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Desarrollo


Cómo se fueron los frailes En este tiempo, que andaban las cosas tan recias y tan revueltas y de mala desistión pareciendo a los frailes fray Bernaldo de Armenta que era buena coyuntura y sazón para acabar de efectuar su propósito en quererse ir (como otra vez lo habían intentado), hablaron sobre ello a los oficiales, y a Domingo de Irala, para que les diese favor y ayuda para ir a la costa del Brasil; los cuales, por les dar contentamiento, y por ser, como eran, contrarios del gobernador, por haberles impedido el camino que entonces querían hacer, ellos les dieron licencia y ayudaron en lo que pudieron, y que se fuesen a la costa del Brasil, y para ello llevaron consigo seis españoles y algunas indias de las que enseñaban doctrina. Estando el gobernador en la prisión, les dijo muchas veces que por que cesasen los alborotos que cada día había, y los males y daños que se hacían, le diesen lugar que en nombre de Su Majestad pudiese nombrar una persona que como teniente de gobernador los tuviese en paz y en justicia aquella tierra, y que el gobernador tenía por bien, después de haberlo nombrado, venir ante Su Majestad a dar cuenta de todo lo pasado y presente, y los oficiales le respondieron que después que fue preso perdieron la fuerza las provisiones que tenía, y que no podría usar de ellas, y que bastaba la persona que ellos hablan puesto; y cada día entraban adonde estaba preso, amenazándole que le habían de dar de puñaladas y cortar la cabeza; y él les dijo que cuando determinasen de hacerlo, les rogaba, y si necesario era les requería de parte de Dios y de Su Majestad, le diesen un religioso o clérigo que le confesase; y ellos respondieron que si le habían de dar confesor, había de ser a Francisco de Andrada o a otro vizcaíno, clérigos, que eran los-principales de su comunidad, y que si no se quería confesar con ninguno de ellos, que no le habían de dar otro ninguno, porque a todos los tenían por sus enemigos, y muy amigos suyos; y así, habían tenido presos a Antón de Escalera y a Rodrigo de Herrera y a Luis de Miranda, clérigos, porque les habían dicho y decían que había sido muy gran mal, y cosa muy mal hecha contra el servicio de Dios y de Su Majestad, y gran perdición de la tierra en prenderle, y a Luis de Miranda, clérigo, tuvieron preso con el alcalde mayor más de ocho meses donde no vio sol ni luna, y con sus guardas; y nunca quisieron ni consintieron que le entrasen a confesar otro religioso ninguno, sino los sobredichos; y porque un Antón Bravo, hombre hijodalgo y de edad de dieciocho años, dijo un día que él daría forma como el gobernador fuese suelto de la prisión, los oficiales y Domingo de Irala le prendieron y dieron luego tormento; y por tener ocasión de molestar y castigar a otros a quien tenía odio, le dijeron que le soltarían libremente con tanto que hiciese culpados a muchos que en su confesión le hicieron declarar; y ansí, los prendieron a todos y los desarmaron, y al Antón Bravo le dieron cien azotes públicamente por las calles, con voz de traidor, diciendo que lo había sido contra Su Majestad porque quería soltar de la prisión al gobernador.

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