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Datos principales


Desarrollo


CAPITULO V Parte Morgan del castillo de Chagre, acompañado de mil y doscientos hombres, con designio de ir a tomar la ciudad de Panamá En diez y ocho de enero del año de 1670 partió Morgan del castillo de Chagre con mil y doscientos hombres, cinco barcos con artillería y treinta y dos canoas llenas de dicha gente, enderezando su curso río arriba para la ciudad de Panamá. Caminaron aquel día seis leguas y llegaron a una plaza llamada de los Bracos, donde un partido de su gente salieron para dormir algunas horas y extenderse un poco, pues en las canoas venían muy encogidos; y después ver si en las plantaciones podían hallar algunas vituallas, que no les fue posible descubrir por haber, los españoles, huido (y) llevándose consigo cuantas tenían. De tal modo se vieron sin que comer, que les fue forzoso de pasarse, por entonces, con una pipa de tabaco para su recreo y refocilación. El siguiente día, segundo de su viaje, le comenzaron muy de mañana y llegaron al anochecer a un lugar llamado Cruz de Juan Gallego, donde les fue forzoso (de) dejar sus barcas y canoas a causa que la ribera estaba muy seca por falta de lluvia y de los impedimentos de muchos árboles que en ella estaban caídos. Las guías dijeron que dos leguas más arriba era muy cómodo para poder seguir el camino por tierra, y así dejaron alguna gente, que en todos eran 160 hombres, sobre los barcos, para que los guardasen y sirviesen de refugio. Pusieron el día siguiente todos los demás en tierra y, a los que quedaron, mandaron, con gravísimos rigores, no saltase ninguno fuera a fin de impedir el no ser reconocidos por los españoles que pudiesen estar en las emboscadas de selvas espesísimas, que cerca de ellos se veían de tal modo que casi no se podían atravesar.

Vieron que todos aquellos contornos eran llenos de cenagales y así, aunque trabajosamente, dispuso Morgan transportar parte de sus compañeros en canoas hacia una plaza llamada Cedro bueno y después volver por el resto como lo ejecutaron, hallándose todos en dicho lugar al anochecer. Deseaban los piratas encontrar españoles o indios, esperando llenar sus vientres de mantenimientos que, con ellos, por fortuna tendrían, pues estaban reducidos casi a una extrema hambre. Marchaban los piratas el cuarto día con la mayor parte de su gente, conducidos por una guía, los otros subieron más arriba con canoas, dirigidos por el gobierno de otra guía que iba siempre delante con dos de ellas, a fin de reconocer, de una y otra parte, las emboscadas de los españoles, los cuales tenían también espiones que eran diestros y los podían, de ordinario, preadverir de los casos y llegada de piratas seis horas antes que llegasen a emparejar. Cerca del mediodía se hallaron próximos a un puesto llamado Torna Caballos, donde el guía de las canoas comenzó a gritar diciendo, descubría una emboscada. Dióles notable alegría a los piratas, creyendo hallarían algún mantenimiento con que saciar parte de la hambre que tenían y, así, no perdieron tiempo, corriendo como que primero buscando los es-pañoles y entre ellos algún refresco a causa de la extrema necesidad en que se veían; pero habiendo llegado, hallaron sin persona dicho puesto, de donde habían escapado los que antes estaban, que no dejaron otra cosa que una cantidad de sacos de cuero todos vacíos y algunas migajas desmenuzadas del pan que tuvieron.

