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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO V Máquina del daguerrotipo. --Convertímonos en retratistas de señoras. --Preparativos. --Principio con el retrato de una bella señorita. --Preliminares. --Capítulo de contingencias. --Éxito del primer experimento. --Continuación del buen éxito de nuestros experimentos. --Cambio de fortuna. --Total abandono de esta clase de negocios. --Incidente. --Ejercicio de la cirugía. --Operación del estrabismo. --Particularidades. --Primer operado. --Gran reunión de bizcos. --Paciente pesado. --Un pequeño héroe. --Ejemplo extraordinario de fortaleza. --Un militar operado. --Una mujer operada. --Abandono de la práctica de la cirugía. --Instabilidad de la fama Pero el lector debe estar en que ya no era nuestro único negocio en Mérida la investigación de antigüedades; y que tuvimos entre manos otros asuntos en que emplearnos. Trajimos con nosotros un daguerrotipo, del cual sólo había aparecido en Yucatán anteriormente una mala muestra. Desde entonces se habían hecho grandes mejoras en el instrumento, y teníamos motivo para creer que el nuestro era uno de los más acabados. Habiendo adquirido la certeza de que nosotros tendríamos bastante que hacer en esa línea, nos resolvimos a ser retratistas de señoras en el daguerrotipo. Era una cosa enteramente nueva para nosotros y algo atrevida en verdad, aunque no peor que la de un gacetero convirtiéndose en capitán de un vapor; y, además no siendo asunto de bancos, no había temor de perjudicar a persona alguna con una quiebra.

Habiendo hecho, hasta cansarnos, algunos ensayos entre nosotros mismos, y siempre con buen resultado, nos consideramos suficientemente instruidos para poner manos a la obra; y como sólo intentábamos practicar por afición y no por lucro, nos consideramos con derecho de escoger nuestros originales. En esta virtud no hicimos más que significar nuestro deseo, y a la mañana próxima preparamos la casa para recibir a nuestras bellas visitantes. Despejamos la sala de las hamacas, quitamos el aguamanil del asiento en que estaba, arrinconamos todos los trastos, y tan pronto como el sol comenzó a calentar regularmente, se hizo más brillante nuestra puerta con la entrada de tres señoritas, acompañadas de sus respectivos papás y mamás. En apuros nos vimos para ofrecer asientos a todos, y al cabo nos vimos precisados a colocar juntas en una hamaca a dos de las mamás. Las señoritas estaban vestidas con su más bello traje, llevaban pendientes y cadenas y adornado el cabello de flores. Todas ellas eran bonitas, y una era mucho más que bonita, no al estilo de la belleza española, con ojos y cabello negros, sino con una delicada, simple, natural y nada afectada belleza, que poseía sin conocerlo y como sin poderlo evitar. También su nombre era poético. Véome obligado a hacer de ella especial mención, porque la noche de nuestra salida de Mérida nos envió un gran pastel como de tres pies de circunferencia y seis pulgadas de espesor y que, sea dicho de paso, estando ya todo empaquetado, tuve que aplastarlo e introducirlo en un par de cojinillos, con lo cual se inutilizó parte de mi escasa ropa.

Terminadas las ceremonias de recepción, hicimos los preparativos inmediatos para comenzar. Necesitábamos de muchas formalidades para estos preliminares, y, como nadie nos daba prisa, esas formalidades tardaron más de lo usual. Nuestro primer objeto era la señorita del nombre poético. Fue necesario tener una consulta acerca de sus adornos, si eran o no propios los colores para ser reproducidos en la máquina; si sería preferible un lazo en el cuello; si el cabello estaba bien arreglado o las flores en no muy buena posición; y otras varias cosas en fin, que ya puede figurarse el lector, y que, ocupando mucha parte de nuestro tiempo, produjeron algunas profundas observaciones con relación al efecto artístico. Estando ya aderezada la señorita del modo que se creyó mejor, fue necesario colocarla en el punto preciso de sombra y luz, examinar cuidadosamente la posición de ésta sobre sus formas; de allí consultar si sería mejor sacar el retrato de perfil o de frente, observar con atención la cabeza en ambas posiciones, y, por último, fijarla en la más recta, de manera que no quedase ni muy alta ni muy baja, ni más echada de un lado que de otro. Y, como todo esto exigía la más exacta precisión, fue indispensable que nuestras manos anduviesen girando por aquella preciosa cabeza, lo cual, sin embargo, se hacía de una manera inocente y respetuosa. Seguíase después a colocar a la señorita en el foco, esto es, obtener la reflexión de sus facciones en el espejo de la cámara oscura en la mejor posición posible; y, cuando se consiguió esto, la pequeña semejanza o retrato del objeto estaba tan fielmente reflejado, que nos vimos obligados, a guisa de entusiasmados artistas, a llamar a los papás y mamás para verlo; y decidieron que era bello; con cuya sentencia nos obligó la cortesía a conformarnos.

