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Datos principales


Desarrollo


En que se cuenta cómo los dos campos, el de los españoles y el de Bogotá, se vieron en los llanos de Nemocón, y lo que resultó de la vista. La muerte del cacique de Bogotá, y de dónde se originó llamar a estos naturales moscas. La venida de Nicolás de Fredermán y don Sebastián de Benalcázar, con los nombres de los capitanes y soldados que hicieron esta conquista Los corredores de los campos de una y otra parte por momentos daban aviso a sus generales de cuan cerca tenían al contrario. El de los españoles era en número de ciento sesenta y siete hombres, reliquias de aquellos ochocientos que el General sacó de Santa Marta, y sobras de los que se escaparon del Río Grande de la Magdalena, y de sus caribes, tigres y caimanes, y de otros muchos trabajos y hambres; y aunque en número pequeño, muy grande en valor y esfuerzo y que hacía la causa de Dios N. S. El del contrario cubría los montes y campos, porque sin aquel grueso ejército con que había vencido al Guatavita, a la fama de las nuevas gentes se le habían juntado muchos millares. Procuró el General de Quesada saber qué gente tenía su contrario; hizo preguntar a algunos indios de la tierra que había cogido por intérpretes de aquel indio que cogieron con los dos panes de sal y los había guiado hasta meterlos en este Reino, que con la comunicación hablaba ya algunas palabras en español; respondieron los preguntados en su lengua diciendo musca puenunga, que es lo propio que decir mucha gente. Los españoles que lo oyeron dijeron: "dicen que son como moscas", que primero se acabarán todos ellos que el nombre.

Diéronse vista los dos campos: los españoles reconocieron las armas del contrario, que no eran ofensivas ni defensivas, porque la mayor era una macana y las demás, quisques y tiraderas. El Bogotá, como vio la poca gente que tanto sonido había dado, dicen que dijo a los suyos: "Toma puños de tierra y échales, y cojámosles, que luego veremos lo que habemos de hacer con ellos"; pero no se vendían tan barato. El Adelantado ordenó su campo: a los de a caballo mandó acometer por el costado, y con los arcabuces les dio una rociada. Pues como los indios vieron que sin llegar a ellos los españoles les mataban, sin aguardar punto más se pusieron en huida; los nuestros les fueron siguiendo y atacándolos, hasta que se deshizo y desapareció aquel gran gentío. En el alcance dicen que decían los españoles: "éstos eran más que moscas, mas han huido como moscas"; con que quedó confirmado el nombre; y en esta acometida se acabó toda la guerra. Fue siguiendo el alcance el Adelantado hasta el pueblo de Bogotá, a donde se detuvo algunos días buscando al cacique, que nunca pudo ser habido, porque unos le decían que se había escondido en la cueva de Tena, que tenía hecha para si le venciese Guatavita; otros le decían que se había ido al cercado grande del santuario para esconderse entre aquellos peñascos. La verdad de lo que en esto pasó fue que huyendo el cacique Bogotá de los españoles, se metió por unas labranzas de maíz a donde halló unos bohíos, y se estuvo escondido en ellos; pues andando los soldados rancheando los bohíos de los indios y buscando oro, un soldado dio con estos ranchos donde estaba el cacique escondido, el cual como sintió al español quiso huir; el soldado le dio con el mocho del arcabuz y lo mató sin conocerlo.

Al cabo de algunos días lo hallaron los suyos y callaron su muerte por mandato del sucesor. Como el Adelantado oyó decir que se había ido el cacique al cercado grande del santuario, preguntóles que a dónde era; señaláronle que al pie de esta sierra, en este sitio y asiento; con lo cual se vino con sus soldados a este puesto, a donde halló el cercado, que era una casa de recreación del dicho cacique y a donde tenía sus tesoros y las despensas de su sustento. Alrededor de este cercado, que estaba a donde agora está la fuente del agua en la plaza, había asimismo diez o doce bohíos del servicio de dicho cacique, en los cuales y en el dicho cercado alojó su persona el dicho Adelantado, y en los demás bohíos a sus soldados. Hallaron las despensas bien provistas de sustento, muchas mantas y camisetas; que de las mantas hicieron de vestir los soldados, que andaban ya muchos de ellos desnudos. De hilo de algodón, que había mucho, hicieron alpargatas y calcetas con que se remediaran; y junto a este cercado, en la misma plaza, sacaron un santuario, donde se hallaron más de veinte mil pesos de buen oro, según la fama; y no era éste el santuario grande que los indios decían, porque éste era de solo el Cacique Bogotá; el otro estaba en la sierra, a donde todos acudían a ofrecer, entrando por una cueva que nunca los conquistadores la pudieron descubrir, aunque se hicieron muchas diligencias y no hizo pocas el señor arzobispo don fray Luis Zapata de Cárdenas, y tampoco surtió efecto.