Abatieron unas pequeñuelas chozas que los españoles habían hecho y después se vieron obligados a comerse los mismos sacos que hallaron por dar algo al fermento de sus estómagos, siendo tan acerbo que les comía las entrañas, sin tener otra materia a envolverse. Hicieron gran banquete de dichos pellejos, y les hubiera sido más sabrosa si no peleasen entre sí, disputando cuál tendría mayor porción. Coligieron podrían haber estado en aquella emboscada 500 españoles, a quienes desea-ban aún encontrar para comerse algunos, que habrían asado o sancochado, como tres y dos son cinco. Después que tenían ya los cueros, parte en el estómago y parte digerido en sus vientres, dejaron el puesto y marcharon más adelante hasta llegar, al anochecer, a una plaza llamada Torna Muni, donde hallaron otra emboscada, pero desierta como la otra; y de tal modo que, aún en los bosques vecinos, no hallaron cosa chica ni grande que comer, habiendo estado tan próbidos los españoles, que no dejaron rastro de mantenimiento donde estuvieron; y así se veían los piratas en una extremidad, teniéndose por dichoso el que había guardado y reservado algún pedazo de los cueros sobredichos, que cenó y tras él bebió un buen golpe de agua, que le refrescaba las tripas. Algunos que jamás salieron de las cocinas de sus madres dirán: ¿cómo los piratas podían mascar, tragar, y digerir un pedazo de cuero tan seco y árido? A que les respondo, salgan un poco a experimentar qué cosa es hambre y hallarán el modo en su propia necesidad, como le hallaron los piratas, que cogían dicho cuero en pedazos y le metían entre dos piedras, (y) le refregaban y batían, mojándole con agua del río, hasta que le reducían en consistencia suave y batían, y desarraigándole el pelo, asaban los pedazos en hogueras que encendían, y así aderezado le hacían menudas piezas, que engullían ayudados de buenos tragos de agua, que tenían cerca por buena fortuna.

Continuaron la marcha, la quinta jornada, y al mediodía llegaron a un lugar o puesto llamado Barbacoa, donde hallaron señales de haber estado otra emboscada, pero tan desproveído el puesto como los dos precedentes, aunque alrededor se veían algunos plantíos que escudriñaron, y en ellos no pudieron encontrar persona, ni animal, ni otra cosa que les pudiese aliviar su extrema y rabiosa hambre. Final-mente, después que hubieron buscado y rebuscado largo tiempo, hallaron una gruta que parecía estar nuevamente picada, en la cual hallaron dos sacos llenos de flor, trigo semejantes cosas; junto con dos grandes botijas de vino y ciertos frutos que llaman plátanos. Sabiendo Morgan que algunos de su gente estaban en extremidad de la vida por hambre que padecían, y temiendo que la mayor parte no muriesen del mismo efecto, hizo repartir todo lo que hallaron a los que mayor necesidad tenían; con que, habiéndose algo refrescado, comenzaron de nuevo a marchar con más ánimo, y a los que no podían, por causa de flaqueza, pusieron dentro de las canoas y salieron a tierra aquellos que antes en ellas estaban; y así prosiguieron el viaje hasta la noche bien tarde, que hallaron un plantío donde quedaron sin comer cosa alguna, porque los españoles habían (como en las partes precedentes) barrido con todo, sin dejar, ni aún, señales de provisiones. Prosiguieron su jornada el sexto día, unos por el bosque y otros en las canoas, aunque les era necesario continuamente reposarse, a causa de las grandes incomodidades del camino y de la flaqueza en que se hallaban, a la cual procuraban fortificar comiendo algunas hojas de árboles y de las simientes que podían hallar, de suerte que se veían en un miserable estado.

Llegaron al mediodía a un plantío, en el cual hallaron una casa llena de maíz; derribaron las puertas y tomaron de ello cuanto podían comer así seco, y después repartieron grande cantidad, dando a cada uno su porción, y de este modo proveídos, continuaron la marcha, en la cual una hora después de recomenzada les fue descubierta una emboscada de indios; arrojaron con presteza todo su maíz, porque no les sirviese de embarazo, con la esperanza de hallar todas cosas en abundancia, pero halláronse engañados, no encontrando ni indios, ni víveres, ni otra cosa de lo que se habían imaginado. Vieron, no obstante, de la otra parte del río una tropa de cien indios, los cuales escaparon valiéndoles sus agilísimos pies; algunos piratas se echaron a nado para ver si podían coger parte de dichos indios, mas en vano, porque pudiendo correr más velozmente que ellos, se burlaron, dejándolos de la galla y después de haber muerto dos o tres piratas con sus flechas, gritando desde lejos: ¡ah, perros, a la Sabana, a la Sabana! No pudiendo los piratas avanzar más aquel día, por causa que les era necesario a todos pasar de la otra parte del río para proseguir el viaje, quedaron aquella noche reposando, si bien el sueño no les era pesado, pues murmuraban entre sí queriéndose algunos volver y otros morir; mas otros, que tenían mayor ánimo, se burlaban de su poco coraje. Tenían una guía que los confortaba diciendo: no pasará largo tiempo sin que hallemos gente, sobre quien tendremos algunas ventajas.

