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Datos principales


Desarrollo


De la casa Calmécac Pero los próceres de la Ciudad y los señores acostumbraban dedicar sus hijos al Colegio Calmécac para que instruidos allí mismo, ministrasen a los dioses; ese género de vida era en verdad más modesto, santo y severo. Invitaban a los ministros de los ídolos y los llamaban al convite, y también a los ancianos a cuyo cuidado estaba ese barrio. Durante la comida, los padres les hablaban abriéndoles su alma y diciendo que habían decidido consagrar a su hijo al ministerio de los dioses y que desde hacía largo tiempo lo habían destinado a tales maestros para que fuera instruido. Los sacerdotes alababan la determinación y prometían poner todo su empeño en aquel negocio. Añadían que el niño no les era encomendado a ellos sino a Dios, ni estaba en poder de ellos que saliese honrado, sino de Dios Óptimo Máximo, pero que ellos sin embargo se afanarían porque lo adornase todo género de virtudes. Después, los padres llamaban a su hijo y ofrecían múltiples dones a la imagen de Quetzalcohatl. Teñían el cuerpo del niño con tinta y le ponían al cuello unos glóbulos llamados "precarios", y, como para confirmar y cimentar su religión, ofrecían a los dioses como don, sangre sacada de las orejas pinchadas. Si todavía era de tierna edad, dejaba los glóbulos en el templo y volvía a casa de sus padres hasta que fuera un poco mayor; pero si ya era más grande se quedaba con los sacerdotes para ministrar y aprender. Era de costumbre para todos los colegiales dormir de noche en el Colegio Calmécac; ejercitarse en las cosas necesarias a la casa; dormir separados; mantenerse como internos con las rentas pertenecientes al Colegio; levantarse a la media noche para orar ante los dioses, y a los que hacían esto con negligencia, les punzaban los cuerpos con espinas de maguey hasta la efusión de sangre.

Eran humildes, inofensivos y observantísimos de su instituto. Al ebrio y al adúltero los castigaban con pena de muerte o estrangulándolos con un lazo o quemando al que aún respiraba. Por muy leve culpa les traspasaban las orejas, a los malos con las sobredichas espinas, lo cual era tenido en animadversión general por los muchachos. O de otra manera, los azotaban con ortigas, de las cuales hay entre los indios muchísimos géneros, muy grandes y con muchas espinas. Usaban bañarse ya muy entrada la noche en una fuente de la ciudad, rociándose con sus aguas. En días determinados se abstenían de comida hasta el mediodía y en la fiesta de Atamalcualli, llamada así porque se abstenían de viandas aun de ínfima calidad y no consumían nada más que pan y agua fría. Había algunos que no tomaban nada sino hasta muy entrada la noche y otros que sólo cenaban al mediodía y en la noche ni siquiera bebían agua helada, porque estimaban que bebiéndola violaban el ayuno. Eran reseñados allí a decir la verdad y a hablar con elocuencia; a saludar a los que se encontraban; a reverenciar a los mayores y a los viejos, y cuando hacían estas cosas de mala gana o no practicaban la enseñanza con los hechos, eran pinchados con aguijones; se les instruía además en los cánticos que llaman divinos, que conservaban escritos en papel con letras jeroglíficas (que también les enseñaban a dibujar). Aprendían asimismo la cuenta de tiempo; el arte de augurar y aquella parte de la astrología que da respuesta a las cosas futuras y predice los acontecimientos lejanos. Y más aún, aprendían de los sacerdotes la doctrina de interpretar los sueños, tal cual éstos la habían recibido de los mayores, para burlar y atormentar a la baja plebe, perdida y envuelta en las perniciosas tinieblas de la ignorancia, mientras ellos se imponían al pueblo y eran alabados como varones sapientísimos y semidioses, y así amplificaban y aumentaban las limosnas a lo templos. También se obligaban con voto y nudo indisolubles a preservar la castidad y hacían profesión con gran empeño y religiosa observancia de otras cosas semejantes, que dieran indicio de vida estudiosa y honesta.

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