Desde este punto, se corrió toda tierra descubriendo sus secretos, procurando siempre el Adelantado y sus capitanes el buen tratamiento de los naturales, los cuales con la comunicación se dieron amigables, dando la obediencia al Rey, nuestro señor. Todo lo cual pasó durante el dicho año de 1538, y estando nuestro general quieto y sosegado, porque ya se había corrido la tierra hasta el valle de Neiva, reconocido los panches y marequipas, que es lo que llamamos Marequita, los soldados ricos y contentos. En esta ocasión, que era el año de 1539, de los indios más cercanos a los llanos se tuvo noticia cómo por aquella parte venían otros españoles. Este era Nicolás de Fredermán, teniente del general Jorge Spira, que habiendo salido de Coro con cuatrocientos hombres, y desenvuelto lo de la laguna de Maracaibo por no juntarse con su general, se metió por los llanos corriéndolos por muchas partes, hasta el famoso Orinoco, que por sesenta bocas lleva el tributo a la mar, que las más anchas tienen dos leguas de travesía; en cuyos márgenes y en las del Meta halló algunas gentes, que las más de ellas vivían en los árboles, por las grandes inundaciones de aquellos llanos y por el mal país. Acordó de volverse a arrimar a la cordillera, y caminando por ella algunos días, envió por sobresaliente con la gente necesaria al capitán Limpias, el cual, rompiendo dificultades y muy peligrosos pasos, salió a la parte de donde después se pobló San Juan de los Llanos, de cuyos naturales tomó noticia de la gente de este Reino, en cuya demanda se partió luego, habiendo de todo noticia y dándola a su general Nicolás de Fredermán, el cual siempre seguía la senda de su capitán Limpias, la cual hallaba más tratable por estar hollada de los caballos y soldados de dicho capitán.

Este viaje de los llanos que hizo Fredermán huyendo de su general Jorge de Spira, cuenta el padre fray Pedro Simón, más extenso en la primera parte de sus Noticias Historiales, donde el lector que lo quisiere saber lo podrá ver. El capitán Limpias salió a Fosca, y de allí a Pasca, a donde halló al capitán Lázaro Fonte, que le tenía allí destinado el general Jiménez de Quesada por ciertos disgustos, el cual al punto dio aviso a su general de la gente que allí había llegado. Envió luego el Adelantado a reconocer la gente que por allí había entrado, y allegaron al punto que Nicolás de Fredermán se acababa de juntar con su capitán Limpias y los suyos; y todos juntos, muy amigablemente, dentro de tercero día entraron en este sitio de Santa Fe, entrante el dicho año de 1539, donde fueron muy bien recibidos del dicho Adelantado y sus capitanes; y luego, dentro de muy pocos días, por la parte de Fusagasugá, entró el Adelantado don Sebastián de Benalcázar, que bajaba del Pirú con la codicia de hallar al indio dorado, atrás dicho, causador de aquel nombre tan campanudo del Dorado, que tantas vidas y haciendas ha costado. Este general traía ciento y sesenta hombres, y Fredermán traía sólo ciento, por haber perdido y muerto los demás en los llanos. Recibiéronse estos generales al principio muy bien; y dende a poco nacieron entre ellos no sé que cosquillas, que el oro las convirtió en risa; quedaron muy amigos y conviniéronse que a cada treinta soldados de estos dos generales se les diese de comer en lo conquistado y que adelante se conquistase, como si fuesen los primeros descubridores y conquistadores; con lo cual quedaron muy amigos y en paz; y en el año de 1539, a 6 de agosto y día de la Transfiguración del Señor, los tres generales, con sus capitanes y demás oficiales y soldados, fundaron esta ciudad en nombre del emperador Carlos V, nuestro Rey y señor natural, y este dicho día señalaron solar a la santa iglesia catedral, que fue la primera de este Nuevo Reino.