Limpiaron sus armas el séptimo día, y cada uno disparó un tiro sin bala a fin de examinar la seguridad de sus mosquetes y si no les faltarían cuando hallasen enemigos. Pasaron después con sus canoas la otra parte del río, dejando el puesto donde quedaron la noche precedente, el cual se llama Santa Cruz. Continuaron el camino hasta el mediodía que llegaron a una aldea que nombran Cruz, donde descubrían desde lejos las humaredas de las chimeneas, lo cual les daba la esperanza de hallar gente y, después, por un lado lo que deseaban, conviene a saber: comida en abundancia, argumentando sobre señales exteriores fundadas en el aire, porque decían que el humo sale de todas las casas, luego hacen grandes fuegos para asar y cocer lo que hemos de comer. Llegaron muy presurosos y no hallaron persona, ni cosa con que poder resistirse; si bien buenos fuegos para calentarse, pues los mismos españoles, antes que se ausentasen, pegaron fuego a sus mismas casas, excepto los almacenes y caballerizas del rey. No dejaron tampoco bestia alguna, ni viva, ni muerta, si bien se hallaron confusos, no teniendo a que echar mano sino de unos pocos de puercos, los cuales mataron y comieron con grande apetito. En los almacenes reales (por buena fortuna) encontraron quince o diez y seis botijas llenas de vino del Perú y un saco de cuero de pan cocido; luego que comenzaron a beber de dicho vino, cayeron casi todos enfermos; mas la causa verdadera fue la inopia de mantenimientos de que habían carecido en todo el discurso del viaje y las porquerías que en él comieron.

No sabían de dónde resultaban tales accidentes, atribuyéndolo algunos al vino, que creían estaba envenenado; todo lo cual (les) fue causa de quedarse aquel día en la dicha aldea, que está situada en la altura de 9 grados y 2 minutos, latitud septentrional; apartada del río de Chagre 16 leguas españolas y 8 de Panamá. Este es el último lugar hasta el cual se puede llegar con barco, por cuya razón hicieron almacenes donde pudiesen guardar las mercadurías que vienen a buscar de Panamá con recuas de mulos. Fuele allí forzoso a Morgan dejar sus canoas y poner la gente en tierra, tomando resolución de volverlas a enviar a donde estaban los navíos; excepto una, que hizo esconder, para que le sirviese de enviar avisos, según las ocasiones más a propósito. Muchos españoles e indios de los contornos se refugiaron en plantíos circunvecinos y, temiendo los piratas algún asalto al improviso, dio Morgan orden que no saliesen de la aldea, sino es de ciento en ciento, por evitar la ventaja de sus enemigos; aunque una parte de ingleses no dejó de contravenir a las órdenes, siendo la causa el querer buscar qué comer; con que a los inobedientes les sucedió que sobre ellos vinieron con furor intrépido algunos españoles e indios, los cuales agarraron a un pirata, no bastándole a Morgan la vigilante guardia y cuidado de prevenir lo futuro, por su buena dirección y consejos. Envió Morgan el octavo día 200 hombres adelante para reconocer el camino de Panamá y especular si los españoles tenían en él emboscadas; considerando que los puestos por donde debía pasar y las ocasiones eran para temerlo; siendo el camino tan estrecho que no podían desfilar más que doce personas a la par y algunas veces no tantos.

