje; y su pérdida es de todo punto irreparable. Como yo era el primero que visitaba aquellas ruinas del país, y lo tenía todo a mi disposición, escogí por de contado lo más curioso y apreciable, y, si yo volviese allí, es seguro que no hallaría nada comparable a lo que había reunido. ¡Tuve la melancólica satisfacción de ver sus cenizas exactamente como el fuego las había dejado! Parecíamos condenados a hallarnos siempre en medio de ruinas, pero en todas nuestras exploraciones no encontramos jamás ninguna ruina tan desolante como ésta.

Después del gran edificio de la casa del gobernador, tenemos las tres grandes terrazas que lo soportan, que apenas son pocos menos extraordinarias e imponentes en su carácter que aquélla. Todas ellas son artificiales, y construidas sobre el nivel de la llanura. La más baja de ellas tiene tres pies de elevación, quince de latitud, y de longitud quinientos setenta y cinco. vLa segunda es de veinte pies de elevación, doscientos cincuenta de anchura y quinientos cuarenta y siete de largo, y la tercera, sobre la cual descansa el edificio, es de diecinueve pies de elevación, treinta de anchura, y de longitud trescientos sesenta. Todas ellas se encuentran sostenidas por sólidas y robustas paredes de piedra; la de la segunda terraza se halla todavía en buen estado de preservación, y se ven aún, en su sitio, las piedras que las formaban, llevando redonda la superficie en lugar de presentarnos ángulos agudos. La plataforma de esta segunda terraza es una hermosa explanada de quinientos cuarenta y cinco pies de largo, y doscientos cincuenta de ancho. Según los vestigios que en ella existen, debió de contener antiguamente estructuras y adornos de varias especies, cuyo carácter es difícil designar hoy. Cuando llegamos a Uxmal la primera vez, toda ella estaba cubierta de maleza de diez o doce pies de elevación, y al despejarla fue cuando salieron a la luz algunos de esos vestigios. A lo largo del ala del sur, hay una estructura oblonga de cerca de tres pies de elevación, doscientos de largo y quince de ancho, a cuyo pie hay una hilera de pedestales y fragmentos de columnas de cerca de cinco pies de elevación y como dieciocho pulgadas de diámetro.

No se ven allí vestigios de techumbre, ni de ninguna otra obra que tuviesen conexión con dichas columnas. Cerca del centro de la plataforma, a una distancia como de dieciocho pies del principio de la escalinata, existe un recinto cuadrado, que consiste en dos capas de piedra, sobre el cual está en una posición oblicua, en actitud como de caer, una enorme piedra cilíndrica, que mide, en la parte que está fuera de la superficie del terreno, ocho pies sobre un diámetro de cinco. Es notable esta piedra por sus proporciones inusitadas e irregulares y por su poca simetría y conformidad con todo lo demás que la rodea. Según la posición culminante que ocupa, no hay duda de que estuvo destinada a algún uso de importancia; y puesto en relación con los otros monumentos hallados en aquel sitio, da lugar a creer que semejante piedra tiene alguna conexión con los ritos y ceremonias de cierto culto antiguo, conocido por algunas naciones del Oriente. Los indios llaman Picota a esta piedra. A una distancia como de sesenta pies en línea recta de la Picota, había un rudo montículo circular, como de seis pies de elevación, que habíamos destinado para colocar nuestro daguerrotipo y tomar la vista del frente del edificio. A instancias del cura Carrillo, que vino a las ruinas a hacernos una visita, nos determinamos a cavar el tal montículo. Era una simple masa de tierra y piedras, y a una profundidad como de tres descubrimos un singular monumento esculturado representando una especie de Esfinge de dos cabezas.

