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Desarrollo


Capítulo VII 240 De a donde comenzó en la Nueva España el sacramento del matrimonio, y de la gran dificultad que hubo en que los indios dejasen las muchas mujeres que tenían 241 El sacramento del matrimonio en esta tierra de Anáhuac, o Nueva España, se comenzó en Tezcuco. En el año de 1526, domingo 14 de octubre, se desposó pública y solemnemente don Hernando, hermano del señor de Tezcuco, con otros siete compañeros suyos, criados todos en la casa de Dios, y para esta fiesta llamaron de México, que son cinco leguas, a muchas personas honradas, para que les honrasen y festejasen sus bodas; entre los cuales vinieron Alfonso de Ávila y Pedro Sánchez Farfán con sus mujeres, y trajeron otras personas honradas que ofrecieron a los novios a la manera de España, y les trajeron buenas joyas, y trajeron también mucho vino, que fue la joya con que más todos se alegraron; y porque estas bodas habían de ser ejemplo de toda la Nueva España, veláronse muy solemnemente, con las bendiciones y arras y anillos, como lo manda la Santa Madre Iglesia. Acabada la misa, los padrinos con todos los señores y principales del pueblo, que Tezcuco fue muy gran cosa en la Nueva España, llevaron sus ahijados a el palacio o casa del señor principal, yendo delante muchos cantando y bailando; y después de comer hicieron muy gran netotlilizth o baile. En aquel tiempo ayuntábanse a un baile de éstos mil y dos mil indios. Dichas las vísperas, y saliendo a el patio adonde bailaban, estaba el tálamo bien aderezado, y allí delante de los novios ofrecieron a el uso de Castilla los señores y principales parientes del novio, ajuar de casa y atavíos para sus personas; y el marqués del Valle mandó a un criado que allí tenía que ofreciese en su, nombre, el cual ofreció muy largamente.

242 Pasaron tres o cuatro años que no se velaban, sino los que se criaban en la casa de Dios, sino que todos estaban con las mujeres que querían, y había algunos que tenían hasta doscientas mujeres, y de allí abajo cada uno tenía las que quería; y para esto, los señores y principales robaban todas las mujeres, de manera que cuando un indio común se quería casar apenas hallaba mujer; y queriendo los religiosos españoles poner remedio en esto, no hallaban manera para lo poder hacer, porque como los señores tenían las más mujeres, no las querían dejar, ni ellos se las podían quitar, ni bastaba ruegos ni amenazas, ni sermones, ni otra cosa que con ellos se hiciese, para que dejadas todas se casasen con una sola en faz de la Iglesia; y respondían que también los españoles tenían muchas mujeres, y si les decíamos que las tenían para su servicio, decían que ellos también las tenían para lo mismo; y así, aunque estos indios tenían muchas mujeres con quien según su costumbre eran casados, también las tenían por manera de granjería, porque las hacían a todas tejer y hacer mantas y otros oficios de esta manera, hasta que ya ha placido a Nuestro Señor que de su voluntad de cinco a seis años a esta parte comenzaron algunos a dejar la muchedumbre de mujeres que tenían y a contentarse con una sola, casándose con ella como lo manda la Iglesia; y con los mozos que de nuevo se casan son ya tantos, que hinchen las iglesias, porque hay días de desposar cien pares; y días de doscientos y de trescientos y días de quinientos; y como los sacerdotes son tan pocos reciben mucho trabajo, porque acontece un sólo sacerdote tener muchos que bautizar y confesar, y desposar, y velar, y predicar, y decir misa, y otras cosas que no puede dejar.

En otras partes he yo visto que a una parte están unos examinando casamientos, otros enseñando los que se tienen de bautizar, otros que tienen cargo de los enfermos, otros de los niños que nacen, otros de diversas lenguas e intérpretes que declaran a los sacerdotes las necesidades con que los indios vienen, otros que proveen para celebrar las fiestas de las parroquias y pueblos comarcanos, que por quitarles y desarraigarles las fiestas viejas celebran con solemnidad, así de oficios divinos, y en la administración de los sacramentos, como con bailes y regocijos; y todo es menester hasta desarraigarlos de las malas costumbres con que nacieron. Mas tornando a el propósito, y para que se entienda el trabajo que los sacerdotes tienen, diré cómo se ocupó un sacerdote, que estando yo escribiendo esto, vinieron a llamar de un pueblo una legua de Tlaxcala, que se dice Santa Ana de Chautenpa, para que confesase ciertos enfermos y también para bautizar. Allegado el fraile halló más de treinta enfermos para confesar, y doscientos pares que desposar, y muchos que bautizar, y un difunto que enterrar, y también tenía de predicar a el pueblo que estaba ayuntado. Bautizó este fraile aquel día entre chicos y grandes mil quinientos, poniéndoles a todos óleo y crisma, y confesó en este mismo día quince personas, aunque era una hora de noche y no había acabado; esto no le aconteció a este sólo sacerdote, sino a todos los que acá están, que se quieren dar a servir a Dios y a la conversión y salud de las ánimas de los indios; esto acontece muy ordinariamente.