Hacía diez horas que los piratas marchaban, cuando llegaron a un puesto llamado Quebrada Obscura, desde donde les tiraron tres o cuatro mil flechazos, sin que pudiesen ver gente alguna, ni de qué parte les venía el tiro. El lugar desde donde tiraban era una montaña que está horadada de parte a parte, en la cual hay una gruta que la atraviesa por donde no puede pasar más que un jumento cargado. Causóles grande alarma a los piratas, viendo tanta multitud de saetas sin poder descubrir la parte de dónde las descargaban. Finalmente se entraron por el bosque, después que percibieron a algunos indios que corrían tanto que les era posible (para) tomar aún otro puesto ventajoso y en él observar la llegada de piratas. Quedó no obstante una tropa de indios con designio firme de defenderse y lo hicieron hasta tanto que su capitán fue de tal modo herido que cayó en tierra; y aunque el ánimo (en aquel estado) le era mayor que sus fuerzas, procuró levantarse y con intrépida valentía echó mano a su azagaya, y tiró un tajo a un pirata, pero antes de efectuarlo segunda vez, le dieron un pistoletazo de que murió con otros de sus secuaces, que le acompañaron como buenos soldados hasta perder la vida por la defensa de la patria. Procuraban los piratas con todo encono agarrar indios; pero siendo más ágiles en la carrera que ellos se escaparon dejando muertos ocho piratas y diez heridos: y, si los indios hubiesen estado más diestros, no habrían dejado pasar un solo hombre por aquella parte.

Poco tiempo después llegaron a una grande campaña llena y cubierta de matizados prados y, desde ella, descubrieron a lo lejos algunos indios que estaban encima de una montaña, muy cerca del camino que debían pasar. Enviaron una tropa de cincuenta hombres, los más hábiles, para ver si podían hacer presa en alguno de ellos y forzarlos a declarar dónde tenían sus moradas los demás camaradas; salióles en vano el intento, porque los indios se escaparon y se descubrieron en otro puesto gritando: -A la Sábana, a la Sábana: cornudos perros ingleses. Entretanto hicieron emplastar los diez heridos que arriba dijimos. En este puesto había un bosque y a los dos lados, en cada uno, una montaña; los indios ocupaban la una y a la otra subieron los piratas. Creía Morgan que en la selva había emboscada y así envió 200 hombres para reconocerla. Los españoles e indios, viendo los piratas descender de la montaña, hicieron lo mismo con semblante de quererles dar un ataque; pero luego que se encubrieron de la vista de piratas se escondieron en el bosque, dejándoles el paso abierto. Cerca del anochecer una lluvia les sobrevino, con que los piratas caminaron buscando casas para preservar el que sus armas no se mojasen, mas los indios habían quemado todas las del contorno y transportado los ganados a lugares remotos, a fin que los piratas, no hallando albergue ni mantenimientos, se viesen obligados a volver la grupa, los cuales, no obstante, hallaron unas pequeñas chozas, pero nada que comer.

No pudiéndose todos guarecer en las cabañas, pusieron de cada compañía un cierto número de hombres que guardaron las armas de todo el ejército. Pasaron muy mal la noche los que quedaron en campaña, porque la lluvia permaneció hasta la mañana. Al alba del siguiente día que era el noveno, Morgan comenzó a continuar la marcha mientras duraba la fresca matutina, siéndoles más favorable lo opaco de las nubes que la claridad de los rayos solares a causa que el camino que seguían era penosísimo, más que todo el precedente. Dos horas después distinguieron una tropa de veinte españoles que observaban los movimientos de piratas, que procuraban agarrar a algunos y no pudieron a causa que los otros se escondían en cavernas que a ellos les eran incógnitas. Finalmente, subieron a una alta montaña, desde la cual descubrieron la mar del Sur, donde vieron un navío y seis barcas que habían salido de Panamá y se encaminaban a las Islas de Tovago, y Tovaguilla; causóles grande alegría y descendieron a un valle, en el cual hallaron grande cantidad de animales cuadrúpedos del que cogieron buen número; y mientras los unos se empleaban en esta caza, los otros encendieron fuego en muchas partes para asar carnes; traían algunos un toro; otros una vaca, un caballo, y los más, cargaban carnes de borricos, todas las cuales cortaban en piezas convenientes y las echaban sobre las llamas y, chamuscadas, se las comían; de modo que la sangre les corría por la barba hasta el pecho.