Pulida ya la plancha, la colocamos en la caja, dejándola encerrada. Éste era el tiempo de prueba para la señorita, quien no debía abrir los labios, ni menear los ojos por espacio de un minuto y medio. Concluyó al fin esta eternidad, y se removió la plancha. Hasta allí todos nuestros procedimientos habían sido públicos. Cada nueva formalidad había aumentado nuestra importancia a la vista de nuestras lindas visitantes y sus respetables compañeros. Mr. Catherwood se retiró a la pieza inmediata para meter la plancha en el baño mercurial, mientras que nosotros ignorando el resultado que podía tener la prueba y temiéndola algo, procurábamos hacer entender de la manera más distinta que Mr. Catherwood era el maestro y que nosotros sólo éramos aficionados, porque no deseábamos ni defraudar a otro el honor que pudiese caberle en la prueba, ni tampoco dejarnos arrastrar en su caída. Al mismo tiempo, para patrocinar la causa de Mr. Catherwood, nos aprovechamos de su ausencia para hacer comprender que el procedimiento en que estaba empeñado y su buen éxito dependían de tal variedad de pequeñas circunstancias, que no sería sorprendente que el retrato dejase de salir en claro. La plancha podía no ser buena o no muy limpia: también las preparaciones químicas podían no ser las mejores; la plancha podría haber permanecido poco o demasiado tiempo en la caja yodina, etc.; y, aunque todos estos procedimientos estuviesen arreglados, también podría sobrevenir alguna falta de omisión o comisión, de la cual no estuviésemos informados, además de que el clima y la atmósfera tenían gran influencia en el negocio, y podía frustrar el éxito de la operación.

Todas estas pequeñas sugestiones creímos necesario hacer, para prevenir un gran chasco, en caso de fallo en la prueba; y acaso nuestras lindas visitantes llegaron a sorprenderse algo de nuestra audacia al emprender tan dudosa experiencia, tomándolas a ellas por instrumento. Sin embargo, el resultado fue bastante para inducirnos en lo sucesivo a adoptar menos prudentes precauciones, porque la imagen de la joven señorita se estampó en la plancha, quedando ella encantada con la pintura y satisfecho el juicio crítico de sus amigos y admiradores. Nuestros experimentos sobre las otras señoras igualmente fueron completos en su éxito; y se nos gastó la mañana en tan agradable ocupación. Continuamos practicando algunos días más; y, como todas las pruebas que nos salían buenas circulaban extensamente, y nos reservábamos con cuidado las malas, se aumentó nuestra reputación, y una multitud de personas venían a retratarse. En tal estado de cosas suplicamos a algunos amigos, a quienes estábamos muy obligados, que nos permitiesen ir a sus casas para hacer sus retratos. A la mañana siguiente después de haber recibido su consentimiento, al toque de las nueve se metió Mr. Catherwood en una calesa rodeado de su complicado aparato y fue a apearse a la puerta de la casa de nuestros amigos, mientras que yo le había seguido a pie. Nuestra intención era retratar a toda la familia: tíos, tías, nietos, criados indios y a todos los que quisiesen; pero el hombre ha nacido para sufrir desengaños.

