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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO VI Lo que sucedió a Juan Ortiz con los españoles que por él iban Juan Ortiz, caminando por el camino real, llegó a la senda por donde el indio había descaminado a Baltasar de Gallegos y a sus caballeros, y, sospechando lo que fue y temiendo no fuesen los castellanos por otra parte e hiciesen daño en el pueblo de Mucozo, consultó con los indios lo que harían. Acordaron todos que sería bien siguiesen a toda prisa el rastro de los caballos hasta los alcanzar y que no tomasen otro camino porque no los errasen. Pues como los indios siguiesen el rastro de los españoles y los españoles volviesen por el mismo camino que habían llevado, se dieron vista los unos a los otros en un gran llano, que a una parte de él había un monte cerrado de matas espesas. Los indios, viendo los castellanos, dijeron a Juan Ortiz que sería cordura asegurar sus personas y vidas con meterse en aquel monte hasta que los cristianos los reconociesen por amigos, porque, teniéndolos por enemigos, no los alanceasen en lo raso del campo. Juan Ortiz no quiso tomar el buen consejo de los indios, confiado en que era español y que los suyos le habían de reconocer luego que le viesen, como si viniera vestido a la española o estuviera en alguna cosa diferenciado de los indios para ser conocido por español. El cual, como los demás, no llevaba sino unos pañetes por vestidura y un arco y flechas en las manos y un plumaje de media braza en alto sobre la cabeza por gala y ornamento. Los castellanos, como noveles y ganosos de pelear, viendo los indios, arremetieron a ellos a rienda suelta, y, por muchas voces que el capitán les dio, no bastó a los detener.

¿Quién podrá con bisoños cuando se desmandan? Los indios, como viesen cuán denodada e inconsiderademente iban los castellanos a ellos, se arrojaron todos en el monte, que no quedó en el campo más de Juan Ortiz y un indio que no se dio tanta prisa como los otros a meterse en la guarida, al cual hirió un español que había sido soldado en Italia, llamado Francisco de Morales, natural de Sevilla, de una lanzada en los lomos, alcanzándole a las primeras matas del monte. Con Juan Ortiz arremetió otro español llamado Álvaro Nieto, natural de la villa de Alburquerque, uno de los más recios y fuertes españoles que iban en todo el ejército, el cual, cerrando con él, le tiro una brava lanzada. Juan Ortiz tuvo buena ventura y destreza que rebatiendo la lanza con el arco dio un salto al través huyendo a un mismo tiempo del golpe de la lanza y del encuentro del caballo, y, viendo que Álvaro Nieto revolvía sobre él, dio grandes voces diciendo "Xivilla, Xivilla", por decir Sevilla, Sevilla. En este paso, añade Juan Coles, que, no acertando Juan Ortiz a hablar castellano, hizo con la mano y el arco la señal de la cruz para que el español viese que era cristiano. Porque, con el poco o ningún uso que entre los indios había tenido de la lengua castellana, se le había olvidado hasta el pronunciar el nombre de la propia tierra, como yo podré decir también de mí mismo que por no haber tenido en España con quién hablar mi lengua natural y materna, que es la general que se habla en todo el Perú (aunque los incas tenían otro particular que hablaban entre sí unos con otros), se me ha olvidado de tal manera que, con saberla hablar tan bien y mejor y con más elegancia que los mismos indios que no son incas, porque soy hijo de palla y sobrino de incas, que son los que mejor y más apuradamente la hablan por haber sido lenguaje de la corte de sus príncipes y haber sido ellos los principales cortesanos, no acierto ahora a concertar seis o siete palabras en oración para dar a entender lo que quiero decir, y más, que muchos vocablos se me han ido de la memoria, que no sé cuáles son, para nombrar en indio tal o tal cosa.

Aunque es verdad que, si oyese hablar a un inca, lo entendería todo lo que dijese y, si oyese los vocablos olvidados, diría lo que significan; empero, de mí mismo, por mucho que lo procuro, no acierto a decir cuáles son. Esto he sacado por experiencia del uso o descuido de las lenguas, que las ajenas se aprenden con usarlas y las propias se olvidan no usándolas. Volviendo a Juan Ortiz, que lo dejamos en gran peligro de ser muerto por los que más deseaban verlo vivo, como Álvaro Nieto le oyese decir Xivilla, le preguntó si era Juan Ortiz, y, como le respondiese que sí, lo asió por un brazo y echó sobre las ancas de su caballo como a un niño, porque era recio y fuerte este buen soldado, y con mucha alegría de haber hallado lo que iba a buscar, dando gracias a Dios de no haberle muerto, aunque le parecía que todavía lo veía en aquel peligro, lo llevó al capitán Baltasar de Gallegos. El cual recibió a Juan Ortiz con gran regocijo y luego mandó llamasen a los demás caballeros que por el monte andaban ansiosos por matar indios como si fueran venados para que todos se juntasen a gozar de la buena suerte que les había sucedido, antes que hiciesen algún mal en los amigos por no conocerlos. Juan Ortiz entró en el monte a llamar a los indios, diciéndoles a grandes voces que saliesen y no hubiesen miedo. Muchos de ellos no pararon hasta su pueblo a dar aviso a su cacique de lo que había pasado. Otros, que no se habían alejado tanto, volvieron de tres en tres y de cuatro en cuatro, como acertaban a hallarse, y todos y cada uno por sí, con mucha saña y enojo, reñían a Juan Ortiz su poca advertencia y mucha bisoñería.

Y, cuando vieron al compañero herido por su causa, se encendieron de manera que apenas se contenían de poner las manos en él, y se las pusieran, si los españoles no estuvieran presentes, mas vengaban su enojo con mil afrentas que le decían, llamándole tonto, necio, impertinente, que no era español ni hombre de guerra y que muy poco o nada le habían aprovechado los duelos y toda la malaventura pasada, que no en balde se la habían dado y que la merecía mucho peor. En suma, ningún indio salió del monte que no riñese con él, y todos le decían casi unas mismas palabras, y él propio las declaraba a los demás españoles, para su mayor afrenta. Juan Ortiz quedó bien reprehendido de haber sido confiado, mas todo lo dio por bien empleado a trueque de verse entre cristianos. Los cuales curaron al indio herido y, poniéndole sobre un caballo, se fueron con él y con Juan Ortiz y con los demás indios al real, deseosos de ver al gobernador por llevar en tan breve tiempo tan buen recaudo de lo que les había mandado. Y antes que saliesen del puesto, despachó Juan Ortiz un indio con relación a Mucozo de todo lo sucedido porque no se escandalizase de lo que los indios huidos le hubiesen dicho. Todo lo que hemos referido de Juan Ortiz lo dicen también Juan Coles y Alonso de Carmona en sus relaciones. Y el uno de ellos dice que le cayeron gusanos en las llagas que el fuego le hizo cuando lo asaron. Y el otro, que es Juan Coles, dice que el gobernador le dio luego un vestido de terciopelo negro y que, por estar hecho a andar desnudo, no lo pudo sufrir, que solamente traía una camisa y unos calzones de lienzo, gorra y zapatos y que anduvo así más de veinte días, hasta que poco a poco se hizo a andar vestido. Dicen más estos dos testigos de vista, que entre otras mercedes y favores que el cacique Mucozo hizo a Juan Ortiz fue una hacerle su capitán general de mar y tierra.

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