Diéronle por nombre a esta ciudad Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada, a devoción del dicho general don Gonzalo Jiménez de Quesada, su fundador, por ser natural de Granada; y el de Bogotá por haberla poblado a donde el dicho cacique de Bogotá tenía su cercado y casa de recreación. Con lo cual diremos qué gente fue la que quedó de estos tres generales en este Reino, la cual fue la siguiente: SOLDADOS DEL ADELANTADO DON GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA, CAPITÁN GENERAL DE ESTA CONQUISTA El dicho Licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente capitán general del ejército, el cual después de la Conquista y haber ido a España y vuelto a este Reino por mariscal, de donde salió en busca del Dorado, donde perdió toda la gente que llevaba y se volvió sin hallarlo. Murió sin hijos ni casarse, en Marequita, año de 1538. Trasladaron sus huesos a la catedral de esta ciudad; dejó una capellanía que sirven los prebendados de la santa iglesia. Hernán Pérez de Quesada, su hermano, alguacil mayor del ejército y después justicia mayor en este Reino, murió en el puerto de Santa Marta, y su hermano menor, viniendo de la isla de Santo Domingo. El capitán Juan de Junco, soldado de Italia, persona de gran valor, nombrado por el gobernador don Pedro Fernández de Lugo en segundo lugar, si faltase el general Quesada: trajo soldados a su costo; dejó hijos en la ciudad de Santo Domingo. Hay quien diga que fue a poblar a Tunja con el capitán Gonzalo Suárez Rendón y los demás soldados.

El licenciado Juan de Lescames, capellán del ejército, volvióse después a España con los generales Gonzalo Jiménez de Quesada, Fredermán y Benalcázar. Fray Domingo o Alonso de Las Casas, del orden de Santo Domingo, descubridor. Volvióse a España con los dichos generales. El capitán Gonzalo Suárez Rendón, persona valerosa, pobló después la ciudad de Tunja y en ella vivió y murió con la encomienda de Icabuco. Dejó hijos nobles y descendientes que hoy viven. El capitán Juan de Céspedes, que lo fue de los de a caballo, y después teniente de gobernador del doctor Venero de Leiva y encomendero del pueblo de Ubaque. Murió en esta ciudad; dejó hijos que también son muertos. El capitán Hernando de Prado, encomendero de Tocaima, hermano del dicho capitán Céspedes; dejó hijos y murió en Tocaima. El capitán Pedro de Valenzuela trajo gente a su cargo; no dejó memoria de sí. El capitán Albarracín lo fue de un navío en que trajo soldados a su costa, encomendero en Tunja; dejó hijos en ella. El capitán Antonio Díaz Cardoso, lusitano noble y de los capitanes de Santa Marta; de ella vino por capitán de un bergantín. Fue encomendero de Suba y Tuna; dejó hijos y larga posteridad, y murió en esta ciudad. El capitán Juan de San Martín, persona valerosa; no hay memoria de él porque no paró en este Reino, ni dejó memoria de sí. El capitán Juan Tafur, de los nobles de Córdoba, conquistador de Santa Marta. Nombre de Dios y Panamá, fue encomendero de Pasca; tuvo una hija natural, que casó con Luis de Ávila, conquistador de Santa Marta.

Murieron en esta ciudad; hay biznietos de este capitán. El capitán Martín Galiano pobló la ciudad de Vélez, que fue la segunda de este Reino, donde se avecindó y en ella murió. El capitán Antonio de Librija, persona principal; trajo tres caballos; no hay memoria e él. El capitán Lázaro Fonte vino de España por capitán de un navío, con doscientos hombres; murió en Quito. El capitán Gómez del Corral; no hay memoria de él. El capitán Hernando Venegas, de la nobleza de Córdoba, vino por soldado de a caballo, pobló a Tocaima, habiendo descubierto las minas de La Sabandija, Venadillo y Herbé, ricas de oro; tuvo título de mariscal, y encomienda de Guatavita y Guachetá, con sus anexos pertenecientes a aquel cacicazgo y señorío; casó con doña Juana Ponce de León; dejó ocho hijos legítimos; es vivo de ellos sólo uno, con el hábito de Alcantára y con la mesma encomienda de Guatavita. Casó con doña María de Mendoza, hija de don Francisco Maldonado, del hábito de Santiago; tiene hijos legítimos. El capitán don Antonio de Olalla, persona principal, vino por alférez de Quesada; el Adelantado don Alonso Luis de Lugo le dio título de capitán y la encomienda de Bogotá. Casó con doña María de Urrego, de la nobleza de Portugal, de la que tuvo nobles hijos. Vive al presente un nieto suyo, del hábito de Calatrava, que ha sido gobernador de Santa María y corregidor mayor de Quito. Tiene hijos legítimos y goza la encomienda de Bogotá, que fue de su abuelo El capitán Gonzalo García Zorro, vino por alférez; fue Fusagasugá suyo.