Quiero evitar al lector la repetición de nuestros infortunios de aquel día, porque esto sería aflictivo. Bastará decir, que probamos plancha tras plancha, una postura tras otra, cambiando de luz, de tiempo y todas las otras circunstancias del procedimiento, pero todo fue en vano. El inflexible instrumento parecía decidido a confundirnos; y, disimulando nuestra confusión del mejor modo que pudimos, recogimos las piezas de nuestro daguerrotipo y nos marchamos de prisa, nunca pudimos saber de cierto cuál había sido la causa de nuestra derrota; pero, de todos modos, nos resolvimos a dar punto a nuestros negocios como retratistas de señoras al daguerrotipo. Hubo un curioso incidente enlazado con nuestra corta carrera práctica. Entre los retratos que hicimos, existía el de cierta señora; y esa especie llegó al conocimiento de un caballero que, a la cuenta, estaba interesado por el bello original. El tal caballero nos era totalmente desconocido antes; pero vino a visitarnos, y recayó naturalmente la conversación sobre el arte que entonces profesábamos. Hablose del retrato de la señorita, y, después de haber fumado el tercer cigarrillo de paja, se descargó, en fin, del objeto especial de su visita, que era procurarse un retrato de dicha dama. Esto parecía bastante natural, y nos prestamos a su indicación, con tal que consiguiese traerla al efecto; pero él deseaba que ni ella, ni sus amigos tuviesen conocimiento del negocio. Ya esto era una dificultad, porque no era muy fácil tomarlo a hurtadillas, Por más fuerte que sea la impresión hecha por una joven señorita, a la simple vista, en algunas substancias, nada puede hacer en verdad en una plancha de plata, en que se necesita el auxilio del yodo y del mercurio.

Pero el joven era fértil en expedientes. Decía que era muy fácil inventar alguna excusa, prometiendo a la señorita un retrato más perfecto; y qu,e haciendo dos o tres ensayos, no sería difícil segregar una plancha para él. Ésta no era una mala sugestión ciertamente, al menos en lo que a él concernía; pero nosotros teníamos algunos escrúpulos de conciencia. Mientras estábamos deliberando, se introdujo una materia que llegaba tal vez al corazón del Dr. Cabot, tanto como la joven señorita al de nuestro nuevo amigo. Se trataba de un perro de caza, de que el doctor tenía suma necesidad. El caballero dijo que poseía uno, único que había en todo Mérida, y que lo daría por el retrato en cuestión. Era un tanto extravagante esta proposición; pero ofrecer un perro por el retrato de una querida no hay duda de que era cosa muy diferente de ofrecer el retrato de esta querida por un perro. Claro era que el joven estaba muy apurado: él habría apostado su vida, dejado de fumar, regalado su perro o cometido cualquier otra extravagancia. El caso era patético. El doctor estaba realmente interesado; y, después de todo, ¿qué mal habría en esto? El doctor y yo fuimos a ver el perro; pero resultó que era un cachorrillo enteramente indómito; y no sé cuál habría sido el resultado, si no se hubiesen roto las negociaciones por haber abandonado nuestra práctica, disgustados de nuestro oficio. No hay conexión ninguna ciertamente entre tomar retratos al daguerrotipo y practicar la cirugía; pero las circunstancias reunieron estrechamente estos dos diversos géneros de ocupaciones, y de la una pasamos a la otra.

Remota y aislada como es la ciudad de Mérida, siendo raras veces visitada de extranjeros, la fama de nuevos descubrimientos en las ciencias no llega allí sino tardíamente. De aquí es que nadie había oído hablar de la nueva operación de Mr. Guerin para curar el estrabismo. En nuestras conversaciones privadas habíamos hablado de esta operación, y para darla a conocer y extender sus beneficios comprometiose el doctor Cabot a hacerlas en Mérida, en donde el pueblo en general tiene muy buenos los ojos; pero bien sea porque nuestra atención se fijó más particularmente en ello, o porque así es en realidad, nos pareció que había allí más bizcos que en ninguna otra población. Por de contado que en Mérida, así como en cualquier otra parte, eso de tener los ojos torcidos no se reputa como una belleza; pero bien sea por falta de confianza en un extranjero, o por el poco aprecio que se hace de un médico que no pide ninguna paga por sus servicios, el hecho es que las miras filantrópicas del doctor no fueron debidamente consideradas. Al menos, ninguno se curó de ser el primero; y, como el doctor no tenía consigo ninguna muestra de su habilidad, tampoco podía producirla. Fijamos el día de nuestra partida, y la antevíspera fue invitado directamente el doctor para hacer una de esas operaciones. El paciente era un muchacho, y la demanda en su favor fue hecha por un caballero, que era individuo de una tertulia, que nosotros visitábamos habitualmente, y a quien deseábamos servir en cuanto pudiésemos.