Saciados ya en este opulento banquete, mandó Morgan continuar la marcha y dispuso precediesen a la larga cincuenta hombres con intención de que hiciesen algunos prisioneros; estando en grande pena por no encontrar a persona alguna que les pudiese declarar el estado y fuerzas de los españoles. Cerca de la noche descubrieron una tropa de 200 hombres que gritaban contra los piratas, pero no los podían entender. Poco después vieron (por la primera vez) la torre más alta de Panamá, y comenzaron a dar muestras de una extrema alegría echando los sombreros al aire, del mismo modo que si ya hubiesen conseguido la victoria de sus últimos designios. No hubo trompeta que resonase, ni tambor que se dejase entender en aquellos contornos. Camparon aquella noche con regocijo común, aguardando con impaciencia la aurora, en cuyo tiempo determinaron dar el ataque a la ciudad, de donde salieron cincuenta de a caballo cuando oyeron las resonancias de trompetas y tambores de los piratas, cerca de los cuales llegaron, casi a tiro de mosquete, precedidos también de una trompeta que sonaba maravillosamente. Gritaban, los tales de a caballo, contra los enemigos, y se la juraban diciendo: ¡Perros! Nos veremos. Y después de hecha esta amenaza, se volvieron a la reserva de siete u ocho que permanecieron en los contornos para ver los movimientos de los piratas, contra los cuales, desde la ciudad, dispararon toda la noche gruesa y repetida artillería. Los 200 hombres que los piratas habían visto, volvieron a su presencia haciendo semblante de querer atajar el camino porque no se les escapasen los huéspedes; mas, en lugar de atemorizarse los cercados, luego que pusieron guardias alrededor de su ejército (si así es lícito llamarle) comenzó cada uno a desenvolver su mochila y, sin prevención de servilleta ni plato, comenzaron a dos manos a comer el residuo de carnes de toros y caballos con que se hallaban del precedente banquete y se echaron a dormir sobre la hierba, con grandísimo reposo y satisfacción, aguardando con impaciencia los crepúsculos de la aurora siguiente.

El décimo día pusieron toda la gente en orden conveniente y al son de tambores prosiguieron la marcha derechamente a la ciudad; pero uno de los que guiaban dijo a Morgan no tomase el gran camino porque creía hallarían en él grande resistencia de emboscadas; hallólo a propósito el conductor y así escogió otro camino que penetraba en el bosque aunque era muy difícil y penoso. Viendo, pues, los españoles que caminaban los piratas por parte que no habían creído, se hallaron obligados a dejar sus fortalezas y venirse al encuentro de sus enemigos. El general de españoles puso sus tropas en orden, consistiendo en dos escuadrones, cuatro batallones de infantería y un muy grande número de bravos toros que muchísimos indios habían conducido con algunos negros y otros a este fin. Hallábanse los piratas en un collado desde donde podían ver a lo largo y, descubriendo la fuerzas de los de Panamá, temieron, de modo que cada uno deseaba hallarse libre de la obligación que ya tenían de acometer o morir; con que siéndoles preciso hacer de la necesidad virtud resolvieron de pelear o quedar en la estacada, sabiendo que de otra suerte no había cuartel para ellos; y así se determinaron a perder hasta la última gota de su sangre. Separáronse después en tres batallones, enviando delante una tropa de 200 bucaniers, los cuales son muy diestros a tirar con armas de fuego. Dejaron los piratas el collado y, descendiendo, marcharon rectos contra los españoles que estaban en un buen campo apostados, esperando su buena llegada; cuando los enemigos se acercaban comenzaron a vocear los de allá: ¡Viva el Rey! E inmediatamente su caballería se destajó contra los piratas, pero como hay en la campaña muchos lodazales no podían escaramuzear como quisieron.

