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Datos principales


Desarrollo


De lo que pasó en el puerto de Paita y cómo la armada se hizo a la vela para su viaje En cada puerto desconcierto, y porque siendo éste de los mejores de la costa del Perú se guardó el bueno para allí. La cólera del maese de campo, que no perdonaba a nadie, se atravesó en el vicario sobre cierta averiguación de sus oficios: hubo palabras entre los dos, y hubiera obras si no se hallara el adelantado presente, que lo estorbó; pero quedaron sentidos y poco amigos. También se empezaron embites entre el maese de campo y el capitán don Lorenzo, sobre chismes que llevó y trajo cierto soldado. El maese de campo dio un golpe con el bastón a una persona de consideración: él decía que no la conoció, pero la parte bien conocía un palo cuánto pesa. Hubo un poco de alboroto, desnudó el maese de campo su espada (que era presto en esto), y dio tras otro soldado que se había sentido del golpe del compañero, y huyendo éste le prendieron: incontinenti le quisieron castigar. Salió doña Isabel a pedirlo. Mostróse tan airoso el maese de campo, que echó el bastón en el suelo y se iba a embarcar: porque no se fuese le daba el adelantado facultad contra el preso. Salió en esto el piloto mayor, a quien el adelantado no quería oír, diciendo que aquél había puesto la mano en la barba, y que era género de motín. Suplicóle el piloto mayor, no obstante esto, que le oyese o despidiese, y si no quería, estimase la verdad con que acudía a su oficio; y que aquel hombre le habían traído por fuerza y no parecía justo le quitasen la honra.

Al fin con ruegos justos el adelantado le dio el preso libre. El maese de campo se había ido a tierra y luego envió por su ropa; mas mostrando el adelantado gana de que se quedase, intervinieron el almirante y el capitán don Lorenzo para que volviese a la nao. Parecióle al piloto mayor no ser cosa acertada ver los fines de tan desordenados principios, a cuya causa pidió al adelantado le dejase en tierra, y para esto le dio muchas razones que no le parecieron mal. Echóle los brazos al cuello el adelantado, diciendo que sólo un ángel podría llevar bien cuanto decía, que él pondría en todo buena orden y cierto remedio. Tornó el piloto mayor a instar por su licencia, pues a donde su persona estaba, que tan bien entendía el arte de navegar, podría bien excusarse. Mostróse el adelantado con mucha pena de lo que había oído decir, y con su sagacidad, muy blando y amigo le dijo palabras tan melosas que le obligaron a quedar. Embarcóse, y al pasar la barca, le dijeron los marineros: --¡Ah!, señor piloto mayor, muchas idas y venidas son éstas; seamos avisados de lo que piensa hacer, porque ninguno ha de quedar en esta nao aunque a todos cueste la vida. Saltando en tierra, el almirante, el teniente de Paita y otras personas de la armada se llegaron a él a porfiarle y él a dar su razón a todos. Llegó en esta sazón el maese de campo y en alta voz le dijo: --Ea, señor, que anda el diablo suelto entre nosotros por ver si puede impedir esta buena obra; vamos a lo que venimos y él váyase para quien es, que aunque le pese y más diligencias haga, habemos de llevar adelante tan cristiano pensamiento, y en esta jornada se ha de servir con muchas veras a Dios y al Rey.

Respondió a esto el piloto mayor: --Señor maese de campo, para todo eso ha de haber moderación y medios, y vuesa merced es muy manipresto en alzar el bastón, desnudar la espada y maltratar de palabra a la gente de mar, tan necesaria; y como yo conozco el daño, quisiera ver el remedio para cumplir con todas mis obligaciones. El maese de campo, más manso en tierra, respondió que no podía andar un maese de campo tan medido. Replicó el piloto mayor, que bien mirado y muy medido había de ser; que aún estaba en el Perú, y que la gente de mar los había de llevar a las islas y llegados a ellas habían de guardar las naos, y que si los agraviaban como hombres, podían hacer alguna burla pesada; que ellos habían de traer la nueva y llevar el socorro y decir bien de la tierra, o por vengarse, mal, aunque fuese buena. No se aquietaba con la razón el maese de campo, casado con su parecer, y así le respondió, que si los favorecía tanto, que no harían en la mar lo que les mandase; que él los había de hacer saltar más de paso, y que todo lo pasado había sido menester para que no se desbaratase la armada; y cada uno en su oficio parece bien y es orden. Y con esto y otras muchas cosas que allí se dijeron se cerró esta plática. Embarcáronse los dos, no muy conformes, y el adelantado recogió allí un hombre que le dio dos mil pesos por la plaza de sargento mayor, y con esto se acabó de despachar; embarcando mil y ochocientas botijas de agua, dando instrucciones de la orden que se había de guardar y de la navegación que se había de hacer.