Fijose la hora de las diez de la mañana siguiente. Después del almuerzo, preparamos nuestra sala para recibir a los concurrentes, y el doctor por primera vez se puso a examinar sus instrumentos. A este examen sobrevino algún recelo. Los instrumentos eran de una obra muy delicada, hechos en París, muy susceptibles a la influencia de la atmósfera; y en aquel clima era casi imposible preservar del orín ninguna cosa metálica. El doctor había colocado su caja instrumentaria dentro de su ropa en medio del baúl, y había tomado todas las precauciones posibles; pero, como sucede siempre en tales lances, el instrumento más indispensable estaba oxidado en la punta, y por lo mismo era absolutamente inútil. No había en toda la ciudad artífice alguno, ni otra persona competente, que pudiese arreglarlo,. Mr. Catherwood, sin embargo, sacó una vieja piedra de amolar que tenía, y entre él y el doctor procuraron limpiar el instrumento. A las diez en punto se presentó el paciente. Era hijo de una señora viuda, de familia muy respetable, como de catorce años de edad, de pequeña estatura y que presentaba desde la primera ojeada la figura de un caballerito. Tenía grandes ojos negros; pero su expresión estaba desgraciadamente neutralizada por el defecto de que adolecía. Con la frivolidad de la niñez, sin embargo, parecía indiferente a su personal apariencia; y vino, según decía, porque su madre le dijo que lo hiciese. Su buen personal y sus modestas y atractivas maneras nos hicieron tomar inmediatamente en su favor un decidido interés.

Venían en su compañía el caballero que nos habló de él: el doctor Vado, médico guatemalteco que se había educado en París y que era el más antiguo y principal de los médicos de Mérida, y otros varios de su familia a quienes nosotros no conocíamos. Al punto se comenzaron los preparativos. El primero fue acercar una mesa a la ventana, poner encima un colchón y almohada y sobre ellos hacer acostar al muchacho. Yo no tenía idea alguna del preciso carácter de aquel negocio, hasta que llegó el momento de operar, y no me pareció en verdad tan favorable como la práctica del daguerrotipo. No es mi objeto hablar aquí un lenguaje técnico; y sólo deseo hacer partícipe al lector de las migajas de instrucción que he podido coger al vuelo durante mis viajes. La moderna ciencia ha descubierto,que el ojo es retenido en su órbita por seis músculos que le dan movimiento en todas direcciones; y que la indebida contracción de cualesquiera de estos músculos produce la llamada bizquera, que se suponía proceder de convulsiones en la niñez u otras causas desconocidas. La curación descubierta consiste en cortar el músculo contraído, con lo cual el ojo viene a dar inmediatamente a su propio lugar. Estos músculos están bajo de la superficie; y, como es necesario, por consiguiente, pasar a través de una membrana del ojo, no puede ciertamente cortarse ni con una segur, ni con una sierra de mano. En efecto, se requerían un conocimiento especial de la anatomía del ojo, mucha destreza de manos, instrumentos muy delicados y a Mr.

Catherwood y a mí de practicantes. Nuestro paciente permaneció en perfecta quietud con los brazos cruzados sobre el pecho; pero, cuando el instrumento estaba cortando el músculo, lanzó un gemido tan angustiado, que hizo marcharse a la pieza inmediata a todos cuantos no estaban directamente empeñados en la operación. Pero, antes que se extinguiese el gemido que había lanzado, quedó concluida la operación, y el muchacho se incorporó con el ojo bañado en sangre, pero perfectamente derecho. Atósele una venda sobre él, y después de unas pocas direcciones para su tratamiento, con la misma sonrisa con que había entrado marchose el muchacho a ver a su madre en medio de los elogios y congratulaciones de todos los presentes. Las nuevas de esta maravilla circularon rápidamente; y, antes de que entrase la noche, ya el doctor Cabot había recibido numerosas y urgentes demandas para hacer la operación, y entre ellas una de un caballero a quien deseábamos hacer algún servicio; y que adolecía de aquel defecto en ambos ojos. En consideración suya, determinamos diferir nuestra partida un día más; y el doctor Cabot, saliendo de su primer propósito, anunció que haría la operación a todos cuantos se presentasen. En verdad que no nos empeñamos mucho en que circulase esta noticia; pero sin embargo, a la mañana siguiente, cuando volvimos de almorzar hallamos a nuestra puerta una reunión de muchachos bizcos, que juntamente con sus amigos y allegados presentaban una formidable apariencia y casi nos obstruían la entrada.