Los 200 bucaniers hincaron una rodilla en tierra y dispararon sobre ellos, con que se encendió una grande batalla, en cuya ocasión se defendieron valerosamente haciendo lo posible para poner a los piratas en desorden; y así la infantería tuvo designio de secundar a la caballería, mas los enemigos la hicieron separar; con que viendo la imposibilidad, procuraron ahuyentar los toros por detrás de los piratas, pero huyóseles la mayor parte y, los que atravesaron, no hicieron más daño que romper algunas banderas inglesas y los piratas arcabuceándolos no dejaron alguno en todo su contorno. Pasadas dos horas en el combate, hallaron que la mayor parte de la caballería española estaba arruinada y casi todos muertos y el resto se escaparon, que visto por la infantería, y que no hallaban medio para vencerlos, disparaban las cargas que sus mosquetes tenían y los arrojaron en tierra huyéndose cada uno lo mejor que pudo. Fuéles imposible a los piratas el seguirlos por estar cansados del largo camino que acababan de hacer; muchos que no pudieron volverse a donde hubieran querido, se escondieron entre lo espeso de las matas que están a las orillas de la ribera, pero, bien infelizmente, a causa que los piratas hallándolos en muy breve espacio, fueron muertos sin acordar cuartel a persona de entre ellos, como si fuesen bestias campesinas. Trajeron mucho número de religiosos prisioneros a la presencia de Morgan, el cual sin querer dar oídos a sus ruegos y suspirosas lamentaciones, les hizo matar todos a pistoletazos.

Condujeron después a un capitán que estaba herido en el combate y Morgan le hizo examinar sobre diversidad de cosas, preguntándole en qué consistían las fuerzas de los de Panamá; a que respondió se fundaban y tenían sus esperanzas en 400 de a caballo; 24 compañías de infantería, cada una de 100 hombres; 60 indios y algunos negros, que conducían dos mil toros para espantarlos sobre los ingleses y después arruinarlos totalmente. Descubrió aún como en la ciudad habían hecho trincheras en diversas partes, en todas las cuales plantaron artillería y que a la entrada del camino habían hecho una fortaleza donde estaban asentadas ocho piezas de artillería de bronce, y guarneciéndola con 50 hombres. Dio Morgan orden al instante de tomar otro camino e hizo revista de toda su gente, de los cuales hallaron muertos y heridos más que creían y que era número considerable. De los españoles contaron más de 600 muertos en la campaña, además de los heridos y prisioneros. No desmayaron los piratas aunque se veían en menos número, antes bien, considerando la grande ventaja que obtuvieron sobre sus enemigos estaban hinchados de orgullo y desde que se hubieron reposado un poco, esforzadamente se prepararon para ir a la ciudad, jurando el general de pelear hasta que el último de ellos fuese perdido, y así caminaron briosos a la conquista, llevándose consigo todos los prisioneros. Hallaron grande dificultad en la llegada a la ciudad, porque dentro de ella habían plantado gruesa artillería en diversos cuarteles; alguna cargada de pedazos de hierro y otra de balas de mosquete, con todo lo cual saludaron a los piratas, de que resultó el matar a muchos de ellos, mas ni por eso dejaron de avanzar entre los manifiestos peligros en que se hallaban y, aunque asiduamente disparaban, no obstante, los españoles se vieron forzados a entregar la ciudad en el término de tres horas de combate; y hechos posesores los piratas, mataron y destrozaron a cuantos se querían defender.

Los habitantes habían ya hecho transportar todos sus mejores bienes a partes más ocultas, aunque se hallaron diversos almacenes bien provistos de toda suerte de mercaderías, tanto sedas y paños, como de lienzos y otras cosas de importancia. Cuando la primera furia fue pasada, Morgan ordenó se juntase toda su gente en cierto puesto que asignó, y allí mandó, debajo de graves penas, que ninguno de los suyos osase gustar ni beber vino, porque había oído decir que los españoles lo habían envenenado; y, lo que más se debe creer es, usó de esta prudente ordenanza a fin de impedir que sus compañeros no se emborrachasen, temiendo que la nación española se picaría y juntaría grande número de personas para venir a tratar a Morgan, como él había hecho con los de Panamá.

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