Murió en esta plaza de un cañonazo que le dio por una sien Hernán Venegas, hijo natural del Mariscal, jugando cañas en unas fiestas. El capitán Juan de Montalvo, soldado de estima, fue teniente de gobernador en La Palma y alcalde ordinario en esta ciudad muchas veces, y muchas más corregidor de los naturales para poblallos juntos, por ser de ellos muy respetado. No tuvo hijos; murió en esta ciudad. El capitán Jerónimo de Insar, que lo fue de los macheteros que por sus manos abrieron el camino de los conquistadores, por el río arriba de la Magdalena; él y Pedro de Arévalo fueron los primeros alcaldes de esta ciudad, y por no haber quedado en ella no hay memoria de él. El capitán Baltasar Maldonado era persona principal y caballero, fue alcalde mayor de este Reino; fue a poblar a Sierras Nevadas con doscientos hombres, y libró al Adelantado de Quesada de la muerte en Duitama, en el pantano, donde los indios lo tenían muy apretado dándole mucha guerra, defendiéndole y sacándole de aquel gran peligro. Fue suyo Duitama; casó con doña Leonor de Carvajal, natural de úbeda, hija de Juan de Carvajal; tuvo por hijos al capitán Alonso Maldonado y a doña María Maldonado Carvajal, y a doña Ana Maldonado. Era natural de Salamanca y fue alguacil mayor de este reino y alcalde mayor después. El capitán Juan de Madrid, discreto y valeroso, encomendero en Tunja; fue suyo el pueblo de Pesca. Juan de Olmos pasó de esta conquista a Muzo, con título de capitán por esta Real Audiencia; fueron suyos Nemocón, Pasgata y Pacho.

Fue casado, y dejó hijos que le sucedieron. Juan de Ortega, el bueno, a diferencia de otro Ortega, fue buen cristiano; fue suyo el pueblo de Zipaquirá; tuvo un hijo natural que le heredó. Pedro de Colmenares, fue contador y tesorero, fue dos veces a España por procurador de este Reino. Francisco Gómez de la Cruz, encomendero de Subia y Tibacuy, casado con la Quintanilla; tuvo hijos. Francisco de Tordehumos, descubridor de a pie; fue suyo el pueblo de Cota. Antonio Bermúdez, encomendero de Choachí, soltero. Cristóbal Arias Monroy, descubridor de a pie; diéronle a Machetá y Tibirita; lo heredó una hija sola, legítima, que tuvo, que casó con el alguacil mayor Francisco de Estrada, paje que fue del señor don Juan de Austria. Tuvo una hija que casó con don Diego Calderón, alguacil mayor que es de esta ciudad. Cristóbal Bernal, encomendero de Sesquilé, tuvo un hijo muy virtuoso que le heredó, y otro murió ordenante. Es fama que hizo la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, la primera vez. Andrés Vázquez de Molina, por sobrenombre el Rico, que lo fue de un santuario que sacó en el camino real que va de esta ciudad a la de Tunja, que hoy se ye el hoyo donde lo sacó, porque sirve de mojón al resguardo del pueblo de Guatavita por aquella parte. Fue suyo el pueblo de Chocontá; casó con la Quintanilla, por muerte de Francisco Gómez, que murió en el viaje de Castilla. Hernando Gómez Castillejo, soldado de a pie, fue suyo Suesca. Diego Romero, encomendero de Engativá y Une, fue casado, tuvo hijos; murió en esta ciudad, año de 1592.