Apenas se abrió la puerta, cuando la turba hizo una irrupción dentro de la casa; y, como algunos de éstos del ojo oblicuo podían no acertar a distinguir bien entre lo mío y lo tuyo, vímonos obligados a hacerlos esperar en la calle. A las diez acercose la gran mesa a la ventana y pusimos sobre ella el colchón y la almohada; pero, como una multitud de curiosos se habían reunido alrededor de la ventana, tuvimos que colocar en ella una sábana. Habíamos dirigido invitaciones al doctor Vado, al doctor Muñoz y a todos los demás médicos que quisiesen venir; y, habiéndome encontrado la tarde anterior con el Gobernador, le supliqué también estuviese presente. Todos ellos nos honraron con su compañía, juntamente con una porción de personas que se invitaron e introdujeron a sí solas, en términos que apenas había lugar para moverse. El primero que se presentó a ser operado fue un mocetón como de veinte años, a quien jamás habíamos visto ni oído antes. No sabíamos quién era, ni de dónde venía; pero era bizco de la peor especie, y parecía de una constitución física capaz de soportar cualquier operación quirúrgica. Tan pronto como el doctor comenzó a cortar el músculo, a pesar de toda su robustez, nuestro fornido paciente dio algunas señales de inquietud, y al fin, con una rápida inclinación, tiró la cabeza de un lado, llevando en su movimiento el bisturí del doctor, y trincó fuertemente los ojos como si estuviese determinado a retener para siempre jamás el bisturí.

Afortunadamente el doctor soltó el instrumento, pues de otra suerte el ojo se hubiera vaciado. Sentose el paciente en esta disposición, con un ojo vendado y apretando con el otro el instrumento, que conservaba el mango de fuera. Probablemente en aquel instante habría preferido sacrificar todo su orgullo de personal apariencia, conservar su bizquera y volver a la vida con el bisturí en el ojo y el mango de fuera; pero el instrumento era de bastante valor en aquellas circunstancias para dejar que se perdiese. Muy interesante e instructivo habría sido en verdad saber a punto fijo cuál fuese la diferencia entre la serenidad del que lleva apretado un bisturí en el ojo y la del que, sin tenerlo, contempla semejante espectáculo. Todos los espectadores le echaban en cara su cobardía y falta de ánimo; y por último, después de una descarga de reproches, a que no se atrevió a responder, hubo de abrir el ojo y dejar caer el bisturí. Así acabó de empeorar el caso; porque, con pocos segundos más, la operación se hubiera concluido felizmente, mientras que ahora ya era preciso comenzarla de nuevo. Así que el músculo volvió a levantarse bajo de la cuchilla, me pareció percibir en la pupila del paciente cierta indicación de que iba a huir la cabeza otra vez; pero no fue así. Permaneció tranquilo; y con gran satisfacción de todos, aunque sin mucha simpatía a su favor, descendió de la mesa con el ojo bañado en sangre, pero derecho. Los muchachos le recibieron en la calle con tremenda rechifla y no volvimos a saber nada más de él.