Es de piedra, y de una sola pieza. Mide tres pies y dos pulgadas de largo sobre dos pies de elevación; y parece que se tuvo intención de representar en él un gato o lince de dos cabezas. Se conserva entero, a excepción de un pie que tenía ligeramente quebrado. La escultura es ruda; y la pieza era demasiado pesada para removerla de su sitio. Sacámosla sobre el montículo para que la dibujase Mr. Catherwood, y probablemente allí permanecerá todavía. Nos ha sido imposible conjeturar el motivo verdadero de haberse colocado este monumento en el sitio en que lo descubrimos, y seguramente no fue ese su primitivo destino, y de intento se llevó allí sin duda para enterrarlo. En mi opinión, sólo puede explicarse de una manera. Acaso era uno de los principales ídolos a que daba culto el pueblo de Uxmal; y lo probable es que lo enterraron allí cuando los habitantes abandonaron la ciudad, para que no fuese profanado; o tal vez los españoles, cuando arrojaron a los habitantes y despoblaron la ciudad, para destruir todos los sentimientos religiosos de los indios, siguiendo el ejemplo de Cortés en Cholula, destruirían y enterrarían los ídolos. A una distancia como de ciento treinta pies de este montículo había una estructura consistente de piedras cuadradas, de seis pies de altura y veinte de base, y en la cual, habiendo hecho una excavación descubrimos dos cabezas esculpidas, que indudablemente representaban dos retratos. Desde el centro de esta gran plataforma hasta la terraza en que descansa el edificio, se ve una gran escalinata de ciento treinta pies de latitud, y que contuvo antiguamente treinta y cinco escalones.

Fuera de esta escalinata, no se encuentra ninguna otra que tenga conexión con ninguna de las tres terrazas; y el único medio de subir a la plataforma de la segunda es un plano inclinado de cien pies de latitud, situado a la extremidad meridional del edificio, lo que necesariamente ofrece la dificultad a los que vienen por el norte de tener que atravesar toda la longitud de la terraza más baja, y subiendo después por el plano inclinado retroceder en busca de los escalones. Probablemente no hubo mucho empeño entre los antiguos habitantes en hacerse cargo de esta dificultad, y acaso todos los visitantes o residentes en el edificio entraban y salían cargados en kochees, como hacen ahora los ricos. Todavía queda sobre la gran plataforma de la segunda terraza otro edificio que merece ser mencionado. Está situado en el ángulo noroeste y se llama la casa de las tortugas, cuyo nombre le fue dado por un cura vecino, en razón de una hilera de tortugas que sirven de adorno a la cornisa. Tiene este edificio noventa y cuatro pies de frente sobre treinta y cuatro de latitud, y en dimensiones y adornos contrasta notablemente con la casa del gobernador. Carece de las ricas y primorosas decoraciones de esta última, pero se distingue por la precisión y belleza de sus proporciones y por la limpieza y simplicidad de sus adornos. Nada hay en él que raye en lo grotesco e incomprensible, nada que pueda chocar al más delicado gusto arquitectónico; pero desgraciadamente está marchando de prisa a su decadencia.

En nuestra primera visita, Mr. Catherwood y yo subimos al techo para escoger una buena posición, desde la cual pudiésemos hacer un bosquejo panorámico del conjunto de todas las ruinas. Entonces estaba temblando y vacilando el techo, y dentro de un solo año la parte del centro había caído del todo. En el frente, el centro de la pared está destruido; y en la parte de atrás, el dintel de madera roto y dividido todavía sostiene la masa superior, pero causa terror pasar bajo de él. La parte interior está llena de los escombros del techo desplomado. También este edificio tiene la misma falta peculiar de un acceso conveniente. No tiene comunicación alguna, al menos por escaleras o por algún otro medio visible, con la casa del gobernador, ni tampoco hay allí ninguna escalera que conduzca a la terraza inferior. Yace solo y aislado y como sucumbiendo bajo el peso de su desolante y ruinosa condición. A la vuelta de algunas estaciones lluviosas no será ya otra cosa que una masa de ruinas; y acaso sobre todo el continente americano no habrá un monumento que pueda comparársele en la pureza y simplicidad del arte de los aborígenes. He ahí una breve descripción de la casa del gobernador con sus tres grandes terrazas, y con los edificios y construcciones que hay sobre la gran plataforma de la segunda. Con estos edificios venimos a ser muy familiares en razón del sitio en que habíamos fijado nuestra residencia y de la necesidad constante de bajar y subir las terrazas. Con esa ligera descripción podrá el lector formarse alguna idea de los objetos que cautivaban nuestra atención y del extraño espectáculo que se desarrollaba permanentemente a nuestra vista.

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