Iban en la jornada trescientas y setenta y ocho personas por la lista: doscientas y ochenta que podían tomar armas; doscientos arcabuces y otras armas defensivas y ofensivas, de que tomó testimonio ante el teniente de Paita, para enviarle al Rey nuestro Señor, como lo hizo. La nao capitana se llamaba San Jerónimo: iba en ella el adelantado, su mujer, su cuñada y hermanos, los oficiales mayores y dos sacerdotes. El almiranta Santa Isabel: iba en ella el almirante Lope de Vega, dos capitanes y un sacerdote. La galeota, San Felipe: iba en ella el capitán Felipe Corzo, y sus oficiales y gente. La fragata, Santa Catalina: iba por el teniente capitán Alonso de Leyva. Puesto en todo lo dicho la orden referida, viernes diez y seis de junio, el adelantado mandó dar velas y seguir al Poniente el viaje de este puerto de Paita, que tiene de la parte del Sur cinco grados de latitud. Lo que se hizo fue decir, como es costumbre, todos: --Buen viaje nos dé Dios. Isla de la Magdalena.--Dadas velas, se fue navegando a la vuelta de les Sudoeste, tendido el estandarte Real y las banderas, tocando cajas y clarines y festejando todos a tan deseado día, como tenían aquél. Navegóse con vientos Sures y Sursuestes, que son los vientos del Perú, hasta que subimos a altura de nueve grados y medio, y de este punto se navegó al Oeste cuarta al Sudoeste, hasta en altura de catorce grados. De este paraje se navegó al Oeste cuarta del Noroeste, hasta veinte y uno. Se pesó el sol a medio día, y hecha su cuenta se halló diez grados cincuenta minutos; y a las cinco de la tarde se vio una isla al Noroeste cuarta del Norte, distancia de diez leguas.

El adelantado la puso nombre de la Magdalena, por ser víspera de su día. Entendióse ser la tierra que se buscaba, a cuya causa fue muy alegre para todos su vista, celebrando haber venido a popa, breve el tiempo, amigo el viento, bueno el pasto, y la gente en paz y sana y gustosa. Hiciéronse en el viaje quince casamientos, no se tratando de uno para otro día sino quién se casaría mañana: ya parecía a todos correr parejas con la buena fortuna, grandes las esperanzas, muchas las cuentas y ninguna del bien de los naturales. Dijo el adelantado al vicario y capellán que con toda la gente de rodillas cantasen el Tedéum laudamus, y que diesen gracias a Dios por la merced de la tierra; lo cual se hizo con gran devoción. El siguiente día, con duda si aquella isla era poblada, se pusieron las naves al Sur de ella y muy cerca de tierra, y de un puerto que está junto a un cerro o picacho que queda a la parte del Leste, salieron setenta canoas pequeñas, no todas iguales, hechas de un palo, con unos contrapesos de cañas por cada bordo, al modo de postigos de galeras, que llegan hasta el agua en que escoran para no trastornarse, y bogando todos sus canaletes. En cada una los menos que habían eran tres y en la que más diez, unos a nado y otros sobre palos, como cuatrocientos indios, casi blancos y de muy gentil talle, grandes, fornidos, membrudos, bueno el pie y la pierna, y manos con largos dedos; buenos ojos, boca y dientes, y las demás facciones; de carnes limpias, en que mostraban bien ser gente sana y fuerte: hasta en el hablar eran robustos.