Juan Gómez Portillo, encomendero de Usme, fue casado con Catalina Martín Pacheco; tuvo una hija que casó con Nicolás Gutiérrez, conquistador de La Palma; tuvo hijos. Pedro Martín, encomendero de Cubiasuca, que se agregó a Bojacá; fue casado con Catalina de Barrionuevo, que lo heredó, tuvo hijos, y murió monja. El capitán Francisco Salguero, encomendero de Mongua en Tunja; persona principal. Fundó en aquella ciudad el monasterio de monjas de Santa Clara la Real, y le dieron marido y mujer su hacienda, y más los indios de su encomienda. Es fama que tiene este convento pasadas de trescientas monjas. Miguel Sánchez, encomendero del pueblo de Onzaga, en Tunja. Paredes Calderón, encomendero del pueblo de Somondoco, donde hay una mina de esmeraldas. Pedro Gómez de Orozco, vecino de Pamplona. Diego Montañés, encomendero del pueblo de Sotaquirá, en Tunja. Pedro Ruiz Carrión, encomendero de Tunja. Francisco Ruiz, encomendero de Soracá, en Tunja. Juan de Torres, encomendero de Turmequé, en Tunja. Cristóbal de la Roa, encomendero de Suta y Tenza, en Tunja. Juan Suárez de Toledo, vecino de La Palma. Miguel López de Partearroyo, encomendero de Tunja. Gómez de Cifuentes, encomendero de Tunja; tuvo hijos. El capitán Francisco Núñez Pedroso, vecino de Tunja. Pobló la ciudad de Marequita, en el sitio del Cacique Marequita, de donde se tomó el nombre de Marequita. Juan López, encomendero de Sáchica, en Tunja. Juan Rodríguez Carrión de los Ríos, en Tunja, tuvo indios de encomienda.

Cristóbal Ruiz Clavijo, soldado de a pie. Pedro Bravo de Rivera, encomendero del pueblo de Chivatá, en Tunja. Pedro Ruiz Herrezuelo, encomendero del pueblo de Panqueba, en Tunja. Juan de Quincoces, encomendero en Tunja. Martín Ropero, herrador, encomendero en Tunja. Pedro Yáñez, portugués, encomendero en Tunja. Alonso Gómez Sequillo, encomendero en Vélez. Miguel Secomoyano, encomendero; sus indios le mataron en Vélez. A Villalobos mataron los panches. A Bravo mataron los panches. Juan de Quemes tuvo indios panches. Alonso Domínguez Beltrán, encomendero de Vélez. Miguel de Oñate, vecino de Marequita. Pedro del Acebo Sotelo, secretario del General Quesada; sucedió en la encomienda del pueblo de Suesca. Gil López, escribano del ejército; fue soldado de a caballo. A Juan Gordo ahorcó el General. Pedro Núñez Cabrera, encomendero del pueblo de Bonza, en Tunja. Mateo Sánchez Cogolludo, encomendero del pueblo de Ocavita, en Tunja. Francisco de Mansalve, encomendero en las Guacamayas, en Tunja. Juan de Chinesilla, vecino de Tunja. Juan Rodríguez Gil, vecino de Tunja. Mestanza, encomendero de Cajicá; no hay memoria de él, ni tampoco la hay de todos los que siguen: Pedro Sánchez Sobaelbarro, Cristóbal Méndez, el viejo Simón Díaz, Juan de Puelles, Medrano Mimpujol, Hernando Navarro, Juan Ramírez, Francisco Yestes, Aguirre Alpargatero, Luis Gallegos Higueras, Francisco Valenciano, cabo de escuadra; Pedro Calvache, Alonso Machado, en Tunja; Pedro de Salazar, Juan de Mundeinuesta (¿Mendinueta?), Diego Martín, su hermano; Baltasar Moratín, Antonio Pérez Macías de las Islas, Francisco Gómez de Mercado y su hijo Gonzalo Macías, Alonso Novilla o Novillero, Pedro Briceño, Pedro Gironda, Manuel Paniagua, Benito Caro, Juan de Penilla.