La pieza estaba llena de gente, y, estando ya disgustado de la cirugía, deseaba seriamente que aquella exhibición curase a otros del deseo de sufrir la prueba; pero un mesticillo como de diez años de edad, que había estado presente a toda la operación anterior, atravesó la muchedumbre, nos dirigió una de sus oblicuas miradas sin hablar, pero expresando con ellas suficientemente cuál era su deseo. Gastaba el traje usual de los mestizos, camisa y calzoncillos de algodón y sombrero de paja; y parecía tan candoroso e inocente, que no le juzgamos capaz de tomar por sí solo la resolución de ser operado, y así se lo dijimos; pero él repuso con un tono modesto y decidido: yo lo quiero. Preguntamos si había allí alguno que tuviese autoridad sobre el tal niño; y un hombre vestido de la propia manera que él y en quien no habíamos antes acatado se adelantó, dijo que era su padre, que lo había traído allí para ser operado y suplicó al doctor Cabot que procediese desde luego. Con dirección de su padre, el muchacho subió a la mesa; pero tenía las piernas tan cortas, que fue preciso ayudarlo. Vendósele el ojo, se le colocó la cabeza en la almohada, cruzó los brazos sobre el pecho, hizo exactamente todo cuanto se le indicó, y en medio minuto quedó terminada la operación, sin que, en mi concepto, haya cambiado de postura siquiera una línea, ni movido un solo músculo. Aquél fue un extraordinario ejemplo de fortaleza. Admirados estaban los espectadores, y el muchacho, en medio de las congratulaciones de todos, se hizo bajar de la mesa con el ojo vendado; y, sin decir una sola palabra y con todo el espíritu de un pequeño héroe, tomó la mano de su padre y se marchó.

A este tiempo, cuando estábamos urgidos de continuas demandas para hacer la operación, un caballero vino a informarnos que una señorita estaba allí esperando su turno de ser operada. Esto nos proporcionó una excusa para hacer despejar la pieza, y suplicamos a todos, a excepción de los médicos y amigos inmediatos, que nos hiciesen el favor de marcharse. Era tal la extrema curiosidad de aquella gente en ver espectáculos desagradables, que con suma lentitud hubo de salir, y algunos se escurrieron en el patio y piezas adyacentes; pero nos encerramos bajo de llave, quedando ellos de fuera y la sala completamente despejada. La señorita venía acompañada de su madre: vacilaba y temía, deseando ansiosamente su curación, pero temiendo no poder sufrir el dolor. A la vista de los instrumentos, abandonó enteramente su resolución. El doctor Cabot tenía la costumbre de desanimar a cuantos mostraban la más ligera desconfianza de su propia fortaleza para sufrir la prueba, y la señorita se marchó sin ser operada, sintiendo yo por esto una pena mezclada de cierta alegría. Seguíase en pos el caballero, en cuyo favor habíamos diferido nuestra partida de Mérida. Era el general más antiguo de la República Mexicana y se hallaba desterrado en Mérida hacía dos años: su partido había sido derrotado por la última revolución que colocó a Santa Anna en el poder; y tenía derecho a nuestro aprecio porque, durante una de sus antiguas expatriaciones de México, había servido como voluntario a las órdenes del general Jackson en la batalla de Nueva Orleans.

El tal caballero tenía una fatal bizquera en ambos ojos, lo cual sin embargo, en vez de ser un defecto, hacía su fisonomía característica: pero su vista padecía y el doctor pensó que podría mejorarse. Operose con prontitud y buen éxito el primer ojo, y, mientras que ensangrentado se movía ya con libertad dentro de su órbita, hízose la misma operación en el otro. En esta última, sin embargo, temiendo el doctor que el ojo pudiese caer demasiado en la dirección opuesta, no había cortado enteramente el músculo, y al examinarlo no quedó satisfecho de la apariencia que presentaba. El general colocó otra vez la cabeza sobre la almohada y sufrió que se repitiese otra operación, siendo ya la tercera en una rápida sucesión. El conjunto de todo aquello era en verdad una prueba terrible, y yo me quité de encima un peso enorme cuando se concluyó. Con los ojos derechos, pero vendados, le guiamos a una calesa que le estaba esperando, en donde, en vez de tomar el asiento, fue a sentarse en la delantera, presentando la espalda al caballo, hasta que, pasado algún tiempo, pudo colocarse en la postura recta. Esa equivocación causó una zambra entre los muchachos que por allí andaban acechando. Entretanto, la señorita había vuelto en unión de su madre. No acertaba a resignarse a perder aquella oportunidad; y, aunque no podía resolverse a sufrir la operación, tampoco quería dejar pasar esa oportunidad. La señorita sería como de dieciocho años de edad, de una imaginación muy viva, que le pintaba el placer y el dolor con los más fuertes coloridos, y teniendo en los labios una sonrisa dispuesta siempre a hacer desaparecer las lágrimas.