243 En Xupanzinco, que es un pueblo de harta gente, con una legua a la redonda que todo es bien poblado, en domingo ayuntáronse todos para oír la misa y desposáronse así antes de misa como después por todo el día, cuatrocientos cincuenta pares, y bautizáronse más de setecientos niños y quinientos adultos. A la misa del domingo se velaron doscientos pares, y el lunes adelante se desposaron ciento cincuenta pares, y los más de éstos se fueron a velar a Tecoac, tras los frailes; y éstos todos lo hacen ya de su propia voluntad, sin parecer que reciben ningún trabajo ni pesadumbre; en Tecoac se bautizaron otros quinientos, y se desposaron doscientos cuarenta pares, y luego el martes se bautizaron otros ciento y se desposaron cien pares. La vuelta fue por otros pueblos a do se bautizaron muchos, y hubo día que se desposaron más de setecientos cincuenta pares; y en esta casa de Tlaxcala y en otra, se desposaron en un día más de mil pares, y en los otros pueblos era de la misma manera, porque en este tiempo fue el fervor de casarse los indios naturales con una sola mujer; y ésta tomaban, aquella con quien estando en su gentilidad primero habían contraído matrimonio. 244 Para no errar ni quitar a ninguno su legítima mujer, y para no dar a nadie, en lugar de mujer, manceba, había en cada parroquia quien conocía a todos los vecinos, y los que se querían desposar venían con todos sus parientes, y venían todas sus mujeres, para que todas hablasen y alegasen en su favor, y el varón tomase la legítima mujer, y satisficiese a las otras, y les diese con que se alimentasen y mantuviesen los hijos que les quedaban.

Era cosa de ver verlos venir, porque muchos de ellos traían un hato de mujeres y hijos como de ovejas, y despedidos los primeros venían otros indios que estaban muy instructos en el matrimonio y en la práctica del árbol de la consanguinidad y afinidad; a éstos llamaban los españoles licenciados, porque lo tenían tan entendido como si hubieran estudiado sobre ello muchos años. Estos platicaban con los frailes los impedimentos: las grandes dificultades, después de examinadas y entendidas, enviábanlas a los señores obispos y a sus provisores, para que los determinasen; porque todo ha sido bien menester, según las contradicciones que ha habido, que no han sido menores ni menos que las del bautismo. 245 De estos indios se han visto muchos con propósito y obra determinados de no conocer otra mujer sino la con quien legítimamente se han casado después que se convirtieron, y también se han apartado del vicio de la embriaguez y hanse dado tanto a la virtud y a el servicio de Dios, que en este año pasado de 1536 salieron de esta ciudad de Tlaxcala dos mancebos indios confesados y comulgados, y sin decir nada a nadie se metieron por la tierra adentro más de cincuenta leguas, a convertir y enseñar a otros indios; y allá anduvieron padeciendo hartos trabajos y hicieron mucho fruto, porque dejaron enseñado todo lo que ellos sabían y puesta la gente en razón para recibir la palabra de Dios, y después son vueltos, y hoy día están en esta ciudad de Tlaxcala.

Y de esta manera han hecho otros algunos en muchas provincias y pueblos remotos, adonde por sola la palabra de éstos han destruido sus ídolos, y levantado cruces, y puesto imágenes, adonde rezan eso poco que les han enseñado. 246 Como yo vi en este mismo año que salí a visitar cerca de cincuenta leguas de aquí de Tlaxcala hacia la costa del norte, por tan áspera tierra y tan grandes montañas, que en partes entramos mi compañero y yo adonde para salir hubimos de subir sierra de tres leguas en alto; y la una legua iba por una esquina de una sierra, que a las veces subimos por unos agujeros en que poníamos las puntas de los pies, y unos bejucos o sogas en las manos; y éstos no eran diez o doce pasos, mas uno pasamos de esta manera, de tanta altura como una alta torre. Otros pasos muy ásperos subimos por escaleras, y de éstas había nueve o diez; y hubo una que tenía diez y nueve escalones, y las escaleras eran de un palo sólo, hechas unas concavidades, cavado un poco en el palo, en que cabía la mitad del pie, sogas en las manos. Subimos temblando de mirar abajo, porque era tanta la altura que se desvanecía la cabeza; y aunque quisiéramos volver por otro camino, no podíamos porque después que entramos en aquella tierra había llovido mucho, y habían crecido los ríos, que eran muchos y muy grandes; aunque por esta tierra tampoco faltaban, mas los indios nos pasaban algunas veces en balsas, y otras atravesada una larga soga y a volapié la soga en la mano.

Uno de estos ríos es el que los españoles llamaron el río de Almería, el cual es un río muy poderoso. En este tiempo está la yerba muy grande, y los caminos tan cerrados que apenas parecía una pequeña senda, y éstas las más veces allega la yerba de la una parte a la otra a cerrar, y por debajo iban los pies sin poder ver el suelo; y había muy crueles víboras, que aunque en toda esta Nueva España hay más y mayores que en Castilla, las de la tierra fría, son menos ponzoñosas, y los indios tienen muchos remedios contra ellas; pero por esta tierra que digo son tan ponzoñosas que a el que muerden no allega a veinte y cuatro horas; y como íbamos andando nos decían los indios: aquí murió uno, allí otro y acullá otro, de mordedura de víboras; y todos los de la compañía iban descalzos; aunque Dios por, su misericordia nos pasó a todos sin lesión ni embarazo ninguno. Toda esta tierra que he dicho es habitable por todas partes, así en lo alto como en lo bajo, aunque en otro tiempo fue mucho más poblada, que ahora está muy destruida. 247 En este mismo año vinieron los señores de Tepeutila a el monasterio de Santa María de la Concepción de Teoacan, que son veinte y cinco leguas, movidos de su propia voluntad; y trajeron gente de toda su tierra, los cuales fueron tantos, que causaron admiración a los españoles y naturales, y en ver de adónde venían y por dónde pasaban.

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