LOS QUE VIVIERON EN VÉLEZ Y EN TUNJA. ARRIMADOS A LOS ENCOMENDEROS Bartólome Camacho, Alonso Mincobo Trujillo (que después se llamó Silva), otro Valenzuela, conquistador de Vélez; Pedro Corredor, Diego Bravo, otro Alonso Martín, Bartolomé Suárez, Francisco Ruiz, Pedro Vázquez de Leiva, Juan de Frías, Francisco Díaz. SOLDADOS DEL GENERAL NICOLAS DE FREDERMAN, A QUIENES SE DIO DE COMER EN ESTE REINO Cristóbal de San Miguel, encomendero de Sogomoso en Tunja, casó con doña Ana Francisca de Silva, hija del capitán Juan Muñoz de Collantes, primer contador de la Real Caja. Fue suyo el pueblo de Chía. El capitán Alonso de Olalla, por sobrenombre el Cojo, que lo quedó de la caída que dió del peñón de Simijaca, que quedó con nombre de Salto de Olalla; sucedió en la encomienda de Facatativá y panches, que fue conquistador de ellos. El y doña Juana de Herrera, su hija, doncella, fueron mis padrinos de pila, el año de 1566. Fue hombre de valor y gran conquistador; tuvo hijos, que siguieron sus pasos, y de ellos vive hoy el gobernador Antonio de Olalla, que sirvió valerosamente en los pijaos con el general Juan de Borja. Murió el dicho capitán en la conquista del Caguán y trasladaron su cuerpo a la catedral de esta ciudad. Pedro de Anarcha fue alcalde mayor; no hay memoria de él. Mateo de Rey, encomendero de Ciénaga, casó con Casilda de Salazar. Tuvo dos hijas. El capitán Juan de Avellaneda, conquistador de La Plata, que fue vecino de Ibagué; pobló después a San Juan de los Llanos.

Cristóbal Gómez, encomendero de Tabio y Chitasugá, casó con doña Leonor de Silva, hija segunda de don Juan Muñoz de Collantes; tuvo muchos hijos. Hernando de Alcocer, encomendero de Bojacá y Panches, casó con la Sotomayor y, por muerte de ésta, casó con la hija de Isabel Galiano, y vivieron juntos muchos años, estando esta señora siempre doncella. Las de ogaño no aguardan tanto a poner divorcio. No tuvo hijos, y heredóle su sobrino Andrés de Piedrola; y mandóle que se casase con esta segunda mujer, como lo hizo. Llamólo la Santa Inquisición de Lima por otro negocio al Piedrola, y volviendo de ella murió en el camino. Casó esta señora tercera vez con Alonso González, receptor de la Real Audiencia, y con la misma encomienda; son muertos todos. Pedro de Miranda, encomendero de Síquina y Tocarema, casó con María de Ávila; no tuvo hijos; sucedióle la mujer, que casó después con Pedro de Aristoito. El capitán Juan Fuertes, valiente soldado, que en la conquista de Paria, de una sola batalla sacó trece heridas, y después tuvo otras muchas entre caribes. Fue suyo Facatativá; dejólo por ser gobernador de los moquiguas y valle de La Plata. Fue casado con la Palla (india principal del Pirú) y tuvo hijos. Murió año de 1585. Cristóbal de Toro, encomendero de Chinga. Melchor Ramírez Figueredo, encomendero de Vélez. Juan de Contreras; no hay memoria de él. Hernando de Santa; no hay memoria de él. Juan Trujillo; no hay memoria de él. Sebastián de Porras; no hay memoria de él.

Alonso Martín; no hay memoria de él. Alonso Moreno; no hay memoria de él. Miguel Solguín, conquistador de Parias, encomendero en Tunja, dejó unos hijos. El capitán Luis Lanchero, noble de linaje, valeroso soldado, vino de España año de 1533, con Jerónimo Ortal, segundo gobernador de Parias en este Reino. Fue encomendero de Susa, y con comisión de la Real Audiencia conquistó y pobló a Muzo, a costa de muchos hombres, por ser los naturales flecheros de hierba mortífera. El capitán Domingo Lozano, soldado de Italia de los del saco de Roma, vecino de Ibagué, pobló la ciudad de Buga en la gobernación de Popayán. Su hijo, Domingo Lozano, pobló a Páez; sus naturales, que son valientes, le mataron en la mesa que llaman Taboima, y a treinta soldados, en el mes de julio y 1572 años. Miguel de la Puerta, encomendero de panches en Tocaima. Zamora, encomendero en Tocaima. Villaspasas, encomendero en Tocaima. Antón Flamenco, vecino de Santa Fe. Maestre Juan, vecino de Santa Fe. Nicolás de Troya, vecino de Santa Fe; tuvo una hija natural. El bachiller Juan Verdejo, capellán del ejército de Fredermán y el primer cura de esta santa iglesia, el cual trajo las primeras gallinas que hubo en este Nuevo Reino. SOLDADOS DEL GENERAL DON SEBASTIÁN DE BENALCÁZAR QUE QUEDARON EN ESTE REINO Y A QUIENES SE DIO DE COMER CONFORME LO CAPITULADO El capitán Melchor de Valdés, su maese de campo, encomendero de Ibagué. Francisco Arias Maldonado, encomendero de Sora y Tinjacá, en Tunja.