En un momento se resolvía con un poderoso esfuerzo; y, en el momento siguiente, llamábase a sí misma cobarde, caía en los brazos de su madre, quien la acariciaba y animaba haciéndole ver, con aquella confianza que sólo es permitida delante de los médicos, las ventajas que lograría a los ojos de nuestro sexo. Los de la señorita eran grandes, plenos y redondos y, con las lágrimas que de ellos pendían, apenas se hacía visible el defecto. Realmente, lo único que les faltaba era estar en una posición derecha. He presentado al lector una agradable pintura de nuestra práctica al daguerrotipo con las señoritas; pero esto ya era otra cosa, y existía además una notable diferencia entre ella y operar a hombres y muchachos. Es muy fácil, en efecto, extender a un muchacho sobre una mesa; pero no así a una señorita. Nada hay más sencillo que atar una venda alrededor de la cabeza de un muchacho; pero el caso era difícil teniendo para ello que andar entre peinetas, rizos y una espesa cabellera. En mi calidad de practicante mayor del doctor Cabot, este complicado asunto era de mi incumbencia; y, habiéndolo desempeñado con el auxilio de la madre, coloqué la cabeza en la almohada con todo el cuidado y miramiento que mejor supe. En todos los casos antecedentes había creído necesario apoyar el codo en la mesa y la muñeca en la cabeza del paciente para tener expedita la mano. Lo mismo tuve que hacer esta vez, y me parece que nunca había mirado en ningún ojo con la misma intensidad y cuidado con que miré en uno en particular de los de aquella señorita.

Cuando el doctor extrajo el instrumento, ciertamente la habría tomado en mis brazos; pero su imaginación había sido demasiado poderosa; cerráronse sus ojos, acometiole un ligero estremecimiento y se desmayó. Luego que esto hubo pasado, levantose con los ojos derechos. Un joven estaba esperándola para llevarla a su casa, y la sonrisa volvió a sus labios cuando el tal joven le dijo que la iba a desconocer su amante. Este último caso nos había tenido ocupados mucho tiempo: el trabajo del doctor se había redoblado por la absoluta falta de auxiliares competentes en la cirugía, estaba fatigado con la excitación, y yo me hallaba muy cansado; mi cabeza estaba llena de visiones, de ojos sangrientos y mutilados y casi dudaba yo de los míos. La repetición de aquellas operaciones no me habían ciertamente acostumbrado a ellas; y en verdad que la última había sido tan penosa, que me resolví a abandonar para siempre la práctica quirúrgica. El doctor Cabot había explicado perfectamente a todos los médicos la manera de operar; habíales ofrecido proporcionarles instrumentos, y, considerando con esto que aquella operación quedaba ya perfectamente introducida en el país, determinamos dejarla. Pero esto no era muy fácil y la muchedumbre agolpada a la puerta tenía formada su opinión en la materia. Los bizcos se consideraron ultrajados, y levantaron un clamor, semejante al que se excitaría en un motín de alguna ciudad del Oeste, para pedir la aplicación del Linch-law.

Uno, sobre todo, se resistió tenazmente a retirarse. Era un joven corpulento de una mirada capaz de ahuyentar a cualquiera, y que seguramente había sido por toda su vida la mofa y escarnio de los despiadados muchachos de escuela. Habiendo logrado penetrar con las manos en los bolsillos, nos dijo que tenía dinero para pagar la operación y que no debía desechársele. Vímonos obligados a excusarnos, y darle alguna esperanza de que le haríamos la operación a nuestro regreso a Mérida. La noticia de estos sucesos se difundió como un incendio y excitaron una gran sensación en toda la ciudad. El doctor Cabot se encontró sitiado de suplicantes toda la tarde, y no pudo menos de pensar en la inestabilidad de la fama del mundo. Al principio de mi llegada en el país había yo sido anunciado ruidosamente en los periódicos; por algún tiempo, Mr. Catherwood me hizo sombra con su daguerrotipo; y ahora# todas nuestras glorias se las había absorbido el doctor Cabot con su curación del estrabismo. Sin embargo, su fama alcanzaba a nosotros, porque toda la tarde estuvieron los muchachos bizcos rondando nuestra calle, lanzando a nuestra puerta miradas oblicuas; y a la noche, cuando Mr. Catherwood y yo estábamos en la plaza, algunos vagabundos gritaban "Allí van los hombres que curan bizcos".

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