Venían todos desnudos sin parte cubierta; los cuerpos y rostros todos muy labrados con un color azul, y dibujados algunos pescados y otras labores; los cabellos, como mujeres, muy crecidos y sueltos, algunos los traían torcidos y con ellos mismos dadas vueltas; eran muchos de ellos rubios y había lindos muchachos, que cierto para gente bárbara y desnuda era gusto el verlos, y había mucho de que alabar a su Criador. Entre los demás había un muchacho que parecía de diez años; venía con otros dos en una canoa bogando su canalete, los ojos puestos en la nao, su rostro que parecía de un ángel, aspecto y brío que prometía mucho, buena la color, no albo pero blanco, los cabellos como de una dama que se precia de ellos mucho: era todo tal, que puedo con razón decir, que en la vida tuve tanta pena como que tan bella criatura en parte de tal perdición se quedase. Venían los indios con mucha furia y priesa bogando sus canoas, y mostrando con los dedos su puerto y tierra, hablaban alto y usaban mucho decir atalut y analut. Esperaron nuestras naos, y llegados, nos dieron cocos y cierta casta de nueces, una comida como masa envuelta en hojas, buenos plátanos y unos grandes cañutos de agua; miraban la nao y gente y a las mujeres, que a verlos habían salido al corredor, a quienes con afición miraban y se reían mucho de verlas. Alcanzaron de la nao uno con la mano y con halagos le metieron dentro: vistióle el adelantado una camisa, poniendo en la cabeza un sombrero, que viéndose así se reía y remiraba dando voces a los demás, con las cuales entraron cuarenta, junto a quien los españoles parecían de marca pequeña: entre ellos había uno que era más alto, lo que hay de hombros a cabeza, que el mayor hombre nuestro que había, con haber uno bien alto.

Comenzaron a andar por la nao con gran desenvoltura, echando mano a cuanto podían aver, y muchos de ellos tentaban los brazos a los soldados, tocaban con los dedos en muchas partes, miraban las barbas y rostros y hacían otras monerías; y como veían vestidos y tantos colores, mostrábanse confusos, mas los soldados por satisfacerlos se desnudaban los pechos, bajaban las medias y arremangaban los brazos, con que mostraban aquietarse y holgarse mucho. El adelantado y algunos soldados les dieron camisas, sombreros y otras cosas menudas, que luego colgaban al cuello, danzaban y cantaban a su usanza, y con grandes voces llamaban a los otros, mostrando lo que habían recibido. Empezaron a mostrarse importunos, y enfadado el adelantado de sus demasías, les decía por señas que se fuesen; pero ellos no querían, mas antes con más libertad echaban mano a cuanto veían: unos cortaban con cuchillos de cañas brevemente pedazos de nuestro tocino y carne, y queriendo llevar otras cosas, el adelantado mandó disparar un verso, que como lo sintieron y oyeron, con mucho espanto, sin quedar ninguno en la nao, se echaron todos al agua y nadando se entraron en sus canoas. Quedó sólo uno colgado en las mesas mayores de guarnición y nunca lo pudieron hacer desaferrar, hasta que cierta persona con la espada le hirió en una mano, que mostraba a los demás que en una canoa lo llevaron. En este tiempo ataron una cuerda al bauprés de la nao, y bogando tiraban por ella a tierra pensando la habían de llevar.

Con la herida del indio se alborotaron todos, a quienes ponía en orden un indio que traía un quitasol de palmas. Entre ellos había un viejo, de una larga y bien puesta barba, que hacía notables fierezas con los ojos, ponía ambas manos en la barba, alzaba los mostachos, estaba en pie y daba voces mirando por muchas partes. Tocáronse caracoles y dando con los canaletes en las canoas se embravecían todos; algunos sacando lanzas de palo que traían arrizadas y otros con piedras en hondas, que no traían otras armas: con buen ánimo empezaron a tirar piedras con que hirieron a un soldado, pero primero había dado en el bordo de la nao, y los de las lanzas, blandiéndolas, hacían acometimientos para tirar con ellas. Los soldados con sus arcabuces apuntaban, y como había llovido, no tomaba fuego la pólvora, fue de ver el ruido y grita con que los indios llegaban y cómo algunos, cuando veían apuntar, se ponían colgados de las canoas dentro en el agua o detrás de otros indios. Pero al viejo de las bravuras se te dio un pelotazo por la frente de que cayó muerto, y otros siete u ocho con él y algunos heridos, se fueron quedando y nuestros navíos andando; y luego vinieron en una canoa dando voces tres indios, el uno traía un ramo verde y una cosa blanca en la mano y parecía ser señal de paz: parece que decía que fuesen a su puerto; mas no se hizo, y así se volvieron dejando unos cocos. Tendrá esta isla de boj al parecer diez leguas, en todo lo que de ella vimos. Limpia y tajada a la mar, alta y montuosa por las quebradas, que es a donde los indios viven; tiene el puerto a la parte del Sur; está en altura de diez grados y mil leguas de Lima: hay en ella mucha gente, porque demás de la que en las canoas vino, estaban la playa y peñas llenas de ella. Desconocióla el adelantado, y así desengañado dijo no ser las Islas en cuya demanda venía, sino descubrimiento nuevo.

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