El capitán Juan de Avendaño, alférez de a caballo y conquistador de Cabugua y alguna parte del Pirú; fue a la conquista de Tunja con título de capitán, y tuvo en encomienda a Suta y Gámeza. Trocó después a Gámeza por Tinjacá. Fernando de Rojas, encomendero de Tunja, con hijos. Pedro de Arévalo, vecino de Santa Fe. Juan Díaz, hidalgo, vecino de Tocaima, por otro nombre el Rico, que hizo la casa grande de Tocaima, con azulejos, y se la ha comido el río sin dejar piedra de ella. Orozco, el viejo, vecino de Pamplona. De Juan de Arévalo ni de los que se siguen no hay memoria de ellos: Orozco el mozo, Cristóbal Rodríguez, Juan Burgueño, Francisco Arias, Antón Luján, Francisco de Céspedes, otro Valdés, Juan de Cuéllar. Los que se siguen son los que se le olvidaron al capitán Juan de Montalvo, que fueron del general don Gonzalo Jiménez de Quesada. El capitán Martín Yáñez Tafur, primo hermano del capitán Juan Tafur, vecino de Tocaima y encomendero en ella. Dejó hijos legítimos. El capitán Juan de Rivera, vecino de Vélez y encomendero. Gregorio de Vega, encomendero en Vélez. Francisco Maldonado del Hierro, encomendero de indios panches en Santa Fe; tuvo un hijo que lo heredó. Domingo Guevara, encomendero de Fúquene; tuvo hijos legítimos. Diego Sánchez Castilblanco; vecino de Tunja. Juan de Castro, vecino de Tunja. Juan de Villanueva, vecino de Tunja. Antonio de Dijarte, en Tunja. Antonio García, en Tunja. Francisco Alderete, en Tunja.

Pedro de Porras, en Tunja. Pedro Hernández, en Tunja. Gaspar de Santa Fe, en Tunja. Hernán Gallegos, Juan Gascón, Juan Peronegro, Juan Mateos. Cristóbal de Angulo, en Vélez. Diego Ortiz, en Vélez. Diego de Guete, en Vélez. Juan Hincapié, en Vélez. Jerónimo Hetes, herrero, en Vélez. Diego de Espinosa, en Vélez. Diego Franco, en Vélez. Cristóbal de Oro, en Vélez. Francisco Álvarez, vecino de Santa Fe. García Calvete de Haro, vecino de Vélez, encomendero. Francisco de Aranda, conquistador de Vélez. Francisco de Murcia, conquistador de Vélez. Juan Cabezón, vecino de Santa Fe. Francisco Ortiz, encomendero en Tocaima, con hijos legítimos. Antón Núñez; no hay memoria de él. Algunos de los soldados descubridores del general Quesada se fueron con él a Castilla, contentos con el oro que llevaban, por haber dejado en ella sus mujeres e hijos, cuyos nombres no se acordó el capitán Juan de Montalvo que fue el que dio la descripción de los referidos, por mandato de la real justicia ante Juan de Castañeda, escribano del Cabildo. Otra parte de ellos se volvieron a Santa Marta. Otros, juntamente con los Fredermán y Benalcázar, se fueron al Pirú y gobernación de Popayán. Y con esto, y mientras los generales aderezaban el viaje de Castilla volvamos al Cacique de Guatavita, que, vencido, se queja de su descuido por andarme, como dicen, a viva el que vence.

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