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Desarrollo


Capítulo VI De cómo el capitán con los españoles dieron en un pueblo de indios donde hallaron cierto oro, y cómo tomaron puerto en Pueblo Quemado; de donde enviaron el navío a Panamá y lo que más pasó Como Francisco Pizarro y sus compañeros viesen como había caminos entre aquellas montañas, determinaron de seguir por uno de ellos para ver si daban en algún poblado para tomar algunos indios de quien pudieran tomar lengua de la tierra en que estaban; y así, tomando sus espadas y rodelas anduvieron dos leguas o poco más la tierra adentro, donde toparon un pueblo pequeño, mas no vieron indio ninguno, porque todos habían huido, mas hallaron mucho maíz y raíces y carne de puerco y toparon más de seiscientos pesos de oro fino en joyas; y en las ollas, que hallaron al fuego, de los indios, entre la carne que sacaban de ellas para comer, se vieron algunos pies y manos de hombres, por donde se creyó que los de aquella parte eran caribes, y también tenían arcos y flechas con yerba de la que hacen con ponzoña. Los españoles comieron de lo que hallaron en aquel lugar y determinaron de dar la vuelta a la mar para embarcarse, pues no habían podido tomar hombre ninguno de los naturales de aquella tierra. Entrados en el navío anduvieron costeando hasta que llegaron a un pueblo que llamaron Pueblo Quemado, de donde con acuerdo de todos, se determinaron de entrar la tierra adentro, para ver si daban en pueblo que pudiesen tomar algunos indios, porque por aquella parte había mucha gente y todos estaban avisados de cómo andaban en la tierra y tenían puestas sus mujeres y alhajas en cobro.

Tomando los nuestros españoles por un camino de aquéllos anduvieron poco más de una legua y dieron en un pueblo yermo porque los indios como de suso he dicho le habían desamparado; y hallaron gran cantidad de maíz y muchos maizales, y otras raíces gustosas de las que ellos comen, y no pocas palmas de las de pijabaes, que es cosa muy buena; y estaba este pueblo en la cumbre de unas laderas o sierras asentado a su usanza, muy fuertemente, que parecía fortaleza. Como habían hallado tanto mantenimiento en aquel pueblo, parecióle, así al capitán como a todos los españoles, que sería cosa muy acertada recogerse allí todos en aquel pueblo, pues era tan fuerte y estaba tan bien proveído de comida, y enviar la nave a Panamá que trajese socorro de españoles y a que fuese adobado, pues estaba tan mal tratado que por muchos lugares hacía agua; y pareciéndoles bien acertado, el capitán mandó a Gil de Montenegro, que con los españoles más sueltos y ligeros fuese a buscar algunos indios por entre el monte en los estalajes que tuviesen hechos, que acá llamamos rancherías, para que fuesen en el navío a dar a la bomba, porque todo era menester según había pocos marineros y el navío hacía agua. Los naturales de la comarca habíanse juntado y tratado en ellos de la venida de los españoles, y cómo era grande afrenta suya andar huyendo de sus pueblos por miedo de ellos, pues eran tan pocos, y determinaron de se poner a cualquier afrenta, o peligro que les viniese, por los expeler de sus tierras, o matarlos, si no quisiesen dejarlas; tratando mal de ellos, que eran vagabundos, pues por no trabajar andaban de tierra en tierra; y más que esto decían, como después lo confesaron algunos que de ellos hubieron de venir a ser presos por los españoles; y como tuviesen esta determinación, tenían puestas escuchas y velas de ellos mismos a la redonda del pueblo, donde los españoles estaban, para saber si algunos de ellos salían de allí o lo que determinaban de hacer.

Y como Gil de Montenegro con los españoles, que fueron señalados para ir con él a la entrada que se había de hacer para tomar indios, que yendo en la nave pudiesen dar a la bomba, saliesen del pueblo, luego por los indios que estaban a la mira fue aviso al lugar donde la junta estaba con la determinación dicha. Y aunque tuviesen este designio los naturales, en quien se hizo la liga para matar a los españoles o lanzarlos de sus tierras, todavía aunque no eran cabales sesenta, les temían extrañamente; y este temor caber en tantos y que estaban en su tierra y la sabían y conocían no sé a qué se puede echar sino a Dios todopoderoso que ha permitido que los españoles salgan en tan grandes y dudosas cosas en tiempos y coyunturas que a no cegar el entendimiento a los indios, a soplos o con puños de tierra bastaban a los debaratar; y creo que tampoco lo permitía por sus méritos, sino que fue servido de volver por su honra, y porque tenían su apellido; a muchos de los cuales, por no conocer tan gran beneficio castigó poderosamente con brazo de venganza, como hemos visto. Mas como los montañeses tuviesen sus armas las que ellos usan, y viesen divididos los cristianos, alegres por la división, pensaron de ir a dar en Montenegro y matar a los que con él venían, y luego ir a donde estaba el capitán y hacer lo mismo; pues si salían con lo primero, les sería lo demás fácil de hacer; y así salieron a los nuestros, llenos los rostros y cuerpos (porque ellos andan desnudos) de la mixtura que ellos se ponen, que llamamos bija, que es como almagre, y de otra que tiene color amarilla, y otros se untaban con bija, que es como trementina (y a mí me han hecho bizmas con ella).

Parecían demonios y daban grandes alaridos a su uso, porque así pelean, arremetieron a los españoles, que aunque vieron tantos enemigos delante y que ellos eran tan pocos, no desmayaron, mas antes encomendándose a Dios y a su poderosa madre, echaron mano a sus espadas, e hirieron a los indios que podían alcanzar; diciéndoles Montenegro, su caudillo, que los tuviesen en poco. Los indios procuraban de los matar; tiraban de sus dardos contra ellos, no usaban allegarse mucho por miedo de las espadas. Un cristiano a quien llamaban Pedro Vizcaíno, después de haber muerto algunos indios y herido, le dieron tales heridas, que murió de ellas; y de un apretón que dieron mataron otros dos españoles y hirieron a otros. Los que quedaban se defendieron tan bien, que, espantados los indios que hombres humanos para tanto fuesen, mirando que por tres que ellos habían muerto les faltaban tantos de los suyos, tornaron entre ellos a tratar de dejar aquéllos y dar sobre los que habían quedado; porque a razón por quedar enfermos no habían ido con aquellos que tanto daño les habían hecho; sin lo cual eran los menos a los que querían ir, que no los que dejaban.

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