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Datos principales


Desarrollo


Capítulo LXXXI Cómo mediante los avisos de Puma Inga se tomó el fuerte de Huaina Pucara, a fuerza de brazos Otro día siguiente se levantó el campo y en buen orden marchó dos leguas hacia Huaina Pucara, donde los enemigos estaban fortalecidos, e hicieron reseña en un lugar dicho Panti Pampa, y allí el campo español hizo alto, para tratar cómo se había de embestir al fuerte, y prevenir las cosas necesarias para el asalto, que se esperaba sería muy difícil y peligroso. Sobre dónde se había de asentar el campo hubo muchas diferencias entre los capitanes y vecinos, que casi llegaron a las manos, porque como todos, o los más que allí iban sirviendo a su Majestad, eran gente principal y escogida, hombres ricos y poderosos, de mucha hacienda y valor, y servían a su costa, perdían el respeto al Maese de Campo, pero llegó en esto el General, que venía algo atrás y se sosegó todo, y se asentó el campo como mejor se pudo. Los enemigos estaban a la vista y aun casi en el campo, según se acercaban. El capitán orejón Puma Ynga, que hemos dicho que salió a dar la obediencia, informó al General, y a los demás consultores y capitanes, estando en consejo, el sitio y lugar que había de pasar otro día siguiente la gente, y el bagaje, y por qué traza y motivo este capitán trató todo lo que se preguntó, y él advirtió con mucha fidelidad y verdad, que no fue poco. Así, mediante sus avisos claramente se conoce haberse habido la victoria y torna del fuerte, porque dijo que era un sitio muy largo de legua y media, casi que llegaba a dos, y de distancia como de media luna el camino por dónde se había de marchar, muy angosto, de gran pedregal y montaña y un río ancho y caudaloso, que corre a la vereda del camino, que todo era de más peligro y temeridad, yendo pasando y peleando con los enemigos que estarían en los altos en esta distancia de legua y media, en los altos que hace media cuchilla fragosa, que no se puede caminar ni pasar yendo dos compañeros juntos a la par.

Tenían los indios hecho un fuerte de piedra y lodo, muy ancho, donde estaba la fortaleza con muchísimos montones de piedra para tirar a mano y con hondas, y encima del fuerte, por toda la cuchilla estaban montones de pedregonazos y, encima o detrás de los montones, piedras muy grandes con sus palancas, que en meneando cualquiera muchacho aquéllas, desperdigonasen las galgas, y esto habían de hacer, estando metido en aquella media luna de la cuchilla el campo español, con los indios amigos de guerra y todo el bagaje, que caminaba a la par, de suerte que si los enemigos, permitiéndolo Dios, pusieran por obra lo que tenían trazado y aparejado, no quedara de todo el campo alma viva así de indios como de españoles, que las galgas los mataran a todos y los llevaran por delante rodando, y el que dellas escapara con la vida era fuerza venir a echarse en el río, donde se ahogaran, cayendo de repente y con el embarazo de las armas y vestidos, y cuando alguno escapara de las galgas y del río, también pereciera, porque había de la otra parte quinientos indios chunchos de los Andes, flecheros que no dejaran nadie a vida, que a flechazos no los acabaran. Así en el aviso de Puma Ynga estuvo el bien del campo español aquel día y salir con el intento deseado, feneciendo en la guerra. Otro día, lunes, se prepararon todos los soldados y caballeros que había en el campo hicieron los más las diligencias que en tales trances suelen hacer los cristianos, confesando y comulgando y previniendo las armas, porque sin duda se entendió que había de ser peligroso el combate y toma del fuerte, por el lugar donde estaba situado y las prevenciones que habían hecho en él los enemigos.

El General Martín Hurtado de Arbieto salió al campo, acompañado del General Gaspar Sotelo, y de todos los vecinos y capitanes, y por las minutas que tenía de la gente fue llamando a los soldados que le pareció, y estando como ciento y cincuenta, les mandó fuesen por una cuchilla alta y montañosa de legua y media, en alto del cerro. Estos soldados salieron luego como se les fue mandado, y sería después de las seis de la mañana, y empezaron a subir el cerro que era tan agrio y dificultoso que iban a gatas y asidos unos de otros, y, en fin, quiso Dios que sin peligrar llegaron a lo alto, como a la una de la tarde. Puestos en lo alto, se mostraron a los enemigos que estaban abajo, los cuales estaban muy bien ordenados según su costumbre de guerra y, como diestros y prácticos en la tierra, viendo los españoles superiores y que de allí los tenían debajo y sujetos a toda su voluntad, no les pareció cosa conveniente aguardarlos allí, y así poco a poco se fueron retirando hacia el fuerte de Huaina Pucara, dejando las galgas y piedras que tenían aparejadas para destruir a los españoles. El General iba con el campo y bagaje, caminando poco a poco haciendo a ratos alto para entretener el tiempo y que los suyos que iban por el cerro arriba acaben de subir, hasta que los españoles e indios amigos dieron desde lo alto gritos y voces, jugando el arcabucería, y en esto la artillería iba jugando contra el fuerte poco a poco, por amedrentar los enemigos que a él se recogían.

Se hacía de nuestra parte todo lo posible por llegar, pero el camino tan fragoso, áspero y angosto los detenía. Pero al fin fue Dios servido que con la buena ayuda que los de arriba dieron y buena maña de los de abajo, estando ya cerca se dio ¡Santiago! arremetiendo al fuerte, y habiendo dado una buena rociada de arcabucería se ganó, habiéndose defendido los indios un rato con ánimo y osadía, y no peligro ninguno de los nuestros, aunque en general se pasó gran trabajo y cansancio, por ser el camino y subida al fuerte tan difícil y agria. Otro día, que fue martes, salieron trece soldados sobresalientes de los que ordinario iban tomando los altos desde el puente de Chuqui Chaca, y con ellos fue don Francisco Chilche, curaca de Yucay, General de los cañaris, y llegaron a Macho Pucara, donde Manco Ynga desbarató a Gonzalo Pizarro, Villacastín y al capitán Orgoño y otros. Siguiendo a estos sobresalientes el campo se hizo allí alto, y los enemigos en número vinieron a dar un arma al campo y fue con tanta vocería y alaridos que causó al principio alguna turbación, y a don jerónimo de Figueroa, sobrino del virrey don Francisco de Toledo, le quemó un criado suyo un escaupil que llevaba vestido, que si no se echara en un arroyo que por allí cerca corría, sin duda se abrasara sin poderlo remediar. Este día marchando el campo llegó a Marcanay, adonde se halló mucho maíz sembrado en mazorca que aún no se había cogido, y platanales y ajiales, mucho número de yucas algodonales y guayabas, de que la gente recibió grandísimo contento y se reformó con las frutas y comida que hallaron, porque iban hambrientos y necesitados de mantenimientos. El maese de campo Joan Álvarez Maldonado porque un soldado mestizo llamado Alonso Hernández de la Torre hijo de Francisco Hernández de la Torre, hombre antiguo en este Reino, quebró y tomó unas cañas dulces para comer, le dio de sargentazos, para con esto reprimir las desórdenes de los demás soldados que se iban esparciendo y guardaban poca disciplina militar saliéndose de su ordenanza. Porque pudiera ser estar los indios en alguna emboscada y salir de repente a la gente que andaba fuera de escuadrón, y hacer mucho daño en ella, como en infinitas ocasiones se ha visto, por no recelarse del enemigo, perderse un campo entero.

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